Cuando por fin volvieron los inspectores, guiaron a la caravana de los Reyes Magos
todavía un buen trecho por los contornos de la ciudad, a la que entraron por una puerta
cercana al Monte Calvario. Los guiaron a ellos y a sus animales hasta un corral circular
rodeado de establos y viviendas que tenía guardias en sus entradas, no lejos del Mercado
del Pescado. Llevaron los animales a los establos, y ellos se metieron en unos cobertizos
cerca de la fuente del centro del patio, donde abrevaron a los animales.
Este corral redondo apoya por un lado en el monte, delante tiene árboles y está
despejado por sus otros dos lados. Entonces llegaron más funcionarios de dos en dos y con
antorchas para inspeccionar lo que llevaban en sus fardos; creo que eran aduaneros. El palacio de Herodes está en alto, no lejos de este edificio, y vi que el camino
estaba iluminado con antorchas y braseros en lo alto de postes. Herodes mandó que bajara
un servidor para hacer venir secretamente al castillo a Zeokeno, el rey de más edad; eran
más de las 10 de la noche. Un cortesano de Herodes lo recibió en una sala de la planta baja
y le preguntó el motivo de su venida. Zeokeno le informó con toda ingenuidad, rogándole
que preguntara a Herodes dónde estaba el rey de Judea recién nacido cuya estrella habían
visto y seguido para venir a adorarle.
Cuando el cortesano le informó de esto, Herodes se quedó muy turbado pero
disimuló y mandó que dijeran a Zeokeno que mandaría investigarlo, que ahora fueran a
descansar, y que por la mañana temprano ya hablaría con todos para decirles lo que hubiera
averiguado.
Cuando Zeokeno volvió con sus compañeros no pudo llevarles ningún consuelo
especial. Tampoco encontraron sitio donde descansar, así que mandaron cargar algunas
cosas que habían descargado. Esta noche no los vi dormir, sino que algunos anduvieron por
la ciudad con guías, mirando al cielo como si buscaran su estrella. Jerusalén estaba
tranquilo, pero en la guardia de palacio había muchas carreras e interrogatorios. A los
Reyes les crecía la sospecha de que Herodes lo sabía todo pero no quería decírselo.
Cuando Zeokeno estuvo en el palacio, Herodes tenía una fiesta: las salas estaban
iluminadas, había toda clase de hombres de mundo así como unas frescas muy arregladas.
Las preguntas de Zeokeno por un rey recién nacido turbaron mucho a Herodes, quien
enseguida mandó llamar a todos los sumos sacerdotes y doctores de la Escritura. Poco antes
de medianoche los vi llegar a verle con rollos de las Escrituras; vestían trajes sacerdotales,
la placa del pecho y el cinturón con letras. Vi por lo menos veinte alrededor de Herodes.
Les preguntó dónde debía nacer Cristo y vi que le presentaron los rollos y, señalando con el
dedo, contestaron:
—En Belén de Judá, pues el profeta Miqueas escribe: Tú, Belén, del país de Judá,
no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá pues de ti saldrá el señor que debe regir
mi pueblo Israel».
A continuación Herodes paseó con algunos de ellos por la azotea del palacio,
esforzándose inútilmente en buscar la estrella que había dicho Zeokeno. Estaba
especialmente inquieto, pero los sabios sacerdotes procuraron persuadirle por todos los
medios que no había que tomar en serio las palabras de estos Reyes, pues eran un pueblo
aventurero que siempre estaba lleno de fantasías con sus estrellas. Si realmente hubiera
algo, lo hubieran sabido antes Herodes y ellos en el Templo y en la Ciudad Santa. [De la constelación que vieron. Estado de ánimo de Herodes. Un asesinato.
Levantamiento contra Herodes. Rumores acerca del nacimiento de Jesús. Caravana de los
Reyes hacia Belén. Descanso en el camino. Llegan a la casa de los impuestos. Campamento
junto a la tumba de Maraha. Adoración del Niño Jesús y ofrenda. Culto a las estrellas junto
al terebinto.]
