{En la casa de Nazaret había tres divisiones. La mayor y más arreglada era para
María, adonde acudían José y Jesús para rezar en común; rezaban en voz alta, de pie y con
las manos cruzadas sobre el pecho. A menudo los he visto rezar a la luz de una lámpara de
varias mechas. En la pared había un candelero donde brillaba una luz. Fuera de esto, cada
uno estaba en su propio compartimento. José trabajaba en su taller: lo vi hacer listones,
tallar palos, cepillar maderas o transportar vigas. Jesús le ayudaba en estos trabajos. María
estaba de ordinario ocupada en coser y hacer punto sentada sobre las piernas cruzadas y
teniendo a su alcance una cestita de costura. Cada uno dormía en un lugar aparte. Los
lechos consistían en mantas que se arrollaban por la mañana.
He visto a Jesús hacer toda clase de trabajos para sus padres, en casa y en la calle,
ayudando, con gracia y benevolencia, a todo el que se encontrase necesitado. Cuando no
ayudaba a José se entregaba a la oración y la meditación. Era un modelo para todos los
niños de Nazaret que lo querían bien y se guardaban mucho de disgustarle. Los padres
solían decir a sus criaturas cuando se portaban mal:
—¿Qué dirá el hijo de José cuando sepa como te portas?… ¿Es que quieres darle un
disgusto?
A veces llevaban a sus hijos delante de Jesús pidiéndole que les dijera que no
hicieran esto o aquello. A veces rezaba con ellos pidiendo a Dios fuerzas para que se
corrigieran, los convencía de que mejorasen y de que pidiesen perdón a sus padres
reconociendo sus faltas.
A una hora más o menos de Nazaret, hacia Séforis, había una aldea llamada Ofna
donde en tiempos de Cristo vivían los padres de Santiago y Juan. Estos niños se
encontraban con Jesús con frecuencia hasta que sus padres se trasladaron a Betsaida y ellos
se dedicaron a la pesca. En Nazaret vivía una familia esenia emparentada con Joaquín que
tenía cuatro hijos: Cleofás, Jacobo, Judas y Jafet, unos mayores y otros más pequeños que
Jesús, que también eran compañeros suyos. Sus padres solían juntarse con la Sagrada
Familia cuando iban a las fiestas del Templo de Jerusalén. Los cuatro hermanos fueron más
tarde discípulos de Juan el Bautista y después de su muerte pasaron a ser discípulos de
Cristo. Cuando Andrés y Saturnino atravesaron el Jordán permanecieron todo el día con
Jesús. Más adelante estuvieron en calidad de discípulos suyos en las bodas de Caná.
Cleofás es el mismo que en compañía de San Lucas se les apareció Jesús en Emaús; estaba
casado y vivía en Emaús. Su mujer se unió más adelante a las santas mujeres de la
comunidad cristiana.} {Cuando Jesús tenía ocho años fue por primera vez con sus padres a Jerusalén y
desde entonces iba año tras año a las festividades del Templo. Desde su primera aparición
en el Templo, Jesús despertó curiosidad entre sus amigos y entre los escribas y fariseos del
Templo. Los parientes y amigos de Jerusalén hablaban de aquel niño tan prudente y
piadoso, hijo de José, y lo llamaban admirable, tal como aquí hablamos, en las romerías
anuales o en los encuentros de personas conocidas de éste o aquél niño piadoso y modesto
de alguna familia de labradores. Así pues, cuando Jesús se quedó en el Templo tenía
amigos y conocidos en Jerusalén, y por eso no se extrañaron sus padres de no verlo al salir
de Jerusalén, porque ya desde la primera vez que fue al Templo hasta ésta que era la quinta,
solía juntarse con los niños de otras familias que viajaban camino de Nazaret.
Esta vez Jesús, al llegar al Huerto de los Olivos, se separó de sus acompañantes, que
pensaron que lo hacía para juntarse con sus padres que venían detrás. Jesús se dirigió a la
parte de la ciudad que mira hacia Belén y fue a aquella posada donde se hospedó la Sagrada
Familia cuando fue al Templo a la Presentación. Sus padres creían que estaría con los que
iban a Nazaret, y éstos pensaban que se apartaba de ellos para reunirse con sus padres. Pero
cuando llegaron a Gofna y advirtieron que Jesús no estaba con los viajeros, el susto de
María y de José fue muy grande. Inmediatamente volvieron a Jerusalén preguntando por el
camino a los parientes y amigos por el niño; pero no lo encontraron por ningún lado pues
no se había quedado donde solían hacerlo ordinariamente al ir al Templo.}
{Jesús pasó la noche en la posada cercana a la Puerta de Belén donde lo conocían a
él y a sus padres. Se juntó con otros muchachitos y fue a dos escuelas que había en la
ciudad; el primer día a una escuela y el segundo a otra. El tercer día estuvo por la mañana
en una escuela del Templo y por la tarde en el Templo propiamente dicho donde finalmente
lo encontraron sus padres. Estas escuelas eran de diversas clases y no solamente para
aprender la Ley y la religión. Se enseñaban diversas ciencias, y la última de ellas, situada
junto al Templo, era de donde salían los levitas y sacerdotes.
Con sus preguntas y respuestas asombró tanto el niño a los maestros y rabinos de
estas escuelas, y los estrechó tanto, que éstos se propusieron a su vez humillar al niño con
los rabinos más sabios en las diferentes ramas del saber humano. Con este fin se
confabularon los sacerdotes y los escribas, que al principio estaban complacidos de la
preparación del Niño Jesús, pero luego quedaron mortificados y querían vengarse.
Esto ocurrió en el aula pública situada en el vestíbulo del Templo, delante del Santo
de los Santos, en el ámbito circular desde donde más tarde Jesús enseñó al pueblo. Vi
sentado al Niño Jesús en una silla que era muy grande para él, y alrededor una multitud de
judíos y ancianos con vestiduras sacerdotales que escuchaban atentos y parecían tan
furiosos que por momentos pensé que lo maltratarían. En la parte alta de la cátedra había
unas cabezas pardas como de perros que lucían y relumbraban en sus puntos más altos;
tales figuras y cabezas se veían en las mesas largas de cocina que había en la parte lateral
de este recinto del Templo y que estaban llenas de ofrendas. Todo este espacio era tan
grande y amplio y estaba tan lleno de gente que uno no creía estar en un Templo.
Como Jesús había aducido en las otras escuelas en sus respuestas y explicaciones
toda clase de ejemplos de la Naturaleza, las artes y las ciencias, aquí se habían reunido
maestros de todas estas disciplinas. Cuando comenzaron a preguntarle y a disputar en
particular con Jesús sobre estas materias, Él les dijo que eso no era propio de este lugar del
Templo; pero que también en eso quería satisfacerlos por ser así la voluntad de su padre.
Como ellos no comprendían que hablaba del Padre Celestial, pensaron que José le había
dicho que hiciera alarde de toda su ciencia delante de los sacerdotes. Jesús comenzó a
responder y a enseñar sobre medicina describiendo el cuerpo humano y diciendo cosas que
no sabían ni los más entendidos en la materia.
Habló asimismo de astronomía, arquitectura, agricultura, geometría y matemáticas;
luego pasó a la jurisprudencia. De este modo, todo lo que iba diciendo lo aplicaba tan
bellamente a la Ley, las promesas, las profecías, el Templo y los misterios del culto y del
sacrificio, que algunos estaban sumamente admirados, mientras que otros estaban
avergonzados y disgustados. Así fueron las cosas hasta que todos quedaron corridos y muy
molestos, especialmente al oír cosas que jamás habían oído ni entendido, o que
interpretaban de manera muy diferente.
Llevaba varias horas enseñando cuando José y María entraron en el Templo y
preguntaron por su hijo a los levitas que los conocían, que les dijeron que estaba en el atrio
con los escribas y sacerdotes. No siendo éste un lugar accesible para ellos, enviaron a un
levita a buscar a Jesús, quien envió a decirles que primero tenía que terminar su trabajo.
Que Jesús no viniera afligió mucho a María; pues era la primera vez que Jesús daba a
entender que tenía otros mandatos distintos de los de sus padres de la Tierra.
Continuó enseñando al menos una hora más, y cuando todos se vieron derrotados,
confusos y corridos en sus preguntas capciosas, dejó el aula y se acercó al vestíbulo de
Israel y de las mujeres. José, tímidamente, callaba lleno de admiración pero María se acercó
a Jesús y le dijo:
—Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te hemos buscado con
tanto dolor.— Y Jesús dijo:
—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre?
Ellos no lo entendieron y regresaron con él inmediatamente. Los que habían oído
estas palabras estaban asombrados y se quedaron mirándolo. Yo estaba llena de temor y me
parecía que querían capturarlo porque estaban llenos de encono contra el niño. Me asombró
que dejasen partir tranquilamente a la Sagrada Familia, a la que la muchedumbre apiñada
en aquel lugar abrió ancho camino.
La doctrina de Jesús excitó vivamente la atención de los escribas; algunos anotaron
sus dichos como algo notable. Se hicieron toda clase de comentarios y murmuraciones
sobre el particular, pero todo lo que había ocurrido en el Templo se lo guardaron para sí,
tergiversando las cosas y calificando al niño de intruso y atrevido al que habían corregido.
Sin duda tenía mucho talento, pero esas cosas había que pensarlas mejor.
Vi que la Sagrada Familia volvió a salir de Jerusalén y se reunió con dos mujeres y
unos niños que yo no conocía, pero que parecían ser de Nazaret. Fueron por diversos
lugares por varios caminos alrededor de Jerusalén, por el Monte de los Olivos,
deteniéndose aquí y allá en los hermosos y verdes lugares de recreo y rezando con las
manos cruzadas sobre el pecho. Los vi cruzar un puente grande sobre un arroyo. Aquel
pequeño grupo, al caminar y rezar, me recordaba vivamente una peregrinación.} {Cuando Jesús estuvo de vuelta en Nazaret vi una gran fiesta en casa de Ana a la
que asistieron todos los jóvenes y niñas de los parientes y amigos. No sé si sería una fiesta
por el hallazgo del Niño Jesús, una solemnidad acostumbrada al regreso de Pascua, o la
conmemoración del duodécimo aniversario de los hijos, que solía celebrarse. Jesús estaba
allí como el principal festejado. Las mesas estaban bajo hermosas pérgolas de las que
colgaban guirnaldas de hojas de parra y espigas. Los niños llevaban uvas y panecillos;
estaban presentes treinta y tres niños, todos ellos futuros discípulos de Jesús, lo que
guardaba relación con los años de vida de Jesús.
Durante la fiesta Jesús enseñó y contó a los niños una parábola maravillosa y poco
comprendida de unas bodas donde el vino se convertiría en sangre y el pan en carne, y que
ésta permanecería hasta el fin del mundo entre los convidados para su consuelo, fortaleza y
vínculo de unión. A un joven llamado Natanael, pariente suyo, le dijo:
—Estaré en tus bodas.
A partir del duodécimo año de vida, Jesús fue siempre como el maestro de sus
compañeros de infancia. A menudo estaba con ellos contándoles algo y paseando al aire
libre. Después empezó a ayudar a José en su oficio. El Salvador era de figura delicada,
rostro largo, ovalado y brillante; su color era sano pero pálido; el cabello, muy liso y rubio
encendido, le caía en crenchas por su alta y serena frente hasta los hombros. Vestía una
larga túnica entre gris y parduzca que le llegaba hasta los pies; las mangas se abrían algún
tanto cerca de las manos.} {Jesús rondaba los treinta años cuando José se fue debilitando cada vez más.
Muchas veces vi que Jesús y María estaban con él y que María se sentaba muchas veces en
el suelo delante de su lecho o en un taburete de tres patas, redondo y bajo, que a veces
utilizaba de mesa. Los vi comer pocas veces. A San José le llevaban a comer al lecho un
plato con tres rebanadas cuadradas y blancas, como de dos dedos de largo, o frutas
pequeñas en una taza. Le daban de beber en una especie de ánfora.
Cuando José murió, María estaba sentada a la cabecera de su lecho y lo tenía en
brazos, mientras que Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento lleno de ángeles y de
resplandor. Le cruzaron las manos sobre el pecho, lo envolvieron en lienzos blancos, lo
metieron en un cajón estrecho y lo depositaron en una hermosa caverna sepulcral que le
había regalado un buen hombre. Además de José y de María, pocas personas acompañaron
su ataúd, que yo veía en cambio entre ángeles y resplandores.
San José tuvo que morir antes que el Señor porque no hubiera podido sufrir la
crucifixión; estaba demasiado débil y era demasiado amoroso. Ya fueron para él grandes
padecimientos las persecuciones que tuvo que soportar el Señor entre sus veinte y sus
treinta años por toda suerte de maquinaciones por parte de los judíos que no lo podían
sufrir. Decían que el hijo del carpintero quería saberlo todo mejor y estaban llenos de
envidia porque muchas veces impugnaba la doctrina de los fariseos y siempre tenía consigo
muchos jóvenes que le seguían. María sufrió infinitamente con estas persecuciones. A mí
siempre me parecieron más grandes estas penas que los martirios efectivos. Es
indescriptible el amor con que Jesús soportó en su juventud las persecuciones y añagazas de
los judíos. Como iba con sus seguidores a la fiesta de Jerusalén y solía pasear con ellos, los
fariseos de Nazaret le llamaban vagabundo. Muchos de estos seguidores luego no
perseveraron y lo abandonaron.
Después de la muerte de José, Jesús y María se trasladaron a un pueblecito de pocas
casas entre Cafarnaúm y Betsaida, donde un hombre de Cafarnaúm llamado Leví, que
amaba a la Sagrada Familia, dio a Jesús una casita para vivir en un lugar apartado rodeada
de un estanque de agua. En ella vivían también unos servidores de Leví para atender los
quehaceres domésticos, y la comida la traían de casa de Leví. A este mismo pueblecito se
retiró también el padre del apóstol San Pedro cuando dejó a éste su negocio de pesca en
Betsaida. Jesús tenía entonces algunos adeptos en Nazaret, pero lo abandonaban con
facilidad. Jesús ya iba con ellos al lago y a Jerusalén a las fiestas del Templo. La familia de
Lázaro, de Betania, ya era conocida de la Sagrada Familia. Leví le había entregado esta
casa para que Jesús pudiera refugiarse allí con sus discípulos sin ser molestado.
