[Cómo fueron llamados los apóstoles a la muerte de María. Del estado de las
misiones donde fueron llamados. De sus obras y viajes. Los apóstoles fueron para Éfeso allí
donde les encontró la llamada. Muchas cosas sobre la figura de algunos apóstoles y
discípulos. Eficacia de las reliquias en estas contemplaciones.]
Algún tiempo antes de la muerte de la Santísima Virgen, cuando ella supo
interiormente que se acercaba el momento de reunificarse con su Dios, su Hijo y su
Salvador, rezó para que se la cumpliera lo que Jesús la prometió en casa de Lázaro en
Betania el día de su Ascensión al cielo. Se me mostró en espíritu que en aquella ocasión la
Virgen le suplicó no vivir mucho tiempo en este valle de lágrimas después de su Ascensión,
Él dijo en líneas generales los trabajos espirituales que todavía ejecutaría en la tierra hasta
su fin, y la reveló que por su oración, los apóstoles y varios discípulos estarían presentes en
su muerte, lo que les diría ella y cómo la bendecirían.
Vi también que en esa misma ocasión Jesús dijo a la inconsolable Magdalena que se
escondiese en el desierto, y a su hermana Marta que formase una comunidad de mujeres,
que Él siempre estaría con ellas.
Cuando la Santísima Virgen rezó para que vinieran los apóstoles a estar con ella, vi
que les anunciaron su llamada en muy diversos parajes del mundo, y todavía me acuerdo de
lo siguiente:
Los apóstoles ya habían erigido pequeñas iglesias en varias localidades donde
enseñaban, aunque algunas de ellas todavía no tenían las paredes de piedra, sino
sencillamente tejidas con ramas y revestidas de barro. Todas las que he visto tenían en su
parte trasera la misma forma semicircular o triangular que la casa de María en Éfeso y
dentro estaban los altares donde los apóstoles ofrecían el santo sacrificio de la Misa.
Unas apariciones llamaron a todos, incluso a los más alejados, a que se vinieran con
la Virgen. Por lo demás, los viajes de los apóstoles, indescriptiblemente largos, no ocurrían
sin cooperación de milagros del Señor. Creo que a menudo, quizá sin saberlo ellos mismos,
viajaban de manera sobrenatural, pues muchas veces los vi atravesar muchedumbres sin
que nadie pareciera verlos.
He visto los milagros de los apóstoles en distintos pueblos paganos y salvajes de
forma completamente distinta a los que conocemos de las Sagradas Escrituras; hacían
milagros por todas partes según las necesidades de la gente. Todos ellos llevaban en sus
viajes huesos de los profetas o de los mártires muertos en las primeras persecuciones, y los
tenían cerca en sus oraciones y misas.
Cuando a los apóstoles les llegó la llamada del Señor para que fueran a Éfeso,
Pedro, y según creo, también Matías, se encontraban en la comarca de Antioquía y Andrés,
que venía de Jerusalén donde había sufrido persecución, tampoco estaba lejos de él. He
visto caminar de noche por distintos lugares a Pedro y Andrés y sin embargo no dormían
muy lejos uno de otro. No estaban en una ciudad, sino que descansaban en unos albergues
públicos que hay en los caminos allí en los países cálidos. Pedro estaba recostado junto a
una pared y vi que se le acercaba un joven refulgente que le despertó tomándole de la mano
y le dijo que debía levantarse y apresurarse a ir con la Virgen, y que encontraría a Andrés
por el camino. Pedro, que ya estaba torpe a causa de la edad y la fatiga, se incorporó
apoyando las manos en las rodillas mientras escuchaba al ángel. Apenas desapareció la
aparición, se levantó, arregló su manto, se remangó la ropa en el cinturón, empuñó el
báculo y se puso en camino. Pronto encontró a Andrés, a quien había llamado la misma
aparición. En el camino se encontraron más adelante con Tadeo, a quien también se lo
habían dicho así. De este modo llegaron a casa de María, donde encontraron a Juan.
Santiago el Mayor, estrecho, de faz pálida y cabellos negros, llegó de España a
Jerusalén con varios discípulos y pasó algún tiempo en Sarona, cerca de Joppe, adonde le
llegó la llamada para Éfeso. Después de la muerte de María volvió a Jerusalén con otros
seis o siete y murió mártir. Su acusador se convirtió; Santiago le bautizó y murió
decapitado con él.
Judas Tadeo y Simón estaban en Persia cuando les llegó la llamada.
Tomás era de estatura rechoncha y tenía el pelo castaño rojizo; era el que estaba más
lejos y llegó después de la muerte de María. Le he visto cuando le avisó el ángel. Estaba
muy lejos, no en una ciudad, sino que rezaba en una choza de caña cuando el ángel le
ordenó partir para Éfeso. Lo he visto muy lejos; viajaba en una barquichuela sobre las
aguas solo con un criado muy simple, y luego por tierra sin tocar (según creo) en ninguna
ciudad. Con él venía también un discípulo.
Tomás estaba en la India, pero antes de esta llamada se había resuelto a viajar más
al norte, hacia Tartaria, y no podía decidirse a dejar de hacerlo. Tomás siempre quería hacer
demasiado y muchas veces llegaba demasiado tarde. Así que fue mucho más al norte, casi
más allá de China, donde ahora es Rusia. Entonces lo llamaron otra vez y se apresuró a ir a
Éfeso.
El criado que llevaba consigo era un tártaro que había bautizado. Más tarde este
hombre llegó a algo más pero lo he olvidado. Después de la muerte de María, Tomás no
volvió a Tartaria; lo mataron en la India de un lanzazo. En aquel país erigió una piedra en la
que rezaba y se arrodillaba y sobre la cual dejo impresas las huellas de sus rodillas. Dijo
que cuando el mar llegase hasta esa piedra, otro anunciaría allí a Jesucristo.
Juan había estado poco antes en Jericó y viajaba con frecuencia a la Tierra
Prometida aunque residía habitualmente en Éfeso y su comarca; en ella estaba cuando
también le llegó la llamada.
Bartolomé estaba en Asia, al este del Mar Rojo. Era diestro, bien parecido y de piel
blanca, tenía la frente alta, los ojos grandes, el pelo negro y rizado y una barbita partida,
negra y rizada. Acababa de convertir a un rey y su familia; lo vi todo y quiero contar cosas
de su época. Cuando volvió allí lo asesinó el hermano del rey.
He olvidado dónde llamaron a Santiago el Menor; era muy guapo y tenía gran
parecido con nuestro Señor, por lo que sus hermanos le llamaban el hermano del Señor .
Hoy he vuelto a ver que Mateo era hijo del primer matrimonio de Alfeo, quien lo
aportó al matrimonio cuando se casó en segundas nupcias con María, la hija de Cleofás.
He olvidado lo relativo a Andrés.
A Pablo no le avisaron; solo fueron avisados los que habían conocido a la Sagrada
Familia o eran parientes suyos. [Eficacia de las reliquias en estas contemplaciones.]
Entre las numerosas reliquias que poseo, tuve a mi lado en estas contemplaciones
las de Andrés, Bartolomé, Santiago el Mayor, Santiago el Menor, Tadeo, Simón, Cananeo,
Tomás y varios discípulos y santas mujeres. Todos se me acercaron para que los viera
mejor y más claramente y luego se metieron en el cuadro en el mismo orden en que
entraron a ver a María.
Tomás se me acercó también, pero no entró en el cuadro de la muerte de María,
pues estaba lejos y llegó demasiado tarde; era el que faltaba de los doce. Lo vi de camino
pero muy lejos de Éfeso.
También entraron en el cuadro cinco discípulos de los que recuerdo especialmente
bien a Simeón Justo y Bernabé, cuyos huesos están conmigo. De los otros tres, uno era
Eremensear, hijo de uno de los pastores de Belén, que acompañó a Jesús en el largo viaje
que hizo después de resucitar a Lázaro. Los otros dos eran de Jerusalén.
Vi que también entraron a ver a María la hermana mayor de la Santísima Virgen,
María Helí, y su hermanastra más joven, hija del segundo matrimonio de Ana. María Helí
(la mujer de Cleofás, madre de María Cleofás y abuela de los apóstoles Santiago el Menor,
Tadeo y Simón) tenía ya mucha edad pues era veinte años mayor que la Santísima Virgen.
Todas estas santas mujeres vivían en las cercanías, pues tiempo atrás habían huido de
Jerusalén a esta comarca a causa de la persecución. Algunas vivían en las cuevas de roca
que habían arreglado con zarzos para vivienda. [Muerte de la Santísima Virgen. Determinación del año de la muerte. María en su
lecho de muerte bendice a los apóstoles y a sus compañeras de casa. Encarga a Juan que
reparta sus vestidos. Los apóstoles se preparan para el servicio divino. Llega Santiago el
Mayor con tres discípulos y luego Felipe, que también recibe la bendición de María. Pedro
completa el sacrificio de la Misa y da el Santísimo Sacramento a los apóstoles. La
Santísima Virgen recibe el Santísimo Sacramento y la Extremaunción. Orden de los
apóstoles en estas santas ceremonias. Muerte de la Santísima Virgen. Visión de la entrada
de su alma en el Cielo. Los apóstoles se arrodillan rezando junto a su lecho.]
[El 14 de agosto de 1821 después de mediodía, la narradora dijo al Escritor:]
—Ahora quiero contar la muerte de la Santísima Virgen. ¡Si no me molestaran!
Diga usted a mis sobrinas que no deben interrumpirme, que hagan el favor de esperar un
poco en el gabinete.
[El Escritor lo hizo así y cuando regresó, le dijo:]
—Ahora, ¡cuéntame! —Pero ella dijo para sí, mirando absorta a lo lejos:]
—¿Dónde estoy? ¿es por la mañana o por la tarde?
—El Escritor le dijo:
—Tú querías contar la muerte de la Santísima Virgen.
—Aquí hay gente y están los apóstoles. Pregúntales tú mismo, tú estás mejor
educado que yo y puedes preguntarles mejor. Están haciendo el vía crucis y preparando el
sepulcro de la Santísima Virgen y otras cosas más. —Mira qué número, un palo, I, y luego una V juntos, ¿esto es cuatro, no? Luego de
nuevo una V y tres palos III ¿esto no es ocho? Esto no está escrito correctamente con
números de letras, pero yo los veo así como si fueran cifras, porque no entiendo los
números grandes que están en letras. Debe decir que el año de la muerte de la Santísima
Virgen fue el 48 después del nacimiento de Cristo.
Veo también una X y tres palos III y luego dos lunas llenas OO como las ponen en
los calendarios, lo que significa que la Santísima Virgen murió trece años y dos meses
después de la Ascensión de Cristo. Éste de ahora no es el mes de su muerte; creo que hace
ya dos meses que también vi este cuadro. ¡Ay, su muerte estuvo llena de tristeza y de
alegría! [Con este mismo estado de íntimo recogimiento, Ana Catalina narró a continuación
lo siguiente:]
Ayer a mediodía vi ya mucha preocupación y tristeza en casa de la Santísima
Virgen. Su doncella estaba atribulada al máximo, se tiraba por los rincones de la casa o se
ponía de rodillas delante de la casa a rezar llorando con los brazos en cruz.
La Santísima Virgen descansaba en su celda, tranquila y como moribunda. Estaba
totalmente envuelta, incluso por encima de los brazos, con un saco de dormir blanco como
los que describí que usaban para acostarse en casa de Isabel, cuando la Visitación.
Tenía el velo recogido sobre su frente en dobleces transversales, y para hablar con
hombres lo dejaba caer sobre su rostro; cuando no estaba sola se tapaba hasta las manos.
En los últimos tiempos no vi que tomara nada sino de vez en cuando una cucharita
de zumo que su doncella exprimía en el taburete junto a su lecho de una fruta parecida a las
uvas, compuesta de bayas amarillas. Por la tarde, cuando la Santísima Virgen supo que se
acercaba su fin, quiso bendecir y despedirse de todos los presentes: apóstoles, discípulos y
mujeres, según la voluntad de Jesús.
Su celda dormitorio estaba abierta por todas partes y ella estaba sentada incorporada
en su lecho, blanca, resplandeciente y como transida de luz. La Santísima Virgen oraba y
bendecía a cada uno con las manos cruzadas mientras le tocaba la frente. Luego habló a
todos y, en resumen, hizo lo que Jesús la había mandado en Betania.
Cuando Pedro se acercó a verla, vi que llevaba en la mano un rollo de Escrituras.
María le dijo a Juan lo que se debía hacer con su cuerpo y cómo debía repartir sus vestidos
entre su criada y una pobre doncella de la comarca que a veces venía a servirla. A
continuación la Santísima Virgen señaló el tabique de madera enfrente de su lecho y vi que
su doncella fue allí, abrió el mamparo y lo volvió a cerrar. Entonces vi todos los trajes de la
Virgen, como contaré más tarde. Después de los apóstoles se acercaron al lecho de la Virgen los discípulos presentes,
que recibieron la misma bendición que aquéllos. A continuación, los hombres pasaron otra
vez a la parte delantera de la casa y se prepararon para el servicio divino, mientras las
mujeres presentes se acercaban al lecho de la Santísima Virgen, se arrodillaban y recibían
su bendición; vi que abrazó a una que se inclinó hacia ella.
Mientras tanto habían preparado el altar y los apóstoles se revistieron para el
servicio divino con sus largas vestiduras blancas y el ancho cinturón con letras. Cinco de
ellos, que habían estado preparando la Misa tal como la vi por primera vez después de la
Ascensión en la nueva iglesia de la piscina de Betesda, se pusieron los preciosos
ornamentos sacerdotales. El manto sacerdotal de Pedro, que celebraba el santo sacrificio,
era muy largo por detrás, aunque no arrastraba; por debajo debía tener por dentro algo
como un aro, pues vi que el manto se separaba, amplio y redondo.
Todavía estaban ocupados vistiéndose cuando llegó Santiago el Mayor con tres
compañeros de viaje. Había salido de España con Timón el diácono, pero al pasar por
Roma se habían encontrado con Eremeansar y otro más en el lado de acá de aquella ciudad.
Los presentes, que estaban a punto de acercarse al altar, le dieron la bienvenida con
solemne gravedad y le dijeron con pocas palabras que pasara a ver a la Santísima Virgen.
Les lavaron los pies y ellos se arreglaron la ropa y todavía en traje de viaje pasaron a verla.
Recibieron su bendición lo mismo que los demás, primero Santiago solo y luego sus tres
acompañantes juntos. Después Santiago fue también a celebrar el servicio divino.
Ya estaba éste algo avanzado cuando llegó de Egipto Felipe con un acompañante.
Pasó inmediatamente a ver a la Madre del Señor, recibió su bendición y prorrumpió en
llanto.
Entretanto, Pedro había terminado el santo sacrificio. Había consagrado y recibido
el cuerpo del Señor y se lo había dado a los apóstoles y discípulos presentes. La Santísima
Virgen no podía ver el altar, pero durante el santo sacrificio estuvo sentada, incorporada en
la cama con profundo y constante recogimiento. Después que Pedro comulgó, dio el Santísimo Sacramento a todos los apóstoles y
luego le llevó a la Santísima Virgen la comunión y la extremaunción. Todos los apóstoles le
acompañaron solemnemente. Tadeo iba delante con el incensario humeante, Pedro llevaba
el Santísimo Sacramento junto al pecho en el recipiente en forma de cruz del que he
hablado antes y Juan le seguía con un platito en el que estaban el cáliz con la santa sangre y
algunas cajitas. El cáliz era pequeño, blanco, grueso y como fundido. Su tallo era tan corto
que solo se podía agarrar con dos dedos, tenía tapadera y por lo demás era de la forma del
cáliz de la Última Cena.
En el rincón del oratorio que estaba junto al lecho de la Santísima Virgen, los
apóstoles habían preparado un altarcito delante de la cruz. La doncella había traído una
mesa que ellos revistieron de rojo y blanco en la que ardían luces, creo que cirios y
lámparas. La Santísima Virgen descansaba sobre su espalda, tranquila y pálida. Miraba
arriba constantemente, no hablaba con nadie y estaba como en arrobo permanente.
Centelleaba de anhelo y yo podía sentir aquella ansia que la sacaba de sí. ¡Ay, mi corazón
también quería subir a Dios junto al suyo!
Pedro se acercó y la dio la extremaunción más o menos de la misma forma que se
hace en nuestros días. Con el óleo santo de la cajita que sostenía Juan, la ungió en la cara,
manos, pies y en el costado, donde su ropa tenía una abertura para que no quedara al
descubierto lo más mínimo. Mientras tanto, los apóstoles estuvieron rezando como en el
coro, y después Pedro la dio el Santísimo Sacramento.
Para recibirlo, se incorporó sin apoyarse y luego volvió a tenderse. Los apóstoles
rezaron un rato y entonces Juan la dio el cáliz. Al recibir el Santísimo Sacramento entró en
María un resplandor, volvió a caer como extasiada y ya no habló más. Entonces los
apóstoles regresaron con los santos vasos en el mismo orden solemne al altar de la parte
delantera de la casa, donde prosiguieron el servicio divino y dieron la comunión a San
Felipe, mientras un par de mujeres se quedaban a solas con la Santísima Virgen.
Más tarde volví a ver a los apóstoles y discípulos rezando de pie en torno al lecho de
la Santísima Virgen. El rostro de María estaba florido y sonriente como en su juventud, sus
ojos miraban al cielo con santa alegría. Entonces vi un cuadro maravillosamente conmovedor. Desapareció el tejado de la
celda de María, la lámpara colgaba libremente en el aire, y pude mirar dentro de la
Jerusalén celestial como a través del cielo abierto.
Bajaron dos superficies de gloria como nubes de luz, en las que aparecían muchas
caras de ángeles y entre las que fluía una vía de luz hasta María. Vipor encima de María
una montaña resplandeciente que entró en la Jerusalén celestial, hacia la cual María
extendió sus brazos con infinito anhelo, y vi que su cuerpo se levantaba con todos sus
envoltorios tan alto por encima del lecho que se podía mirar a través por debajo. Vi salir su
alma de su cuerpo como una pequeña forma de luz infinitamente pura que ascendía
flotando con los brazos alzados por la vía de luz que subía al cielo como una montaña de
luz.
Los coros de ángeles de las dos nubes se juntaron detrás de su alma y se cerraron
separándola de su santo cuerpo, que en ese momento de la separación volvió a caer en el
lecho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Mi mirada siguió su alma y la vi entrar por la vía luminosa en la Jerusalén celestial
hasta el trono de la Santísima Trinidad. Muchas almas se precipitaron hacia ella con
respetuosa alegría, entre las cuales vi a muchos patriarcas y a Joaquín, Ana, José, Isabel,
Zacarías y Juan el Bautista. Pero ella se elevó a través de todos hasta el trono de Dios y de
su Hijo quien, irradiando aún más luz por sus heridas que por toda su aparición, la recibió
con amor divino y la hizo entrega de una cosa que parecía un cetro, al tiempo que le
mostraba abajo en la Tierra todo a su alrededor, como si la entregara un poder.
De este modo, mientras veía el alma de María entrar en la gloria celestial, me olvidé
de todo lo que pasaba en torno a ella en el cuadro de la Tierra. Algunos apóstoles, por
ejemplo, Pedro y Juan, tienen que haberla visto también, pues tenían alzados sus rostros.
Los otros estuvieron la mayor parte del tiempo arrodillados y completamente postrados en
el suelo. Todo estaba lleno de luz y de resplandor como en la Ascensión del Señor.
Vi que un gran número de almas salvadas del Purgatorio seguían al alma de María
cuando entró en el cielo, cosa que me alegró mucho; y también hoy, que es el aniversario,
veo entrar en el Cielo muchas pobres almas, entre ellas algunas que he conocido. Tuve la
consoladora comunicación que cada año, el día de su muerte, muchas almas devotas de
María participaban de esta gracia.