[Domingo, 23 de diciembre:]
Hoy por la mañana muy temprano Herodes mandó traer discretamente a los Reyes a
su palacio. Los recibieron bajo un arco y los llevaron a una sala preparada para la
bienvenida con ramas verdes, plantas en tiestos y algunos refrescos, donde estuvieron un
rato hasta que llegó Herodes. Se inclinaron ante él y enseguida le preguntaron por el rey de
los judíos recién nacido. Herodes escondió su inquietud lo mejor que pudo e incluso fingió
gran alegría; venían con él algunos doctores.
Interrogó a los Reyes sobre lo que habían visto y Mensor le contó el último cuadro
que habían visto en las estrellas antes de salir de viaje: una doncella con un niño delante, de
cuyo costado derecho brotaba un ramo de luz sobre el cual aparecía una torre con varias
puertas. La torre creció hasta convertirse en una gran ciudad y acto seguido apareció el niño
sobre la ciudad como rey con corona, espada y cetro. Entonces, los Reyes se habían visto a
sí mismos y a los demás reyes del mundo entero inclinarse y adorar al niño, pues tenía un
reino que sobrepasaba a todos los demás, y otras cosas parecidas.
Herodes les dijo que, efectivamente, en Belén Efratá existía una predicción relativa
a ello; que fueran allí enseguida con la mayor discreción y cuando hubieran encontrado y
adorado al niño, volvieran a informarle para que también él fuera a adorarlo.
Los Reyes, que no habían probado nada de la comida que les habían puesto, se
marcharon. Era muy temprano, pues las antorchas todavía ardían delante de palacio.
Herodes estuvo con ellos en secreto a causa de las habladurías de la ciudad. Entretanto
despuntó el día y los Reyes se dispusieron a partir. Los compañeros de viaje que habían
venido con ellos a Jerusalén ya se habían diseminado ayer por la ciudad.
[Estado de ánimo de Herodes en este momento. Un asesinato. Peleas en el Templo.
Rumores del nacimiento de Cristo. Causa de su proceder.]
Herodes estaba estos días lleno de cólera y desánimo. Por la época del nacimiento
de Cristo había estado en su castillo junto a Jericó y había cometido un feo asesinato. Había
metido gente de su partido en los puestos más altos del Templo que le informaba de todo lo
que pasaba allí y denunciaba a los que se oponían a sus designios. Uno de éstos era un alto
cargo del Templo, un hombre muy bueno y justo. Herodes lo hizo invitar muy
amistosamente a Jericó, pero mandó que en el desierto le asaltaran y asesinaran como si lo
hubieran hecho los ladrones.
Unos días después, Herodes fue al Templo a celebrar la Fiesta de la Consagración
del Templo el 25 Casleu, y allí se metió en asuntos muy desagradables. Quería honrar a los
judíos a su manera y darles una alegría; había mandado hacer una figura de cordero (o más
bien de cabrito, pues tenía cuernos) y quería que para la fiesta la pusieran en la puerta que
va del atrio de las mujeres al de los sacrificios. Lo había pensado bastante y quiso hacerlo
totalmente por su cuenta. Los sacerdotes se opusieron y los amenazó con multas; entonces
ellos aclararon que pagarían la multa, pero que a tenor de la Ley, nunca aceptarían la
imagen.
Herodes, enfadado por ello, quiso que pusieran la imagen en secreto, pero cuando la
llevaban, un alto cargo lleno de celo la agarró y la tiró al suelo. La estatua se partió por la
mitad, se formó un tumulto y Herodes mandó encarcelar a aquel hombre. Estos asuntos lo
habían encolerizado tanto que se arrepentía de haber venido a la fiesta, pero sus cortesanos
procuraban distraerle por todos los medios.
En este estado de ánimo estaba cuando llegaron los rumores del nacimiento de
Cristo. En el país de los judíos, había desde mucho tiempo atrás personas piadosas aisladas
que alentaban muy vivamente la esperanza de que la venida del Mesías se estaba
acercando. Los pastores propagaron ampliamente los acontecimientos ocurridos en el
nacimiento de Jesús, pero la gente importante los consideró fábulas y habladurías.