Había entonces en torno al lago de Cafarnaúm una comarca muy fértil, con
hermosos valles, y he visto que recogían allí varias cosechas al año. El aspecto era muy
hermoso por el verdor, las flores y las frutas; por eso muchos judíos nobles tenían allí sus
casas de recreo, castillos y jardines; también Herodes tenía una residencia. Los judíos de la
época del Señor no eran como los de otros tiempos, pues estaban muy pervertidos por el
comercio con paganos. A las mujeres no se las veía normalmente en público ni en el
campo, a no ser a las muy pobres que recogían espigas de trigo. En cambio se las veía en la
peregrinaciones a Jerusalén y en otros lugares de oración. El comercio y la agricultura las
llevaban sobre todo esclavos y sirvientes. He visto todas las ciudades de Galilea, y donde
ahora veo apenas dos o tres pueblecitos, había entonces un centenar repleto de gente en
movimiento.
María Cleofás, que hasta ahora vivía en casa de Ana, cerca de Nazaret, con su tercer
marido, el padre de Simeón de Jerusalén, se trasladó con su hijo Simeón a la casa de
Nazaret cuando la dejaron Jesús y María, mientras que los criados y parientes se quedaron
en la de Ana. En esta época, cuando Jesús se dirigió de Cafarnaúm a Hebrón pasando por
Nazaret, María le acompaño hasta Nazaret, donde se quedó esperando su vuelta. María
solía acompañar a su hijo con mucho cariño en estos cortos viajes. Acudieron allí José
Barsabas, hijo de María Cleofás, que lo tuvo de su segundo marido Sabas, y otros tres hijos
de su primer marido Alfeo: Simón, Santiago el Menor y Tadeo, que ejercían sus oficios
fuera de casa. Todos fueron a consolarse viendo a María, a consolarla de la muerte de José,
y también a volver a ver de nuevo a Jesús, a quien no habían vuelto a ver desde su infancia.
Habían oído comentar las palabras de Simeón en el Templo y la profecía de Ana cuando la
presentación de Jesús en el templo, pero apenas se las creían y por eso se unieron a Juan el
Bautista, que ya había hecho su aparición en esos lugares.}
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LA SAGRADA FAMILIA EN EGIPTO - LA MATANZA DE LOS INOCENTES
[Pasan un canal. Habitantes malintencionados. Pasan de largo. Longitud del viaje.]
A continuación los vi llegar a un lugar que se llama algo así como Lepe o Lape, en
la que hay agua y han hecho zanjas y canales y hay altos diques1
.
Pasaron el agua en una balsa de troncos que tenía encima una especie de patín
grande donde metieron al asno. María se sentó con su niñito en una viga. Guiaban la balsa
dos hombres castaños, deformes y medio desnudos, de narices aplastadas y labios salientes.
No llegaron a la población, sino solo a unas casas apartadas; pero como la gente era
tan ruda e inmisericorde, pasaron de largo sin trabar conversación. Pienso que ésta era la
primera ciudad pagana [¿egipcia?].
La Sagrada Familia ha viajado diez días por tierra judía y otros diez por el desierto.
A continuación vi ya a la Sagrada Familia en heredades egipcias. Aquí y allá había
algunos prados verdes donde andaba ganado. Vi también árboles que tenían ídolos sujetos
de la forma de muñecos de trapo fajados con vendas anchas en las que había figuras o
letras. También veo por doquier gente más bien gruesa y rechoncha, vestida de la misma
forma que los que hilaban algodón que vi una vez en la frontera del país de los Reyes
Magos; vi que iban apresurados a venerar a sus ídolos.
La Sagrada Familia entró en un cobertizo de ganado pero el ganado les hizo sitio y
salió fuera. Carecían de víveres y no tenían pan ni agua; nadie les dio nada. María apenas
lograba alimentar a su niño; estaban apurando toda la miseria humana. Finalmente llegaron
algunos pastores a abrevar su ganado en un pozo cerrado y les dieron un poco de agua ante
las apremiantes súplicas de San José.
Más tarde los vi que marchar por un bosque, muy desvalidos y desmayados, y que a
la salida del bosque había una palmera delgada y fina que tenía en lo más alto sus frutos
reunidos como en un racimo. María fue al árbol con el niño en brazos, rezó y levantó al
niño y entonces el árbol inclinó su copa hacia ellos y recogieron todos los dátiles. El árbol
se quedó en esta posición como si se hubiera arrodillado.
A la Sagrada Familia la seguía una turba del pueblo que estaba un poco más lejos y
María repartió muchos dátiles a los chicos desnudos que corrían a su lado. A un cuarto de
hora de aquel primer árbol los vi llegar a un sicomoro grande y extraordinariamente grueso;
estaba hueco y se escondieron en él. Los que los seguían los perdieron de vista y pasaron de
largo. La Sagrada Familia pasó allí la noche. [Brota un manantial por la oración de María. Origen del huerto de balsameros. Más
tarde se instala allí un poblado.]
Al día siguiente prosiguieron su camino por un monótono desierto de arena. Se
sentaron en una duna, casi completamente desmayados y completamente sin agua. La
Santísima Virgen imploró a Dios y a su lado brotó un manantial abundante que empapó el
suelo todo a su alrededor. José cortó una duna pequeña, hizo un pilón y excavó un canalillo
para dar salida al agua. Entonces se refrescaron; María lavó al niño, José abrevó al asno y
llenó el odre.
Vi que también se acercaron a refrescarse en el agua unas fieras horribles como
lagartos grandísimos, y también tortugas. No hicieron daño a la Sagrada Familia, sino que
la miraban muy bondadosamente. El agua que manaba, después de bañar un espacio
bastante grande, volvía a perderse en el paraje donde había brotado.
Este sitio se volvió maravillosamente fértil, pronto se puso todo verde y allí
crecieron deliciosos balsameros; cuando la Sagrada Familia regresó de Egipto, ya pudo
refrescarse con su bálsamo. El lugar se hizo famoso más tarde como Huerto de
Balsameros y en él se asentó gente de toda clase; creo que también vino aquí la madre del
hijo que se curó de la lepra. He visto cuadros posteriores de este lugar. Un hermoso seto de
balsameros rodeaba el huerto, y en el centro había varios frutales grandes.
En una época posterior excavaron un pozo más grande y profundo, del que sacaban
mucha agua con una noria tirada por bueyes. Esta agua la mezclaron con la del manantial
de María para poder regar todo el huerto, pues sin mezclar, el agua del nuevo pozo era
insalubre. Se me mostró que los bueyes que movían la noria dejaban de trabajar de sábado a
mediodía a lunes por la mañana temprano. [Se desploma un ídolo en las afueras de la ciudad. Alboroto. Entran en la ciudad.]
Después que se refrescaron aquí, tiraron hacia Heliópolis, que también se llama On,
una ciudad grande y maravillosamente construida, pero también con muchas ruinas. En
tiempos de los hijos de Jacob vivía en ella el sacerdote egipcio Putifar en cuya casa moraba
Asenet, la hija de Dina y del siquemita que se casó con el patriarca José. Aquí vivía
también Dionisio el Areopagita en la época de la muerte de Cristo. La ciudad estaba muy
devastada y despoblada por la guerra, y mucha gente había vuelto a construir en el interior
de los edificios destruidos.
Ellos siguieron por un puente alto y largo que cruza un río ancho [el Nilo], que me
parece que aquí tiene varios brazos. Llegaron a una plaza bordeada de una especie de paseo
delante de la puerta de la ciudad en la que, encima de un fuste de columna más delgada por
arriba que por abajo, había un gran ídolo con cabeza de buey que llevaba en brazos algo de
la forma de un niño fajado. El ídolo estaba rodeado de un círculo de piedras como si fueran
mesas o bancos, adonde venían a depositar sus ofrendas las masas de gente que salían de la
ciudad e irrumpían en el cuadro. No lejos de este ídolo había un árbol grande y la Sagrada
Familia se sentó a descansar debajo de él.
Apenas llevaban un rato descansando bajo el árbol cuando se produjo un terremoto
que sacudió al ídolo y lo tiró al suelo. Se formó alboroto y griterío en el pueblo, y muchos
trabajadores del canal vinieron corriendo de las inmediaciones; pero un buen hombre, que
creo que era picador del canal y que había acompañado hasta aquí por el camino a la
Sagrada Familia, se los llevó corriendo a la ciudad. Ya estaban en la salida de la Plaza del
Ídolo cuando el pueblo asustado reparó en ellos. Les atribuyeron la caída del ídolo y los
rodearon coléricos con amenazas y denuestos, pero no por mucho tiempo, porque tembló la
tierra, el gran árbol se desplomó, sus raíces salieron del suelo y el suelo bruscamente rajado
que abarcaba el sitio del ídolo se llenó de un charco sucio y oscuro donde el ídolo se hundió
hasta los cuernos. Algunos de los peores de aquellos se hundieron también en el hoyo de
agua negra.
La Sagrada Familia entró tranquilamente en la ciudad y se alojó en el interior de un
grueso muro en el que había mucho espacio vacío contiguo a un gran templo pagano. [La localidad. Vivienda de la Sagrada Familia. Trabajos de San José y de la
Santísima Virgen. Traje de los habitantes. El lecho del Niño Jesús. El país de Gosén. Judíos
perversos.]
[Ana Catalina comunicó los siguientes fragmentos de sus visiones de la vida
posterior de la Sagrada Familia en Heliópolis u On:]
Más adelante, una vez que llegué a Egipto por encima del mar, encontré que la
Sagrada Familia todavía vivía en la gran ciudad devastada. La ciudad es muy extensa y está
construida en torno a un gran río de muchos brazos; su silueta se ve desde muy lejos. Aquí
hay sitios completamente construidos por muros bajo los cuales corre el río. Las personas
van en balsas por los brazos del río, para lo cual se instalan en el agua.
Vi muy extrañada ruinas de edificios, grandes trozos de gruesos muros, torres a
medias y también templos casi enteros; columnas como torres a las que se podía subir
dando vueltas por fuera; altas columnas que por arriba eran delgadas y terminaban en
punta, cubiertas completamente de figuras extrañas; y muchas figuras grandes como de
perros tumbados con cabeza humana.
La Sagrada Familia vivía en el vestíbulo de una gran construcción de piedra,
sostenida por uno de sus lados por columnas cuadradas y redondas, cortas y pesadas.
Mucha gente se había apañado una vivienda dentro de las columnas o delante de ellas. Por
encima de esta construcción iba un camino por el que se podía ir a pie o en vehículo.
Enfrente había un gran templo con dos patios.
Delante de este espacio, que por un lado estaba cerrado por un muro y que por los
demás estaba abierto y con una fila de columnas gruesas y nada altas, José levantó un
saledizo de madera, dividido en varios cuartos con tabiques de corteza en los que vivían.
Aquí los vi a todos juntos y los burros también, pero separados por esos tabiques de corteza
que siempre solía hacer José. Por primera vez me di cuenta que, escondido detrás de un
mamparo de éstos, tenían también un pequeño altarcito en la pared donde rezaban: una
mesita cubierta con un tapete rojo y otro blanco transparente, sobre la que colgaba una
lámpara.
Más adelante, cuando San José estuvo completamente instalado lo vi trabajar en
casa y muchas veces también fuera. Hacía bastones largos con pomos redondos, pequeños
taburetes de tres patas, bajos, redondos y con un asa detrás para poder llevarlos, y una
especie de cestas. Fabricaba muchos tabiques ligeros de cortezas entrecruzadas; la gente las
untaba con algo para darlas más consistencia, y con ellas alzaban cabañas y separaciones de
todo género apoyadas en aquellos muros monstruosamente gruesos, o incluso dentro de
ellos.
San José también hacía con tablas largas, delgadas y ligeras unas torrecillas livianas
de seis u ocho caras terminadas en punta con un botón. Tenían una abertura, de modo que
un hombre podía sentarse dentro como en una garita, y por fuera tenían algunos escalones
alrededor para subirse a ellas. A veces he visto torrecillas de estas en los templos paganos y
también en las azoteas. Se sentaban dentro; quizá fueran garitas para poder vigilar a la
sombra.
La Santísima Virgen hacía alfombras y también la vi hacer otra labor: tenía junto a
sí una vara que tenía sujeto en la punta un ovillo; ya no sé si hilaba o hacía punto. Muchas
veces venían a visitarla a ella o al Niño Jesús, que estaba en el suelo junto a ella, acostado
en una especie de moisés; y a veces veía la barquilla puesta en un soporte parecido a un
aserradero de troncos. Entonces yo veía al niñito tumbado muy contento, que a veces
dejaba caer los brazos colgando por fuera por los dos lados. Una vez vi que se había
incorporado y estaba sentado. María estaba sentada a su lado y hacía punto con una cestita
al lado. Tres mujeres estaban con ella.
En esta ciudad destruida, los hombres vestían exactamente como aquella gente a la
que vi hilar algodón cuando fui al encuentro de los Reyes Magos, solo que éstos llevaban
en torno al bajo vientre un mandil completo, como si llevaran falditas cortas. Había pocos
judíos por aquí y los veía rondar con precaución, como si no tuvieran derecho a vivir aquí.
Al Norte de Heliópolis, entre esta ciudad y el Nilo, que allí se divide en muchos
brazos, hay un país pequeño llamado Gosén, en el que había un lugar donde vivían entre
canales muchos judíos cuya religión se había embrutecido mucho. Varios de estos judíos
trabaron conocimiento con la Sagrada Familia, y María hizo toda clase de labores
femeninas para ellos a cambio de pan y víveres. Los judíos tenían en el país de Gosén un
templo que comparaban con el de Salomón, pero era muy distinto. [José erige aquí un oratorio común para los judíos. El Niño Jesús va por primera vez
al oratorio. Jesús con sus compañeros de juegos y con San José. La caída de los ídolos se
atribuye a la Sagrada Familia.]
Vi a la Sagrada Familia en Heliópolis. Todavía vivían en el templo pagano en una
bóveda dentro de aquel grueso muro. No lejos de allí José había construido un oratorio
donde se reunían los judíos que vivían aquí pues antes no tenían oratorio común. El oratorio
tenía encima una cúpula ligera que se podía abrir para estar al aire libre. Los rollos estaban
en el centro encima de un altar o mesita de ofrendas cubierta de rojo y blanco.
El sacerdote o profesor era un hombre muy viejo. Aquí, hombres y mujeres no
estaban tan separados como en la Tierra Prometida; aquí los hombres estaban a un lado y
las mujeres a otro.
Eché una mirada a la primera vez que la Santísima Virgen estuvo con el Niño Jesús
en la sala de oración; ella se sentó en el suelo apoyada en un brazo, con el niño sentado
delante de sí, vestido con una túnica azul celeste y le juntó las manitas sobre el pecho. José
estaba de pie detrás de ella, como siempre hacía aquí, aunque los demás hombres y
mujeres, de pie o sentados, estaban separados a ambos lados de la sala.
Se me mostró también que cuando Jesusito ya fue algo mayor recibía visitas de
otros niños; ya podía hablar graciosamente y corretear, estaba mucho con José y también
iba con él cuando salía a trabajar fuera. Llevaba puesta una túnica como una camisita hecha
de punto y de una sola pieza.