Cuando volví a mirar abajo a la Tierra vi que el cuerpo de la Santísima Virgen
brillaba al descansar en el lecho con el rostro como una flor, los ojos cerrados y los brazos
cruzados sobre el pecho. Los apóstoles, discípulos y mujeres estaban de rodillas a su
alrededor y rezaban. Mientras veía todo esto, había en toda la Naturaleza un sonido
encantador y un movimiento de la misma clase que hubo en el nacimiento de Cristo. Supe
que la hora de su muerte fue la de nona, en la que también murió Jesús. Entonces las mujeres pusieron una colcha sobre el santo cuerpo, y los apóstoles y
discípulos pasaron a la parte delantera de la casa. Despejaron todo de enseres, los pusieron
a un lado y lo taparon todo, hasta el fuego del hogar. Las mujeres se pusieron el velo, se
cubrieron completamente y se sentaron en el suelo, juntas en las celdas de la parte delantera
de la casa, donde mantuvieron un lamento fúnebre alternativamente sentadas o de rodillas.
Los hombres se envolvieron la cabeza con esa bufanda que suelen llevar al cuello y
celebraron un funeral. Dos de ellos rezaban continuamente por turno arrodillados a los pies
y a la cabecera del santo cuerpo. Mateo y Andrés fueron hasta la cueva que representaba la
tumba de Cristo, última estación del vía crucis de la Virgen, con herramientas para trabajar
aún más la sepultura, pues aquí debía descansar el cuerpo de la Santísima Virgen. Esta
cueva no era tan espaciosa como la tumba del Señor y apenas alta para que un hombre
pudiera estar de pie. El suelo bajaba a la entrada, y luego uno estaba ante el túmulo
sepulcral como ante un pequeño altar, sobre el cual se alzaba la pared de roca formando la
bóveda. Los dos apóstoles trabajaron todavía en ella y prepararon la puerta que pondrían
delante del túmulo para cerrarlo. En el túmulo estaba ahuecado en la forma aproximada de
un cuerpo envuelto, y algo realzado en la cabeza. Al igual que delante de la tumba de Jesús,
delante de esta cueva había un jardincito pequeño cercado con estacas. No lejos de allí
estaba la estación del Monte Calvario en una colina; en ella no se alzaba ninguna cruz; solo
estaba grabada en la piedra; desde aquí habría una buena media hora de camino a la
vivienda de María. He visto que los apóstoles que velaban en oración el cuerpo de María se relevaron
cuatro veces. Hoy vi que cierto número de mujeres, entre las que recuerdo una hija de
Verónica y la madre de Juan Marcos, fueron a preparar el cuerpo para la sepultura. Trajeron
lienzos y plantas aromáticas para embalsamarla a la manera judía. Todas ellas llevaban
también tarros pequeños con una hierba todavía fresca. La casa estaba cerrada y ellas se
afanaban en lo suyo con luces, mientras los apóstoles rezaban como en el coro en la parte
delantera. Las mujeres pasaron el cuerpo de la Santísima Virgen con todos sus envoltorios
del lecho mortuorio a una cesta alargada tan llena de colchas o tapices tejidos rudamente
que el cuerpo quedó por encima de la cesta.
Enseguida, dos mujeres extendieron un lienzo ancho sobre el cuerpo y otras dos la
quitaron por debajo de él su envoltorio y su toca, de modo que solo quedó vestida con el
camisón blanco de lana. Cortaron los hermosos rizos de María para recuerdo. A
continuación vi que estas dos mujeres lavaban el santo cuerpo con algo rizoso que tenían en
las manos, probablemente esponjas, y desgarraron el largo camisón que cubría el cuerpo.
Procedían con gran reverencia y respeto, y lavaron el cuerpo sin mirarlo, con las
manos por debajo de la colcha que mantenían extendida por encima, pues la colcha
separaba sus ojos del cuerpo de la Santísima Virgen. Cada lugar que había tocado la
esponja fue inmediatamente cubierto, mantuvieron envuelto el centro del cuerpo y no hubo
lugar a la menor desnudez. Una quinta mujer exprimía las esponjas en una palangana y las
volvía a empapar otra vez; por tres veces vi vaciar la palangana en un hoyo junto a la casa y
traer agua fresca.
Vistieron el santo cuerpo de la Santísima Virgen con una envoltura nueva y abierta,
la levantaron respetuosamente valiéndose de lienzos puestos por debajo, y la pusieron
respetuosamente encima de una tabla en la cual ya estaban puestos por su orden los lienzos
y las vendas para poder usarlos cómodamente. Entonces envolvieron el cuerpo firmemente
con lienzos y vendas desde los tobillos al pecho, pero dejaron la cabeza, el pecho, las
manos y los pies todavía libres de vendas. Mientras tanto los apóstoles habían seguido la solemne ceremonia de Pedro, que les
había dado el Santísimo Sacramento, tras lo cual vi que Pedro y Juan, todavía revestidos
con los grandes mantos episcopales, salieron de la parte delantera de la casa para ir donde
estaba el cuerpo de la Santísima Virgen.
Juan llevaba el recipiente con el ungüento y Pedro metió en él los dedos de la mano
derecha y ungió en medio de oraciones la frente, el centro del pecho, las manos y los pies
de la Santísima Virgen. No era la Extremaunción, que ella había recibido todavía viva. Con
el ungüento la hizo rayas en las manos y la marcó cruces en los pies, la frente y el pecho.
Creo que era una muestra de respeto a su santo cuerpo, como también ocurrió en el entierro
del Señor. Cuando los apóstoles salieron, las mujeres siguieron preparando el cadáver. Al santo
cuerpo le pusieron ramitos de mirra debajo de los brazos, en las axilas y en la boca del
estómago y rellenaron también con ellos el espacio entre los hombros y alrededor de la
barbilla y las mejillas. También envolvieron sus pies todo a lo largo con ramitos aromáticos
de éstos.
La cruzaron los brazos sobre el pecho, encajaron el sagrado cuerpo en la gran
mortaja y la envolvieron con las vendas sujetas bajo los brazos como a una gran muñeca de
trapo. La pusieron encima del rostro un sudario transparente y entre los ramitos de hierbas,
se la veía descansar blanca y luminosa.
Luego pusieron el sagrado cuerpo en el féretro, que estaba al lado como si fuera una
camita; era un tablero con el borde bajo, con una cubierta ligera y abovedada como una
cesta alargada, y en ese momento la pusieron en el pecho una corona de flores blancas,
rojas y celestes en señal de virginidad. Entonces entraron los apóstoles, discípulos y demás presentes para ver todavía una
vez más el querido santo rostro antes que lo taparan. Se arrodillaron con muchas lágrimas
en torno a la Santísima Virgen y para despedirse le tocaban las manos que estaban
envueltas sobre el pecho, tras lo cual salían de allí.
Ahora las santas mujeres se despidieron también por última vez, y después
envolvieron el santo rostro y pusieron la cubierta al féretro, que ataron con cintas grises en
el centro y en ambos extremos. A continuación los vi poner el féretro en unas andas que
Pedro y Juan sacaron a hombros de la casa. Tienen que haberse relevado, pues más adelante
vi que la llevaban seis apóstoles: delante Santiago el Mayor y el Menor, en el medio
Bartolomé y Andrés, y detrás Tadeo y Mateo. Los palos de las andas se metían en un cuero
o una estera, pues el féretro colgaba entre ellos como en una balanza.
Algunos apóstoles y discípulos iban delante del féretro y otros seguían detrás con
las mujeres. Ya estaba oscureciendo y por eso llevaban alrededor del féretro cuatro
antorchas puestas en palos. La comitiva recorrió así el vía crucis de María hasta la ultima
estación y pasó por encima de la colina hasta la lápida de esta estación, a la derecha de la
entrada del sepulcro. Aquí bajaron el santo cuerpo de las andas y la metieron entre cuatro
en la cueva sepulcral para depositarla en el lecho excavado en la roca. Todos los presentes
entraron uno a uno, la rodearon de flores y especias, se arrodillaron y ofrecieron sus
lágrimas y oraciones.
Eran muchos, y el amor y el dolor los hacían demorarse; por eso cuando los
apóstoles cerraron el sepulcro era ya de noche. Hicieron una zanja delante de la estrecha
entrada de la cueva e hincaron una enramada de distintos arbustos verdes, unos con flores y
otros con bayas, que habían arrancado con raíces de otra parte. No se podía ver nada de la
entrada, y menos aún cuando condujeron el agua de una fuente cercana a pasar por delante
de estos matorrales. Nadie podría entrar en la cueva a menos que forzara los arbustos para
meterse por los lados. Regresaron cada uno a su aire; unos se quedaban diseminados por el vía crucis a
rezar y otros velaban en oración junto al sepulcro.
Los que volvían a la casa vieron de lejos una maravillosa luminaria sobre el
sepulcro de María, que los conmovió aunque sin saber propiamente que podría ser. Yo la vi
también y me acuerdo de muchos otros detalles:
Era como si bajara del cielo hasta el sepulcro una vía de luz en la que venía una
figura fina como si fuera el alma de la Santísima Virgen, acompañada de la figura de
Nuestro Señor. El resplandeciente cuerpo de María, reunido ya con su alma resplandeciente
se levantó del sepulcro resplandeciente y se elevó al Cielo con la aparición del Señor. Todo
esto está claramente en mi recuerdo, y sin embargo no es más que una intuición:
Era de noche y veía a los apóstoles y santas mujeres cantar y rezar en el jardincito
delante del sepulcro cuando bajó del cielo a la roca una ancha vía de luz por la que vi bajar
una gloria de tres círculos de ángeles y espíritus que rodeaban la aparición de nuestro Señor
y el alma resplandeciente de María.
La aparición de Jesucristo, cuyas llagas irradiaban claridad, se acercó flotando ante
ella. Alrededor del alma de María, en el círculo más interior de la gloria solo vi pequeñas
figuras infantiles; en el segundo círculo aparecían niños como de seis años; y en el círculo
exterior, rostros como de muchachos crecidos; solamente distinguía claramente los rostros,
del resto solo veía como centelleantes figuras de luz. Cuando esta aparición, haciéndose
cada vez más clara, se derramó por completo encima de la roca, vi abierta una vía
resplandeciente desde ella hasta la Jerusalén celestial.
Entonces vi que el alma de la Santísima Virgen, que seguía a la aparición de Jesús,
descendía con él flotando hasta el sepulcro a través de la roca y, reunida inmediatamente
después con su cuerpo glorioso, la Santísima Virgen surgió del sepulcro mucho más clara y
luminosa y ascendió con el Señor y todas sus glorias a la Jerusalén celestial, adonde se
sumió otra vez todo aquel resplandor cubriendo el tranquilo cielo estrellado de la comarca.
No sé si los apóstoles y mujeres que rezaban delante del sepulcro lo habrán visto
también, pero vi que miraban hacia arriba rezando asombrados, o que se arrojaban
conmovidos a prosternarse con el rostro en tierra. Vi también que algunos de los que
volvían con las andas a casa, rezando y cantando por el vía crucis y parándose en las
distintas estaciones, se volvieron a mirar a la luz sobre la roca del sepulcro con gran
devoción y muy emocionados.
Así que yo no he visto que la Santísima Virgen muriera normalmente, ni que viajara
al cielo, sino que primero su alma y después su cuerpo fueron arrebatados de la Tierra. Vueltos a casa, los apóstoles y discípulos tomaron algunos alimentos y se fueron a
descansar; durmieron fuera de la casa en unos cobertizos contiguos. La doncella de María,
que se había quedado en casa para hacer un poco de orden, así como otras mujeres que se
habían quedado allí para ayudarla, durmieron en el espacio detrás del hogar, que la doncella
había despejado de todo durante el entierro, y que ahora parecía una capillita, donde los
apóstoles siguieron rezando y ofreciendo [el santo sacrificio].
Al anochecer de hoy he visto que los apóstoles seguían en su sitio haciendo duelo y
oración; las mujeres ya se habían ido a descansar. Entonces vi llegar al apóstol Tomás con
dos acompañantes, remangados como de viaje. Se arrimó a la reja del patio y llamó para
que les abrieran. Venía también con él un discípulo llamado Jonatán, emparentado con la
Sagrada Familia2
.
Con Tomás estaba también un sencillo criado tártaro, hombre también muy infantil,
pero que era sacerdote. Tres años después de la muerte de María todavía le vi aquí en
Éfeso. Más tarde vi que lo apedrearon en esta comarca, dejándolo medio muerto. Luego lo
llevaron a la ciudad, donde murió, a consecuencia de lo cual llegaron sus huesos a Roma,
pero allí tampoco sabían su nombre.
Su otro acompañante era un hombre muy sencillo del país de donde vino el más
alejado de los Reyes Magos, país que yo llamo siempre Parzermo porque no puedo retener
exactamente su nombre. Tomás se lo había traído de allí, y era como un criado
infantilmente dócil que le llevaba el manto.
Un discípulo abrió la puerta y entonces Tomás y Jonatán entraron adonde estaban
los apóstoles. Tomás ordenó a su criado que se quedara sentado delante de la puerta; el
buen hombre de color castaño hacía todo lo que se le ordenaba, e inmediatamente se sentó
tranquilo en el suelo. ¡Oh, cómo se afligieron cuando escucharon que habían llegado
demasiado tarde! Tomás lloró como un niño cuando se enteró de la muerte de María. Los
discípulos le lavaron los pies y los reconfortaron un poco.
Mientras tanto las mujeres se habían despertado y levantado, y cuando se retiraron,
los hombres llevaron a Tomás [al lugar de la casa] donde había muerto la Santísima Virgen.
Se arrojaron al suelo y lo bañaron de lágrimas. Tomás también se arrodilló a rezar mucho
rato ante el altarcito de María. Su tristeza era indeciblemente conmovedora, y cuando
pienso en ella todavía me pongo a llorar.
Cuando los apóstoles terminaron sus rezos, que no habían interrumpido [con la
llegada de Tomás], acudieron todos a dar la bienvenida a los recién llegados. Agarraron a
Tomás y Jonatán por debajo de los brazos, los levantaron, los abrazaron y los llevaron a la
parte delantera de la casa donde les dieron un refrigerio de panecillos y miel, y una jarrita y
vasos para beber. Rezaron juntos todavía más y todos se abrazaron mutuamente. Entonces Tomás y Jonatán quisieron ver la tumba de la Santísima Virgen y los
apóstoles encendieron las luces puestas en los palos y fueron con ellos por el vía crucis al
sepulcro de María. No hablaban mucho pero se detenían un poco en las estaciones
pensando en la Pasión del Señor y en el compasivo amor con que su Madre había colocado
estas lápidas y las había regado tantas veces con sus lágrimas.
Cuando llegaron a la roca del sepulcro, todos se pusieron de rodillas alrededor, pero
enseguida Tomás y Jonatán se precipitaron a la entrada de la cueva, seguidos por Juan. Dos
discípulos tumbaron hacia atrás los arbustos delante de la entrada, y ellos entraron y se
arrodillaron con respetuoso recogimiento ante el túmulo sepulcral de la Santísima Virgen.
Entonces Juan se acercó a la ligera canasta del féretro, que sobresalía un poco del
túmulo sepulcral, desató las tres cintas grises que cerraban la cubierta y puso ésta a un lado.
Entonces iluminaron el féretro y vieron con profunda sorpresa que delante de sí tenían
vacíos los paños mortuorios de la Santísima Virgen, aunque conservaban toda la forma de
haberla envuelto. Los paños estaban abiertos y separados en el rostro y el pecho, las vendas
que envolvían los brazos yacían ligeramente sueltas pero mantenían la forma de envoltura
tal como se las habían puesto, pero el cuerpo glorioso de María ya no estaba en la Tierra.
Alzaron los brazos, mirando asombrados al cielo, como si fuera ahora cuando hubiera
desaparecido el sagrado cuerpo de la Virgen, y Juan gritó a los de fuera de la cueva:
—¡Venid y asombraros, que ya no está aquí!
Entonces todos fueron entrando de dos en dos en la angosta caverna y vieron ante sí
con estupor que solo conservaba los paños mortuorios vacíos. Salieron, se arrodillaron en el
suelo, miraban al cielo elevando los brazos, lloraban, rezaban, alababan al Señor y a su
querida madre gloriosa, como niños buenos a su amada y fiel madre, con toda clase de
dulces palabras amorosas que el Espíritu les ponía en los labios.
Entonces se acordaron y pensaron en aquella nube luminosa que habían visto de
lejos mientras volvían a la casa justo después del entierro, cómo se había hundido en la
colina del sepulcro y luego de nuevo se había alzado flotando. Juan sacó del féretro los
paños mortuorios de la Santísima Virgen con gran respeto, los plegó y arrolló juntos
ordenadamente, y se los llevó. Volvió a poner la cubierta al féretro y lo ató de nuevo con
las cintas.
Después abandonaron la cueva del sepulcro, cuya entrada volvieron a cerrar con
arbustos. Anduvieron el vía crucis de vuelta hasta la casa, rezando y cantando salmos, y al
llegar fueron todos al espacio donde había morado María. Juan dejó respetuosamente los
paños mortuorios en la mesita de delante del rincón donde oraba la Santísima Virgen, y
Tomás y los otros rezaron más en el lugar donde ella murió.
Pedro se retiró a solas, como si tuviera una contemplación espiritual; quizá se estaba
preparando, pues a continuación vi que erigieron el altar delante del lecho de muerte de
María, donde estaba la cruz, y Pedro celebró en él un solemne servicio divino, mientras los
demás estaban en filas de pie detrás de él, rezando y cantando alternadamente. Las santas
mujeres estaban de pie más atrás, junto a las puertas y en la parte de detrás del hogar.
El sencillo criado de Tomás que le había seguido desde aquel lejano país donde
habían estado últimamente tenía un aspecto muy extraño: ojos pequeños, frente y nariz
aplastadas y pómulos altos. Era de color más castaño que los de por aquí [es decir, que los
de Éfeso]. Estaba bautizado, pero en lo demás era como un niño obediente y sin
experiencia. Hacía todo lo que se le ordenaba, se quedó de pie donde le pusieron, miraba
donde se le ordenaba y sonreía a todos. Se quedó sentado allí donde Tomás le dijo que se
sentara y cuando vio llorar a Tomás, también lloró amargamente. Este hombre se quedó
siempre con Tomás; podía llevar grandes cargas: cuando Tomás construyó una capilla le vi
arrastrar piedras muy pesadas. Después de la muerte de la Santísima Virgen vi que a
menudo a los apóstoles y discípulos, reunidos de pie en círculo, se contaban mutuamente
dónde habían estado y lo que les había pasado. Lo he oído todo, y ya me acordaré de nuevo
de ello si es voluntad de Dios. [20 de agosto de 1829 y 1821:]
Ahora, después de muchas devociones, ya se ha despedido la mayoría de los
discípulos presentes, que han regresado a sus oficios. En la casa están todavía los apóstoles,
Jonatán (el que vino con Tomás) y el criado de Tomás, pero ahora partirán todos también
en cuanto dejen listo lo que están haciendo, pues todos están trabajando en limpiar de
piedras y hierbajos el vía crucis de María y en adornarlo con las plantas, arbustos y flores
adecuados.
Todo lo hacen en medio de cantos y oraciones; es absolutamente imposible decir lo
conmovedor que es; todo es como un rito solemne de amor entristecido, muy activo y sin
embargo muy tierno y entrañable.
Adornaban como buenos hijos las huellas de la Madre de Dios y madre suya; las
huellas con las que había medido para nosotros con compasiva devoción la senda del
martirio de su hijo divino hasta su muerte salvadora.
Cerraron completamente la entrada del sepulcro de María, sujetaron firmemente con
tierra los arbustos que habían plantado y reforzaron la zanja que habían hecho delante.
Limpiaron y adornaron el jardincito delante de la tumba y excavaron un camino desde la
parte de atrás de la colina del sepulcro hasta la pared trasera del túmulo sepulcral, donde
horadaron a escoplo un orificio en la roca para que se pudiera mirar el sepulcro donde
descansó el cuerpo de la Santísima Virgen, aquella que el Salvador agonizante entregó en la
cruz a todos ellos y a su Iglesia en la persona de Juan.