Herodes también había oído hablar de ello y por eso mandó investigar en Belén con
el mayor secreto. Sus espías estuvieron en la Cueva del Pesebre tres días después del
nacimiento de Cristo, pero como hablaron con el pobre San José, informaron como solían
hacer los cortesanos: la cosa no vale la pena; allí solo había una familia pobre en una
mísera cueva, y no valía la pena hablar de ello». Desde el principio fueron demasiado
elegantes para hablar con San José y, más aún, tenían orden de no llamar la atención.
Pero entonces a Herodes se le vino encima de repente la gran caravana de los Reyes
Magos que le puso en gran temor y turbación, pues éstos venían de muy lejos y eran más
que habladurías. Como le preguntaron con tanta precisión por el rey recién nacido, Herodes
simuló deseos de venerarle también y los Reyes se alegraron de ello.
La ceguera cortesana de los escribas no lograba tranquilizarle; y fue su interés en
mantener este acontecimiento tan secreto como fuera posible lo que determinó su conducta.
En ese momento no contradijo las manifestaciones de los Reyes, ni tampoco echó mano
enseguida a Jesús para que este pueblo, siempre difícil, no encontrara que las expresiones
de los Reyes eran verdaderas y no las hicieran aparecer preñadas de consecuencias para el
propio Herodes. Por eso pensaba enterarse exactamente por sí mismo del asunto a través de
los Reyes, para luego tomar sus medidas.
Pero cuando los Reyes, advertidos por Dios, no volvieron a visitarle, mandó
publicar que su huida era consecuencia de su engaño o de su decepción. Mandó difundir
que estaban avergonzados y temían regresar, como unos que se habían dejado engañar muy
groseramente a sí mismos y a otros pues ¿qué otra causa podrían tener para mantener su
fuga en secreto, cuando los había recibido tan cordialmente?
Así que más adelante dejó dormir todas las habladurías y solo anunció en Belén que
no dejasen entrar a aquella familia para no dar lugar a rumores e imaginaciones torcidas.
Como la Sagrada Familia se volvió a Nazaret 15 días después, pronto callaron las
habladurías sobre este montón de acontecimientos que nunca se aclararon. Los devotos que
tenían esperanzas también se callaron.
Herodes pensaba quitar de en medio a Jesús cuando todo se hubiera tranquilizado de
nuevo, pero se enteró que la familia y el niño habían abandonado Nazaret. Mandó seguir la
pista al niño durante mucho tiempo, y cuando se desvanecieron sus esperanzas de
encontrarlo, su angustia fue haciéndose cada vez mayor y concibió la medida desesperada
de la matanza de niños, pero con tal cautela, que ya antes dispuso todos los movimientos de
tropas necesarios para reprimir cualquier levantamiento. Creo que los niños fueron
asesinados en siete localidades. La caravana de los Reyes Magos salió por una puerta que estaba a Mediodía; una
pequeña muchedumbre los siguió hasta un arroyo que hay delante de la ciudad y luego se
volvió. Cuando estuvieron junto al arroyo hicieron un pequeño alto para mirar a su estrella,
y al verla prorrumpieron en gritos de júbilo y prosiguieron con dulces cánticos. Pero la
estrella no les llevó a Belén por el camino más corto, sino que dio un rodeo en dirección
más a Poniente.
Pasaron al lado de un pueblecito que me resulta bien conocido, y vi que se pararon
detrás de él a rezar en un lugar ameno que hay a Mediodía junto a una aldeílla. Entonces
brotó una fuente delante de ellos y se llenaron de alegría; se apearon, cavaron una pila para
la fuente y la rodearon de césped, piedras y arena limpia. Entonces acamparon allí unas
horas, abrevaron a sus animales, les dieron pienso, y ellos también se repusieron y
comieron, pues en Jerusalén no habían tenido sosiego con tantas molestias y
preocupaciones. Más adelante he visto que Nuestro Señor se paró en esta misma fuente a
predicar varias veces con los discípulos.
La estrella, que relumbraba en la noche como una bola de fuego, ahora parecía
como la luna de día y no era exactamente redonda sino como dentada; a menudo la
ocultaban las nubes.