Entonces se cayeron algunos ídolos del templo cerca del cual vivían, y como al
venir a la ciudad también se cayó el ídolo de la puerta, algunos interpretaron que era el
enojo de los dioses contra ellos, por lo que tuvieron que padecer algunas persecuciones. [En el segundo año de vida de Jesús, un ángel anuncia a la Sagrada Familia la
matanza de niños de Herodes. Descripción de este acontecimiento en Jerusalén.]
Hacia la mitad del segundo año de vida de Jesús se apareció un ángel a la Santísima
Virgen en Heliópolis para hacerla saber la matanza de niños mandada por Herodes. Ella y
José se afligieron mucho, y el Niño Jesús lloró todo el día.
Pero yo vi lo siguiente:
Como los Reyes Magos no volvieron a verle, la preocupación de Herodes se
adormeció un tanto, ocupado con todos los negocios de su familia. Pero su inquietud volvió
a despertarse cuando le llegaron rumores de las predicciones de Simeón y Hanna en el
Templo durante la ofrenda de Jesús. Por esta época la Sagrada Familia llevaba ya algún
tiempo en Nazaret.
Con distintos pretextos mandó soldados a distintos lugares en torno a Jerusalén:
Gilgal, Belén y hasta Hebrón, y ordenó que se averiguara el número de niños. Mientras
Herodes estuvo en Roma, los soldados llevaban más de nueve meses en esos lugares. Los
niños fueron asesinados a su regreso2
.
Cuando ocurrió la matanza, Juan ya tenía dos años y llevaba secretamente una
temporada en casa de sus padres. Entonces, antes que Herodes mandara publicar la orden
de que las madres llevaran a las autoridades sus niños de hasta dos años de edad, Isabel,
advertida por la aparición de un ángel, volvió a huir al desierto con el pequeño Juan. Por
esa época Jesús tenía ya casi año y medio y ya sabía correr. Los inocentes fueron
asesinados en siete lugares distintos.
A sus madres las prometieron premios a su fecundidad, y ellas llevaron sus niños
vestidos de fiesta a las casas del gobierno de estos lugares. Los hombres fueron rechazados,
separaron a las madres de los niños, y cuando éstos estuvieron solos, fueron acuchillados
por los soldados en patios cerrados. Hicieron montones con ellos y luego los enterraron
someramente en hoyos.
[Esta visión del asesinato de los Niños Inocentes la comunicó Ana Catalina el 8 de
marzo de 1821, y por tanto en la época del año en la que se produjo la huida a Egipto, así
que puede aceptarse que este acontecimiento tuvo lugar un año después. Ana Catalina dijo:]
Hoy por la tarde vi ir a Jerusalén las madres con sus niños, desde los más pequeños
hasta los de dos años. Venían de Hebrón, Belén y de otro lugar, donde Herodes había
enviado soldados y más adelante había hecho publicar, a través de las autoridades locales,
la orden de ir a Jerusalén. Iban a la ciudad formando varios grupos; muchas traían dos niños
y venían montadas en burro. Las llevaron a todas a un gran edificio y allí despidieron a los
hombres que las acompañaban. Todas entraron tan contentas pues creían que iban a recibir
un premio a su fecundidad.
El edificio estaba algo apartado, no lejos de donde estuvo después la residencia de
Pilatos. Desde fuera no era fácil escuchar lo que pasaba dentro porque estaba circundado de
murallas. Tiene que haber sido un tribunal, pues vi en el patio pilares y bloques de piedra
con cadenas, así como algunos árboles que se ataban juntos para sujetar al reo con grilletes
y después los volvían a soltar. Los árboles se separaban, y descuartizaban al reo. Era un
edificio sólido y oscuro y el patio era casi tan grande como el cementerio que está junto a la
iglesia parroquial de Dülmen.
Un portal que atravesaba dos muros daba a este patio, que estaba rodeado de
edificios por tres lados. Los edificios de derecha e izquierda eran de una sola planta pero el
del medio tenía dos y parecía una vieja sinagoga abandonada. Los tres edificios tenían
puertas al patio.
Llevaron a las madres por el patio a los dos edificios laterales y las encerraron allí.
Al principio me pareció que estaban en una especie de hospital o de albergue. Cuando se
vieron privadas de libertad, se asustaron y empezaron a llorar y a lamentarse y en esta
aflicción pasaron toda la noche.
[Al día siguiente, 9 de marzo, contó:]
Esta tarde he visto el horrible cuadro de la matanza de los niños inocentes en el
tribunal. En la casa grande de dos plantas que cierra el fondo del patio, el de abajo era un
gran vestíbulo vacío, como una cárcel o sala de guardia del tribunal, y en el de arriba había
una sala cuyas ventanas daban al patio; en éste vi toda clase de señores reunidos como en
un juicio, que tenían delante rollos encima de una mesa. Creo que Herodes también estaba
presente, pues había uno con un manto rojo forrado de una piel blanca en la que había
colitas negras; llevaba corona, los otros le rodeaban y él miraba al exterior por las ventanas
de la sala.
Llamaron una a una a las madres con sus niños, para que pasaran de los edificios
laterales al gran vestíbulo de abajo del gran edificio del fondo. Al entrar, los soldados les
quitaban los niños y los sacaban al patio por la puerta, donde unos veinte se afanaban en
matarlos con espadas y venablos, cortándoles el cuello o pinchándoles en el corazón. Unos
eran niños de pañales, cuyas madres aún les daban el pecho, y otros eran chiquillos con
largas túnicas de punto. No los desnudaban primero, sino que les daban un tajo en el cuello
o en el corazón, los agarraban por el brazo o un pie y los tiraban a un montón. Era una
visión espantosa.
En el gran vestíbulo, los soldados empujaban a las madres unas contra otras y
cuando ellas se dieron cuenta del destino de sus niños se alzó un terrible griterío, se
mesaban los cabellos y se abrazaban mutuamente. Al final estaban tan apretadas que apenas
podían moverse. Creo que la matanza duró hasta la noche.
Los niños fueron enterrados en una fosa en este mismo patio. Se me mostró su
número que ya no recuerdo exactamente; creo que eran 700 y un número más, en el que
había un 7 o un 17. Me explicaron la cifra con una expresión que me acuerdo que sonaba
como ducen , pienso que había que contar varias veces CC . [¿Quizá era Ducentos
?]
Esta visión me dejó sumamente horrorizada, no sabía dónde estaba pasando, creía
que era aquí. Cuando me desperté volví en mí muy poco a poco. La noche siguiente
devolvieron a sus pueblos a las madres atadas en grupos separados. El lugar de la matanza
de los inocentes en Jerusalén fue después el patio del tribunal, y no estaba lejos del tribunal
de Pilatos, aunque para esta época ya había cambiado un poco. Cuando la muerte de Cristo,
la fosa de los niños asesinados se hundió, aparecieron sus almas y salieron de allí. Cuando le avisó un ángel, Isabel volvió a huir al desierto antes de la matanza de los
niños y se me mostró lo que sigue:
Estuvo mucho tiempo buscando hasta que encontró una cueva que le pareció
bastante escondida y allí se quedó aproximadamente 40 días con su chiquillo. Cuando
Isabel volvió a su casa, un esenio de la comunidad del Monte Horeb en el desierto fue hasta
donde estaba el niño, le trajo comida y le ayudó en todo lo necesario.
Este esenio, cuyo nombre he olvidado varias veces, era pariente de Hanna la del
Templo. Al principio venía a ver a Juan cada ocho días, y después cada catorce hasta que
ya no necesitó su ayuda; lo cual no tardó mucho pues muy pronto Juan estaba en el desierto
como en casa y más a gusto que con la gente. Era un designio divino que Juan creciera
inocente en el desierto, sin contacto con los seres humanos y sus pecados. Juan, como
Jesús, nunca fue a la escuela; el Espíritu Santo le enseñaba en el desierto. Muchas veces vi
con él una luz o figuras luminosas como de ángeles.
Este desierto no estaba yermo y vacío sino que entre las rocas crecían muchas
plantas y matas, que muchas veces tenían bayas, fresas o madroños que Juan recogía y se
comía al pasar. Tenía extraordinaria familiaridad con los animales, especialmente con los
pájaros que se le venían volando y se posaban en sus hombros. Hablaba con ellos y
parecían entenderle todo; eran como sus mensajeros. Seguía el curso de los arroyuelos y
también tenía familiaridad con los peces, que se le acercaban cuando los llamaba y le
acompañaban su camino remontando el curso del agua.
Vi que ahora se alejó mucho de su casa, quizá a causa del peligro que le amenazaba.
Tenía tanta familiaridad con los animales que éstos le servían y le avisaban; le llevaban a
sus nidos y madrigueras, y si se acercaba alguien, huía con ellos a sus escondrijos.
Juan se alimentaba de fruta, bayas, hierbas y raíces. No necesitaba buscar mucho: o
bien sabía el lugar o los animales se lo mostraban. Siempre llevaba su piel y su bastoncito,
y de cuando en cuando se internaba cada vez más profundamente en el desierto, o de
repente se acercaba más a su lugar natal. Un par de veces se reunió con sus padres, que
siempre estaban suspirando por él. Probablemente supieran unos de otros por revelación,
pues cuando Isabel y Zacarías querían verle, él les salía al encuentro desde muy lejos. [Se derrumban los ídolos a su llegada. Troya, a oriente de Menfis. Mirada al niño
Moisés. Van al Norte hacia Matarea, contorneando Babilonia, que entonces se llamaba de
otra manera, cerca de Heliópolis. Características locales. Los judíos de tierra de Gosén. Su
abyección, su templo, su impúdica idolatría.]
Después de una estancia de poco más o menos año y medio, cuando Jesús tenía
unos dos años, la Sagrada Familia abandonó Heliópolis por falta de trabajo y a causa de
algunas persecuciones.
Mientras atravesaban una pequeña ciudad no lejos de Heliópolis, pararon a
descansar en el atrio de un templo pagano abierto y la imagen del ídolo se cayó y se
rompió. Tenía cabeza de buey y tres cuernos, así como varios agujeros en el cuerpo para
meter las ofrendas y quemarlas. Se formó en consecuencia un alboroto entre los sacerdotes
idólatras que amenazaron y detuvieron a la Sagrada Familia. Pero un sacerdote propuso a
los demás que, en su opinión, más les valdría encomendarse al Dios de esta gente, y les
recordó las plagas que sobrevinieron a los antepasados por perseguir a este pueblo, quee la
noche anterior a su partida habían muerto los primogénitos de cada casa y muchas cosas
más. Al oír el consejo, soltaron a la Sagrada Familia sin molestarla.
La Sagrada Familia siguió entonces a Troya, un lugar a oriente del Nilo frente a
Menfis, grande pero lleno de excrementos. Pensaron en quedarse pero aquí no los quisieron
y de hecho, no les dieron un trago de agua y unos dátiles que pidieron. Menfis está a
poniente del Nilo, que aquí es muy ancho y tiene islas pero parte de la ciudad está también
a este lado del Nilo, y en tiempos del Faraón había un gran palacio con una torre alta donde
la hija del Faraón muchas veces contemplaba el panorama. Vi también el lugar donde
encontraron a Moisés entre cañas altas. Menfis era como tres ciudades a éste y el otro lado
del Nilo, como si también le perteneciera Babilonia, una ciudad aguas abajo y a oriente del
río.
En general, en tiempos del Faraón, la comarca del Nilo entre Heliópolis, Babilonia,
y Menfis estaba tan unida y tan llena de altos diques de piedra, edificios y canales, que
todas parecían una sola ciudad interdependiente. Pero ahora, en tiempos de la Sagrada
Familia, todo esto estaba separado e interrumpido por grandes destrucciones. Así que desde
Troya tiraron al norte, aguas abajo, hacia Babilonia, ciudad llena de excrementos,
desordenada y mal construida. La bordearon pasando entre el Nilo y la ciudad, pero para
hacerlo tuvieron que desandar un trecho de la dirección que habían traído. Fueron por un
dique aguas abajo del Nilo por el que también fue Jesús cuando viajó por Arabia y Egipto
después de la resurrección de Lázaro, antes de volver a reunirse con los discípulos en el
pozo de Jacob en Sichar.
Marcharon durante unas dos horas Nilo abajo; todo el camino estaba ocupado aquí y
allá por ruinas de edificaciones. También tuvieron que pasar un canal o brazo pequeño del
río, y llegaron a un lugar cuyo nombre de entonces he olvidado, pero que ahora se llama
Matarea. Este lugar, que estaba cerca de Heliópolis, se extiende sobre una lengua de tierra
de modo que el agua la toca por dos lados. Estaba muy despoblado y diseminado, y la
mayoría de sus viviendas estaban hechas con madera de palmera datilera, barro seco, y
cubierta de caña, así que José tendría aquí mucho trabajo. Hizo casas más resistentes con
ramas entrelazadas y las puso encima galerías por las que podían andar.
Aquí vivía la Sagrada Familia en una bóveda oscura en un paraje solitario del
campo, no lejos de la puerta por donde entraron. De nuevo José hizo un porche ligero
delante de la bóveda y aquí también a su llegada cayó el ídolo de un templete y más
adelante cayeron todos los ídolos de alrededor. También aquí un sacerdote tranquilizó al
pueblo con el recuerdo de las plagas de Egipto.
Más adelante se congregó en torno a ellos una pequeña comunidad de judíos y
paganos convertidos, y los sacerdotes les dejaron el templete cuyo ídolo se había caído a su
entrada, que José transformó en sinagoga. José se convirtió en una especie de padre de la
comunidad e introdujo el canto ordenado de los salmos, pues su culto estaba muy
deformado.
Aquí solamente vivían algunos judíos muy pobres que vivían metidos en zanjas y
agujeros. En cambio, en el lugar judío entre On y el Nilo vivían muchos judíos que tenían
un templo bien arreglado, pero estaban sumidos en una idolatría terrible: tenían un becerro
de oro, una figura con cabeza de buey y alrededor bajo doseles figuritas de animales de pie
como turones o hurones que eran los animales que protegían contra los cocodrilos3
.
Estos judíos tenían una copia del Arca de la Alianza en la que había cosas
abominables, y en un pasillo subterráneo realizaban un culto horrible en el que se
entregaban a la fornicación con todo género de impudicias, pues pensaban que así nacería
el Mesías. Eran muy testarudos y no querían mejorar.
Más tarde muchos abandonaron este lugar para venirse aquí, que estaba todo lo más
a dos horas. Tuvieron que dar un rodeo por On porque no podían venir por derecho a causa
de los numerosos canales y diques.