¡Oh, eran buenos hijos, dóciles al cuarto mandamiento, y ellos y sus amores vivirán
largo tiempo sobre la Tierra! Levantaron también una especie de tienda capilla sobre la
cueva del sepulcro; hicieron una tienda con tapices, la rodearon y cubrieron con ramas
entretejidas e hicieron dentro un altarcito. Pusieron una base de piedra, y levantaron encima
una piedra sobre la cual pusieron un gran losa. Por detrás de este altarcito colgaron en la
pared un pequeño tapiz en el que se veía el rostro de la Santísima Virgen bordado o cosido
muy modesta y simplemente, y por cierto a rayas de colores rojas, azules y marrones.
Cuando estuvieron listos, celebraron allí el servicio divino, que todos rezaron de
rodillas y con las manos levantadas. La parte de la casa donde había morado María, ellos
mismos la pusieron exactamente como una iglesia. La doncella de María y algunas otras
mujeres se quedaron a vivir allí y, para el consuelo espiritual de los fieles que vivían por los
alrededores, también se quedaron dos discípulos, uno de los cuales era de los pastores del
otro lado del Jordán.
Enseguida se despidieron también los apóstoles. Tras una conmovedora despedida,
Bartolomé, Simón, Judas, Tadeo, Felipe, y Mateo salieron los primeros otra vez hacia los
lugares de su oficio.
Los demás, excepto Juan que todavía permaneció aquí una temporada, primero se
fueron juntos hacia Palestina donde también se separaron; había allí muchos discípulos y
con ellos fueron también varias mujeres de Éfeso a Jerusalén. María Marcos hizo allí
mucho por la comunidad, creó una hermandad para más de 20 mujeres, que en cierto
sentido vivían de modo conventual, y de las cuales cinco vivían con ella completamente en
la casa. Los discípulos se reunían siempre en su casa. La comunidad cristiana todavía
seguía teniendo la iglesia del estanque de Betesda.
[El 22 de agosto dijo:]
En la casa solo está Juan, pues todos los demás ya han salido de viaje. En
cumplimiento de la voluntad de la Santísima Virgen le he visto distribuir él mismo los
vestidos de María a su doncella y a otra chica que venía a veces a servirla. Entre los
vestidos había algunos que estaban hechos con telas de los Reyes Magos. Vi dos largos
vestidos blancos, varios chales y algunos velos largos, así como colchas y alfombras y
tapices.
También vi con toda claridad aquella sobreveste listada que llevaba en Caná y en el
vía crucis, de la que guardo una tirita pequeña. Algo de ello fue a parar a la Iglesia. Por
ejemplo, con su bonito traje de novia celeste pespunteado de oro y salpicado de rosas
hicieron un adorno litúrgico para la iglesia de Betesda de Jerusalén y en Roma todavía
quedan reliquias de él; las he visto, pero no sé si alguien lo sabe. María solo lo llevó
durante la boda y después no se lo puso nunca más.
Todo este vivir, actuar y peregrinar se hacía discreta y tranquilamente, sin esa
angustia que tenemos hoy. La persecución todavía no había desarrollado una red de
espionaje, y no turbaba la paz.
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LA SANTÍSIMA VIRGEN EN ÉFESO
Esta noche he tenido una gran visión acerca de la muerte de la Santísima Virgen,
pero ya he vuelto a olvidar casi todo2
.
Después de la Ascensión del Señor, María vivió tres años en Sión, tres en Betania y
nueve en Éfeso, adonde Juan la llevó en cuanto los judíos pusieron a Lázaro y sus hermanas
en el mar3
.
María no vivía en Éfeso mismo, sino en una comarca a unas tres horas y media de
Éfeso donde ya estaban instaladas algunas de sus íntimas. La morada de María estaba en
una montaña que está a la izquierda según se viene de Jerusalén. La montaña cae hacia
Éfeso con fuerte pendiente. Viniendo del Sureste, Éfeso se ve en una montaña que parece
estar inmediatamente delante, pero si se quiere seguir adelante hay que rodearla
completamente. Delante de Éfeso hay alamedas con frutas amarillas caídas por el suelo. Un
poco al Sur salen sendas estrechas que llevan a un monte de vegetación salvaje, y en lo alto
de ese monte hay una llanura ondulada, también con vegetación y de media hora de
extensión, en la que se habían instalado los cristianos. Es un paraje muy solitario que tiene
muchas colinas fértiles y graciosas, y limpias cuevas de roca entre pequeños llanos
arenosos; un paraje salvaje, pero no un desierto, con muchos árboles de sombra ancha,
tronco liso y forma de pirámide diseminados por allí.
Cuando Juan trajo aquí a la Santísima Virgen ya había mandado construir su casa de
antemano y ya vivían en este paraje familias cristianas y algunas santas mujeres; algunas
moraban en cuevas de tierra o de roca, que ampliaban para vivir con zarzos ligeros de
madera, y otras en frágiles cabañas de lona. Se habían trasladado aquí a causa de una
violenta persecución, y como estaban refugiadas en las cuevas y lugares tal como los
ofrecía la Naturaleza, sus viviendas eran como de ermitaños y en su mayor parte estaban
separadas un cuarto de hora unas de otras. En su conjunto, la colonia parecía una aldea de
campesinos diseminada.
Únicamente era de piedra la casa de María, y detrás de ella hay un trecho corto de
camino que sube a la cima rocosa del monte, desde la cual, se ven por encima de las colinas
y los árboles Éfeso, el mar y muchas islas. Este lugar de aquí está más cerca del mar que
Éfeso, que debe estar a unas horas del mar. Esta comarca es solitaria y por aquí no viene
nadie.
Cerca de aquí hay un castillo donde vive un rey destronado con el que Juan charlaba
a menudo y al que también convirtió; el lugar se convirtió más tarde llegó a ser obispado.
Entre el lugar donde vivía la Santísima Virgen y Éfeso corre un arroyo maravillosamente
serpenteante. La casa de María era rectangular, de piedra, y en su parte trasera, redonda o en
ángulo; las ventanas estaban puestas altas y el techo era plano. La casa estaba dividida en
dos partes por el hogar para la lumbre, que estaba coloca do en el centro. El fuego ardía
frente a la puerta en un hoyo del suelo, pegado a un muro que se alzaba hasta la cubierta de
la casa formando gradas por ambos lados. Por el centro de este muro subía desde el suelo
del hogar hasta la cubierta de la casa una hendidura en forma de media chimenea por la que
ascendía el humo que luego salía por una abertura del tejado. Por encima de ella vi que
sobresalía de la casa un tubo de cobre inclinado.
Esta parte delantera de la casa estaba separada de la de atrás por zarzos ligeros y
móviles a ambos lados del hogar. En esta parte delantera, cuyas paredes eran bastante
rústicas y estaban también un poco ennegrecidas de humo, vi a ambos lados pequeñas
celdas formadas con biombos de zarzo. Cuando la parte delantera de la casa se utilizaba
como salón, los biombos, a los que faltaba mucho para llegar al techo, se apilaban y se
ponían a un lado. En estas celdas dormían la doncella de María y otras mujeres que la
visitaban.
A izquierda y derecha del hogar había unas puertas ligeras para pasar a la parte
trasera de la casa, más oscura, que terminaba en ángulo o semicírculo y que estaba muy
cómoda y limpiamente adornada.
Todas las paredes estaban revestidas de zarzos y el techo formaba una bóveda que
arrancaba de ambos lados. Las vigas que estaban por encima estaban unidas con artesonado
y cañizo y adornadas con orlas de hojas de varias clases, y daban una impresión sencilla
pero decorosa. El ángulo o semicírculo extremo de este espacio trasero estaba cerrado con
una cortina y formaba el oratorio de María.
Planta de la casita de la Santísima Virgen en Éfeso según la narración de la beata
Ana Catalina. (Croquis de Rafael Renedo).
En el centro del muro había un nicho con un recipiente que, girándolo como un
sagrario, se podía abrir y cerrar al tirar de una cinta. Dentro tenía una cruz del tamaño de un
brazo, con sus brazos encajados e inclinados en forma de Y griega mayúscula, tal como
siempre he visto la cruz de Cristo. No tenía detalles ni adornos especiales, sino que apenas
estaba tallada, como las cruces que traen todavía hoy de Tierra Santa. Creo que Juan y
María la habían preparado por sí mismos.
La cruz estaba formada por diversas maderas y se me dijo que el tronco blanquecino
era de ciprés; un brazo marrón, de cedro, y el otro amarillento, de palmera. El suplemento
para el cartel del INRI era de madera de olivo lisa y amarilla.
La cruz estaba hincada en una elevación de tierra o piedra como la cruz de Cristo en
la roca del Calvario. A sus pies había una tarjeta de pergamino con algo escrito; creo que
eran palabras de Cristo. La figura del Señor estaba ligeramente arañada sobre la cruz,
sencillamente y sin adornos; sus líneas estaban untadas de color oscuro para poder
distinguir la figura.
Me dijeron también las meditaciones de María sobre las distintas maderas de la
Cruz; pero desgraciadamente he olvidado estas hermosas indicaciones. En este momento
tampoco se si la cruz de Cristo consistía también de las mismas clases distintas de madera,
o simplemente, si es que María la preparó así a consecuencia de su meditación. La cruz
tenía delante dos tarritos llenos de flores naturales.
También vi un pañito junto a la cruz, y tuve la percepción de que era el mismo con
que la Santísima Virgen limpió la sangre de las heridas del cuerpo de su Hijo tras el
descendimiento, pues al mirarlo me mostraron aquellos actos de su santo amor de Madre.
Al mismo tiempo sentí que ese pañito era con el que los sacerdotes limpian el cáliz cuando
han bebido la sangre del Salvador que han ofrecido, y me pareció que María hizo algo
parecido al limpiar las heridas del Señor, pues al hacerlo, sostenía el pañito de la misma
forma que los sacerdotes. Esto es lo que percibí al mirar este pañito que estaba junto a la
cruz.
A la derecha de este oratorio, apoyada en un nicho del muro, estaba la celda
dormitorio de la Santísima Virgen y frente a ella, a la izquierda del oratorio, una cámara
donde se guardaban ropa y enseres. De una celda a la otra estaba tendida una cortina que
cerraba el oratorio situado entrambas. Para trabajar o leer, María solía sentarse en medio,
delante de esta cortina.
El dormitorio de la Santísima Virgen se apoyaba por detrás en el muro, del que
colgaba un tapiz entrelazado; los dos tabiques laterales eran ligeros, de corteza o de albura,
trenzados según un modelo que alternaba los colores naturales de las maderas. El tabique
tenía en su centro dos puertas ligeras que se abrían hacia dentro, y por delante tenía colgado
un tapiz. La cubierta de esta celda era también de cañizo, que desde las cuatro esquinas
venía a reunirse arriba para formar una especie de bóveda, de cuyo centro colgaba una
lámpara de varios brazos.
El lecho de María tenía un costado junto al muro y era un cajón vacío de pie y
medio de alto, que tenía el largo y ancho de una cama estrecha. La colcha tendida por
encima estaba sujeta en las esquinas con cuatro botones. Tapices adornados con flecos y
borlas revestían los costados del cajón hasta el suelo. La cabecera del lecho era un cojín
redondo, y la colcha, una manta taraceada de color marrón.
La casita estaba cerca de un bosque, entre árboles de tronco liso y forma de
pirámide. Aquí se estaba completamente tranquilo y solitario; las viviendas de las otras
familias estaban a alguna distancia, como diseminadas. En conjunto la colonia cristiana era
como una aldea de campesinos. La Santísima Virgen vivía allí con una joven, su criada, que recolectaba lo poco que
necesitaban para alimentarse. Vivían con total tranquilidad y honda paz. En la casa no había
ningún hombre, pero a veces la visitaba algún apóstol o discípulo que iba de viaje.
Con muchísima frecuencia veía yo entrar y salir un hombre al que siempre he tenido
por Juan, pero que ni en Jerusalén ni aquí estaba continuamente con ella. Viajaba de vez en
cuando y llevaba distinto traje que en época de Jesús, muy largo, con pliegues y de tela fina
blanco grisácea. Era muy delgado y ágil, tenía la cara larga, estrecha y fina, y en su cabeza
descubierta tenía largos cabellos rubios partidos en raya y detrás de las orejas. Respecto a
los demás apóstoles, su tierna apariencia daba una impresión virginal, casi femenina.
En los últimos tiempos de su estancia aquí vi que María se volvía cada vez más
serena y recogida, y que ya casi no tomaba alimento. Era como si solo pareciera estar
todavía aquí, pero como si ya estuviera en espíritu en el Más Allá. Tenía el carácter de
quien está ausente. Las últimas semanas antes de su fin vi que la criada la llevaba por la
casa, débil y envejecida.
Una vez vi entrar en la casa a Juan, que también parecía mucho mayor. Estaba
delgado y enjuto, y al entrar remangó al cinturón su largo traje blanco con pliegues. Se
quitó este cinturón y se puso otro que sacó de debajo de sus ropas y que estaba escrito con
letras. Se puso la estola y una especie de manípulo en el brazo.
La Santísima Virgen salió de su dormitorio y entró completamente envuelta en un
velo blanco, apoyada en el brazo de su criada. Su cara estaba como transparente y blanca
como la nieve. Parecía flotar de anhelo. Desde la Ascensión de Jesús, todo su ser expresaba
un ansia creciente y cada vez más desbordante.
Juan y ella pasaron al oratorio; ella tiró de una cinta o correa, el tabernáculo giró
dentro de la pared y mostró la cruz que tenía dentro. Ambos rezaron un rato de rodillas, y
después Juan se levantó y se sacó del pecho una cajita de metal, la abrió por un costado,
tomó un envoltorio de fino color de lana y de éste un pañito plegado de materia blanca, del
que sacó el Santísimo Sacramento en forma de un pedacito blanco y rectangular. Luego
dijo algunas palabras con solemne gravedad y dio el Sacramento a la Santísima Virgen. La
acercó un cáliz. Detrás de la casa, alejándose un poco por el camino hacia el monte, la Santísima
Virgen se había preparado una especie de vía crucis. Cuando todavía vivía en Jerusalén
después de la muerte del Señor, María nunca dejó de hacer allí su vía crucis con lágrimas y
compartiendo la Pasión. Había medido en pasos las distancias entre los lugares del camino
donde Jesús había padecido, y su amor no podía vivir sin la permanente contemplación del
vía crucis.
Poco después de llegar aquí la vi andar diariamente montaña arriba un trecho de
camino detrás de su casa, contemplando la Pasión. Al principio iba sola midiendo en pasos,
cuyo número tantas veces había contado, la distancia entre los lugares donde al Salvador le
había ocurrido algo, y en cada uno de estos lugares ponía una piedra o marcaba un árbol si
lo había. El camino se internaba por un bosque donde marcó el Calvario en una colina, y
puso el sepulcro de Cristo en una cuevecita de otra colina.
Cuando ya tuvo medidas las doce estaciones de su vía crucis, ella y su doncella iban
en serena contemplación, se sentaban en el suelo en cada una de las estaciones y renovaban
en el corazón el misterio de su significado y alababan al Señor por su amor entre lágrimas
de compasión.
Luego arreglaron aún mejor las estaciones y vi a la Santísima Virgen inscribir con
un buril en cada piedra el significado del lugar, el número de pasos y cosas parecidas.
También las vi limpiar también la cueva del Santo Sepulcro, que acomodaron para rezar.
Por entonces no vi ninguna imagen ni que marcaran estos lugares con cruces
firmemente hincadas; eran solo losas sencillas con inscripciones; pero de tanto pasar y
arreglarlas vi que estos arreglos hicieron el vía crucis cada vez más hermoso y transitable.
Después de la muerte de la Santísima Virgen vi este vía crucis transitado por cristianos que
se prosternaban y besaban el suelo. Después del tercer año de estancia aquí, María tenía grandes ansias de ir a Jerusalén,
y Juan y Pedro la llevaron allí. Me parece que se habían reunido allí varios apóstoles. Vi a
Tomás. Creo que era un concilio y que María los asistía con sus consejos.
[Ana Catalina dijo una vez que la Santísima Virgen había ido dos veces a Jerusalén,
y es posible que trabucara el primer y segundo viaje en relación con el concilio.]
A su llegada, por la tarde ya oscurecido, vi que antes de entrar en la ciudad, visitó el
Monte de los Olivos, el Calvario, el Santo Sepulcro y todos los santos lugares de los
alrededores de Jerusalén. La Madre de Dios estaba tan triste y conmovida por la pena que
apenas podía tenerse de pie, y Pedro y Juan la tenían que llevar sosteniéndola bajo los
brazos.
Ella todavía vino otra vez aquí [a Jerusalén] desde Éfeso, año y medio antes de su
muerte, y entonces la vi visitar los santos lugares con los apóstoles, embozada y otra vez
por la noche. Estaba indeciblemente triste y suspiraba continuamente Oh, hijo mío, hijo
mío .
Cuando llegó a la puerta trasera del palacio donde se encontró con Jesús
desplomado bajo el peso de la cruz, María cayó al suelo sin sentido, conmovida por el
doloroso recuerdo. Sus acompañantes creyeron que se moría.
La llevaron al Cenáculo en Sión, en uno de cuyos edificios delanteros estaba
viviendo, y allí estuvo unos días, tan débil y enferma y con tantos desmayos que muchas
veces se esperó su muerte, y por eso se pensó en prepa rarla sepultura. Ella misma eligió
una cueva del Monte de los Olivos y los apóstoles encargaron a un cantero cristiano que la
preparase allí un hermoso sepulcro5
.
Mientras tanto, se había dicho varias veces que había muerto, y por otros lugares se
extendió también el rumor de que había muerto y la habían sepultado en Jerusalén. Pero
cuando el sepulcro estuvo terminado, María ya estaba curada y lo bastante fuerte para viajar
de vuelta a su casa de Éfeso, donde ella murió realmente al cabo de año y medio. En todas
las épocas se ha venerado la tumba preparada para ella en el Monte de los Olivos, sobre la
cual se construyó más adelante una iglesia, y Juan Damasceno (así lo oí llamar en espíritu,
pero ¿quién era ése?) escribió más adelante que se decía que había muerto y estaba
enterrada en Jerusalén.
Dios ha hecho que las noticias acerca de su muerte, su tumba y su Asunción al Cielo
sean muy inciertas y solo objeto de tradición, para no dar cancha en la Cristiandad a la
mentalidad de entonces, que todavía era muy pagana, pues fácilmente la hubieran adorado
como a una diosa. Entre las santas mujeres que vivían también en la colonia cristiana y estaban la
mayor parte del tiempo con la Santísima Virgen, se encontraba la hija de una hermana de la
profetisa Hanna del Templo que una vez vi viajar a Nazaret con Serafia (Verónica) antes
del bautismo de Jesús. Esta mujer estaba emparentada con la Sagrada Familia a través de
Hanna, pues Hanna estaba emparentada con Ana y aún más con Isabel, la hija de la
hermana de Ana.
Otra de las mujeres que vivían aquí en torno a María, a la que también vi viajar a
Nazaret antes del bautismo de Jesús, era una sobrina de Isabel que se llamaba Mara. Su
parentesco con la Sagrada Familia era el siguiente: La madre de Ana, Ismeria, tenía una
hermana llamada Eremencia y ambas vivían en Mara, una comarca de pastores entre el
Monte Horeb y el Mar Rojo. Como el superior de los esenios del Monte Horeb la advirtió
que entre sus descendientes habría amigos del Mesías, se casó con Afrás, que era del linaje
de sacerdotes que habían llevado el Arca.
Emerencia tuvo tres hijas: Isabel, la madre del Bautista; Enué, que de viuda estuvo
en casa de Ana en el nacimiento de la Santísima Virgen; y Roda de la cual es hija esta Mara
de aquí. Roda fue a casarse lejos de la comarca familiar, y vivió al principio en la comarca
de Siquem y luego en Nazaret y Casaloz junto al Tabor
6
.