Por el camino que va directo de Belén a Jerusalén pululaban viajeros con burros y
fardos, probablemente gente que volvía de Belén del censo o que iba a Jerusalén al Templo
o al mercado. Por el camino que tomaron los Reyes todo estaba tranquilo, y Dios
seguramente los llevó por allí para que llegaran a Belén por la tarde sin llamar mucho la
atención. Sin embargo, vi que volvieron a detenerse cuando el sol ya estaba bastante bajo.
Marchaban en el mismo orden en que habían venido: Mensor, el atezado, que era el más
joven, iba delante y le seguían el castaño Seir, y Zeokeno, el más blanco y anciano.
[Llegada de los Reyes Magos a la casa de los impuestos de Belén. Acampan junto a
la Tumba de Maraha. La estrella les indica la Cueva del Pesebre. Adoración del niño y
ofrenda. Culto nocturno a las estrellas junto al terebinto.]
Hoy, domingo 23 de diciembre al oscurecer vi llegar la caravana de los Reyes
Magos al mismo edificio fuera de Belén donde se inscribieron José y María. Era la antigua
casa solariega de David, de la que todavía existe algún muro; esta casa había sido también
del padre de José. Era una casa grande con otras más pequeñas alrededor; tenía delante un
patio cerrado y delante de él una plaza plantada con árboles y una fuente. En esta plaza vi
soldados romanos, ya que la Tesorería estaba en este edificio.
Cuando la caravana llegó allí, se formó a su alrededor una considerable
aglomeración de curiosos. Había desaparecido la estrella y los Reyes estaban un poco
inquietos. Se les acercaron unos hombres que les preguntaron. Ellos se apearon y entonces
salieron de la casa los jefes y se les acercaron con ramas a ofrecerles un pequeño refresco
de frutillas, panecillos y bebida, la bienvenida habitual para los extranjeros de su rango.
Mientras tanto vi que abrevaban sus animales en la fuente, bajo los árboles. Pensé:
—Éstos son más corteses con ellos que con el pobre José porque éstos reparten
muchas pepitas de oro.
Les dijeron que el Valle de los Pastores era un buen sitio para acampar, pero
tardaron algún tiempo en decidirse. No oí que preguntaran por el rey de los judíos recién
nacido. Sabían que éste era el lugar de la profecía, pero tras la conversación con Herodes
temían llamar la atención.
Pero cuando vieron brillar un resplandor en el cielo a un lado de Belén, como
cuando sale la luna, subieron de nuevo en sus monturas y marcharon por la zanja que
discurre entre muros caídos y que rodea Belén a Mediodía hasta su parte oriental, y se
acercaron al paraje de la Cueva del Pesebre por el lado del campo donde el ángel se
apareció a los pastores.
Entonces, cuando la caravana llegó a la Tumba de Maraha que está en el valle que
hay detrás de la Cueva del Pesebre, los Reyes se apearon de sus animales. Su gente
desempacó todo y plantaron una tienda de campaña grande que llevaban consigo y con la
ayuda de algunos pastores que les indicaban los sitios tomaron disposiciones para levantar
el campamento.
Ya estaba parte del campamento instalado cuando la estrella se apareció a los Reyes
clara y brillante encima de la colina del pesebre, y la vieron dejar caer verticalmente sobre
la loma un chorro de luz torrencial que parecía engrosar al acercarse y que creció hasta
convertirse en una masa de luz que me pareció tan grande como una sábana de lino.
Al principio la miraban muy asombrados. Ya estaba oscuro y no veían ninguna casa
sino solo el contorno de la colina como si fuera una muralla; pero de repente les invadió
una gran alegría, pues vieron en el resplandor la figura refulgente de un niño tal como la
habían visto antes en la estrella. Entonces todos se descubrieron la cabeza y expresaron su
veneración. Los Reyes dieron unos pasos hasta la colina y encontraron la puerta de la
cueva. Mensor abrió la puerta y vio la gruta llena de luz celestial, y al fondo la Virgen con
el niño, sentada justo tal como ellos la habían visto en sus visiones.
Mensor volvió inmediatamente a decírselo a sus compañeros de viaje mientras José
salía de la gruta hacia ellos acompañado de un viejo pastor. Los Reyes le dijeron
sencillamente que venían a adorar y traer regalos al rey de los judíos recién nacido, cuya
estrella habían visto. Jose les dio amistosamente la bienvenida y el viejo pastor los
acompañó hasta la caravana y los estuvo ayudando a instalarse. Despejaron para ellos
algunos cobertizos de pastores que había por allí.