María había trabajado para ellos toda clase de labores femeninas de punto, trenzado,
ganchillo y otras, pero no quería trabajar en cosas superfluas y de lujo, sino en cosas
necesarias y vestiduras litúrgicas. Las mujeres que la traían trabajo por vanidad o porque
pretendían seguir la moda, María las devolvía el trabajo aunque necesitara aquellos
ingresos. Estas mujeres la insultaron con toda insolencia. [Pobreza del lugar. Dormitorio de María y Jesús. Oratorio de la Sagrada Familia.
Descripción de una especie de relicario en el oratorio.]
En Matarea tuvieron muchas dificultades al principio; aquí faltaba leña y agua
potable. Los habitantes cocinaban con cañas o hierba seca y la mayoría de las veces, la
Sagrada Familia tomaba alimentos fríos.
José tenía algún trabajo y mejoraba las cabañas, pero la gente le trataba casi como a
un esclavo y le daban lo que querían; con su trabajo, unas veces traía algo a casa y otras
nada. Éstos eran muy desmañados para hacer sus cabañas; les faltaba madera, y si a veces
veía un tronco en alguna parte, me daba cuenta que no tenían herramientas. La mayoría
tenían cuchillos de piedra o hueso que eran como para cortar turba [es decir: sin filo]. José
se había traído sus herramientas más imprescindibles y enseguida la Sagrada Familia estuvo
instalada con cierta comodidad. José dividió el espacio con tabiques ligeros de zarzo,
preparó un fogón muy arreglado y fabricó taburetes y mesitas bajas; la gente de por aquí
comía todo en el suelo.
Aquí vivieron varios años, y he visto toda clase de cuadros de Jesús a distintas
edades. Vi dónde dormía: en la pared de la bóveda donde dormía María, José labró una
cavidad donde puso el lecho de Jesús. María dormía a su lado, y muchas veces la he visto
rezar de rodillas a Dios por las noches ante el lecho de Jesús. José dormía en otro cuarto.
José instaló también un oratorio en un pasillo apartado de la vivienda, donde José y
María tenían sus sitios. Jesús también tenía su propio rinconcito donde rezaba de pie,
sentado o de rodillas.
La Santísima Virgen rezaba delante de una especie de altarcito, una mesita pequeña,
cubierta de rojo y de blanco, que sacaba de un nicho en el muro que estaba habitualmente
cerrado. En la oquedad del muro había una especie de relicario. Vi matitas en tiestos
pequeños en forma de cáliz y el extremo florido de la vara de José, con que fue elegido en
suerte en el Templo para esposo de María; estaba metida en una cajita de unos cuatro
centímetros de grueso. Vi otro relicario además de éste, pero ya no estoy muy segura qué
era: en un tarrito transparente vi cinco palitos blancos del diámetro de la paja gruesa.
Estaban atados por la mitad como en cruz, y por arriba parecían más anchos y rizados, al
estilo de una pequeña gavilla. Mientras la Sagrada Familia estuvo en Egipto, el pequeño Juan todavía estuvo
alguna vez en secreto con sus padres en Juta, pues vi que Isabel le acompañó otra vez al
desierto cuando tendría cuatro o cinco años. Cuando salió de casa, Zacarías no estaba
presente; creo que había salido de viaje antes para no presenciar la despedida, pues quería
muchísimo a Juan. Le había dado su bendición, ya que bendecía a Isabel y a Juan todas las
veces antes de salir de viaje.
El pequeño Juan llevaba una piel [de cordero] colgada del hombro izquierdo que le
cruzaba el pecho y la espalda y se cerraba bajo la axila derecha. Más tarde, le vi llevar esta
piel en el desierto, que le era muy cómoda, unas veces sobre los hombros, otras cruzada por
el pecho y otras puesta a la cintura. Salvo esta piel, el niño iba desnudo. Tenía el pelo más
bien castaño y más oscuro que el de Jesús; seguía llevando en la mano la varita blanca que
sacó de casa, con la que siempre le veía en el desierto.
Iba deprisa por el campo de la mano de su madre Isabel, una mujer ya de edad que
iba envuelta totalmente, alta, ágil y de cara fina y pequeña. Muchas veces corría delante de
su madre; era completamente infantil y despreocupado, pero no distraído.
Al principio fueron mucho tiempo hacia el norte teniendo siempre un arroyo a su
mano derecha; luego los vi pasar un riachuelo que no tenía puente; subieron a unos
maderos que estaban en el agua e Isabel, que era muy decidida, remó con una rama.
Cuando pasaron el riachuelo torcieron más a Oriente y se metieron por un barranco rocoso
que por arriba estaba yermo y pedregoso pero que en el fondo estaba cubierto de arbustos
con muchas fresas y otras frutas que el niño picaba de vez en cuando.
Al cabo de andar un trecho por este barranco, Isabel se despidió de su niño. Lo
bendijo, lo apretó contra su corazón, le besó en la frente y en ambas mejillas y emprendió el
camino de vuelta. Por el camino se volvió varias veces y la vi llorando por su Juan. Pero
éste estaba despreocupado y siguió internándose por el barranco con paso firme.
Como yo estaba muy enferma durante esta contemplación, Dios me concedió la
gracia de sentirme como si fuera una niña que estuviera presente en todo lo que pasaba y
enseguida creí estar de camino con Juan como una niña de su misma edad y me asusté de
que se alejara demasiado de su madre y luego no encontrara el camino a casa, pero una voz
me tranquilizó enseguida:
—No te preocupes; mi niño sabe muy bien lo que hace.
A continuación creí que me adentraba en el desierto con él como si fuera mi único
amigo íntimo de la infancia, y vi muchas cosas que le pasaron en el desierto.
Sí, en este encuentro, Juan mismo me contó muchas cosas de su vida en el desierto.
Por ejemplo, cómo mortificaba sus sentidos y hacía todo género de abstinencias y se volvía
cada vez más clarividente y cómo todo lo que le rodeaba lo instruía de una forma
indescriptible. Nada de eso me asombraba, pues ya de niña, cuando guardaba nuestras
vacas completamente sola, vivía con Juan en el desierto con mucha intimidad, y muchas
veces, cuando tenía anhelo de estar con él, le llamaba en el bosquecillo:
—¡Juanito!, ven a mi encuentro con tu varita y tu piel en los hombros!5
Y entonces muchas veces se venía conmigo Juanito con su varita y su piel en los
hombros, jugábamos como niños y me contaba y me enseñaba toda clase de cosas buenas.
Tampoco me extrañaba que en el desierto los animales y las plantas le enseñaran
tantas cosas, pues yo también, cuando de niña estaba en el bosque, o con el rebaño en los
campos del páramo, o cuando recogía espigas, arrancaba la hierba y recogía plantas,
contemplaba cada hojita y cada flor como si fuera un libro; y cada pájaro o cada animalito
que pasaba corriendo y todo lo que me rodeaba me enseñaban cosas. Con cada color y cada
forma, con las nervaduras de cada hoja, me venían toda clase de pensamientos profundos
que si los repetía a la gente unas veces me escuchaban con asombro, pero la mayoría de las
veces se reían de mí, con lo que al final me acostumbré a callármelo todo. Antes pensaba, y
todavía lo pienso ahora a veces, que esto le pasa a cada ser humano y que en ninguna parte
se aprende mejor porque es el abecedario que Dios mismo escribió.
En mi contemplación, cuando seguí al niño Juan en el desierto, vi su conducta como
antes. Lo veía jugar con flores y animales y en especial los pájaros tenían mucha confianza
en él y se le posaban en la cabeza cuando se ponía a rezar de rodillas o andando. Muchas
veces vi que ponía su vara atravesada en una rama y entonces venían volando a su llamada
muchos pájaros variopintos que se posaban en fila en la vara. Los contemplaba y hablaba
con ellos familiarmente, como si les diera clase. También le vi ir a las madrigueras de otras
fieras, a las que daba de comer y contemplaba atentamente.
[Herodes manda apresar y matar a Zacarías. Isabel se va al desierto con Juan y
muere en él. Juan se interna más en el desierto.]
Cuando Juan estaba en el desierto y tenía aproximadamente seis años de vida,
Zacarías fue una vez al Templo con rebaños para el sacrificio, e Isabel aprovechó su
ausencia para ir a ver a su hijo en el desierto. Zacarías nunca había estado con Juan en el
desierto por si Herodes le preguntaba dónde estaba su hijo, poder contestarle la verdad: que
no sabía donde estaba. Pero para satisfacer sus muchas ganas de ver a Juan, éste volvió del
desierto varias veces con todo secreto y por la noche a casa de sus padres y se quedaba una
temporadita en ella. Probablemente le llevara su ángel de la guarda para que Juan pudiera
estar allí sin peligro. Siempre lo vi dirigido y protegido por altas potestades y muchas veces
le vi con figuras luminosas como ángeles.
Juan estaba destinado por el Espíritu de Dios a criarse y educarse en el desierto,
apartado del mundo y de los alimentos humanos normales. La Providencia dispuso que,
obligado por circunstancias ajenas, lo llevaran al desierto adonde ya le llevaba su
irresistible impulso natural, pues desde su niñez más temprana siempre lo he visto solitario
y reflexivo.
Lo mismo que llevaron al Niño Jesús a Egipto por aviso divino, así también
escondieron en el desierto a Juan, su predecesor. La gente también pensaba en él, pues
desde sus primeros días hubo en el país muchas conversaciones sobre Juan, se conocían los
prodigios de su nacimiento y se le había visto muchas veces rodeado de luz; por eso
Herodes lo buscaba con ahínco.
Herodes ya había mandado varias veces interrogar a Zacarías sobre dónde estaba
Juan, pero nunca le había puesto la mano encima. Sin embargo esta vez, cuando Zacarías
iba al Templo, soldados de Herodes que le acechaban le sorprendieron y maltrataron
gravemente en el desfiladero delante de la Puerta de Belén, un sitio desde el cual todavía no
se ve Jerusalén. Lo arrastraron a una prisión que hay en esa ladera del Monte Sión por la
que después vi muchas veces pasar a los discípulos de Jesús que iban camino del Templo.
Lo torturaron mucho en la prisión e incluso lo sometieron al potro para arrancarle la
confesión de dónde estaba su hijo, y como no lo consiguieron, lo acuchillaron por orden de
Herodes.
Más adelante, sus amigos enterraron su cuerpo, no lejos del Templo. Pero este
Zacarías no era el Zacarías que fue asesinado entre Templo y altar, el que vi salir del muro
del Templo junto al oratorio del anciano Simeón al desprenderse su tumba del muro cuando
resucitaron los muertos a la muerte de Cristo. En aquella ocasión se derrumbaron en el
Templo varias tumbas secretas.
El motivo de que asesinaran a Zacarías entre Templo y altar fue unos que peleaban
por el linaje del Mesías y por ciertos derechos, puestos y lugares de determinadas familias
en el Templo; por ejemplo, no todas las familias podían llevar a educar sus hijos al Templo.
En esto me acordé que una vez vi que Hanna cuidaba de un chico en el Templo, creo que
era hijo de un rey cuyo nombre se me ha olvidado. Zacarías fue el único asesinado en estas
luchas; su padre se llamaba Baraquías6
.
Isabel regresó del desierto a Juta en la época en que esperaba que regresara su
marido. Juan la acompañó un trecho del camino, luego ella le bendijo en la frente y lo besó
y Juan se apresuró a regresar despreocupadamente al desierto. Isabel se encontró en casa la
terrible noticia del asesinato de Zacarías y se sumió en un duelo y una pena tan grande que
no podía encontrar descanso en Juta y se apresuró a irse para siempre con Juan al desierto,
y allí murió no mucho después, antes que la Sagrada Familia volviera de Egipto. El esenio
del Monte Horeb que ayudaba siempre al pequeño Juan la enterró en el desierto.
Entonces Juan se internó aún más en el desierto. Abandonó el barranco rocoso, fue a
una comarca más abierta y le vi llegar por lo salvaje a una laguna que tenía una playa llana
de arena blanca. Le vi internarse mucho andando en el agua, y que todos los peces venían
nadando hacia él sin temor; Juan tenía mucha familiaridad con ellos. Vivió mucho tiempo
en este paraje, y se tejió con ramas una choza para dormir en el boscaje; la choza era bajita
y no mayor que para tumbarse dentro a dormir.
Aquí, más adelante le vi muy a menudo con figuras luminosas o ángeles, con
quienes iba humilde y piadoso, pero totalmente infantil, confiado y sin asustarse. Parecían
enseñarle y llamaban su atención sobre cosas de todo género. Entonces vi que sujetó un
palito atravesado en su vara para que formara una cruz, y puso en ella una tira ancha de
corteza de haya o de árbol como un gallardete con el que jugaba yendo y viniendo para que
flotase.
En la casa paterna de Juan en Juta, cerca de Hebrón, vivía ahora la hija de una
hermana de Isabel; la casa estaba completamente amueblada. Ya más crecido, Juan aún
volvió en secreto una vez a su casa, pero regresó enseguida y se internó aún más en el
desierto, hasta que apareció en medio de los hombres, lo cual se me comunicó más
adelante. [La Santísima Virgen descubre un manantial junto a su vivienda. José arregla el
manantial enterrado. Una antigua piedra de sacrificios junto a la fuente. El niño Jesús saca
agua para otros niños. Preocupación de la Santísima Virgen cuando Jesús fue por agua por
primera vez. El Niño Jesús sirve a sus padres. De camino al lugar judío, un ángel anuncia a
Jesús la muerte de Herodes. Su pesadumbre por la abyección de aquellos judíos.]
También en Matarea, donde los habitantes se valían del agua turbia del Nilo, María
encontró en oración otro manantial. Al principio padecían gran necesidad y tuvieron que
vivir de fruta y agua mala. Hacía mucho tiempo que no tenían agua buena, y José quería ir a
buscarla al desierto con un odre y el asno, a la fuente de los balsameros, cuando en esto un
ángel se apareció en oración a la Santísima Virgen y la avisó que detrás de su vivienda
había un manantial.
María anduvo por encima del muro donde estaba su vivienda, y luego bajó a un
espacio despejado entre muros caídos, donde se alzaba un grueso árbol añoso; llevaba en la
mano un bastón con una paleta en el extremo, cosa que allí solían llevar cuando iban de
viaje. Pinchó con ella la tierra cerca del árbol y brotó un hermoso chorro de agua clara.
Muy contenta se apresuró a llamar a José, quien al excavar descubrió que la parte
más honda de la fuente ya había estado revestida de obra antigua, solo que estaba seca y
llena de tierra. José la restauró y la revistió muy bien con piedras.
Junto a la fuente, por el lado por donde llegó María, había una gran piedra casi
como un altar y pienso que había sido altar alguna vez aunque ahora he olvidado en qué
ocasión. En lo sucesivo, cuando la Santísima Virgen lavaba, muchas veces ponía a secar al
sol en ella los pañales y los trajes de Jesús.