Además de su hija Mara, Roda tenía dos hijas más, una de las cuales fue madre de
discípulos. Por otra parte, uno de los dos hijos de Roda fue el primer marido de aquella
Maroni, que, después de su muerte quedó viuda sin hijos y se casó con Eliud, sobrino de
Ana y fue a vivir a Naim. Maroni tuvo un hijo de Eliud, al que el Señor despertó de la
muerte en Naim cuando ella ya había vuelto a enviudar; era el discípulo de Naim, bautizado
con el nombre de Marcial.
Mara, la hija de Roda que estuvo presente en la muerte de María, se había casado en
las cercanías de Belén. Cuando el nacimiento de Cristo, Mara estuvo con María una vez
que la madre Ana se fue de Belén. Mara no era pudiente, pues Roda también había dejado a
sus hijos solo un tercio de la herencia y había dado los otros dos tercios al Templo y a los
pobres. Natanael, el novio de Caná, era según creo hijo de esta Mara y recibió en el
bautismo el nombre de Amador. Mara tuvo todavía más hijos y todos fueron discípulos.
[Antes de morir, la Santísima Virgen visita por última vez el vía crucis que había
erigido. Su aspecto. Describe exactamente sus vestidos estimulada por una reliquia de
éstos. Algunos apóstoles están preparados en su casa.]
[La mañana del 7 de agosto de 1821 contó que:]
Ayer y hoy por la noche he tenido mucho quehacer con la Madre de Dios en Éfeso.
He hecho su vía crucis con ella y otras cinco santas mujeres entre las que estaban la sobrina
de la profetisa Hanna y la viuda Mara, sobrina de Isabel.
La Santísima Virgen iba delante de todas. La vi ya anciana y débil, completamente
blanca y como transparente; verla era indescriptiblemente conmovedor. Para mí que hacía
el vía crucis por última vez y me pareció que mientras lo hacía, ya estaban preparados en su
casa Juan, Pedro y Tadeo. A la Santísima Virgen la vi muy avejentada, pero en su aparición
no había expresión de su edad más que en un ansia ferviente que brotaba de ella como una
gloria.
Estaba indescriptiblemente seria. Nunca la he visto reír, sino sonreír
conmovedoramente. Cuanta más edad tenía, tanto más blanco y transparente aparecía su
rostro. Estaba delgada, pero no la vi ni una arruga, ni señal de que algo se marchitara en
ella. Estaba como en espíritu. El que yo viera en este cuadro a la Santísima Virgen tan clara y completamente
bien, podría deberse a que había tocado una pequeña reliquia del vestido que María llevaba
en esta ocasión. Tengo esa reliquia y procuraré describir el traje tan claramente como me
sea posible.
El traje era para llevar encima del vestido, y solamente le cubría por completo la
espalda, por donde colgaba en pliegues hasta los pies. Una parte se echaba arriba junto al
cuello por el hombro y el pecho hasta el otro hombro, donde se sujetaba con un botón,
formando así un pañuelo de cuello.
Por medio del cinturón que lo ceñía a la cintura, abrazaba el cuerpo desde debajo de
los brazos hasta los pies a ambos lados de la ropa interior parduzca, a cuyos lados formaba
una bolsa del cinturón abajo, enseñando el forro.
Esta bolsa estaba rayada, a lo largo y de través, con rayas rojas y amarillas. La tirita
que tengo es del lado derecho de este pliegue, pero no del forro.
Este era el traje de ceremonia que se usaba según antiguas costumbres judías. La
madre Ana también lo llevaba. El traje no solamente cubría la espalda de su túnica
parduzca sino que de toda la pechera y el delantero, así como de los añadidos, solo dejaba
ver un poco las arrugas de la manga en torno a la mano y el codo.
María llevaba el pelo recogido en una toca amarillenta que se curvaba un poco en la
frente y que se recogía en pliegues en la nuca. Encima de la toca llevaba un velo negro de
tela fina que le colgaba hasta media espalda. Una vez la vi con este traje en las bodas de
Caná.
El tercer año de la vida pública de Jesús, cuando el Señor estuvo enseñando y
curando más allá del Jordán, cerca de Bezabara, que también se llama Betania, vi a la
Santísima Virgen con este traje también en Jerusalén, donde ella vivía en una bonita casa
cercana a las casas de Nicodemo, al que también le pertenecía, según creo. Cuando la
crucifixión del Señor también la vi vestida con él, por debajo del manto de luto o de oración
que la envolvía completamente. Probablemente también llevaba aquí en el vía crucis de
Éfeso el traje de ceremonia, en recuerdo de haberlo llevado entonces cuando la Pasión de
Jesús. Entré en la casa de María, a unas tres horas de Éfeso y la vi acostada en un lecho
bajo y muy estrecho, en una celda dormitorio totalmente revestida de blanco, situada en el
espacio que había detrás y a la derecha del hogar. Su cabeza descansaba en un cojín
redondo; estaba pálida, muy débil y como transida de anhelo. Su cabeza y toda su figura
estaban envueltas en un largo lienzo, cubierto por una manta de lana marrón.
Vi entrar y salir de su celda dormitorio, como si se despidieran de ella, unas cinco
mujeres una detrás de otra. Las que salían del dosel hacían con las manos distintos
ademanes conmovedores de oración o tristeza. Reparé de nuevo entre ellas a la sobrina de
Hanna y a Mara, la sobrina de Isabel que vi en el vía crucis.
En ese momento ya vi reunidos seis apóstoles, en concreto Pedro, Andrés, Juan,
Tadeo, Bartolomé y Matías, así como Nicanor, uno de los siete diáconos que siempre era
muy ayudador y servicial. Los apóstoles estaban de pie y rezaban juntos a la derecha, en la
parte delantera de la casa, donde se habían preparado un sitio para orar.
[Han llegado dos apóstoles más. Matías, hermanastro de Santiago el Menor.
Servicio divino de los apóstoles en la parte delantera de la casa. El altar. Una cajita en
forma de cruz como relicario. ¿Tenían aquí reliquias?. Situación durante el servicio divino.]
[El 10 de agosto de 1821 contó:]
La época del año de la fiesta religiosa de la Dormición de la Santísima Virgen está
perfectamente bien; solo que no todos los años cae en la misma fecha. Hoy vi que todavía
entraron dos apóstoles con las ropas remangadas como si vinieran de viaje, eran Santiago el
Menor y Mateo, su hermanastro, pues cuando el viudo Alfeo se casó con María, la hija de
Cleofás, aportó a Mateo, hijo de su anterior matrimonio.
Vi que ayer a la caída de la tarde y hoy por la mañana, los apóstoles reunidos
celebraron el servicio divino en la parte delantera de la casa, y para ello apartaron a un lado
o colocaron de otra forma los biombos móviles de zarzo que formaban los dormitorios. El
altar consistía en una mesa cubierta de un mantel blanco encima de otro rojo. En cada
celebración sagrada adosaban la mesita a la pared a la derecha del hogar, que seguía
usándose, y después la volvían a retirar.
Delante del altar había un atril revestido del que colgaba un rollo de Escrituras. Por
encima del altar ardían lámparas y ellos mismos habían puesto encima del altar, tumbado o
de pie, un recipiente en forma de cruz hecho de la centelleante sustancia de la madreperla.
Tenía apenas un palmo de largo y ancho y contenía cinco cajitas cerradas con tapaderas de
plata; la del medio contenía al Santísimo Sacramento y las otras crisma, óleos, sal, hilas o
quizá algodón, y otras cosas santas. Estaban tan encajadas y bien tapadas que no se podía
salir nada.
En sus viajes, los apóstoles solían llevar esta cruz colgando del cuello debajo de la
ropa. Entonces eran más que el Sumo Sacerdote cuando llevaba sobre el pecho el
Sacramento de la Vieja Alianza.
No me acuerdo exactamente si los huesos santos se encontraban en una de estas
cajitas o dónde, pero se que en todos los sacrificios de la Nueva Alianza siempre tenían
cerca huesos de profetas, y más adelante de mártires, del mismo modo que los patriarcas en
sus sacrificios siempre ponían sobre el altar huesos de Adán o de otros patriarcas en los que
había descansado la Promesa. En la Última Cena, Cristo les enseñó a hacerlo así. Pedro
estaba delante del altar con ornamentos sacerdotales y los otros detrás de él en forma de
coro. Las mujeres que vivían en la parte trasera de la casa estaban de pie con ellos.
[Llega Simeón. Quince apóstoles y discípulos. Servicio divino. Pedro da el
Santísimo Sacramento a la Virgen. Cosas personales. Santa Susana le acompaña en visión.
Estado de Jerusalén en esa época. Curaciones por el poder sacerdotal.]
[El 11 de agosto de 1821 contó que:]
Hoy vi llegar el noveno apóstol, Simón. Todavía faltaban Santiago el Mayor, Felipe
y Tomás. También vi arrimados varios discípulos más entre los que recuerdo a Juan,
Marcos y aquel hijo o nieto del viejo Simeón que estaba empleado en el Templo en la
inspección de animales de sacrificio y que sacrificó para Jesús el cordero pascual. Ahora
estaban congregados por lo menos diez hombres.
Volvieron a celebrar el servicio divino en el altar, y a algunos de los recién llegados
los vi con las ropas muy remangadas, así que pensé que después querrían salir de viaje
enseguida. Delante del lecho de la Santísima Virgen había un taburetito pequeño, bajo y
triangular, como el de la Cueva de Belén en que los Reyes pusieron los regalos; tenía
encima una tacita con una cucharilla marrón y transparente. En la habitación donde vivía la
Santísima Virgen hoy solamente vi una mujer.
Vi que Pedro la volvió a dar el Santísimo Sacramento después del servicio divino;
se lo llevó en aquel recipiente en forma de cruz. Los apóstoles formaron dos filas desde el
altar hasta su lecho y se inclinaron profundamente cuan do Pedro pasó entre ellos con el
Santísimo Sacramento. Los biombos que rodeaban el lecho de la Santísima Virgen estaban
abiertos por todas partes.
Después de ver esto en Éfeso, me entró el deseo de ver qué aspecto tenía Jerusalén
en esta época, pero me asustaba el largo viaje que hay desde Éfeso hasta allí. En esto entró
Santa Susana mártir cuya fiesta era hoy y cuyas reliquias tengo conmigo, la cual estuvo
conmigo toda la noche y me animó, pues quería acompañarme.
Entonces salimos juntas por encima de mares y tierras y pronto estuvimos en
Jerusalén; ella era muy distinta de mí, era muy ligera y cuando quería agarrarla no podía. Si
yo entraba en un cuadro en un lugar concreto, como por ejemplo aquí, en Jerusalén, ella
desaparecía, pero me acompañaba y me consolaba en cada traslado de un cuadro a otro. Fui al Monte de los Olivos y lo vi todo arrasado y cambiado de cómo estuvo. Sin
embargo, todavía pude reconocer todos los lugares. La casa del Huerto de Getsemaní donde
esperaron los apóstoles, estaba arrasada y allí solo quedaban algunos muros y zanjas para
hacer intransitable el acceso. A continuación me llegué al sepulcro del Señor: estaba
sepultado y tapiado y encima de él, en lo alto de la roca, habían empezado un edificio como
un templete. Solo estaban en pie las paredes vacías.
Cuando miré el paraje a mi alrededor atribulada por esta devastación, se me
apareció mi novio celestial a consolarme en la figura en que en otros tiempos se apareció
aquí a Magdalena.
El Monte Calvario también lo encontré asolado y edificado. La prominencia de la
cima donde estuvo la cruz estaba rebajada y además tenía alrededor zanjas y vallas para que
no se pudiera llegar a ella. Sin embargo subí allí y recé, y entonces volvió a acercárseme el
Señor con consuelo y refrigerio. Cuando se me acercaba el Señor no veía a mi lado a Santa
Susana.
A continuación llegué a un cuadro de las heridas de Cristo y volví a ver de nuevo
muchas curaciones en la comarca de Jerusalén. En este momento estaba pensando en la
gracia de curar en nombre de Jesús, que ha sido otorgada especialmente a los sacerdotes, y
cuando pensaba en concreto cómo el ejercicio de esta gracia resurge especialmente en
nuestros días en el Príncipe Hohenlohe, vi a este sacerdote en acción.
Vi enfermos de muchas clases curados por su oración, y también personas que
cubrían sus viejas úlceras con sucios harapos, que ahora no sé si eran úlceras de verdad o
solo símbolos de viejos pecados en la conciencia.
Entonces llegué incluso a otros sacerdotes de mis cercanías, que tenían también
poder de sanación en ese mismo grado, pero que no lo dejaban salir por respeto humano,
distracción, confusión y falta de perseverancia en la intención.
Entre ellos vi a uno especialmente importante que ayudaba a media docena de
personas, cuyos corazones vi roídos por odiosas fieras que bien podrían significar pecados,
pero, por despreocupación este sacerdote dejaba de ayudar a otros que yacían enfermos
corporalmente aquí y allá, a los que seguramente podría ayudar. Ahora están congregados todo lo más doce hombres en la morada de María. Hoy vi
celebrar el servicio divino en el oratorio del rincón y celebraron misa allí. El cuartito de
María estaba abierto por todo sus lados. Una mujer estaba arrodillada junto al lecho de
María y la incorporaba de vez en cuando; y eso mismo veo también otras veces al día. Le
da una cucharadita de zumo de la taza. María tiene encima de su lecho una cruz de casi
medio brazo de largo en forma de Y griega mayúscula, tal como veo la Santa Cruz. El
tronco es algo más grueso que los brazos. Esta hecha como de distintas maderas y el cuerpo
de Cristo es blanco.
La Santísima Virgen recibió el Santísimo Sacramento.
Después de la Ascensión de Cristo, la Santísima Virgen vivió 14 años y dos meses.
[Hoy por la tarde, mientras dormía, la narradora cantó unos cantos de la Madre de
Dios, de modo suave, apacible e insólitamente conmovedor. Cuando el Escritor la despertó
con la pregunta¿qué estaba cantando?, ella respondió aún adormilada:]
—He ido con la procesión con la Señora aquí, ahora se ha ido.
[Al día siguiente dijo sobre este canto:]
—Por la tarde seguí a dos amigas de María que hacían el vía crucis detrás de la
casa. Van alternativamente todos los días a ese vía crucis por la mañana y por la tarde, y yo
procuro hacerlo detrás de ellas con cuidado y muy despacito. Ayer me extasié y empecé a
cantar y entonces todo desapareció.
El vía crucis de María tiene doce estaciones. Ella misma midió a pasos todas y Juan
ha hecho que pongan lápidas. Al principio solo eran piedras bastas que designaban las
estaciones, pero con el tiempo todo se ha ido arreglando cada vez más, y ahora eran piedras
blancas, bajas y lisas con varias esquinas, creo que casi eran ocho y tenía un hoyo en una
pequeña superficie. Por arriba tenía como un tejadillo.
Cada una de estas lápidas descansaba sobre una losa de la misma piedra cuyo
espesor no podía verse a causa del césped espeso y de las hermosas flores que las orlaban.
Lápidas y losas estaban todas marcadas con letras hebraicas.
Todas estas estaciones estaban en hondonadas cercadas, como en cuencos
artificiales pequeños y redondos. En estos hoyos, una senda lo bastante ancha para una o
dos personas llevaba en torno a las piedras para que se pudieran leer las inscripciones. Las
placitas que tenían alrededor, con hierba y hermosas flores, eran unas más grandes y otros
más pequeñas. Estas piedras no siempre estaban destapadas sino que a veces tenían sujeta a
un lado una estera para taparla cuando no se rezaba, que se sujetaba al otro lado con dos
estacas.
Las doce lápidas de las estaciones eran todas iguales y todas estaban marcadas con
inscripciones hebraicas, pero los lugares donde estaban eran distintos. La estación del
Monte de los Olivos estaba junto a una altura, en una vaguada en la que podían arrodillarse
varias personas. La estación de Monte Calvario era la única que no estaba en una
hondonada sino sobre una colina, y por esta colina se iba a la estación del Santo Sepulcro,
cuya lápida estaba en una hondonada al otro lado de la colina, y aún más abajo el sepulcro
propiamente dicho en una cueva de roca al pie de la colina donde sepultaron a la Santísima
Virgen. Creo que este sepulcro tiene que existir todavía bajo tierra y que alguna vez todavía
saldrá a la luz del día.
Vi que cuando los apóstoles, las santas mujeres y los demás cristianos, se acercaban
a estas estaciones para rezar, se arrodillaban o se prosternaban con el rostro en el suelo y
sacaban de debajo de sus ropas una cruz en Y como de un pie de larga que ponían de pie
sobre el hoyito de la lápida, valiéndose de una pieza móvil que tenía en la parte de atrás.
[Santiago el Mayor llega con tres discípulos. Trajes y conducta de los apóstoles que
llegan. Saludan a la Santísima Virgen.]
[El 13 de agosto de 1821 contó:]
Hoy vi el servicio divino como de costumbre. De día vi a la Santísima Virgen
incorporarse varias veces y refrescarse con la cucharita.
[Por la tarde, hacia las 7, dijo en sueños:]
Ahora ha llegado de España pasando por Roma Santiago el Mayor con tres
discípulos, Timón, Eremensear y otro más. Más tarde vino de Egipto Felipe con un
acompañante. Generalmente los apóstoles y los discípulos llegaban muy cansados y
llevando en la mano largos bastones ganchudos con botones de distintas clases en la
empuñadura que designaban su rango.
Llevaban parte de sus largos mantos de lana blanca echados sobre la cabeza para
cubrirse, como capuchas. Debajo llevaban túnicas sacerdotales de lana largas y blancas que
podían abrirse de arriba abajo, pero las llevaban cerradas con correítas ranuradas como
lazos, y pequeños rodetes como botones. Siempre los veo así pero se me olvida decirlo.
Para andar remangaban estas prendas y las metían en el cinturón. Algunos llevaban
una bolsa de costado colgando del cinturón. Los que entraban abrazaron afectuosamente a
los presentes, y vi que muchos lloraban de pena y de alegría pues volvían a verse pero en
ocasión muy triste. Entonces dejaron el bastón y se quitaron el manto, la bolsa y el cinturón
y entonces la túnica blanca les cayó hasta los pies. Se pusieron un ceñidor ancho que traían
consigo y que estaba marcado con letras. Les lavaron los pies y se acercaron al lecho de
María, a la que saludaron respetuosamente. Ella solo pudo hablar con ellos unas palabras.
No vi que tomaran más que unos panecillos y los vi beber de las botellitas que traían
colgando.
LA SAGRADA FAMILIA EN NAZARET
{En la casa de Nazaret había tres divisiones. La mayor y más arreglada era para
María, adonde acudían José y Jesús para rezar en común; rezaban en voz alta, de pie y con
las manos cruzadas sobre el pecho. A menudo los he visto rezar a la luz de una lámpara de
varias mechas. En la pared había un candelero donde brillaba una luz. Fuera de esto, cada
uno estaba en su propio compartimento. José trabajaba en su taller: lo vi hacer listones,
tallar palos, cepillar maderas o transportar vigas. Jesús le ayudaba en estos trabajos. María
estaba de ordinario ocupada en coser y hacer punto sentada sobre las piernas cruzadas y
teniendo a su alcance una cestita de costura. Cada uno dormía en un lugar aparte. Los
lechos consistían en mantas que se arrollaban por la mañana.
He visto a Jesús hacer toda clase de trabajos para sus padres, en casa y en la calle,
ayudando, con gracia y benevolencia, a todo el que se encontrase necesitado. Cuando no
ayudaba a José se entregaba a la oración y la meditación. Era un modelo para todos los
niños de Nazaret que lo querían bien y se guardaban mucho de disgustarle. Los padres
solían decir a sus criaturas cuando se portaban mal:
—¿Qué dirá el hijo de José cuando sepa como te portas?… ¿Es que quieres darle un
disgusto?
A veces llevaban a sus hijos delante de Jesús pidiéndole que les dijera que no
hicieran esto o aquello. A veces rezaba con ellos pidiendo a Dios fuerzas para que se
corrigieran, los convencía de que mejorasen y de que pidiesen perdón a sus padres
reconociendo sus faltas.
A una hora más o menos de Nazaret, hacia Séforis, había una aldea llamada Ofna
donde en tiempos de Cristo vivían los padres de Santiago y Juan. Estos niños se
encontraban con Jesús con frecuencia hasta que sus padres se trasladaron a Betsaida y ellos
se dedicaron a la pesca. En Nazaret vivía una familia esenia emparentada con Joaquín que
tenía cuatro hijos: Cleofás, Jacobo, Judas y Jafet, unos mayores y otros más pequeños que
Jesús, que también eran compañeros suyos. Sus padres solían juntarse con la Sagrada
Familia cuando iban a las fiestas del Templo de Jerusalén. Los cuatro hermanos fueron más
tarde discípulos de Juan el Bautista y después de su muerte pasaron a ser discípulos de
Cristo. Cuando Andrés y Saturnino atravesaron el Jordán permanecieron todo el día con
Jesús. Más adelante estuvieron en calidad de discípulos suyos en las bodas de Caná.
Cleofás es el mismo que en compañía de San Lucas se les apareció Jesús en Emaús; estaba
casado y vivía en Emaús. Su mujer se unió más adelante a las santas mujeres de la
comunidad cristiana.} {Cuando Jesús tenía ocho años fue por primera vez con sus padres a Jerusalén y
desde entonces iba año tras año a las festividades del Templo. Desde su primera aparición
en el Templo, Jesús despertó curiosidad entre sus amigos y entre los escribas y fariseos del
Templo. Los parientes y amigos de Jerusalén hablaban de aquel niño tan prudente y
piadoso, hijo de José, y lo llamaban admirable, tal como aquí hablamos, en las romerías
anuales o en los encuentros de personas conocidas de éste o aquél niño piadoso y modesto
de alguna familia de labradores. Así pues, cuando Jesús se quedó en el Templo tenía
amigos y conocidos en Jerusalén, y por eso no se extrañaron sus padres de no verlo al salir
de Jerusalén, porque ya desde la primera vez que fue al Templo hasta ésta que era la quinta,
solía juntarse con los niños de otras familias que viajaban camino de Nazaret.
Esta vez Jesús, al llegar al Huerto de los Olivos, se separó de sus acompañantes, que
pensaron que lo hacía para juntarse con sus padres que venían detrás. Jesús se dirigió a la
parte de la ciudad que mira hacia Belén y fue a aquella posada donde se hospedó la Sagrada
Familia cuando fue al Templo a la Presentación. Sus padres creían que estaría con los que
iban a Nazaret, y éstos pensaban que se apartaba de ellos para reunirse con sus padres. Pero
cuando llegaron a Gofna y advirtieron que Jesús no estaba con los viajeros, el susto de
María y de José fue muy grande. Inmediatamente volvieron a Jerusalén preguntando por el
camino a los parientes y amigos por el niño; pero no lo encontraron por ningún lado pues
no se había quedado donde solían hacerlo ordinariamente al ir al Templo.}
{Jesús pasó la noche en la posada cercana a la Puerta de Belén donde lo conocían a
él y a sus padres. Se juntó con otros muchachitos y fue a dos escuelas que había en la
ciudad; el primer día a una escuela y el segundo a otra. El tercer día estuvo por la mañana
en una escuela del Templo y por la tarde en el Templo propiamente dicho donde finalmente
lo encontraron sus padres. Estas escuelas eran de diversas clases y no solamente para
aprender la Ley y la religión. Se enseñaban diversas ciencias, y la última de ellas, situada
junto al Templo, era de donde salían los levitas y sacerdotes.
Con sus preguntas y respuestas asombró tanto el niño a los maestros y rabinos de
estas escuelas, y los estrechó tanto, que éstos se propusieron a su vez humillar al niño con
los rabinos más sabios en las diferentes ramas del saber humano. Con este fin se
confabularon los sacerdotes y los escribas, que al principio estaban complacidos de la
preparación del Niño Jesús, pero luego quedaron mortificados y querían vengarse.
Esto ocurrió en el aula pública situada en el vestíbulo del Templo, delante del Santo
de los Santos, en el ámbito circular desde donde más tarde Jesús enseñó al pueblo. Vi
sentado al Niño Jesús en una silla que era muy grande para él, y alrededor una multitud de
judíos y ancianos con vestiduras sacerdotales que escuchaban atentos y parecían tan
furiosos que por momentos pensé que lo maltratarían. En la parte alta de la cátedra había
unas cabezas pardas como de perros que lucían y relumbraban en sus puntos más altos;
tales figuras y cabezas se veían en las mesas largas de cocina que había en la parte lateral
de este recinto del Templo y que estaban llenas de ofrendas. Todo este espacio era tan
grande y amplio y estaba tan lleno de gente que uno no creía estar en un Templo.
Como Jesús había aducido en las otras escuelas en sus respuestas y explicaciones
toda clase de ejemplos de la Naturaleza, las artes y las ciencias, aquí se habían reunido
maestros de todas estas disciplinas. Cuando comenzaron a preguntarle y a disputar en
particular con Jesús sobre estas materias, Él les dijo que eso no era propio de este lugar del
Templo; pero que también en eso quería satisfacerlos por ser así la voluntad de su padre.
Como ellos no comprendían que hablaba del Padre Celestial, pensaron que José le había
dicho que hiciera alarde de toda su ciencia delante de los sacerdotes. Jesús comenzó a
responder y a enseñar sobre medicina describiendo el cuerpo humano y diciendo cosas que
no sabían ni los más entendidos en la materia.
Habló asimismo de astronomía, arquitectura, agricultura, geometría y matemáticas;
luego pasó a la jurisprudencia. De este modo, todo lo que iba diciendo lo aplicaba tan
bellamente a la Ley, las promesas, las profecías, el Templo y los misterios del culto y del
sacrificio, que algunos estaban sumamente admirados, mientras que otros estaban
avergonzados y disgustados. Así fueron las cosas hasta que todos quedaron corridos y muy
molestos, especialmente al oír cosas que jamás habían oído ni entendido, o que
interpretaban de manera muy diferente.
Llevaba varias horas enseñando cuando José y María entraron en el Templo y
preguntaron por su hijo a los levitas que los conocían, que les dijeron que estaba en el atrio
con los escribas y sacerdotes. No siendo éste un lugar accesible para ellos, enviaron a un
levita a buscar a Jesús, quien envió a decirles que primero tenía que terminar su trabajo.
Que Jesús no viniera afligió mucho a María; pues era la primera vez que Jesús daba a
entender que tenía otros mandatos distintos de los de sus padres de la Tierra.
Continuó enseñando al menos una hora más, y cuando todos se vieron derrotados,
confusos y corridos en sus preguntas capciosas, dejó el aula y se acercó al vestíbulo de
Israel y de las mujeres. José, tímidamente, callaba lleno de admiración pero María se acercó
a Jesús y le dijo:
—Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te hemos buscado con
tanto dolor.— Y Jesús dijo:
—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre?
Ellos no lo entendieron y regresaron con él inmediatamente. Los que habían oído
estas palabras estaban asombrados y se quedaron mirándolo. Yo estaba llena de temor y me
parecía que querían capturarlo porque estaban llenos de encono contra el niño. Me asombró
que dejasen partir tranquilamente a la Sagrada Familia, a la que la muchedumbre apiñada
en aquel lugar abrió ancho camino.
La doctrina de Jesús excitó vivamente la atención de los escribas; algunos anotaron
sus dichos como algo notable. Se hicieron toda clase de comentarios y murmuraciones
sobre el particular, pero todo lo que había ocurrido en el Templo se lo guardaron para sí,
tergiversando las cosas y calificando al niño de intruso y atrevido al que habían corregido.
Sin duda tenía mucho talento, pero esas cosas había que pensarlas mejor.
Vi que la Sagrada Familia volvió a salir de Jerusalén y se reunió con dos mujeres y
unos niños que yo no conocía, pero que parecían ser de Nazaret. Fueron por diversos
lugares por varios caminos alrededor de Jerusalén, por el Monte de los Olivos,
deteniéndose aquí y allá en los hermosos y verdes lugares de recreo y rezando con las
manos cruzadas sobre el pecho. Los vi cruzar un puente grande sobre un arroyo. Aquel
pequeño grupo, al caminar y rezar, me recordaba vivamente una peregrinación.} {Cuando Jesús estuvo de vuelta en Nazaret vi una gran fiesta en casa de Ana a la
que asistieron todos los jóvenes y niñas de los parientes y amigos. No sé si sería una fiesta
por el hallazgo del Niño Jesús, una solemnidad acostumbrada al regreso de Pascua, o la
conmemoración del duodécimo aniversario de los hijos, que solía celebrarse. Jesús estaba
allí como el principal festejado. Las mesas estaban bajo hermosas pérgolas de las que
colgaban guirnaldas de hojas de parra y espigas. Los niños llevaban uvas y panecillos;
estaban presentes treinta y tres niños, todos ellos futuros discípulos de Jesús, lo que
guardaba relación con los años de vida de Jesús.
Durante la fiesta Jesús enseñó y contó a los niños una parábola maravillosa y poco
comprendida de unas bodas donde el vino se convertiría en sangre y el pan en carne, y que
ésta permanecería hasta el fin del mundo entre los convidados para su consuelo, fortaleza y
vínculo de unión. A un joven llamado Natanael, pariente suyo, le dijo:
—Estaré en tus bodas.
A partir del duodécimo año de vida, Jesús fue siempre como el maestro de sus
compañeros de infancia. A menudo estaba con ellos contándoles algo y paseando al aire
libre. Después empezó a ayudar a José en su oficio. El Salvador era de figura delicada,
rostro largo, ovalado y brillante; su color era sano pero pálido; el cabello, muy liso y rubio
encendido, le caía en crenchas por su alta y serena frente hasta los hombros. Vestía una
larga túnica entre gris y parduzca que le llegaba hasta los pies; las mangas se abrían algún
tanto cerca de las manos.} {Jesús rondaba los treinta años cuando José se fue debilitando cada vez más.
Muchas veces vi que Jesús y María estaban con él y que María se sentaba muchas veces en
el suelo delante de su lecho o en un taburete de tres patas, redondo y bajo, que a veces
utilizaba de mesa. Los vi comer pocas veces. A San José le llevaban a comer al lecho un
plato con tres rebanadas cuadradas y blancas, como de dos dedos de largo, o frutas
pequeñas en una taza. Le daban de beber en una especie de ánfora.
Cuando José murió, María estaba sentada a la cabecera de su lecho y lo tenía en
brazos, mientras que Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento lleno de ángeles y de
resplandor. Le cruzaron las manos sobre el pecho, lo envolvieron en lienzos blancos, lo
metieron en un cajón estrecho y lo depositaron en una hermosa caverna sepulcral que le
había regalado un buen hombre. Además de José y de María, pocas personas acompañaron
su ataúd, que yo veía en cambio entre ángeles y resplandores.
San José tuvo que morir antes que el Señor porque no hubiera podido sufrir la
crucifixión; estaba demasiado débil y era demasiado amoroso. Ya fueron para él grandes
padecimientos las persecuciones que tuvo que soportar el Señor entre sus veinte y sus
treinta años por toda suerte de maquinaciones por parte de los judíos que no lo podían
sufrir. Decían que el hijo del carpintero quería saberlo todo mejor y estaban llenos de
envidia porque muchas veces impugnaba la doctrina de los fariseos y siempre tenía consigo
muchos jóvenes que le seguían. María sufrió infinitamente con estas persecuciones. A mí
siempre me parecieron más grandes estas penas que los martirios efectivos. Es
indescriptible el amor con que Jesús soportó en su juventud las persecuciones y añagazas de
los judíos. Como iba con sus seguidores a la fiesta de Jerusalén y solía pasear con ellos, los
fariseos de Nazaret le llamaban vagabundo. Muchos de estos seguidores luego no
perseveraron y lo abandonaron.
Después de la muerte de José, Jesús y María se trasladaron a un pueblecito de pocas
casas entre Cafarnaúm y Betsaida, donde un hombre de Cafarnaúm llamado Leví, que
amaba a la Sagrada Familia, dio a Jesús una casita para vivir en un lugar apartado rodeada
de un estanque de agua. En ella vivían también unos servidores de Leví para atender los
quehaceres domésticos, y la comida la traían de casa de Leví. A este mismo pueblecito se
retiró también el padre del apóstol San Pedro cuando dejó a éste su negocio de pesca en
Betsaida. Jesús tenía entonces algunos adeptos en Nazaret, pero lo abandonaban con
facilidad. Jesús ya iba con ellos al lago y a Jerusalén a las fiestas del Templo. La familia de
Lázaro, de Betania, ya era conocida de la Sagrada Familia. Leví le había entregado esta
casa para que Jesús pudiera refugiarse allí con sus discípulos sin ser molestado.
Había entonces en torno al lago de Cafarnaúm una comarca muy fértil, con
hermosos valles, y he visto que recogían allí varias cosechas al año. El aspecto era muy
hermoso por el verdor, las flores y las frutas; por eso muchos judíos nobles tenían allí sus
casas de recreo, castillos y jardines; también Herodes tenía una residencia. Los judíos de la
época del Señor no eran como los de otros tiempos, pues estaban muy pervertidos por el
comercio con paganos. A las mujeres no se las veía normalmente en público ni en el
campo, a no ser a las muy pobres que recogían espigas de trigo. En cambio se las veía en la
peregrinaciones a Jerusalén y en otros lugares de oración. El comercio y la agricultura las
llevaban sobre todo esclavos y sirvientes. He visto todas las ciudades de Galilea, y donde
ahora veo apenas dos o tres pueblecitos, había entonces un centenar repleto de gente en
movimiento.
María Cleofás, que hasta ahora vivía en casa de Ana, cerca de Nazaret, con su tercer
marido, el padre de Simeón de Jerusalén, se trasladó con su hijo Simeón a la casa de
Nazaret cuando la dejaron Jesús y María, mientras que los criados y parientes se quedaron
en la de Ana. En esta época, cuando Jesús se dirigió de Cafarnaúm a Hebrón pasando por
Nazaret, María le acompaño hasta Nazaret, donde se quedó esperando su vuelta. María
solía acompañar a su hijo con mucho cariño en estos cortos viajes. Acudieron allí José
Barsabas, hijo de María Cleofás, que lo tuvo de su segundo marido Sabas, y otros tres hijos
de su primer marido Alfeo: Simón, Santiago el Menor y Tadeo, que ejercían sus oficios
fuera de casa. Todos fueron a consolarse viendo a María, a consolarla de la muerte de José,
y también a volver a ver de nuevo a Jesús, a quien no habían vuelto a ver desde su infancia.
Habían oído comentar las palabras de Simeón en el Templo y la profecía de Ana cuando la
presentación de Jesús en el templo, pero apenas se las creían y por eso se unieron a Juan el
Bautista, que ya había hecho su aparición en esos lugares.}
LA SAGRADA FAMILIA EN EGIPTO - LA MATANZA DE LOS INOCENTES
[Pasan un canal. Habitantes malintencionados. Pasan de largo. Longitud del viaje.]
A continuación los vi llegar a un lugar que se llama algo así como Lepe o Lape, en
la que hay agua y han hecho zanjas y canales y hay altos diques1
.
Pasaron el agua en una balsa de troncos que tenía encima una especie de patín
grande donde metieron al asno. María se sentó con su niñito en una viga. Guiaban la balsa
dos hombres castaños, deformes y medio desnudos, de narices aplastadas y labios salientes.
No llegaron a la población, sino solo a unas casas apartadas; pero como la gente era
tan ruda e inmisericorde, pasaron de largo sin trabar conversación. Pienso que ésta era la
primera ciudad pagana [¿egipcia?].
La Sagrada Familia ha viajado diez días por tierra judía y otros diez por el desierto.
A continuación vi ya a la Sagrada Familia en heredades egipcias. Aquí y allá había
algunos prados verdes donde andaba ganado. Vi también árboles que tenían ídolos sujetos
de la forma de muñecos de trapo fajados con vendas anchas en las que había figuras o
letras. También veo por doquier gente más bien gruesa y rechoncha, vestida de la misma
forma que los que hilaban algodón que vi una vez en la frontera del país de los Reyes
Magos; vi que iban apresurados a venerar a sus ídolos.
La Sagrada Familia entró en un cobertizo de ganado pero el ganado les hizo sitio y
salió fuera. Carecían de víveres y no tenían pan ni agua; nadie les dio nada. María apenas
lograba alimentar a su niño; estaban apurando toda la miseria humana. Finalmente llegaron
algunos pastores a abrevar su ganado en un pozo cerrado y les dieron un poco de agua ante
las apremiantes súplicas de San José.
Más tarde los vi que marchar por un bosque, muy desvalidos y desmayados, y que a
la salida del bosque había una palmera delgada y fina que tenía en lo más alto sus frutos
reunidos como en un racimo. María fue al árbol con el niño en brazos, rezó y levantó al
niño y entonces el árbol inclinó su copa hacia ellos y recogieron todos los dátiles. El árbol
se quedó en esta posición como si se hubiera arrodillado.
A la Sagrada Familia la seguía una turba del pueblo que estaba un poco más lejos y
María repartió muchos dátiles a los chicos desnudos que corrían a su lado. A un cuarto de
hora de aquel primer árbol los vi llegar a un sicomoro grande y extraordinariamente grueso;
estaba hueco y se escondieron en él. Los que los seguían los perdieron de vista y pasaron de
largo. La Sagrada Familia pasó allí la noche. [Brota un manantial por la oración de María. Origen del huerto de balsameros. Más
tarde se instala allí un poblado.]
Al día siguiente prosiguieron su camino por un monótono desierto de arena. Se
sentaron en una duna, casi completamente desmayados y completamente sin agua. La
Santísima Virgen imploró a Dios y a su lado brotó un manantial abundante que empapó el
suelo todo a su alrededor. José cortó una duna pequeña, hizo un pilón y excavó un canalillo
para dar salida al agua. Entonces se refrescaron; María lavó al niño, José abrevó al asno y
llenó el odre.
Vi que también se acercaron a refrescarse en el agua unas fieras horribles como
lagartos grandísimos, y también tortugas. No hicieron daño a la Sagrada Familia, sino que
la miraban muy bondadosamente. El agua que manaba, después de bañar un espacio
bastante grande, volvía a perderse en el paraje donde había brotado.
Este sitio se volvió maravillosamente fértil, pronto se puso todo verde y allí
crecieron deliciosos balsameros; cuando la Sagrada Familia regresó de Egipto, ya pudo
refrescarse con su bálsamo. El lugar se hizo famoso más tarde como Huerto de
Balsameros y en él se asentó gente de toda clase; creo que también vino aquí la madre del
hijo que se curó de la lepra. He visto cuadros posteriores de este lugar. Un hermoso seto de
balsameros rodeaba el huerto, y en el centro había varios frutales grandes.
En una época posterior excavaron un pozo más grande y profundo, del que sacaban
mucha agua con una noria tirada por bueyes. Esta agua la mezclaron con la del manantial
de María para poder regar todo el huerto, pues sin mezclar, el agua del nuevo pozo era
insalubre. Se me mostró que los bueyes que movían la noria dejaban de trabajar de sábado a
mediodía a lunes por la mañana temprano. [Se desploma un ídolo en las afueras de la ciudad. Alboroto. Entran en la ciudad.]
Después que se refrescaron aquí, tiraron hacia Heliópolis, que también se llama On,
una ciudad grande y maravillosamente construida, pero también con muchas ruinas. En
tiempos de los hijos de Jacob vivía en ella el sacerdote egipcio Putifar en cuya casa moraba
Asenet, la hija de Dina y del siquemita que se casó con el patriarca José. Aquí vivía
también Dionisio el Areopagita en la época de la muerte de Cristo. La ciudad estaba muy
devastada y despoblada por la guerra, y mucha gente había vuelto a construir en el interior
de los edificios destruidos.