Esta fuente permaneció desconocida y solo en uso por la Sagrada Familia hasta que
Jesús creció tanto que ya hacía todos los recados y también iba a buscar agua para su
madre. Una vez llevó a otros niños a beber al pozo, y les sacó el agua para beber con una
hoja cóncava doblada. Como los niños se lo contaron a sus padres, también vinieron a la
fuente que, no obstante quedó reservada principalmente para uso de los judíos.
Vi también la primera vez que Jesús fue por agua para su madre. María estaba
rezando de rodillas en la bóveda y Jesús se fue de puntillas con un odre por agua a la
fuente; era la primera vez. Cuando lo vio regresar, María se conmovió indeciblemente y le
rogó de rodillas que no volviera a hacerlo para que no se cayera al pozo. Jesús la dijo que
tendría cuidado, pero que quería traerla agua siempre que la necesitara.
El pequeño Jesús hacía todo género de pequeños servicios a sus padres con toda
atención y cuidado. Vi por ejemplo que cuando José trabajaba no lejos de casa y se había
dejado alguna herramienta, el niño iba enseguida a traerla. Atendía a todo. Creo que la
alegría que tenían con él tuvo que superarles todas sus penas. También vi que a veces Jesús
iba al lugar judío, que estaba a una buena milla de Matarea, a buscar el pan con que
pagaban el trabajo de su madre.
En este país había muchos animales horribles, pero no le hacían nada; eran muy
amistosos con él. Lo he visto jugar con serpientes.
Cuando fue por primera vez al lugar judío, ya no estoy segura si tenía cinco o siete
años, llevó por primera vez la túnica marrón con flores amarillas por abajo que le tejió la
Santísima Virgen. Vi que se arrodilló a rezar por el camino y se le aparecieron dos ángeles
que le anunciaron la muerte de Herodes el Grande. Jesús no se lo dijo a sus padres, no sé
por qué razón, si por humildad, porque el ángel se lo prohibiera, o porque sabía que todavía
no debían abandonar Egipto.
Una vez lo vi ir también al lugar judío con otros niños judíos, pero cuando volvió a
casa lloró amargamente por la abyección de los judíos del lugar. [Job vivió aquí antes de Abraham y descubrió la fuente. De la patria de Job y sus
migraciones. Trae una novia al rey de Egipto y vive cinco años en este lugar. La religión de
Job, su imagen de Dios. Su repugnancia por las supersticiones de los egipcios. Algo sobre
el destino de Job y su libro.]
La fuente de Matarea no es que se formara aquí por primera vez a causa de la
Santísima Virgen, sino que solamente volvió a manar de nuevo. Estaba llena de tierra, pero
por dentro estaba todavía completamente revestida. Mucho tiempo antes que Abraham, Job
estuvo en Egipto y vivió en esta al dea y este sitio. Él fue quien encontró la fuente y hacía
ofrendas sobre la piedra grande que ahora estaba aquí tirada.
Job era el menor de trece hermanos. Su padre era un gran jefe de tribu en la época
que se construía la Torre de Babel; de un hermano suyo procedió la estirpe de Abraham.
Los linajes de estos dos hermanos se casaban muchas veces entre sí.
La primera mujer de Job era de esta estirpe de Faleg. Y cuando Job ya había sufrido
muchos infortunios y se había mudado de lugar tres veces, aún se casó con tres mujeres
más del linaje de Faleg, por cuya razón Job era trasabuelo de la madre de Abraham.
El padre de Job se llamaba Joctán, hijo de Heber, y vivía al norte del Mar Caspio en
el paraje de una montaña que hace mucho calor en uno de sus lados y por el otro es fría y
está llena de hielo. En aquel país había elefantes.
En el sitio donde Job se mudó por primera vez y donde empezó su propia familia,
los elefantes no hubieran podido andar bien porque era muy pantanoso. Es un país que está
al norte de una montaña que está entre dos mares, de los cuales, antes del Diluvio, el mar
occidental era también una alta montaña en la que vivían ángeles malignos que tomaban
posesión de los humanos7
.
Había allí una mísera región pantanosa, donde creo que ahora vive un pueblo de
ojos pequeños, nariz aplastada y pómulos altos. Allí le sobrevino a Job su primer
infortunio, y a continuación se fue al Sur a través del Cáucaso a empezar de nuevo.
Desde esta comarca, Job hizo una gran expedición en caravana a Egipto, donde
entonces reinaban extranjeros que eran de la patria de Job, reyes de pueblos pastores. Uno
de los reyes era de la misma comarca que Job y otro del más lejano de los países de los
Reyes Magos. Solo dominaban una parte de Egipto y más adelante un rey egipcio los
expulsó. Una vez se congregó en una ciudad una inmensa muchedumbre de este pueblo
pastor, pues habían inmigrado allí.
El rey pastor que procedía de la comarca de Job quería para su hijo una mujer del
Cáucaso, de su mismo pueblo, y Job llevó a Egipto con una gran caravana a la novia del
rey, que era pariente suya. La caravana traía treinta camellos y muchísimos criados con
grandes regalos. Job era entonces un hombre todavía joven, alto, pelirrojo y de agradable
color castaño amarillento.
En Egipto la gente era de un sucio color castaño. Por entonces Egipto no estaba muy
habitado y solo había grandes muchedumbres en algunos sitios; y tampoco había
construcciones muy grandes, que solo empezaron en la época que llegaron los hijos de
Israel.
El rey honró mucho a Job y no lo quería dejar marchar. Le quería muchísimo y
quisiera que se viniera con todo su clan. Le asignó para residir la ciudad donde después
vivió la Sagrada Familia, que entonces era muy distinta. Job vivió en Egipto cinco años en
el mismo sitio que la Sagrada Familia; fue Dios quien le mostró aquel manantial, y en su
servicio divino sacrificaba sobre aquella gran piedra.
Job era pagano, pero un hombre justo que reconocía al verdadero Dios, al que
adoraba como Creador al contemplar la Naturaleza, las constelaciones y los cambios de luz.
Hablaba con Dios muy a gusto de sus maravillosas criaturas. No adoraba ninguna imagen
de animal horrible como hacían otras tribus de entonces, pero había imaginado para sí una
imagen del verdadero Dios; una pequeña imagen humana con rayos en torno a la cabeza
que pienso que también estaba alada. Tenía las manos unidas bajo el pecho, y en ellas
llevaba una bola en la que estaba representada una barquilla en las olas que quizá
representara el Diluvio. En su servicio divino quemaba semillas ante esta imagencita. Más
adelante se introdujeron en Egipto imágenes como ésta, sentadas en una cátedra y con un
dosel encima.
Job encontró en esta ciudad una idolatría horrible que procedía todavía de las
supersticiones mágicas que se hacían cuando la construcción de la Torre de Babel; tenían
un ídolo con una cabeza de buey ancha y en punta por arriba, como dirigida a lo alto, con el
morro abierto y los cuernos muy curvados para atrás. Estaba hueca, encendían fuego en su
interior y le ponían niños vivos en sus brazos ardientes. Vi que sacaban algo de los agujeros
de su cuerpo.
La gente de aquí era de color parduzco y la tierra estaba llena de fieras espantosas.
Volaban de acá para allá grandes bandadas de grandes animales negros con fauces de
fuego; allí donde volaran salía de ellos como fuego. Lo envenenaban todo y marchitaban
los árboles donde se posaban. Vi también animales como topos, con las patas traseras largas
y las delanteras cortas, que podían saltar de una azotea a otra. En las cuevas y entre las
rocas acechaban animales espantosos que se enroscaban a la gente y la asfixiaban. En el
Nilo vi una fiera gorda y maciza con feos dientes y patas gordas y negras; era del tamaño de
un caballo, pero también tenía algo porcino.
Todavía vi muchos más animales horribles, pero la gente de aquí era aún más
abominable, y Job, al que con sus oraciones vi librar de fieras dañinas la comarca donde
vivía, sentía tal repugnancia por esta gente atea que en sus quejas a sus acompañantes a
menudo expresaba que prefería vivir con las fieras horribles que con esta gente
desvergonzada.
Muchas veces le veía mirar con nostalgia a Oriente, su patria, que está algo más al
sur que el país, más alejado aún, de los Reyes Magos. Job vio prefiguraciones proféticas de
la llegada de los hijos de Israel aquí a este país, y una visión general de la salvación de la
Humanidad, así como de las pruebas que él tendría que afrontar. No se dejó convencer para
quedarse, y al cabo de cinco años volvió a salir de Egipto con sus acompañantes.
Entre las pruebas que sufrió tuvo intervalos: la primera vez nueve años de
tranquilidad, la segunda siete y la tercera doce.
Las palabras del libro de Job: Y cuando el mensajero de la desgracia todavía
estaba hablando quieren decir: Esta desgracia estaba todavía en boca de la gente cuando
le sobrevino la siguiente . Job pasó sus penas en tres lugares diferentes. La última
desgracia y la restauración de todo su bienestar le ocurrieron en la comarca llana que hay
justo a oriente de Jericó, en la que había incienso, mirra y también una mina de oro; hacían
forja y muchas cosas más.
En otra ocasión aún vi muchas más cosas del carácter de Job que contaré más
adelante; ahora solo quiero decir que la historia de Job y sus conversaciones con Dios las
copiaron de sus labios dos fieles criados que eran como sus administradores y que se
llamaban Hai y Ois o Uis8
.
Esta historia, considerada santa por sus descendientes, llegó de generación en
generación a Abraham y sus hijos, que fueron educados en consecuencia. La historia llegó a
Egipto con los hijos de Israel y Moisés la resumió para consuelo de los israelitas durante la
opresión egipcia y la marcha por el desierto, pues era mucho más larga y no hubieran
entendido mucho de ella. Salomón la volvió a reelaborar y de ese modo se convirtió en un
libro edificante, repleto de la sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón. Por eso es difícil
conocer la verdadera historia de Job, porque acomodaron los nombres de pueblos y lugares
a los del país de Canaán, y así suele creerse que Job era edomita porque la última comarca
en que vivió la habitaron mucho después de su muerte los edomitas descendientes de Esaú.
Cuando nació Abraham, Job aún podía estar vivo. [Abraham vivió mucho tiempo junto a ella. También estuvo Lot. Abraham recuperó
aquí su registro genealógico, que le habían robado. Por qué quería el faraón a la mujer de
Abraham. Carácter de los egipcios. Abraham recibe su registro genealógico y abandona el
país. Algo más de la fuente de Matarea hasta la época cristiana.]
Durante su estancia en Egipto, Abraham también tuvo sus tiendas aquí junto a la
fuente en la que le he visto enseñar al pueblo9
.
Abraham vivió en este país varios años con Sara y con algunos hijos e hijas cuyas
madres se habían quedado en Caldea; su hermano Lot también estaba aquí con su familia,
aunque ya no sé qué lugar le asignaron. Abraham fue a Egipto por orden de Dios: la
primera vez, a causa de una hambruna en el país de Canaán, y la segunda para recuperar un
tesoro de familia que se había llevado la hija de una hermana de la madre de Sara, una
mujer de la familia de Job, de la raza del pueblo pastor que en tiempos dominó una parte de
Egipto que había venido aquí como criada de servir y luego se había casado con un egipcio;
su descendencia formó una tribu cuyo nombre he olvidado. Agar, la madre de Ismael, era
descendiente suya y por tanto también de Sara10
.
Aquella mujer había robado aquel tesoro familiar igual que Raquel robó los dioses
de Labán, y lo había vendido en Egipto por una gran suma de dinero. De este modo, a
través de ella, el tesoro llegó a poder del rey y los sacerdotes. El tesoro era el registro
genealógico de los hijos de Noé y en especial, de los hijos de Sem hasta la época de
Abraham, y consistía en una serie de piezas de oro triangulares enganchadas entre sí para
formar una cadena. El conjunto era como un platillo de balanza con sus cadenillas.
Las cadenillas estaban formadas por las piececitas triangulares encadenadas;
algunas de ellas tenían líneas colaterales. En las piececitas estaban incisos los nombres de
los miembros del linaje. Todas las cadenillas venían a parar al centro de la tapa y
descansaban juntas en el platillo de la balanza; cuando se bajaba la tapa con las cadenas, el
platillo de la balanza quedaba cerrado como una cajita.
Las monedas sueltas eran gruesas y amarillas, y los engarces, delgados y blancos
como plata. Todo brillaba. Muchas piezas amarillas tenían otras colgando. He oído también
cuántos siclos (que era cierta suma de dinero) importaba el total pero lo he vuelto a olvidar.
Los sacerdotes egipcios habían hecho toda clase de cálculos con este árbol genealógico,
pero sus cuentas, larguísimas, estaban completamente equivocadas.
Por medio de sus astrólogos y pitonisas supieron por que Abraham había llegado a
este país, y que además, él y su mujer eran del linaje más excelso y que sería padre de una
familia elegida. En sus adivinaciones siempre investigaban los linajes más nobles para
procurar contraer matrimonios con ellos; de este modo Satanás llevaba los linajes puros a la
violencia y la impudicia y los envilecía.
Abraham, que temía que los egipcios quisieran matarle a causa de la belleza de su
mujer Sara, la presentó como su hermana, lo que tampoco era mentira pues era hermanastra
suya, hija de su padre Téraj con otra mujer (Gn 20, 12).
El rey hizo llevar a Sara a su palacio y la quería tomar por esposa. Ambos, Abraham
y Sara, se afligieron mucho e imploraron la ayuda de Dios, y Dios castigó con una
enfermedad al rey, a todas sus mujeres y a la mayoría de las mujeres de la ciudad.
Espantado por ello, el rey se informó, oyó que Sara era esposa de Abraham y se la devolvió
rogándole que se fuera de Egipto tan pronto como pudiera, porque ya se había dado cuenta
que Dios los protegía.
Los egipcios eran un pueblo maravilloso: por un lado eran muy orgullosos y se
consideraban los más grandes y más sabios, pero por otro eran también extraordinariamente
pusilánimes y rastreros, y cedían en cuanto temían que hubiera un poder superior al suyo.
Esto les pasaba porque no estaban bien seguros de sus conocimientos, ya que la mayor
parte de lo que sabían eran adivinaciones de doble sentido que podían anunciar buena
cantidad de consecuencias enmarañadas y contradictorias. Como los egipcios creían que
todo era milagroso, cada vez que algo se apartaba de sus predicciones se asustaban
enseguida.