Ellos siguieron por un puente alto y largo que cruza un río ancho [el Nilo], que me
parece que aquí tiene varios brazos. Llegaron a una plaza bordeada de una especie de paseo
delante de la puerta de la ciudad en la que, encima de un fuste de columna más delgada por
arriba que por abajo, había un gran ídolo con cabeza de buey que llevaba en brazos algo de
la forma de un niño fajado. El ídolo estaba rodeado de un círculo de piedras como si fueran
mesas o bancos, adonde venían a depositar sus ofrendas las masas de gente que salían de la
ciudad e irrumpían en el cuadro. No lejos de este ídolo había un árbol grande y la Sagrada
Familia se sentó a descansar debajo de él.
Apenas llevaban un rato descansando bajo el árbol cuando se produjo un terremoto
que sacudió al ídolo y lo tiró al suelo. Se formó alboroto y griterío en el pueblo, y muchos
trabajadores del canal vinieron corriendo de las inmediaciones; pero un buen hombre, que
creo que era picador del canal y que había acompañado hasta aquí por el camino a la
Sagrada Familia, se los llevó corriendo a la ciudad. Ya estaban en la salida de la Plaza del
Ídolo cuando el pueblo asustado reparó en ellos. Les atribuyeron la caída del ídolo y los
rodearon coléricos con amenazas y denuestos, pero no por mucho tiempo, porque tembló la
tierra, el gran árbol se desplomó, sus raíces salieron del suelo y el suelo bruscamente rajado
que abarcaba el sitio del ídolo se llenó de un charco sucio y oscuro donde el ídolo se hundió
hasta los cuernos. Algunos de los peores de aquellos se hundieron también en el hoyo de
agua negra.
La Sagrada Familia entró tranquilamente en la ciudad y se alojó en el interior de un
grueso muro en el que había mucho espacio vacío contiguo a un gran templo pagano. [La localidad. Vivienda de la Sagrada Familia. Trabajos de San José y de la
Santísima Virgen. Traje de los habitantes. El lecho del Niño Jesús. El país de Gosén. Judíos
perversos.]
[Ana Catalina comunicó los siguientes fragmentos de sus visiones de la vida
posterior de la Sagrada Familia en Heliópolis u On:]
Más adelante, una vez que llegué a Egipto por encima del mar, encontré que la
Sagrada Familia todavía vivía en la gran ciudad devastada. La ciudad es muy extensa y está
construida en torno a un gran río de muchos brazos; su silueta se ve desde muy lejos. Aquí
hay sitios completamente construidos por muros bajo los cuales corre el río. Las personas
van en balsas por los brazos del río, para lo cual se instalan en el agua.
Vi muy extrañada ruinas de edificios, grandes trozos de gruesos muros, torres a
medias y también templos casi enteros; columnas como torres a las que se podía subir
dando vueltas por fuera; altas columnas que por arriba eran delgadas y terminaban en
punta, cubiertas completamente de figuras extrañas; y muchas figuras grandes como de
perros tumbados con cabeza humana.
La Sagrada Familia vivía en el vestíbulo de una gran construcción de piedra,
sostenida por uno de sus lados por columnas cuadradas y redondas, cortas y pesadas.
Mucha gente se había apañado una vivienda dentro de las columnas o delante de ellas. Por
encima de esta construcción iba un camino por el que se podía ir a pie o en vehículo.
Enfrente había un gran templo con dos patios.
Delante de este espacio, que por un lado estaba cerrado por un muro y que por los
demás estaba abierto y con una fila de columnas gruesas y nada altas, José levantó un
saledizo de madera, dividido en varios cuartos con tabiques de corteza en los que vivían.
Aquí los vi a todos juntos y los burros también, pero separados por esos tabiques de corteza
que siempre solía hacer José. Por primera vez me di cuenta que, escondido detrás de un
mamparo de éstos, tenían también un pequeño altarcito en la pared donde rezaban: una
mesita cubierta con un tapete rojo y otro blanco transparente, sobre la que colgaba una
lámpara.
Más adelante, cuando San José estuvo completamente instalado lo vi trabajar en
casa y muchas veces también fuera. Hacía bastones largos con pomos redondos, pequeños
taburetes de tres patas, bajos, redondos y con un asa detrás para poder llevarlos, y una
especie de cestas. Fabricaba muchos tabiques ligeros de cortezas entrecruzadas; la gente las
untaba con algo para darlas más consistencia, y con ellas alzaban cabañas y separaciones de
todo género apoyadas en aquellos muros monstruosamente gruesos, o incluso dentro de
ellos.
San José también hacía con tablas largas, delgadas y ligeras unas torrecillas livianas
de seis u ocho caras terminadas en punta con un botón. Tenían una abertura, de modo que
un hombre podía sentarse dentro como en una garita, y por fuera tenían algunos escalones
alrededor para subirse a ellas. A veces he visto torrecillas de estas en los templos paganos y
también en las azoteas. Se sentaban dentro; quizá fueran garitas para poder vigilar a la
sombra.
La Santísima Virgen hacía alfombras y también la vi hacer otra labor: tenía junto a
sí una vara que tenía sujeto en la punta un ovillo; ya no sé si hilaba o hacía punto. Muchas
veces venían a visitarla a ella o al Niño Jesús, que estaba en el suelo junto a ella, acostado
en una especie de moisés; y a veces veía la barquilla puesta en un soporte parecido a un
aserradero de troncos. Entonces yo veía al niñito tumbado muy contento, que a veces
dejaba caer los brazos colgando por fuera por los dos lados. Una vez vi que se había
incorporado y estaba sentado. María estaba sentada a su lado y hacía punto con una cestita
al lado. Tres mujeres estaban con ella.
En esta ciudad destruida, los hombres vestían exactamente como aquella gente a la
que vi hilar algodón cuando fui al encuentro de los Reyes Magos, solo que éstos llevaban
en torno al bajo vientre un mandil completo, como si llevaran falditas cortas. Había pocos
judíos por aquí y los veía rondar con precaución, como si no tuvieran derecho a vivir aquí.
Al Norte de Heliópolis, entre esta ciudad y el Nilo, que allí se divide en muchos
brazos, hay un país pequeño llamado Gosén, en el que había un lugar donde vivían entre
canales muchos judíos cuya religión se había embrutecido mucho. Varios de estos judíos
trabaron conocimiento con la Sagrada Familia, y María hizo toda clase de labores
femeninas para ellos a cambio de pan y víveres. Los judíos tenían en el país de Gosén un
templo que comparaban con el de Salomón, pero era muy distinto. [José erige aquí un oratorio común para los judíos. El Niño Jesús va por primera vez
al oratorio. Jesús con sus compañeros de juegos y con San José. La caída de los ídolos se
atribuye a la Sagrada Familia.]
Vi a la Sagrada Familia en Heliópolis. Todavía vivían en el templo pagano en una
bóveda dentro de aquel grueso muro. No lejos de allí José había construido un oratorio
donde se reunían los judíos que vivían aquí pues antes no tenían oratorio común. El oratorio
tenía encima una cúpula ligera que se podía abrir para estar al aire libre. Los rollos estaban
en el centro encima de un altar o mesita de ofrendas cubierta de rojo y blanco.
El sacerdote o profesor era un hombre muy viejo. Aquí, hombres y mujeres no
estaban tan separados como en la Tierra Prometida; aquí los hombres estaban a un lado y
las mujeres a otro.
Eché una mirada a la primera vez que la Santísima Virgen estuvo con el Niño Jesús
en la sala de oración; ella se sentó en el suelo apoyada en un brazo, con el niño sentado
delante de sí, vestido con una túnica azul celeste y le juntó las manitas sobre el pecho. José
estaba de pie detrás de ella, como siempre hacía aquí, aunque los demás hombres y
mujeres, de pie o sentados, estaban separados a ambos lados de la sala.
Se me mostró también que cuando Jesusito ya fue algo mayor recibía visitas de
otros niños; ya podía hablar graciosamente y corretear, estaba mucho con José y también
iba con él cuando salía a trabajar fuera. Llevaba puesta una túnica como una camisita hecha
de punto y de una sola pieza.
Entonces se cayeron algunos ídolos del templo cerca del cual vivían, y como al
venir a la ciudad también se cayó el ídolo de la puerta, algunos interpretaron que era el
enojo de los dioses contra ellos, por lo que tuvieron que padecer algunas persecuciones. [En el segundo año de vida de Jesús, un ángel anuncia a la Sagrada Familia la
matanza de niños de Herodes. Descripción de este acontecimiento en Jerusalén.]
Hacia la mitad del segundo año de vida de Jesús se apareció un ángel a la Santísima
Virgen en Heliópolis para hacerla saber la matanza de niños mandada por Herodes. Ella y
José se afligieron mucho, y el Niño Jesús lloró todo el día.
Pero yo vi lo siguiente:
Como los Reyes Magos no volvieron a verle, la preocupación de Herodes se
adormeció un tanto, ocupado con todos los negocios de su familia. Pero su inquietud volvió
a despertarse cuando le llegaron rumores de las predicciones de Simeón y Hanna en el
Templo durante la ofrenda de Jesús. Por esta época la Sagrada Familia llevaba ya algún
tiempo en Nazaret.
Con distintos pretextos mandó soldados a distintos lugares en torno a Jerusalén:
Gilgal, Belén y hasta Hebrón, y ordenó que se averiguara el número de niños. Mientras
Herodes estuvo en Roma, los soldados llevaban más de nueve meses en esos lugares. Los
niños fueron asesinados a su regreso2
.
Cuando ocurrió la matanza, Juan ya tenía dos años y llevaba secretamente una
temporada en casa de sus padres. Entonces, antes que Herodes mandara publicar la orden
de que las madres llevaran a las autoridades sus niños de hasta dos años de edad, Isabel,
advertida por la aparición de un ángel, volvió a huir al desierto con el pequeño Juan. Por
esa época Jesús tenía ya casi año y medio y ya sabía correr. Los inocentes fueron
asesinados en siete lugares distintos.
A sus madres las prometieron premios a su fecundidad, y ellas llevaron sus niños
vestidos de fiesta a las casas del gobierno de estos lugares. Los hombres fueron rechazados,
separaron a las madres de los niños, y cuando éstos estuvieron solos, fueron acuchillados
por los soldados en patios cerrados. Hicieron montones con ellos y luego los enterraron
someramente en hoyos.
[Esta visión del asesinato de los Niños Inocentes la comunicó Ana Catalina el 8 de
marzo de 1821, y por tanto en la época del año en la que se produjo la huida a Egipto, así
que puede aceptarse que este acontecimiento tuvo lugar un año después. Ana Catalina dijo:]
Hoy por la tarde vi ir a Jerusalén las madres con sus niños, desde los más pequeños
hasta los de dos años. Venían de Hebrón, Belén y de otro lugar, donde Herodes había
enviado soldados y más adelante había hecho publicar, a través de las autoridades locales,
la orden de ir a Jerusalén. Iban a la ciudad formando varios grupos; muchas traían dos niños
y venían montadas en burro. Las llevaron a todas a un gran edificio y allí despidieron a los
hombres que las acompañaban. Todas entraron tan contentas pues creían que iban a recibir
un premio a su fecundidad.
El edificio estaba algo apartado, no lejos de donde estuvo después la residencia de
Pilatos. Desde fuera no era fácil escuchar lo que pasaba dentro porque estaba circundado de
murallas. Tiene que haber sido un tribunal, pues vi en el patio pilares y bloques de piedra
con cadenas, así como algunos árboles que se ataban juntos para sujetar al reo con grilletes
y después los volvían a soltar. Los árboles se separaban, y descuartizaban al reo. Era un
edificio sólido y oscuro y el patio era casi tan grande como el cementerio que está junto a la
iglesia parroquial de Dülmen.
Un portal que atravesaba dos muros daba a este patio, que estaba rodeado de
edificios por tres lados. Los edificios de derecha e izquierda eran de una sola planta pero el
del medio tenía dos y parecía una vieja sinagoga abandonada. Los tres edificios tenían
puertas al patio.
Llevaron a las madres por el patio a los dos edificios laterales y las encerraron allí.
Al principio me pareció que estaban en una especie de hospital o de albergue. Cuando se
vieron privadas de libertad, se asustaron y empezaron a llorar y a lamentarse y en esta
aflicción pasaron toda la noche.
[Al día siguiente, 9 de marzo, contó:]
Esta tarde he visto el horrible cuadro de la matanza de los niños inocentes en el
tribunal. En la casa grande de dos plantas que cierra el fondo del patio, el de abajo era un
gran vestíbulo vacío, como una cárcel o sala de guardia del tribunal, y en el de arriba había
una sala cuyas ventanas daban al patio; en éste vi toda clase de señores reunidos como en
un juicio, que tenían delante rollos encima de una mesa. Creo que Herodes también estaba
presente, pues había uno con un manto rojo forrado de una piel blanca en la que había
colitas negras; llevaba corona, los otros le rodeaban y él miraba al exterior por las ventanas
de la sala.
Llamaron una a una a las madres con sus niños, para que pasaran de los edificios
laterales al gran vestíbulo de abajo del gran edificio del fondo. Al entrar, los soldados les
quitaban los niños y los sacaban al patio por la puerta, donde unos veinte se afanaban en
matarlos con espadas y venablos, cortándoles el cuello o pinchándoles en el corazón. Unos
eran niños de pañales, cuyas madres aún les daban el pecho, y otros eran chiquillos con
largas túnicas de punto. No los desnudaban primero, sino que les daban un tajo en el cuello
o en el corazón, los agarraban por el brazo o un pie y los tiraban a un montón. Era una
visión espantosa.
En el gran vestíbulo, los soldados empujaban a las madres unas contra otras y
cuando ellas se dieron cuenta del destino de sus niños se alzó un terrible griterío, se
mesaban los cabellos y se abrazaban mutuamente. Al final estaban tan apretadas que apenas
podían moverse. Creo que la matanza duró hasta la noche.
Los niños fueron enterrados en una fosa en este mismo patio. Se me mostró su
número que ya no recuerdo exactamente; creo que eran 700 y un número más, en el que
había un 7 o un 17. Me explicaron la cifra con una expresión que me acuerdo que sonaba
como ducen , pienso que había que contar varias veces CC . [¿Quizá era Ducentos
?]
Esta visión me dejó sumamente horrorizada, no sabía dónde estaba pasando, creía
que era aquí. Cuando me desperté volví en mí muy poco a poco. La noche siguiente
devolvieron a sus pueblos a las madres atadas en grupos separados. El lugar de la matanza
de los inocentes en Jerusalén fue después el patio del tribunal, y no estaba lejos del tribunal
de Pilatos, aunque para esta época ya había cambiado un poco. Cuando la muerte de Cristo,
la fosa de los niños asesinados se hundió, aparecieron sus almas y salieron de allí. Cuando le avisó un ángel, Isabel volvió a huir al desierto antes de la matanza de los
niños y se me mostró lo que sigue:
Estuvo mucho tiempo buscando hasta que encontró una cueva que le pareció
bastante escondida y allí se quedó aproximadamente 40 días con su chiquillo. Cuando
Isabel volvió a su casa, un esenio de la comunidad del Monte Horeb en el desierto fue hasta
donde estaba el niño, le trajo comida y le ayudó en todo lo necesario.
Este esenio, cuyo nombre he olvidado varias veces, era pariente de Hanna la del
Templo. Al principio venía a ver a Juan cada ocho días, y después cada catorce hasta que
ya no necesitó su ayuda; lo cual no tardó mucho pues muy pronto Juan estaba en el desierto
como en casa y más a gusto que con la gente. Era un designio divino que Juan creciera
inocente en el desierto, sin contacto con los seres humanos y sus pecados. Juan, como
Jesús, nunca fue a la escuela; el Espíritu Santo le enseñaba en el desierto. Muchas veces vi
con él una luz o figuras luminosas como de ángeles.
Este desierto no estaba yermo y vacío sino que entre las rocas crecían muchas
plantas y matas, que muchas veces tenían bayas, fresas o madroños que Juan recogía y se
comía al pasar. Tenía extraordinaria familiaridad con los animales, especialmente con los
pájaros que se le venían volando y se posaban en sus hombros. Hablaba con ellos y
parecían entenderle todo; eran como sus mensajeros. Seguía el curso de los arroyuelos y
también tenía familiaridad con los peces, que se le acercaban cuando los llamaba y le
acompañaban su camino remontando el curso del agua.
Vi que ahora se alejó mucho de su casa, quizá a causa del peligro que le amenazaba.
Tenía tanta familiaridad con los animales que éstos le servían y le avisaban; le llevaban a
sus nidos y madrigueras, y si se acercaba alguien, huía con ellos a sus escondrijos.
Juan se alimentaba de fruta, bayas, hierbas y raíces. No necesitaba buscar mucho: o
bien sabía el lugar o los animales se lo mostraban. Siempre llevaba su piel y su bastoncito,
y de cuando en cuando se internaba cada vez más profundamente en el desierto, o de
repente se acercaba más a su lugar natal. Un par de veces se reunió con sus padres, que
siempre estaban suspirando por él. Probablemente supieran unos de otros por revelación,
pues cuando Isabel y Zacarías querían verle, él les salía al encuentro desde muy lejos. [Se derrumban los ídolos a su llegada. Troya, a oriente de Menfis. Mirada al niño
Moisés. Van al Norte hacia Matarea, contorneando Babilonia, que entonces se llamaba de
otra manera, cerca de Heliópolis. Características locales. Los judíos de tierra de Gosén. Su
abyección, su templo, su impúdica idolatría.]
Después de una estancia de poco más o menos año y medio, cuando Jesús tenía
unos dos años, la Sagrada Familia abandonó Heliópolis por falta de trabajo y a causa de
algunas persecuciones.
Mientras atravesaban una pequeña ciudad no lejos de Heliópolis, pararon a
descansar en el atrio de un templo pagano abierto y la imagen del ídolo se cayó y se
rompió. Tenía cabeza de buey y tres cuernos, así como varios agujeros en el cuerpo para
meter las ofrendas y quemarlas. Se formó en consecuencia un alboroto entre los sacerdotes
idólatras que amenazaron y detuvieron a la Sagrada Familia. Pero un sacerdote propuso a
los demás que, en su opinión, más les valdría encomendarse al Dios de esta gente, y les
recordó las plagas que sobrevinieron a los antepasados por perseguir a este pueblo, quee la
noche anterior a su partida habían muerto los primogénitos de cada casa y muchas cosas
más. Al oír el consejo, soltaron a la Sagrada Familia sin molestarla.
La Sagrada Familia siguió entonces a Troya, un lugar a oriente del Nilo frente a
Menfis, grande pero lleno de excrementos. Pensaron en quedarse pero aquí no los quisieron
y de hecho, no les dieron un trago de agua y unos dátiles que pidieron. Menfis está a
poniente del Nilo, que aquí es muy ancho y tiene islas pero parte de la ciudad está también
a este lado del Nilo, y en tiempos del Faraón había un gran palacio con una torre alta donde
la hija del Faraón muchas veces contemplaba el panorama. Vi también el lugar donde
encontraron a Moisés entre cañas altas. Menfis era como tres ciudades a éste y el otro lado
del Nilo, como si también le perteneciera Babilonia, una ciudad aguas abajo y a oriente del
río.
En general, en tiempos del Faraón, la comarca del Nilo entre Heliópolis, Babilonia,
y Menfis estaba tan unida y tan llena de altos diques de piedra, edificios y canales, que
todas parecían una sola ciudad interdependiente. Pero ahora, en tiempos de la Sagrada
Familia, todo esto estaba separado e interrumpido por grandes destrucciones. Así que desde
Troya tiraron al norte, aguas abajo, hacia Babilonia, ciudad llena de excrementos,
desordenada y mal construida. La bordearon pasando entre el Nilo y la ciudad, pero para
hacerlo tuvieron que desandar un trecho de la dirección que habían traído. Fueron por un
dique aguas abajo del Nilo por el que también fue Jesús cuando viajó por Arabia y Egipto
después de la resurrección de Lázaro, antes de volver a reunirse con los discípulos en el
pozo de Jacob en Sichar.
Marcharon durante unas dos horas Nilo abajo; todo el camino estaba ocupado aquí y
allá por ruinas de edificaciones. También tuvieron que pasar un canal o brazo pequeño del
río, y llegaron a un lugar cuyo nombre de entonces he olvidado, pero que ahora se llama
Matarea. Este lugar, que estaba cerca de Heliópolis, se extiende sobre una lengua de tierra
de modo que el agua la toca por dos lados. Estaba muy despoblado y diseminado, y la
mayoría de sus viviendas estaban hechas con madera de palmera datilera, barro seco, y
cubierta de caña, así que José tendría aquí mucho trabajo. Hizo casas más resistentes con
ramas entrelazadas y las puso encima galerías por las que podían andar.
Aquí vivía la Sagrada Familia en una bóveda oscura en un paraje solitario del
campo, no lejos de la puerta por donde entraron. De nuevo José hizo un porche ligero
delante de la bóveda y aquí también a su llegada cayó el ídolo de un templete y más
adelante cayeron todos los ídolos de alrededor. También aquí un sacerdote tranquilizó al
pueblo con el recuerdo de las plagas de Egipto.
Más adelante se congregó en torno a ellos una pequeña comunidad de judíos y
paganos convertidos, y los sacerdotes les dejaron el templete cuyo ídolo se había caído a su
entrada, que José transformó en sinagoga. José se convirtió en una especie de padre de la
comunidad e introdujo el canto ordenado de los salmos, pues su culto estaba muy
deformado.
Aquí solamente vivían algunos judíos muy pobres que vivían metidos en zanjas y
agujeros. En cambio, en el lugar judío entre On y el Nilo vivían muchos judíos que tenían
un templo bien arreglado, pero estaban sumidos en una idolatría terrible: tenían un becerro
de oro, una figura con cabeza de buey y alrededor bajo doseles figuritas de animales de pie
como turones o hurones que eran los animales que protegían contra los cocodrilos3
.
Estos judíos tenían una copia del Arca de la Alianza en la que había cosas
abominables, y en un pasillo subterráneo realizaban un culto horrible en el que se
entregaban a la fornicación con todo género de impudicias, pues pensaban que así nacería
el Mesías. Eran muy testarudos y no querían mejorar.
Más tarde muchos abandonaron este lugar para venirse aquí, que estaba todo lo más
a dos horas. Tuvieron que dar un rodeo por On porque no podían venir por derecho a causa
de los numerosos canales y diques.
María había trabajado para ellos toda clase de labores femeninas de punto, trenzado,
ganchillo y otras, pero no quería trabajar en cosas superfluas y de lujo, sino en cosas
necesarias y vestiduras litúrgicas. Las mujeres que la traían trabajo por vanidad o porque
pretendían seguir la moda, María las devolvía el trabajo aunque necesitara aquellos
ingresos. Estas mujeres la insultaron con toda insolencia. [Pobreza del lugar. Dormitorio de María y Jesús. Oratorio de la Sagrada Familia.
Descripción de una especie de relicario en el oratorio.]
En Matarea tuvieron muchas dificultades al principio; aquí faltaba leña y agua
potable. Los habitantes cocinaban con cañas o hierba seca y la mayoría de las veces, la
Sagrada Familia tomaba alimentos fríos.
José tenía algún trabajo y mejoraba las cabañas, pero la gente le trataba casi como a
un esclavo y le daban lo que querían; con su trabajo, unas veces traía algo a casa y otras
nada. Éstos eran muy desmañados para hacer sus cabañas; les faltaba madera, y si a veces
veía un tronco en alguna parte, me daba cuenta que no tenían herramientas. La mayoría
tenían cuchillos de piedra o hueso que eran como para cortar turba [es decir: sin filo]. José
se había traído sus herramientas más imprescindibles y enseguida la Sagrada Familia estuvo
instalada con cierta comodidad. José dividió el espacio con tabiques ligeros de zarzo,
preparó un fogón muy arreglado y fabricó taburetes y mesitas bajas; la gente de por aquí
comía todo en el suelo.
Aquí vivieron varios años, y he visto toda clase de cuadros de Jesús a distintas
edades. Vi dónde dormía: en la pared de la bóveda donde dormía María, José labró una
cavidad donde puso el lecho de Jesús. María dormía a su lado, y muchas veces la he visto
rezar de rodillas a Dios por las noches ante el lecho de Jesús. José dormía en otro cuarto.
José instaló también un oratorio en un pasillo apartado de la vivienda, donde José y
María tenían sus sitios. Jesús también tenía su propio rinconcito donde rezaba de pie,
sentado o de rodillas.
La Santísima Virgen rezaba delante de una especie de altarcito, una mesita pequeña,
cubierta de rojo y de blanco, que sacaba de un nicho en el muro que estaba habitualmente
cerrado. En la oquedad del muro había una especie de relicario. Vi matitas en tiestos
pequeños en forma de cáliz y el extremo florido de la vara de José, con que fue elegido en
suerte en el Templo para esposo de María; estaba metida en una cajita de unos cuatro
centímetros de grueso. Vi otro relicario además de éste, pero ya no estoy muy segura qué
era: en un tarrito transparente vi cinco palitos blancos del diámetro de la paja gruesa.
Estaban atados por la mitad como en cruz, y por arriba parecían más anchos y rizados, al
estilo de una pequeña gavilla. Mientras la Sagrada Familia estuvo en Egipto, el pequeño Juan todavía estuvo
alguna vez en secreto con sus padres en Juta, pues vi que Isabel le acompañó otra vez al
desierto cuando tendría cuatro o cinco años. Cuando salió de casa, Zacarías no estaba
presente; creo que había salido de viaje antes para no presenciar la despedida, pues quería
muchísimo a Juan. Le había dado su bendición, ya que bendecía a Isabel y a Juan todas las
veces antes de salir de viaje.
El pequeño Juan llevaba una piel [de cordero] colgada del hombro izquierdo que le
cruzaba el pecho y la espalda y se cerraba bajo la axila derecha. Más tarde, le vi llevar esta
piel en el desierto, que le era muy cómoda, unas veces sobre los hombros, otras cruzada por
el pecho y otras puesta a la cintura. Salvo esta piel, el niño iba desnudo. Tenía el pelo más
bien castaño y más oscuro que el de Jesús; seguía llevando en la mano la varita blanca que
sacó de casa, con la que siempre le veía en el desierto.
Iba deprisa por el campo de la mano de su madre Isabel, una mujer ya de edad que
iba envuelta totalmente, alta, ágil y de cara fina y pequeña. Muchas veces corría delante de
su madre; era completamente infantil y despreocupado, pero no distraído.
Al principio fueron mucho tiempo hacia el norte teniendo siempre un arroyo a su
mano derecha; luego los vi pasar un riachuelo que no tenía puente; subieron a unos
maderos que estaban en el agua e Isabel, que era muy decidida, remó con una rama.
Cuando pasaron el riachuelo torcieron más a Oriente y se metieron por un barranco rocoso
que por arriba estaba yermo y pedregoso pero que en el fondo estaba cubierto de arbustos
con muchas fresas y otras frutas que el niño picaba de vez en cuando.
Al cabo de andar un trecho por este barranco, Isabel se despidió de su niño. Lo
bendijo, lo apretó contra su corazón, le besó en la frente y en ambas mejillas y emprendió el
camino de vuelta. Por el camino se volvió varias veces y la vi llorando por su Juan. Pero
éste estaba despreocupado y siguió internándose por el barranco con paso firme.
Como yo estaba muy enferma durante esta contemplación, Dios me concedió la
gracia de sentirme como si fuera una niña que estuviera presente en todo lo que pasaba y
enseguida creí estar de camino con Juan como una niña de su misma edad y me asusté de
que se alejara demasiado de su madre y luego no encontrara el camino a casa, pero una voz
me tranquilizó enseguida:
—No te preocupes; mi niño sabe muy bien lo que hace.
A continuación creí que me adentraba en el desierto con él como si fuera mi único
amigo íntimo de la infancia, y vi muchas cosas que le pasaron en el desierto.
Sí, en este encuentro, Juan mismo me contó muchas cosas de su vida en el desierto.
Por ejemplo, cómo mortificaba sus sentidos y hacía todo género de abstinencias y se volvía
cada vez más clarividente y cómo todo lo que le rodeaba lo instruía de una forma
indescriptible. Nada de eso me asombraba, pues ya de niña, cuando guardaba nuestras
vacas completamente sola, vivía con Juan en el desierto con mucha intimidad, y muchas
veces, cuando tenía anhelo de estar con él, le llamaba en el bosquecillo:
—¡Juanito!, ven a mi encuentro con tu varita y tu piel en los hombros!5
Y entonces muchas veces se venía conmigo Juanito con su varita y su piel en los
hombros, jugábamos como niños y me contaba y me enseñaba toda clase de cosas buenas.
Tampoco me extrañaba que en el desierto los animales y las plantas le enseñaran
tantas cosas, pues yo también, cuando de niña estaba en el bosque, o con el rebaño en los
campos del páramo, o cuando recogía espigas, arrancaba la hierba y recogía plantas,
contemplaba cada hojita y cada flor como si fuera un libro; y cada pájaro o cada animalito
que pasaba corriendo y todo lo que me rodeaba me enseñaban cosas. Con cada color y cada
forma, con las nervaduras de cada hoja, me venían toda clase de pensamientos profundos
que si los repetía a la gente unas veces me escuchaban con asombro, pero la mayoría de las
veces se reían de mí, con lo que al final me acostumbré a callármelo todo. Antes pensaba, y
todavía lo pienso ahora a veces, que esto le pasa a cada ser humano y que en ninguna parte
se aprende mejor porque es el abecedario que Dios mismo escribió.
En mi contemplación, cuando seguí al niño Juan en el desierto, vi su conducta como
antes. Lo veía jugar con flores y animales y en especial los pájaros tenían mucha confianza
en él y se le posaban en la cabeza cuando se ponía a rezar de rodillas o andando. Muchas
veces vi que ponía su vara atravesada en una rama y entonces venían volando a su llamada
muchos pájaros variopintos que se posaban en fila en la vara. Los contemplaba y hablaba
con ellos familiarmente, como si les diera clase. También le vi ir a las madrigueras de otras
fieras, a las que daba de comer y contemplaba atentamente.
[Herodes manda apresar y matar a Zacarías. Isabel se va al desierto con Juan y
muere en él. Juan se interna más en el desierto.]
Cuando Juan estaba en el desierto y tenía aproximadamente seis años de vida,
Zacarías fue una vez al Templo con rebaños para el sacrificio, e Isabel aprovechó su
ausencia para ir a ver a su hijo en el desierto. Zacarías nunca había estado con Juan en el
desierto por si Herodes le preguntaba dónde estaba su hijo, poder contestarle la verdad: que
no sabía donde estaba. Pero para satisfacer sus muchas ganas de ver a Juan, éste volvió del
desierto varias veces con todo secreto y por la noche a casa de sus padres y se quedaba una
temporadita en ella. Probablemente le llevara su ángel de la guarda para que Juan pudiera
estar allí sin peligro. Siempre lo vi dirigido y protegido por altas potestades y muchas veces
le vi con figuras luminosas como ángeles.
Juan estaba destinado por el Espíritu de Dios a criarse y educarse en el desierto,
apartado del mundo y de los alimentos humanos normales. La Providencia dispuso que,
obligado por circunstancias ajenas, lo llevaran al desierto adonde ya le llevaba su
irresistible impulso natural, pues desde su niñez más temprana siempre lo he visto solitario
y reflexivo.
Lo mismo que llevaron al Niño Jesús a Egipto por aviso divino, así también
escondieron en el desierto a Juan, su predecesor. La gente también pensaba en él, pues
desde sus primeros días hubo en el país muchas conversaciones sobre Juan, se conocían los
prodigios de su nacimiento y se le había visto muchas veces rodeado de luz; por eso
Herodes lo buscaba con ahínco.
Herodes ya había mandado varias veces interrogar a Zacarías sobre dónde estaba
Juan, pero nunca le había puesto la mano encima. Sin embargo esta vez, cuando Zacarías
iba al Templo, soldados de Herodes que le acechaban le sorprendieron y maltrataron
gravemente en el desfiladero delante de la Puerta de Belén, un sitio desde el cual todavía no
se ve Jerusalén. Lo arrastraron a una prisión que hay en esa ladera del Monte Sión por la
que después vi muchas veces pasar a los discípulos de Jesús que iban camino del Templo.
Lo torturaron mucho en la prisión e incluso lo sometieron al potro para arrancarle la
confesión de dónde estaba su hijo, y como no lo consiguieron, lo acuchillaron por orden de
Herodes.
Más adelante, sus amigos enterraron su cuerpo, no lejos del Templo. Pero este
Zacarías no era el Zacarías que fue asesinado entre Templo y altar, el que vi salir del muro
del Templo junto al oratorio del anciano Simeón al desprenderse su tumba del muro cuando
resucitaron los muertos a la muerte de Cristo. En aquella ocasión se derrumbaron en el
Templo varias tumbas secretas.
El motivo de que asesinaran a Zacarías entre Templo y altar fue unos que peleaban
por el linaje del Mesías y por ciertos derechos, puestos y lugares de determinadas familias
en el Templo; por ejemplo, no todas las familias podían llevar a educar sus hijos al Templo.
En esto me acordé que una vez vi que Hanna cuidaba de un chico en el Templo, creo que
era hijo de un rey cuyo nombre se me ha olvidado. Zacarías fue el único asesinado en estas
luchas; su padre se llamaba Baraquías6
.
Isabel regresó del desierto a Juta en la época en que esperaba que regresara su
marido. Juan la acompañó un trecho del camino, luego ella le bendijo en la frente y lo besó
y Juan se apresuró a regresar despreocupadamente al desierto. Isabel se encontró en casa la
terrible noticia del asesinato de Zacarías y se sumió en un duelo y una pena tan grande que
no podía encontrar descanso en Juta y se apresuró a irse para siempre con Juan al desierto,
y allí murió no mucho después, antes que la Sagrada Familia volviera de Egipto. El esenio
del Monte Horeb que ayudaba siempre al pequeño Juan la enterró en el desierto.
Entonces Juan se internó aún más en el desierto. Abandonó el barranco rocoso, fue a
una comarca más abierta y le vi llegar por lo salvaje a una laguna que tenía una playa llana
de arena blanca. Le vi internarse mucho andando en el agua, y que todos los peces venían
nadando hacia él sin temor; Juan tenía mucha familiaridad con ellos. Vivió mucho tiempo
en este paraje, y se tejió con ramas una choza para dormir en el boscaje; la choza era bajita
y no mayor que para tumbarse dentro a dormir.
Aquí, más adelante le vi muy a menudo con figuras luminosas o ángeles, con
quienes iba humilde y piadoso, pero totalmente infantil, confiado y sin asustarse. Parecían
enseñarle y llamaban su atención sobre cosas de todo género. Entonces vi que sujetó un
palito atravesado en su vara para que formara una cruz, y puso en ella una tira ancha de
corteza de haya o de árbol como un gallardete con el que jugaba yendo y viniendo para que
flotase.
En la casa paterna de Juan en Juta, cerca de Hebrón, vivía ahora la hija de una
hermana de Isabel; la casa estaba completamente amueblada. Ya más crecido, Juan aún
volvió en secreto una vez a su casa, pero regresó enseguida y se internó aún más en el
desierto, hasta que apareció en medio de los hombres, lo cual se me comunicó más
adelante. [La Santísima Virgen descubre un manantial junto a su vivienda. José arregla el
manantial enterrado. Una antigua piedra de sacrificios junto a la fuente. El niño Jesús saca
agua para otros niños. Preocupación de la Santísima Virgen cuando Jesús fue por agua por
primera vez. El Niño Jesús sirve a sus padres. De camino al lugar judío, un ángel anuncia a
Jesús la muerte de Herodes. Su pesadumbre por la abyección de aquellos judíos.]
También en Matarea, donde los habitantes se valían del agua turbia del Nilo, María
encontró en oración otro manantial. Al principio padecían gran necesidad y tuvieron que
vivir de fruta y agua mala. Hacía mucho tiempo que no tenían agua buena, y José quería ir a
buscarla al desierto con un odre y el asno, a la fuente de los balsameros, cuando en esto un
ángel se apareció en oración a la Santísima Virgen y la avisó que detrás de su vivienda
había un manantial.
María anduvo por encima del muro donde estaba su vivienda, y luego bajó a un
espacio despejado entre muros caídos, donde se alzaba un grueso árbol añoso; llevaba en la
mano un bastón con una paleta en el extremo, cosa que allí solían llevar cuando iban de
viaje. Pinchó con ella la tierra cerca del árbol y brotó un hermoso chorro de agua clara.
Muy contenta se apresuró a llamar a José, quien al excavar descubrió que la parte
más honda de la fuente ya había estado revestida de obra antigua, solo que estaba seca y
llena de tierra. José la restauró y la revistió muy bien con piedras.
Junto a la fuente, por el lado por donde llegó María, había una gran piedra casi
como un altar y pienso que había sido altar alguna vez aunque ahora he olvidado en qué
ocasión. En lo sucesivo, cuando la Santísima Virgen lavaba, muchas veces ponía a secar al
sol en ella los pañales y los trajes de Jesús.
Esta fuente permaneció desconocida y solo en uso por la Sagrada Familia hasta que
Jesús creció tanto que ya hacía todos los recados y también iba a buscar agua para su
madre. Una vez llevó a otros niños a beber al pozo, y les sacó el agua para beber con una
hoja cóncava doblada. Como los niños se lo contaron a sus padres, también vinieron a la
fuente que, no obstante quedó reservada principalmente para uso de los judíos.
Vi también la primera vez que Jesús fue por agua para su madre. María estaba
rezando de rodillas en la bóveda y Jesús se fue de puntillas con un odre por agua a la
fuente; era la primera vez. Cuando lo vio regresar, María se conmovió indeciblemente y le
rogó de rodillas que no volviera a hacerlo para que no se cayera al pozo. Jesús la dijo que
tendría cuidado, pero que quería traerla agua siempre que la necesitara.
El pequeño Jesús hacía todo género de pequeños servicios a sus padres con toda
atención y cuidado. Vi por ejemplo que cuando José trabajaba no lejos de casa y se había
dejado alguna herramienta, el niño iba enseguida a traerla. Atendía a todo. Creo que la
alegría que tenían con él tuvo que superarles todas sus penas. También vi que a veces Jesús
iba al lugar judío, que estaba a una buena milla de Matarea, a buscar el pan con que
pagaban el trabajo de su madre.
En este país había muchos animales horribles, pero no le hacían nada; eran muy
amistosos con él. Lo he visto jugar con serpientes.
Cuando fue por primera vez al lugar judío, ya no estoy segura si tenía cinco o siete
años, llevó por primera vez la túnica marrón con flores amarillas por abajo que le tejió la
Santísima Virgen. Vi que se arrodilló a rezar por el camino y se le aparecieron dos ángeles
que le anunciaron la muerte de Herodes el Grande. Jesús no se lo dijo a sus padres, no sé
por qué razón, si por humildad, porque el ángel se lo prohibiera, o porque sabía que todavía
no debían abandonar Egipto.
Una vez lo vi ir también al lugar judío con otros niños judíos, pero cuando volvió a
casa lloró amargamente por la abyección de los judíos del lugar. [Job vivió aquí antes de Abraham y descubrió la fuente. De la patria de Job y sus
migraciones. Trae una novia al rey de Egipto y vive cinco años en este lugar. La religión de
Job, su imagen de Dios. Su repugnancia por las supersticiones de los egipcios. Algo sobre
el destino de Job y su libro.]