Abraham, al pedir trigo, se había dirigido muy humildemente al rey llamándole
padre de los pueblos , con lo que se ganó su buena voluntad y el rey le hizo muchos
regalos. Ahora que le habían devuelto a Sara y le rogaban que abandonara el país, Abraham
dijo al rey que no podía irse sin el árbol genealógico que le pertenecía, y le contó con todo
detalle la forma en que este árbol había venido hasta aquí. Entonces el rey mandó venir a
los sacerdotes, que dieron gustosos a Abraham lo que le pertenecía, pero antes le pidieron
que les dejase copiarlo todo, como así se hizo. Luego Abraham regresó con su séquito al
país de Canaán.
De la fuente de Matarea todavía he visto muchas cosas hasta de nuestros tiempos, de
las que recuerdo lo siguiente:
Ya en tiempos de la Sagrada Familia, los leprosos la utilizaron como fuente
milagrosa. Mucho tiempo después, cuando ya habían construido una pequeña iglesia
cristiana en el lugar de la vivienda de María, arriba, justo al lado del altar, se bajaba a la
cueva donde la Sagrada Familia estuvo tanto tiempo hasta que José instaló bien la vivienda.
En esta época, la fuente estaba rodeada de gente que vivía allí y que utilizaba el agua para
curarse de distintas clases de lepra. También vi que había quienes se bañaban allí para
quitarse secreciones malignas. Esto era cuando los mahometanos estaban aquí. Vi que
también los turcos mantenían siempre una luz en la iglesia de la Vivienda de María ,
pues temían alguna desgracia si descuidaban encenderla.
En tiempos más recientes he visto la fuente solitaria y a bastante distancia de
cualquier vivienda; la ciudad ya no está allí, y por los alrededores crecen distintos frutales
silvestres. [El templo y el arca de la alianza del lugar judío. Un ángel ordena a José que
abandone Egipto. Despedida y regalos de los habitantes. Mira, a la que María había pedido
un hijo, hace regalos a Jesús. Partida; los amigos les acompañan hasta la fuente del huerto
de Balsameros. Ropa de los viajeros. Rameses. Atraviesan un canal. Permanecen tres meses
en Gaza. Jesús tiene siete años y nueve meses. Ana todavía está viva.]
Finalmente, vi también cómo salió de Egipto la Sagrada Familia. Ciertamente
Herodes ya había muerto antes, pero aún no podían volver porque había peligro. A San
José, la estancia en Egipto se le hacía cada día más pesada. La gente tenía una idolatría
horrible; incluso sacrificaban niños con malformaciones, y a quien sacrificaba un niño sano
aún lo creían más piadoso.
También el lugar judío estaba metido en estos horrores. Tenían un templo que
decían que era como el de Salomón, una vanidad risible pues era muy distinto. Tenían un
Arca de la Alianza que habían copiado y dentro habían puesto figuras impúdicas, y
realizaban cosas horribles. Ya no cantaban los salmos.
En la escuela de Matarea, José lo había organizado todo correctamente. El sacerdote
idólatra que había hablado a favor de la Sagrada Familia cuando se cayeron los ídolos en la
pequeña ciudad junto a Heliópolis, se trasladó aquí con otras personas y se insertaron en la
comunidad judía.
Vi a San José afanado en su trabajo de carpintero, muy dolido al final de la jornada
porque no le daban su jornal y no podía llevar nada a casa, donde hacía mucha falta.
En este apuro se arrodilló en un rincón al aire libre, se quejó a Dios de su necesidad
y le imploró ayuda. A la noche siguiente un ángel vino a él en sueños y le dijo que los que
buscaban al niño estaban muertos, que debía levantarse y prepararse para salir de Egipto a
casa por la carretera militar usual. No debía preocuparse pues el ángel estaría con él.
San José dio a conocer la orden de Dios a la Santísima Virgen y al Niño Jesús, y se
prepararon rápidamente para el viaje de vuelta con total obediencia, igual que habían hecho
cuando les avisaron que huyeran a Egipto.
A la mañana siguiente, cuando se supo su decisión, vino mucha gente apenada a
despedirse con toda clase de regalos en pequeños envases de corcho. Esta gente estaba
sinceramente apenada; algunos eran judíos, pero muchos más eran paganos convertidos.
Los judíos en todo este país habían caído en tales supersticiones que casi no se los podía
reconocer como tales. También hubo quienes se alegraron de que se fuera la Sagrada
Familia, pues los tenían por hechiceros que todo lo conseguían por medio de los espíritus
malignos más poderosos.
Entre la buena gente que les traía regalos vi también madres con chiquillos que
habían sido compañeros de juegos de Jesús, y en particular una mujer principal de esta
ciudad con un hijito de pocos años al que solía llamar hijo de María , pues durante
mucho tiempo esta mujer había anhelado tener hijos y Dios la bendijo con este chiquillo
por la oración de la Santísima Virgen. La mujer se llamaba Mira, y el niño, Deodato11
.
Esta señora regaló dinero a Jesús: piececitas triangulares amarillas, blancas y
castañas. Al recibirlo, Jesús miró a su madre.
Cuando José terminó de empacar y cargar en el burro los enseres más necesarios,
emprendieron viaje acompañados de todos estos amigos. Todavía llevaban la misma
cabalgadura en que María viajó a Belén. Durante la huida a Egipto habían tenido también
una borriquilla, pero José la tuvo que vender por necesidad.
Pasaron entre On y el lugar judío, y en On doblaron un poco al Sur en dirección a la
fuente que había brotado por la oración de María antes de que llegaran por primera vez a
On o Heliópolis. Aquí todo se había puesto verde y la fuente regaba todo alrededor un
huerto rodeado por un seto cuadrado de balsameros.
El sitio tenía una entrada que era más o menos tan grande como el picadero del
duque [se refería al duque de Croy en Dülmen] y dentro habían crecido en el medio frutales
jóvenes, palmeras datileras, sicomoros y cosas parecidas.
Los balsameros eran ya tan grandes como vides de regular tamaño. José había hecho
pequeños recipientes de corteza de árbol que por algunos sitios estaban pegajosos, pero que
eran muy lisos y graciosos. Allí donde descansaban durante el viaje, José muchas veces
hacía recipientes de éstos para distintos usos. Arrancaba las hojas en forma de trébol de los
pámpanos rojizos de los balsameros, y colgaba en ellos sus recipientes de corteza para
recoger las gotas de bálsamo que fluían, a fin de tomarlas luego durante el viaje.
Sus acompañantes se despidieron aquí muy emocionados, pero ellos se quedaron
varias horas. La Santísima Virgen lavó y secó algunas cosas, se refrescaron en el agua y
llenaron el odre para el viaje, que después emprendieron por el camino militar, que era lo
normal. He visto muchos cuadros de este viaje de vuelta, pero siempre sin peligro.
Para protegerse del sol, Jesús, que ya era un muchacho, así como María y José,
llevaban en la cabeza un disco de corteza delgada de árbol, sujeto con un pañuelo bajo la
barbilla. Jesús llevaba puesta su túnica parda y unas alpargatas de cáñamo que le había
hecho José, atadas hasta medio pie. María solo llevaba sandalias.
Muchas veces los he visto preocupados porque andar por la arena caliente era muy
penoso para el chiquillo, y los veo pararse a menudo a sacudir la arena de las sandalias. A
menudo tenían que sentarlo en el burro para que descansara. Atravesaron algunas ciudades
y pasaron de largo por otras; se me han olvidado los nombres pero aún me acuerdo de
Rameses. Pasaron un curso de agua que va del Mar Rojo al Nilo y que [muchos años
después] también atravesó el Señor en su viaje.
En realidad José no quería volver a Nazaret sino quedarse en Belén, la ciudad de sus
padres. Sin embargo todavía no estaba decidido porque en la Tierra Prometida oyó que
ahora gobernaba en Judea Arquelao, que también era muy cruel.
Cuando la Sagrada Familia llegó a Gaza se quedaron allí tres meses. En esta ciudad
vivían muchos paganos. Pero entonces a José se le apareció otra vez un ángel en sueños que
le ordenó volver a Nazaret, lo que también esta vez hizo enseguida. Ana estaba todavía
viva, y ella y algunos parientes supieron la estancia de la Sagrada Familia [en Gaza].
Volvieron de Egipto en septiembre. Jesús tenía ocho años menos tres semanas.
LA HUIDA A EGIPTO - PREPARATIVOS PARA LA MATANZA DE LOS INOCENTES
—¡Qué sabio es ese hombre! Ahora puede hablar y me ha dicho: No te preocupes
por ninguna vivienda para ti; preocúpate de que tu interior, donde recibes al Señor Jesús
cuando se aloja en ti, esté puro y adornado. Cuando José llegó a Belén, no buscó vivienda
para sí sino para Jesús, y barrió la cueva hasta dejarla limpia y bonita».
[Ana Catalina comunicó también otras contemplaciones parecidas y también muy
profundas que la había dicho aquel amigo suyo, muy propias de un hombre que conocía
bien su carácter. También mencionó que había dicho:]
—Cuando el ángel ordenó a San José que huyera a Egipto con Jesús y María, José
no se preocupó de ninguna vivienda, sino que emigró obedientemente.
[Como el año anterior por esta misma época Ana Catalina había visto algo de la
huida a Egipto, el Escritor supuso que este era otra vez el caso y la preguntó: ¿Entonces,
es que José ha huido hoy a Egipto?», a lo que ella replicó con voz clara y precisa:]
—No, el día que huyó José cayó en 29 de febrero. [Desgraciadamente no hubo oportunidad de sacárselo con precisión porque durante
estas comunicaciones estuvo muy enferma, pero una vez dijo:]
El niño puede que tenga más de un año; en un descanso del viaje lo he visto jugar
alrededor de un balsamero; a veces sus padres también le hacían andar un ratito.
[En otra ocasión Ana Catalina creyó entender que Jesús tenía nueve meses. El lector
puede estimar la edad de Jesús por otras circunstancias del relato, y en especial por su
relación con la edad del pequeño Juan, lo que hace más probable admitir nueve meses para
la edad de Jesús.] Vi que la Santísima Virgen hacía túnicas pequeñas de punto o con ganchillo. Tenía
a su derecha un ovillo de lana sujeto junto a la cadera y en las manos, según creo, dos
palitos de hueso con un ganchito en su extremo; uno de medio codo de largo y el otro más
corto. Más allá del gancho, los palillos tenían una prolongación donde iban anudándose los
hilos y se iba formando la malla, dejando lo que ya estaba tejido colgando entre los dos
palillos. La Santísima Virgen trabajaba así de pie o sentada junto al Niño Jesús acostado en
una cesta.
Arriba en las habitaciones, San José trenzaba biombos, cañizos y grandes
superficies de zarzo con tiras de corteza verdes, amarillas y castañas. Tenía un almacén de
mamparos de este tipo amontonados unos sobre otros en un cobertizo junto a la casa. En los
zarzos tejía estrellas, corazones y símbolos de toda clase. Pensé con muchísima compasión
que José ni siquiera podía imaginar que pronto tendría que huir a Egipto.
La madre Ana venía de visita casi todos los días desde su casa, que estaba casi a una
hora.
[Domingo, 25 de febrero:]
Di un vistazo a Jerusalén y vi que Herodes mandó llamar a muchos hombres, como
cuando reclutan soldados entre nosotros. Los hombres iban a un gran patio y recibían ropa
y armas. En un brazo llevaban como una media luna [¿una rodela?], y tenían venablos y
sables cortos parecidos a machetes. Llevaban yelmos y muchos también cordones en las
piernas. Esto tiene que tener relación con la matanza de niños. Herodes tenía el ánimo muy
inquieto. Veo a Herodes cada vez más inquieto; está exactamente igual que cuando los Reyes
Magos le preguntaron por el rey recién nacido. Vi que se aconsejó con distintos ancianos
doctores de la Escritura, que llevaban rollos de pergamino sujetos a varas y los leían.
Vi también que los soldados que anteayer se pusieron por primera vez el uniforme
los han enviado a distintos lugares de los contornos de Jerusalén, de donde más adelante las
madres tuvieron que llevar sus niños a Jerusalén sin saber que los matarían, para que el
rumor de la crueldad no levantara ningún motín. Hoy vi que los soldados de Herodes que ayer salieron de Jerusalén habían llegado a
tres lugares: Hebrón, Belén, y un tercer lugar cuyo nombre he olvidado pero que está entre
estos dos y el Mar Muerto.
Los habitantes se sobresaltaron porque no sabían absolutamente nada de por qué
venían los soldados a su pueblo. Pero Herodes era astuto y mandó no hacerse notar y buscar
sigilosamente a Jesús. Los soldados se quedaron largo tiempo en estos lugares, y como
Herodes no pudo averiguar nada del niño recién nacido de Belén, mandó asesinar a todos
los menores de dos años. [En el crepúsculo vespertino de hoy, la enferma se durmió y al cabo de unos
minutos dijo con gran alegría y sin ningún estímulo exterior:]
—Mil gracias sean dadas a Dios. He llegado bien, ¡qué bien que ya estoy aquí! El
pobre niño se ha salvado; recé para que ella tuviera que besarlo y bendecirlo, así ya no
podía tirarlo al pantano.
[Ante esta repentina exclamación, el Escritor la preguntó:—¿Quién?—y ella
prosiguió:]
—No muy lejos de aquí, una jovencita a la que habían seducido quería ahogar a su
recién nacido. Estos días he implorado apremiantemente a Dios que no ningún pobre niño
inocente muriera sin bautismo y bendición; y rezaba así porque se acerca la época del año
del martirio de los Niños Inocentes. Yo le conjuraba a mi querido Dios por la sangre de
estos niños que fueron sus primeros testigos de sangre. Hay que aprovechar el tiempo, y
cada año, cuando florecen estas rositas en el jardín de la Iglesia celestial, hay que
recogerlas para la Tierra. Dios me ha oído siempre y he podido ayudar a la madre y a su
niño. Quizá vea a ese niño en alguna ocasión.
[Esto es lo que exclamó inmediatamente después de su visión, o por mejor decir,
después que estuvo actuando en espíritu. A la mañana siguiente contó:]
—Mi guía me llevó rápidamente a M.; vi a la muchacha seducida, pienso que en las
afueras de M.; el paraje me parece que está a la izquierda del camino de T. a K. Su niño
había venido al mundo detrás de un arbusto y ella se acercó con él a un pantano profundo
donde flota una sustancia muy verde; llevaba al niño en el delantal y quería tirarlo al agua.