La fuente de Matarea no es que se formara aquí por primera vez a causa de la
Santísima Virgen, sino que solamente volvió a manar de nuevo. Estaba llena de tierra, pero
por dentro estaba todavía completamente revestida. Mucho tiempo antes que Abraham, Job
estuvo en Egipto y vivió en esta al dea y este sitio. Él fue quien encontró la fuente y hacía
ofrendas sobre la piedra grande que ahora estaba aquí tirada.
Job era el menor de trece hermanos. Su padre era un gran jefe de tribu en la época
que se construía la Torre de Babel; de un hermano suyo procedió la estirpe de Abraham.
Los linajes de estos dos hermanos se casaban muchas veces entre sí.
La primera mujer de Job era de esta estirpe de Faleg. Y cuando Job ya había sufrido
muchos infortunios y se había mudado de lugar tres veces, aún se casó con tres mujeres
más del linaje de Faleg, por cuya razón Job era trasabuelo de la madre de Abraham.
El padre de Job se llamaba Joctán, hijo de Heber, y vivía al norte del Mar Caspio en
el paraje de una montaña que hace mucho calor en uno de sus lados y por el otro es fría y
está llena de hielo. En aquel país había elefantes.
En el sitio donde Job se mudó por primera vez y donde empezó su propia familia,
los elefantes no hubieran podido andar bien porque era muy pantanoso. Es un país que está
al norte de una montaña que está entre dos mares, de los cuales, antes del Diluvio, el mar
occidental era también una alta montaña en la que vivían ángeles malignos que tomaban
posesión de los humanos7
.
Había allí una mísera región pantanosa, donde creo que ahora vive un pueblo de
ojos pequeños, nariz aplastada y pómulos altos. Allí le sobrevino a Job su primer
infortunio, y a continuación se fue al Sur a través del Cáucaso a empezar de nuevo.
Desde esta comarca, Job hizo una gran expedición en caravana a Egipto, donde
entonces reinaban extranjeros que eran de la patria de Job, reyes de pueblos pastores. Uno
de los reyes era de la misma comarca que Job y otro del más lejano de los países de los
Reyes Magos. Solo dominaban una parte de Egipto y más adelante un rey egipcio los
expulsó. Una vez se congregó en una ciudad una inmensa muchedumbre de este pueblo
pastor, pues habían inmigrado allí.
El rey pastor que procedía de la comarca de Job quería para su hijo una mujer del
Cáucaso, de su mismo pueblo, y Job llevó a Egipto con una gran caravana a la novia del
rey, que era pariente suya. La caravana traía treinta camellos y muchísimos criados con
grandes regalos. Job era entonces un hombre todavía joven, alto, pelirrojo y de agradable
color castaño amarillento.
En Egipto la gente era de un sucio color castaño. Por entonces Egipto no estaba muy
habitado y solo había grandes muchedumbres en algunos sitios; y tampoco había
construcciones muy grandes, que solo empezaron en la época que llegaron los hijos de
Israel.
El rey honró mucho a Job y no lo quería dejar marchar. Le quería muchísimo y
quisiera que se viniera con todo su clan. Le asignó para residir la ciudad donde después
vivió la Sagrada Familia, que entonces era muy distinta. Job vivió en Egipto cinco años en
el mismo sitio que la Sagrada Familia; fue Dios quien le mostró aquel manantial, y en su
servicio divino sacrificaba sobre aquella gran piedra.
Job era pagano, pero un hombre justo que reconocía al verdadero Dios, al que
adoraba como Creador al contemplar la Naturaleza, las constelaciones y los cambios de luz.
Hablaba con Dios muy a gusto de sus maravillosas criaturas. No adoraba ninguna imagen
de animal horrible como hacían otras tribus de entonces, pero había imaginado para sí una
imagen del verdadero Dios; una pequeña imagen humana con rayos en torno a la cabeza
que pienso que también estaba alada. Tenía las manos unidas bajo el pecho, y en ellas
llevaba una bola en la que estaba representada una barquilla en las olas que quizá
representara el Diluvio. En su servicio divino quemaba semillas ante esta imagencita. Más
adelante se introdujeron en Egipto imágenes como ésta, sentadas en una cátedra y con un
dosel encima.
Job encontró en esta ciudad una idolatría horrible que procedía todavía de las
supersticiones mágicas que se hacían cuando la construcción de la Torre de Babel; tenían
un ídolo con una cabeza de buey ancha y en punta por arriba, como dirigida a lo alto, con el
morro abierto y los cuernos muy curvados para atrás. Estaba hueca, encendían fuego en su
interior y le ponían niños vivos en sus brazos ardientes. Vi que sacaban algo de los agujeros
de su cuerpo.
La gente de aquí era de color parduzco y la tierra estaba llena de fieras espantosas.
Volaban de acá para allá grandes bandadas de grandes animales negros con fauces de
fuego; allí donde volaran salía de ellos como fuego. Lo envenenaban todo y marchitaban
los árboles donde se posaban. Vi también animales como topos, con las patas traseras largas
y las delanteras cortas, que podían saltar de una azotea a otra. En las cuevas y entre las
rocas acechaban animales espantosos que se enroscaban a la gente y la asfixiaban. En el
Nilo vi una fiera gorda y maciza con feos dientes y patas gordas y negras; era del tamaño de
un caballo, pero también tenía algo porcino.
Todavía vi muchos más animales horribles, pero la gente de aquí era aún más
abominable, y Job, al que con sus oraciones vi librar de fieras dañinas la comarca donde
vivía, sentía tal repugnancia por esta gente atea que en sus quejas a sus acompañantes a
menudo expresaba que prefería vivir con las fieras horribles que con esta gente
desvergonzada.
Muchas veces le veía mirar con nostalgia a Oriente, su patria, que está algo más al
sur que el país, más alejado aún, de los Reyes Magos. Job vio prefiguraciones proféticas de
la llegada de los hijos de Israel aquí a este país, y una visión general de la salvación de la
Humanidad, así como de las pruebas que él tendría que afrontar. No se dejó convencer para
quedarse, y al cabo de cinco años volvió a salir de Egipto con sus acompañantes.
Entre las pruebas que sufrió tuvo intervalos: la primera vez nueve años de
tranquilidad, la segunda siete y la tercera doce.
Las palabras del libro de Job: Y cuando el mensajero de la desgracia todavía
estaba hablando quieren decir: Esta desgracia estaba todavía en boca de la gente cuando
le sobrevino la siguiente . Job pasó sus penas en tres lugares diferentes. La última
desgracia y la restauración de todo su bienestar le ocurrieron en la comarca llana que hay
justo a oriente de Jericó, en la que había incienso, mirra y también una mina de oro; hacían
forja y muchas cosas más.
En otra ocasión aún vi muchas más cosas del carácter de Job que contaré más
adelante; ahora solo quiero decir que la historia de Job y sus conversaciones con Dios las
copiaron de sus labios dos fieles criados que eran como sus administradores y que se
llamaban Hai y Ois o Uis8
.
Esta historia, considerada santa por sus descendientes, llegó de generación en
generación a Abraham y sus hijos, que fueron educados en consecuencia. La historia llegó a
Egipto con los hijos de Israel y Moisés la resumió para consuelo de los israelitas durante la
opresión egipcia y la marcha por el desierto, pues era mucho más larga y no hubieran
entendido mucho de ella. Salomón la volvió a reelaborar y de ese modo se convirtió en un
libro edificante, repleto de la sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón. Por eso es difícil
conocer la verdadera historia de Job, porque acomodaron los nombres de pueblos y lugares
a los del país de Canaán, y así suele creerse que Job era edomita porque la última comarca
en que vivió la habitaron mucho después de su muerte los edomitas descendientes de Esaú.
Cuando nació Abraham, Job aún podía estar vivo. [Abraham vivió mucho tiempo junto a ella. También estuvo Lot. Abraham recuperó
aquí su registro genealógico, que le habían robado. Por qué quería el faraón a la mujer de
Abraham. Carácter de los egipcios. Abraham recibe su registro genealógico y abandona el
país. Algo más de la fuente de Matarea hasta la época cristiana.]
Durante su estancia en Egipto, Abraham también tuvo sus tiendas aquí junto a la
fuente en la que le he visto enseñar al pueblo9
.
Abraham vivió en este país varios años con Sara y con algunos hijos e hijas cuyas
madres se habían quedado en Caldea; su hermano Lot también estaba aquí con su familia,
aunque ya no sé qué lugar le asignaron. Abraham fue a Egipto por orden de Dios: la
primera vez, a causa de una hambruna en el país de Canaán, y la segunda para recuperar un
tesoro de familia que se había llevado la hija de una hermana de la madre de Sara, una
mujer de la familia de Job, de la raza del pueblo pastor que en tiempos dominó una parte de
Egipto que había venido aquí como criada de servir y luego se había casado con un egipcio;
su descendencia formó una tribu cuyo nombre he olvidado. Agar, la madre de Ismael, era
descendiente suya y por tanto también de Sara10
.
Aquella mujer había robado aquel tesoro familiar igual que Raquel robó los dioses
de Labán, y lo había vendido en Egipto por una gran suma de dinero. De este modo, a
través de ella, el tesoro llegó a poder del rey y los sacerdotes. El tesoro era el registro
genealógico de los hijos de Noé y en especial, de los hijos de Sem hasta la época de
Abraham, y consistía en una serie de piezas de oro triangulares enganchadas entre sí para
formar una cadena. El conjunto era como un platillo de balanza con sus cadenillas.
Las cadenillas estaban formadas por las piececitas triangulares encadenadas;
algunas de ellas tenían líneas colaterales. En las piececitas estaban incisos los nombres de
los miembros del linaje. Todas las cadenillas venían a parar al centro de la tapa y
descansaban juntas en el platillo de la balanza; cuando se bajaba la tapa con las cadenas, el
platillo de la balanza quedaba cerrado como una cajita.
Las monedas sueltas eran gruesas y amarillas, y los engarces, delgados y blancos
como plata. Todo brillaba. Muchas piezas amarillas tenían otras colgando. He oído también
cuántos siclos (que era cierta suma de dinero) importaba el total pero lo he vuelto a olvidar.
Los sacerdotes egipcios habían hecho toda clase de cálculos con este árbol genealógico,
pero sus cuentas, larguísimas, estaban completamente equivocadas.
Por medio de sus astrólogos y pitonisas supieron por que Abraham había llegado a
este país, y que además, él y su mujer eran del linaje más excelso y que sería padre de una
familia elegida. En sus adivinaciones siempre investigaban los linajes más nobles para
procurar contraer matrimonios con ellos; de este modo Satanás llevaba los linajes puros a la
violencia y la impudicia y los envilecía.
Abraham, que temía que los egipcios quisieran matarle a causa de la belleza de su
mujer Sara, la presentó como su hermana, lo que tampoco era mentira pues era hermanastra
suya, hija de su padre Téraj con otra mujer (Gn 20, 12).
El rey hizo llevar a Sara a su palacio y la quería tomar por esposa. Ambos, Abraham
y Sara, se afligieron mucho e imploraron la ayuda de Dios, y Dios castigó con una
enfermedad al rey, a todas sus mujeres y a la mayoría de las mujeres de la ciudad.
Espantado por ello, el rey se informó, oyó que Sara era esposa de Abraham y se la devolvió
rogándole que se fuera de Egipto tan pronto como pudiera, porque ya se había dado cuenta
que Dios los protegía.
Los egipcios eran un pueblo maravilloso: por un lado eran muy orgullosos y se
consideraban los más grandes y más sabios, pero por otro eran también extraordinariamente
pusilánimes y rastreros, y cedían en cuanto temían que hubiera un poder superior al suyo.
Esto les pasaba porque no estaban bien seguros de sus conocimientos, ya que la mayor
parte de lo que sabían eran adivinaciones de doble sentido que podían anunciar buena
cantidad de consecuencias enmarañadas y contradictorias. Como los egipcios creían que
todo era milagroso, cada vez que algo se apartaba de sus predicciones se asustaban
enseguida.
Abraham, al pedir trigo, se había dirigido muy humildemente al rey llamándole
padre de los pueblos , con lo que se ganó su buena voluntad y el rey le hizo muchos
regalos. Ahora que le habían devuelto a Sara y le rogaban que abandonara el país, Abraham
dijo al rey que no podía irse sin el árbol genealógico que le pertenecía, y le contó con todo
detalle la forma en que este árbol había venido hasta aquí. Entonces el rey mandó venir a
los sacerdotes, que dieron gustosos a Abraham lo que le pertenecía, pero antes le pidieron
que les dejase copiarlo todo, como así se hizo. Luego Abraham regresó con su séquito al
país de Canaán.
De la fuente de Matarea todavía he visto muchas cosas hasta de nuestros tiempos, de
las que recuerdo lo siguiente:
Ya en tiempos de la Sagrada Familia, los leprosos la utilizaron como fuente
milagrosa. Mucho tiempo después, cuando ya habían construido una pequeña iglesia
cristiana en el lugar de la vivienda de María, arriba, justo al lado del altar, se bajaba a la
cueva donde la Sagrada Familia estuvo tanto tiempo hasta que José instaló bien la vivienda.
En esta época, la fuente estaba rodeada de gente que vivía allí y que utilizaba el agua para
curarse de distintas clases de lepra. También vi que había quienes se bañaban allí para
quitarse secreciones malignas. Esto era cuando los mahometanos estaban aquí. Vi que
también los turcos mantenían siempre una luz en la iglesia de la Vivienda de María ,
pues temían alguna desgracia si descuidaban encenderla.
En tiempos más recientes he visto la fuente solitaria y a bastante distancia de
cualquier vivienda; la ciudad ya no está allí, y por los alrededores crecen distintos frutales
silvestres. [El templo y el arca de la alianza del lugar judío. Un ángel ordena a José que
abandone Egipto. Despedida y regalos de los habitantes. Mira, a la que María había pedido
un hijo, hace regalos a Jesús. Partida; los amigos les acompañan hasta la fuente del huerto
de Balsameros. Ropa de los viajeros. Rameses. Atraviesan un canal. Permanecen tres meses
en Gaza. Jesús tiene siete años y nueve meses. Ana todavía está viva.]
Finalmente, vi también cómo salió de Egipto la Sagrada Familia. Ciertamente
Herodes ya había muerto antes, pero aún no podían volver porque había peligro. A San
José, la estancia en Egipto se le hacía cada día más pesada. La gente tenía una idolatría
horrible; incluso sacrificaban niños con malformaciones, y a quien sacrificaba un niño sano
aún lo creían más piadoso.
También el lugar judío estaba metido en estos horrores. Tenían un templo que
decían que era como el de Salomón, una vanidad risible pues era muy distinto. Tenían un
Arca de la Alianza que habían copiado y dentro habían puesto figuras impúdicas, y
realizaban cosas horribles. Ya no cantaban los salmos.
En la escuela de Matarea, José lo había organizado todo correctamente. El sacerdote
idólatra que había hablado a favor de la Sagrada Familia cuando se cayeron los ídolos en la
pequeña ciudad junto a Heliópolis, se trasladó aquí con otras personas y se insertaron en la
comunidad judía.
Vi a San José afanado en su trabajo de carpintero, muy dolido al final de la jornada
porque no le daban su jornal y no podía llevar nada a casa, donde hacía mucha falta.
En este apuro se arrodilló en un rincón al aire libre, se quejó a Dios de su necesidad
y le imploró ayuda. A la noche siguiente un ángel vino a él en sueños y le dijo que los que
buscaban al niño estaban muertos, que debía levantarse y prepararse para salir de Egipto a
casa por la carretera militar usual. No debía preocuparse pues el ángel estaría con él.
San José dio a conocer la orden de Dios a la Santísima Virgen y al Niño Jesús, y se
prepararon rápidamente para el viaje de vuelta con total obediencia, igual que habían hecho
cuando les avisaron que huyeran a Egipto.
A la mañana siguiente, cuando se supo su decisión, vino mucha gente apenada a
despedirse con toda clase de regalos en pequeños envases de corcho. Esta gente estaba
sinceramente apenada; algunos eran judíos, pero muchos más eran paganos convertidos.
Los judíos en todo este país habían caído en tales supersticiones que casi no se los podía
reconocer como tales. También hubo quienes se alegraron de que se fuera la Sagrada
Familia, pues los tenían por hechiceros que todo lo conseguían por medio de los espíritus
malignos más poderosos.
Entre la buena gente que les traía regalos vi también madres con chiquillos que
habían sido compañeros de juegos de Jesús, y en particular una mujer principal de esta
ciudad con un hijito de pocos años al que solía llamar hijo de María , pues durante
mucho tiempo esta mujer había anhelado tener hijos y Dios la bendijo con este chiquillo
por la oración de la Santísima Virgen. La mujer se llamaba Mira, y el niño, Deodato11
.
Esta señora regaló dinero a Jesús: piececitas triangulares amarillas, blancas y
castañas. Al recibirlo, Jesús miró a su madre.
Cuando José terminó de empacar y cargar en el burro los enseres más necesarios,
emprendieron viaje acompañados de todos estos amigos. Todavía llevaban la misma
cabalgadura en que María viajó a Belén. Durante la huida a Egipto habían tenido también
una borriquilla, pero José la tuvo que vender por necesidad.
Pasaron entre On y el lugar judío, y en On doblaron un poco al Sur en dirección a la
fuente que había brotado por la oración de María antes de que llegaran por primera vez a
On o Heliópolis. Aquí todo se había puesto verde y la fuente regaba todo alrededor un
huerto rodeado por un seto cuadrado de balsameros.
El sitio tenía una entrada que era más o menos tan grande como el picadero del
duque [se refería al duque de Croy en Dülmen] y dentro habían crecido en el medio frutales
jóvenes, palmeras datileras, sicomoros y cosas parecidas.
Los balsameros eran ya tan grandes como vides de regular tamaño. José había hecho
pequeños recipientes de corteza de árbol que por algunos sitios estaban pegajosos, pero que
eran muy lisos y graciosos. Allí donde descansaban durante el viaje, José muchas veces
hacía recipientes de éstos para distintos usos. Arrancaba las hojas en forma de trébol de los
pámpanos rojizos de los balsameros, y colgaba en ellos sus recipientes de corteza para
recoger las gotas de bálsamo que fluían, a fin de tomarlas luego durante el viaje.
Sus acompañantes se despidieron aquí muy emocionados, pero ellos se quedaron
varias horas. La Santísima Virgen lavó y secó algunas cosas, se refrescaron en el agua y
llenaron el odre para el viaje, que después emprendieron por el camino militar, que era lo
normal. He visto muchos cuadros de este viaje de vuelta, pero siempre sin peligro.
Para protegerse del sol, Jesús, que ya era un muchacho, así como María y José,
llevaban en la cabeza un disco de corteza delgada de árbol, sujeto con un pañuelo bajo la
barbilla. Jesús llevaba puesta su túnica parda y unas alpargatas de cáñamo que le había
hecho José, atadas hasta medio pie. María solo llevaba sandalias.
Muchas veces los he visto preocupados porque andar por la arena caliente era muy
penoso para el chiquillo, y los veo pararse a menudo a sacudir la arena de las sandalias. A
menudo tenían que sentarlo en el burro para que descansara. Atravesaron algunas ciudades
y pasaron de largo por otras; se me han olvidado los nombres pero aún me acuerdo de
Rameses. Pasaron un curso de agua que va del Mar Rojo al Nilo y que [muchos años
después] también atravesó el Señor en su viaje.
En realidad José no quería volver a Nazaret sino quedarse en Belén, la ciudad de sus
padres. Sin embargo todavía no estaba decidido porque en la Tierra Prometida oyó que
ahora gobernaba en Judea Arquelao, que también era muy cruel.
Cuando la Sagrada Familia llegó a Gaza se quedaron allí tres meses. En esta ciudad
vivían muchos paganos. Pero entonces a José se le apareció otra vez un ángel en sueños que
le ordenó volver a Nazaret, lo que también esta vez hizo enseguida. Ana estaba todavía
viva, y ella y algunos parientes supieron la estancia de la Sagrada Familia [en Gaza].
Volvieron de Egipto en septiembre. Jesús tenía ocho años menos tres semanas.
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