Cerca de ella vi una figura grande y oscura que despedía de sí una luz repugnante; pienso
que era el enemigo malo. Yo recé insistentemente de todo corazón, y vi que la figura oscura
se debilitaba; entonces ella tomó su niño y lo besó una vez más. En cuanto lo hizo, ya no
fue capaz de ahogarlo, se derrumbó y lloró amargamente sin consuelo. La consolé y la di el
pensamiento de ir a su confesor a implorarle ayuda. Ella no me vio, pero su ángel de la
guarda se lo dijo. Creo que es de clase media y que no tiene aquí a sus padres. Hoy vi que la madre Santa Ana fue a Nazaret con aquella pariente suya que dejó en
Belén con la Santísima Virgen después del nacimiento de Cristo. La criada llevaba un
hatillo al costado, una cesta en la cabeza y otra en la mano; eran cestas redondas, una de las
cuales dejaba ver aves dentro. Llevaban víveres a María, pues ésta no llevaba su casa sino
que Ana se ocupaba de todo. Hoy al anochecer vi a la madre Santa Ana y a sus hijas mayores con la Santísima
Virgen. María Helí tenía con ella a su nieto, el hijo mayor de su hija María Cleofás, un
chiquillo robusto de cuatro o cinco años. José había ido a casa de Ana.
Cuando las veía sentadas juntas, hablando en confianza, jugando con el Niño Jesús,
apretándolo contra el pecho y teniendo a sus niños en brazos, pensaba una vez más que las
mujeres son siempre iguales, pues todo era exactamente igual que en nuestros días.
María Helí vivía en un pueblecito a unas tres horas a oriente de Nazaret. Su casa era
casi tan buena como la de Ana; tenía un patio vallado con una bomba de agua dentro; si uno
pisaba algo abajo, salía por arriba un surtidor de agua que caía sobre una taza de piedra. Su
marido se llamaba Cleofás, y su hija mayor, María Cleofás, estaba casada con Alfeo y vivía
en el otro extremo del pueblo.
Las vi rezar al anochecer; estaban de pie frente a una mesita adosada a la pared
revestida de rojo y blanco; la mesa tenía encima un rollo que la Santísima Virgen enrolló y
sujetó en la pared; el rollo tenía bordada una figura con colores pálidos, parecida a un
muerto envuelto en un largo manto blanco, como un muñeco de trapo. Tenía el manto
echado por la cabeza y la figura tenía algo en brazos; en torno a los brazos, el manto estaba
más abultado. Ya había visto yo esta figura en la fiesta en casa de Ana, cuando llevaron al
Templo a la Santísima Virgen. Entonces me recordó a Melquisedec y era como si tuviera
un cáliz en el brazo; en otra ocasión pensé que representaba a Moisés.
Mientras rezaban tenían cerca una lámpara encendida; María estaba de pie delante
de Ana, y su hermana junto a ella. Cruzaban las manos sobre el pecho, las juntaban y las
separaban. María leía un rollo que tenía delante que enrollaba de vez en cuando. Rezaban
con un tono y un ritmo que me recordaban al convento. [Aprestos para salir de viaje. Despedida de las santas mujeres. Comienzo de la huida
a Egipto.]
[Desde la noche del jueves 1 de marzo a la mañana del viernes 2 de marzo:]
Se han ido; los he visto salir de viaje. Ayer jueves, José volvió temprano de casa de
Ana; Ana y su hija mayor todavía estaban aquí en Nazaret.
Apenas se habían ido todos a dormir, cuando el ángel avisó a José. María y el Niño
Jesús tenían su cuarto a la derecha del hogar; Ana a la izquierda; y la hija mayor, entre la de
su madre y la de José. Las habitaciones eran solo celdas contiguas hechas con mamparos de
zarzo y por arriba estaban cubiertas parcialmente también con cañizos. El lecho de María
estaba separado de la habitación además por una cortina o biombo. El Niño Jesús estaba
acostado en una alfombra a sus pies, y si María se incorporaba, podía cogerlo en brazos.
Vi a José acostado en su cuarto; dormía de costado con la cabeza apoyada en un
brazo. Un joven luminoso se acercó a su lecho y le habló. José se incorporó, pero como
estaba medio dormido volvió a tumbarse. Entonces el joven le tomó de la mano y tiró de él;
José se dio cuenta entonces y se puso de pie. El ángel desapareció.
Entonces José fue a la lámpara que estaba encendida en medio de la casa, delante
del fogón y encendió la suya. Llamó al cuarto de la Santísima Virgen y preguntó si podía
pasar. Lo vi entrar y hablar con María, que sin embargo no descorrió la cortina de delante
de su lecho; luego lo vi ir al establo por el burro y a continuación a la habitación donde
guardaban todos los enseres a prepararlo todo para el viaje.
Cuando José dejó sola a la Santísima Virgen, ésta enseguida se levantó y se vistió
de viaje y a continuación fue a ver a su madre Ana para anunciarla el mandato de Dios.
Entonces, Ana se levantó, y también salieron del lecho María Helí y su niño, pero al Niño
Jesús lo dejaron descansar. Para aquella gente piadosa, la voluntad de Dios estaba por
encima de todo, y por tristes que tuvieran sus corazones, enseguida se prepararon para el
viaje en vez de abandonarse a las tristezas de la despedida. Ana y María ayudaron a
preparar todo lo necesario, pero María aprestó muchas menos cosas de las que llevó a
Belén. Solo prepararon un hatillo abultado y algunas colchas, que José sacó afuera para
cargarlo todo. Todo se hizo con calma y muy rápido, como cuando una se despierta para
salir en secreto.
Entonces María recogió a su niño con tanta prisa que ni siquiera la vi cambiarle los
pañales. ¡Ay!, ahora era la despedida y no puedo decir cuán conmovedora era la tristeza de
Ana y de la hermana mayor. Todas estrecharon al Niño Jesús contra su corazón entre
lágrimas, y hasta el pequeño pudo abrazarlo. Ana abrazó varias veces a la Santísima
Virgen, llorando tan amargamente como si no fuera a volver a verla. María Helí se tiró al
suelo a llorar.
Aún no era medianoche cuando salieron de casa. Ana y la hermana acompañaron a
la Santísima Virgen a pie un corto trecho de camino a las afueras de Nazaret. José venía
detrás con el burro. Iban en dirección a casa de Ana, solo que algo más a la izquierda.
María llevaba metido al Niño Jesús delante de sí, envuelto como un muñeco y sujeto con
una faja que la pasaba por los hombros y estaba atada en la nuca. María llevaba un manto
largo que la envolvía a ella y al niño, y un gran velo rectangular que por detrás solo cubría
la cabeza, pero que colgaba mucho por ambos lados.
Habían hecho un corto trecho de camino cuando José se acercó con el burro, en el
que había un odre con agua y una cesta con varios compartimentos con panecillos, jarritas y
aves vivas. El fardo y algunas colchas iban cargadas alrededor de la silla, que estaba puesta
de través y tenía estribo. Todos se abrazaron una vez más entre lágrimas y Ana bendijo a la
Santísima Virgen, que se sentó en el burro que traía José, y prosiguieron viaje.
[Ana Catalina lloró de todo corazón mientras contaba la tristeza de Ana y de María
Helí, y dijo que cuando lo vio por la noche también estuvo llorando muchísimo.] Esta mañana temprano he visto que María de Helí fue con su niño a casa de Ana y
envió a Nazaret al jefe de familia con un criado, después de lo cual se fue a su pueblo. Ana
lo ordenó todo en casa de José y empaquetó muchas cosas. Por la mañana vinieron dos
hombres de casa de Ana: uno solamente iba envuelto con una piel de cordero y llevaba
grandes abarcas sujetas con correas por las piernas; el otro llevaba traje largo y me pareció
que era el actual marido de Ana. En casa de José ayudaron a arreglarlo todo, empacaron
todos los enseres portátiles y se los llevaron a casa de Ana.
La Sagrada Familia pasó de noche por varios lugares y al amanecer se metió a
descansar bajo un cobertizo. A eso del anochecer vi que la Sagrada Familia, que ya no
podía más, entró en Nazara en una casa de gente marginada y algo despreciada. No eran
auténticos judíos; su religión tenía algo de pagano y hacían sus oraciones en el templo del
Monte Garizim en Samaria, adonde tenían que ir por algunas millas de difícil camino de
montaña. Estaban oprimidos por varias cargas pesadas, y tenían la servidumbre de trabajar
como esclavos en el Templo de Jerusalén y en otros trabajos públicos. Acogieron muy
amistosamente a la Sagrada Familia, que se quedó allí todo el día siguiente. A su regreso de
Egipto, la Sagrada Familia volvió a visitarlos, y también después, cuando Jesús a los doce
años estuvo en el Templo y de allí fue a Nazaret1
.
Más adelante toda esta familia se hizo bautizar por Juan y entró en la comunidad de
Jesús. Este lugar de aquí no está lejos de una ciudad maravillosa puesta en un alto, cuyo
nombre ya no puedo decir con toda seguridad, pues he visto y he oído nombrar muchos
ciudades en estos contornos, entre ellos Legio y Massaloz, entre los cuales según creo está
Nazara. Casi estoy convencida que la ciudad cuya situación tanto me maravilla se llama
Legio; pero también tiene otro nombre. Ayer al anochecer del sábado, a la clausura del sabbat, la Sagrada Familia se alejó
de Nazara por la noche y la vi hacer alto y esconderse todo el domingo y la noche siguiente
hasta el lunes en el gran terebinto añoso donde estuvieron en Adviento en su viaje a Belén,
cuando la Santísima Virgen pasó tanto frío.
Era el terebinto de Abraham, cerca de Hain [el bosque de] Moreh, no lejos de
Siquem, Zenat, Silo y Aruma. Por aquí sabían la persecución de Herodes y esto era seguro
para la Sagrada Familia.
Jacob enterró junto a este árbol los ídolos de Labán; Josué reunió al pueblo junto a
este terebinto, bajo el cual había erigido la cabañuela en la que estuvo el Arca de la
Alianza, y mandó al pueblo que renunciara a sus ídolos; y aquí los siquemitas aclamaron
por rey a Abimelec, hijo de Gedeón. Por la mañana temprano vi a la Sagrada Familia descansar y tomar un refrigerio en
una fuentecilla junto a un balsamero en una comarca fértil. El Niño Jesús estaba acostado
con los pies desnudos en el regazo de la Santísima Virgen. Los balsameros, cuyas bayas
son rojas, tenían aquí y allá cortes en las ramas que goteaban líquido en unos tiestos
pequeños allí colgados. Me asombré de que no los hubieran robado. José llenó de jugo las
jarritas que traía consigo, y comieron panecillos y bayas que José recogió en los arbustos de
los alrededores.
El asno bebió y comió pasto por allí. A lo lejos se veía Jerusalén asentada en un
alto; era un cuadro extraordinariamente conmovedor.
JUTA. ISABEL HUYE AL DESIERTO CON EL PEQUEÑO JUAN. ZACARÍAS
VIAJA A NAZARET
[Martes, 6 de marzo:]
Zacarías e Isabel han recibido un mensaje del peligro que amenaza. Creo que la
Sagrada Familia les ha enviado un mensajero de confianza. Entonces vi que Isabel llevó al
pequeño Juan a un lugar muy recóndito del desierto a un par de horas de Hebrón.
Zacarías solo los acompañó un trecho del camino, hasta un sitio donde pusieron un
viejo madero para pasar un torrente. Allí se separó de ellos y se fue para Nazaret por el
camino por el que había venido María cuando la Visitación. Hoy lo vi de viaje a las seis de
la mañana; probablemente quiere que Ana le informe de cerca. Varios amigos de la Sagrada
Familia están allí, muy atribulados por causa de su partida.
El pequeño Juan solo llevaba puesta una pielecita de cordero, y aunque apenas tenía
año y medio, corría y saltaba con toda seguridad. Ya entonces llevaba en la mano una varita
blanca con la que jugaba como hacen los niños. Este desierto de aquí no debe
entenderse como una gran extensión de arena vacía sino más bien un sitio salvaje con
muchas rocas, cuevas y barrancos, donde crecen toda clase de arbustos y hay frutas y bayas.
Isabel llevó al pequeño Juan a la cueva donde después Magdalena estuvo una
temporada tras la muerte de Jesús. Ya no recuerdo cuánto tiempo estuvo esta vez aquí
escondida Isabel con el niño Juan muy pequeño, pero probablemente solo se quedó lo
necesario hasta que se tranquilizó un poco su preocupación por la persecución de Herodes.
Isabel y su chiquillo regresaron a Juta, que está a unas dos horas; después vi huir al desierto
al pequeño Juan en la época en que Herodes convocó a las madres con hijos menores de
dos años, pero eso ocurrió casi un año después.
[Hasta aquí la narradora nos había contado diariamente los cuadros de la huida, pero
después se produjo una interrupción debida a la enfermedad y otras molestias, y cuando
varios días después recobró el hilo de su narración, dijo:]
—Ahora ya no puedo decir exactamente los días, pero voy a contar los cuadros
aislados de la huida a Egipto aproximadamente en el orden en que recuerdo haberlos visto. [La Sagrada Familia hace en una cueva la sexta parada de su huida. Consuelo y
refrigerio. Aquí estuvieron Samuel y David, así como Jesús en su predicación itinerante.
Tradición de este lugar todavía hoy.]
Después que la Sagrada Familia pasó algunas alturas del Monte de los Olivos, los vi
algo más allá de Belén, hacia Hebrón, a una milla del Bosque de Mambré. Entraron en una
cueva espaciosa situada en un barranco salvaje de un monte encima del cual está un lugar
cuyo nombre suena como Efraím. Creo que esta era la sexta parada de su viaje.
Aquí vi a la Sagrada Familia muy agotada y desconsolada; María estaba muy
afligida y lloraba. Les faltaba de todo, pues huían campo a través evitando las ciudades y
los albergues públicos. Aquí descansaron un día entero y hubo varios milagros para
aliviarlos: En la cueva brotó una fuente por la oración de la Santísima Virgen; y una cabra
salvaje se vino con ellos y se dejó ordeñar. También se les apareció un ángel que los
consoló.
En otros tiempos, en esta cueva rezó un profeta muchas veces; creo que Samuel se
detuvo a veces aquí. Por aquí alrededor guardaba David el rebaño de su padre, aquí rezaba
y aquí, por ejemplo, fue donde recibió de un ángel la intuición de que saldría airoso del
combate contra Goliat2
.
[El 18 de octubre dijo:]
Esta Cueva de la Huida de la Sagrada Familia se llamó más tarde Lugar de
Estancia de María , que los peregrinos visitaban sin saber exactamente la Historia; y
después solo vivió aquí pobre gente.
[Ana Catalina describió exactamente la situación del lugar, y mucho tiempo
después, el Escritor encontró para su asombro en el Viaje a Jerusalén del franciscano
Antón González (Amberes, 1679, I Parte, p. 556) que estuvo a una milla corta de Hebrón en
dirección a Belén, a la izquierda del camino en una aldea de María , donde ésta se
refugió en su huida. La aldea está en una altura y en ella todavía estaba en pie y entera una
iglesia con tres arcos y tres puertas. En la pared estaban representados María con el niño en
el burro, y José que los llevaba. Debajo de la montaña donde están la aldea y la iglesia, hay
una hermosa fuente llamada Fuente de María . Todo esto coincide con el lugar descrito
por Ana Catalina. Arvieux en el 2.° tomo de sus Memorias (Leipzig, 1783) dice: Entre
Hebrón y Belén llegamos a la aldea de la Santísima Virgen, que habría descansado aquí en
su huida .]
Al salir de esta cueva estuvieron andando siete horas en dirección Sur, siempre con
el Mar Muerto a la izquierda. Dos horas más allá de Hebrón entraron en el desierto donde
entonces se encontraba el pequeño Juan, a un tiro de flecha de su cueva.
La Sagrada Familia, solitaria, fatigada y agotada, atravesó un desierto de arena. El
odre del agua y las jarritas de bálsamo estaban vacías; la Santísima Virgen estaba muy
atribulada, tenía sed y Jesús también; entonces se apartaron a un lado del camino donde
había una hondonada con arbustos y un poco de hierba rala. La Santísima Virgen se bajó
del burro y se sentó un poco. Tenía a su niño delante, estaba acongojada y rezaba.
Mientras la Santísima Virgen imploraba el agua como Agar en el desierto, mis ojos
se volvieron a mirar un acontecimiento extraordinario y conmovedor. La cueva donde
Isabel había ocultado a su chiquillo Juan estaba en una agreste elevación rocosa muy cerca
de aquí, y vi como si el pequeño Juan esperara algo y estuviera ansiosamente preocupado
mientras correteaba por los arbustos y las rocas sin alejarse de la cueva; en esta visión no vi
a Isabel.
La vista de aquel chiquillo que andaba y corría por lo más agreste me hizo una
impresión muy especial, conmovedora y llena de significado. De la misma manera que Juan
ya brincó hacia su Señor cuando aún estaba bajo el corazón de su madre, ahora le movía
también la cercanía de su sediento Salvador.
El chico llevaba colgada de los hombros una piel de cordero ceñida a medio cuerpo,
y en la mano una varita en la que ondeaba un gallardete de corteza. Juan sentía que Jesús
pasaba por allí y tenía sed, y se echó de rodillas y clamó a Dios con los brazos abiertos.
Luego, movido por el Espíritu, saltó y corrió a un alto de la roca, pinchó con su varita en el
suelo y allí brotó un manantial abundante. Juan siguió el curso del agua corriendo a toda
prisa hasta el borde donde el agua se despeñaba; allí se quedó de pie y vio pasar a lo lejos a
la Sagrada Familia3
.
La Santísima Virgen levantó en alto al Niño Jesús y le señaló hacia allí con las
palabras:
—Mira allí, es Juan que está en el desierto.
Y entonces vi que Juan brincaba alegremente junto al agua que caía, hizo señas
oscilando de un lado a otro el gallardete de corteza de su varita, y luego se apresuró a
volver al desierto.
Al cabo de un rato, el agua del manantial se acercó al camino de los viajeros, que la
pasaron por encima y fueron a un lugar cómodo con arbustos y hierba rala para hacer un
descanso y tomar un refrigerio. La Santísima Virgen se apeó del burro con el niño y se
sentó en la hierba. Todos estaban emocionados de alegría. José preparó un hoyo a cierta
distancia, se llenó de agua, y cuando le pareció que el agua estaba completamente clara,
bebieron todos, María lavó a su niño y ellos se refrescaron las manos, los pies y la cara.
Luego José llevó al agua al asno, que bebió en abundancia, y rellenó el odre.
Todos estaban felizmente agradecidos. La hierba rala se empapó y se enderezó, vino
un rayo de sol y todos quedaron repuestos, dichosos y serenos. Aquí descansaron dos o tres
horas. [Último albergue de su huida en territorio de Herodes. Entran en casa de Rubén, un
camellero, al que Jesús fue a visitar después de su Bautismo.]
El último refugio de la Sagrada Familia en territorio de Herodes no quedaba lejos de
una ciudad que está en la frontera del desierto, a un par de horas del Mar Muerto, y se llama
algo así como Anam, Anem o Anim [Ana Catalina vaciló entre estos sonidos]. Entraron en
una casa aislada que era un albergue para los que viajaban por el desierto. En una altura
había varias chozas y cobertizos, y alrededor crecían algunos frutales silvestres. Los
habitantes me parecieron camelleros. Había muchos camellos en unos pastizales cercados.
Era gente un poco salvaje que también hacía robos, pero recibieron bien a la
Sagrada Familia y se mostraron hospitalarios. En la ciudad cercana también vivía mucha
gente de vida desordenada que se había asentado allí después de una guerra. En el albergue
estaba, entre otros, un hombre de veinte años que se llamaba Rubén. [La Sagrada Familia asustada por culebras y lagartos voladores. Personal. Un amigo
muerto se aparece a la narradora.]
[Jueves, 8 de marzo:]
La Sagrada Familia marchaba en la noche estrellada por un desierto de arena
cubierto de matas y para mí era como si yo misma fuera por el desierto, que estaba lleno de
peligros a causa de muchas serpientes que con mucha frecuencia yacían arrolladas en
círculos en hoyitos del suelo debajo de las ramas. Todas se acercaban al camino haciendo
grandes cuchicheos, y estiraban la cabeza hacia la Sagrada Familia que, sin embargo, estaba
rodeada de luz y pasó de largo sin problemas.
También vi otra clase de alimaña dañina con un cuerpo alargado y negruzco, patitas
cortas y una especie de alas sin plumas que parecían grandes aletas. Se tiraban como
volando por encima del suelo. La forma de su cabeza se parecía un poco a la de un pez.
[Quizás un lagarto volador.]
Después vi que la Sagrada Familia llegó detrás de los arbustos a una grieta profunda
del terreno como el borde de un desfiladero; querían instalarse allí. Yo estaba asustada por la Sagrada Familia; el lugar era tan pavoroso que yo quería
preparar a toda prisa una barrera de ramas trenzadas para cerrar el lado que el seto dejaba
abierto, pero entonces se metió una fiera rabiosa como un oso y me entró un miedo terrible.
Entonces se me apareció de repente un viejo amigo sacerdote que había muerto hacía poco,
pero que ahora tenía un aspecto más joven y hermoso, agarró a la fiera por el pescuezo y la
echó fuera. Le pregunté cómo es que había venido, ya que seguramente estaría mejor en su
lugar, y replicó:
—Solo quería ayudarte, no me quedaré aquí mucho tiempo.
Me dijo que todavía le vería una vez más. [Lugar poco hospitalario, desierto de arena. Las fieras salvajes muestran el camino a
la Sagrada Familia. Montaña (Seir). Comarca áspera.]
La Sagrada Familia siguió por el camino militar todavía una milla más a Oriente. El
nombre del último lugar al que llegaron entre Judea y el desierto suena casi como Mara, y
con tal motivo pensé en el lugar natal de Ana, pero no era éste. La gente de por aquí era
salvaje y licenciosa y no dio ninguna ayuda a la Sagrada Familia.
Desde allí entraron en un gran desierto de arena sin ningún camino ni orientación y
no sabían cómo hacer. Al cabo de un trecho de camino vieron delante de sí una montaña
maligna y oscura. La Sagrada Familia estaba muy afligida y se desplomaron de rodillas a
rezar a Dios para suplicarle ayuda.
Entonces se congregaron a su alrededor grandes animales salvajes, que al principio
parecían peligrosos, pero que no eran malos en absoluto, sino que los miraban tan
amistosamente como me miraba el viejo perro de mi confesor si alguna vez llegaba a
verme. Me di cuenta que a estos animales los habían enviado para mostrarles el camino;
miraban hacia la montaña, se alejaban corriendo hacia ella y volvían, igual que un perro
que quiere guiarle a uno adonde ir. Vi que la Sagrada Familia finalmente siguió a estos
animales, pasó una montaña [¿Seir?] y entraron en una comarca lúgubre y salvaje. [Acogidos amistosamente. Curación del hijo leproso del ladrón con el agua del baño
de Jesús. Este niño era el futuro buen ladrón.]
Iban por el camino junto a un bosque y ya estaba oscuro. Delante del bosque y
separada del camino había una mala choza, y no lejos de ella, una luz en un árbol que podía
verse de lejos para atraer a los viajeros hacia aquí.
El camino era muy malo y estaba cortado una y otra vez por zanjas; también había
muchas zanjas alrededor de la choza. Por las partes transitables del camino habían tendido
por doquier hilos escondidos, que cuando los viandantes tropezaban con ellos, daban algún
tipo de señal en la campanilla de la choza. Entonces salían los ladrones que habitaban en
ella y los asaltaban. La choza no estaba siempre allí, sino que era portátil y, según fueran
las cosas, sus habitantes se la llevaban a otro lugar.
Cuando la Sagrada Familia se acercó a la luz, los rodearon el jefe de los ladrones y
unos cinco compañeros, pero vi que con la mirada del Niño Jesús un rayo penetró como
una flecha en el corazón del jefe, que ordenó a sus compañeros no hacerles ningún daño. La
Santísima Virgen también vio entrar este rayo en el corazón del ladrón, como más tarde
contó a Ana a su regreso6
.
Entonces los ladrones acompañaron a la Sagrada Familia por los lugares más
peligrosos del camino hasta su choza. Era de noche. En la choza estaban la mujer del ladrón
y un par de niños. El hombre dijo a su mujer la maravillosa conmoción que le sobrevino
cuando le miró el niño. Ella recibió a la Sagrada Familia con timidez pero sin hostilidad.
Los santos viajeros se sentaron en un rincón en el suelo y empezaron a comer algo de las
provisiones que llevaban consigo.
Al principio, aquella gente estaba tonta y tímida, lo que no parecía ser su estilo, pero
poco a poco se les fueron acercando. De vez en cuando iban y venían también los demás
hombres, que entretanto habían puesto bajo techo al asno de José. Tomaron confianza, se
pusieron a su alrededor y hablaban con ellos.
La mujer trajo a María frutas y panecillos con miel, así como jarras con bebidas. En
un rincón de la cueva ardía lumbre en un hoyo. La mujer preparó también un sitio aparte
para la Santísima Virgen, y a petición suya la trajo una artesa con agua para bañar al Niño
Jesús. También la lavó la ropa y la secó al fuego. María bañó al niño debajo de un lienzo.
Pero el hombre estaba tan conmovido que dijo a su mujer:
—Este niño hebreo no es un niño normal, es un niño santo; pídele a su madre que
nos deje bañar a nuestro hijito leproso en el agua de su baño; que quizás le vendrá bien.
Cuando la mujer se acercó a pedírselo a María, antes que hablara, la Santísima
Virgen la dijo que bañara a su hijo leproso en el agua del baño de Jesús.
Entonces la mujer trajo en brazos a su hijito de unos tres años; estaba comido de
lepra y la cara casi no se le conocía, pues era toda una costra. El agua donde habían bañado
a Jesús parecía más clara que antes, y cuando metieron al niño leproso en el agua se le
cayeron las costras de la lepra, cayeron al fondo y el niño se quedó limpio.
La mujer estaba fuera de sí de contenta, quería abrazar a María y al niño, pero María
lo impidió con la mano y tampoco la dejó tocar al Niño Jesús. María dijo a la mujer que
excavasen un pozo profundo hasta encontrar roca y derramara allí esta agua pura y entonces
el pozo tendría el mismo poder curativo. Luego María todavía habló largamente con ella, y
pienso que la mujer prometió escapar a esta vida a la primera ocasión.
Esta gente se puso extraordinariamente alegre con la curación de su niño y esa
misma noche fueron a traer a varios de sus compañeros para enseñarles el niño curado y
contarles lo que había pasado. Los recién llegados rodearon a la Sagrada Familia, y entre
ellos algunos chicos que los miraban con asombro.
Fue asombroso que estos ladrones fueran tan respetuosos con la Sagrada Familia,
porque esa misma noche, mientras albergaban a huéspedes tan santos, los vi apresar a
varios viajeros atraídos a la emboscada por la luz, a los que llevaron a una cueva en lo
profundo del bosque. Esta cueva, cuya entrada está muy escondida y sobre la cual crecía
toda clase de maleza de modo que no se veía, parecía ser su auténtico almacén y en vi en
ella varios niños robados de siete a nueve años y una vieja que lo administraba y custodiaba
todo. Vi meter allí trajes, alfombras, carne, cabritillas, corderos, animales grandes y muchos
otros robos. Había mucho espacio y allí había de todo en abundancia.
María no durmió mucho esta noche; la mayor parte del tiempo estuvo sentada en su
lecho. Se pusieron de viaje por la mañana temprano con los alimentos que les habían dado.
Esta gente los guió un trecho, pasando junto a un montón de zanjas hasta llegar al buen
camino.
Cuando estos ladrones se despidieron muy emocionados de la Sagrada Familia, el
hombre les dijo con hondo sentimiento:
—Pensad en nosotros allá donde vayáis.
Al decir estas palabras vi de repente una imagen de la crucifixión y vi que el buen
ladrón decía a Jesús:
—Piensa en mí cuando llegues a tu reino.
y me di cuenta que era el niño curado de lepra. Por entonces, la mujer del ladrón se
había apartado mucho tiempo antes de este modo de vida y se había instalado en un sitio
donde la Sagrada Familia se detuvo a descansar más adelante: brotó un manantial y se
formó un huerto de balsameros, donde se instalaron varias familias buenas. [Lagartos voladores y serpientes. Las rosas de Jericó indican el camino. Comarca de
Gose o Gase.]
Después que se despidieron los ladrones, la Sagrada Familia atravesó otra vez un
desierto, y cuando perdieron totalmente el camino, vi que de nuevo se les acercaron reptiles
de varias clases, entre ellos serpientes y lagartos reptantes con alas de murciélago, solo que
no eran hostiles y solo parecían querer mostrar el camino.
Más tarde, cuando volvieron a perder la senda y la dirección, vi que los guió un
milagro entrañable: de repente brotaron por doquier a ambos lados del camino rosas de
Jericó con sus ramas rizadas, las florecitas en el medio, y las raíces rectas.
Siguieron contentos por este camino, viéndolo crecer plantas de éstas hasta donde
alcanzaba la vista, y así fueron siempre todo a lo largo del desierto.
Vi también a la Santísima Virgen se le reveló que en épocas posteriores la gente del
país vendría aquí a buscar estas flores para venderlas a los viajantes extranjeros a cambio
de pan. También vi después que esto mismo le sucedió también a unos extranjeros. El
nombre de esta comarca suena como Gase o Gose. [Quizá Jos 10, 41-11, 16-15, 51]
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