Los Reyes se equiparon para las ceremonias solemnes que se avecinaban. Se
pusieron encima unos grandes mantos blancos de cola larga con brillo amarillento como de
seda natural; eran sumamente finos y ligeros y flotaban en torno a ellos; siempre los
llevaban en las festividades religiosas. Los tres llevaban a la cintura cinturones de los que
colgaban bolsas y cadenitas con cajitas doradas que eran como azucarillos con botones
encima; por éso los mantos parecían tan anchos. A cada uno de los Reyes le seguían los
cuatro acompañantes de su familia, además de unos servidores de Mensor que llevaban una
plancha como una bandeja para exponer cosas, un tapiz con borlas y algunas bandas de tela
ligera.
Después siguieron a San José muy ordenadamente a ponerse bajo el porche de
delante de la cueva, recubrieron la plancha con el tapiz de borlas y cada uno de los Reyes
puso encima algunas de las cajitas y recipientes dora dos que se quitaron de la cintura, que
eran los regalos que hacían en común. Mensor y todos los demás se quitaron las sandalias
de los pies. José abrió la puerta de la cueva.
Dos jóvenes del séquito de Mensor iban delante extendiendo delante de sus pies una
banda de tela por el suelo de la cueva; después retrocedieron. Les seguían muy de cerca
otros dos con la bandeja de los regalos. Mensor la tomó al llegar delante de la Virgen, hincó
una rodilla y la puso respetuosamente a sus pies encima de un bastidor. Entonces se
volvieron los que la habían traído.
Detrás de Mensor estaban en pie los cuatro acompañantes de su familia,
humildemente inclinados. Seir y Zeokeno estaban más atrás con los suyos, en la entrada y
el porche delante de la puerta. Cuando entraron, todos estaban como ebrios de piedad y
emoción y como traspasados por la luz que llenaba aquel espacio, que no era sino la Luz
del Mundo.
María estaba más tendida que sentada, con un brazo apoyado en una alfombra, a la
izquierda del Niño Jesús que estaba acostado en una artesa recubierta con un tapiz, puesta
sobre un bastidor en el lugar del nacimiento enfrente de la entrada. Pero en el momento de
entrar, la Santísima Virgen se incorporó para sentarse erguida, se bajó el velo, tomó al niño
Jesús en su regazo y lo puso ante sí dentro de su amplio velo.
Cuando Mensor se arrodilló y depositó los regalos con conmovedoras palabras de
homenaje, inclinó humildemente su cabeza descubierta y cruzó sus manos sobre su pecho.
María desnudó la parte superior del cuerpo del Niño, que estaba envuelto en pañales rojos y
blancos y al que se le veía brillar tiernamente detrás de su velo; le sujetaba la cabecita con
una mano y lo abrazaba con la otra; el niño tenía sus manitas cruzadas sobre el pecho como
si rezara. Relucía amablemente y a veces también hacía de modo encantador como si
agarrara algo en torno a sí.
—¡Oh, qué espiritualmente rezaban estos queridos hombres del País de la Mañana!
Cuando los veía, me decía a mí misma:
—¡Oh, cómo son! ¡Qué corazones tan claros y serenos, tan llenos de inocencia y
bondad! ¡Son como corazones de niños piadosos! En ellos no hay nada apasionado y sin
embargo están llenos de fuego y amor.
Estoy muerta, soy un espíritu; de lo contrario no podría verlo, pues esto no es ahora
y sin embargo es ahora. Pero esto no pasa en el tiempo; en Dios no hay tiempo, en Dios
todo es presente. Estoy muerta, soy un espíritu.
Cuando pensaba estas cosas raras, oí que me decían:
—¿De qué te preocupas? Mira y alaba al Señor, que es eterno y todo está en Él.
Y entonces vi que Mensor sacó de una bolsa que colgaba de su ceñidor, un puñado
de bastoncitos relumbrantes, gruesos y pesados, como de un dedo de largo, con punta por
arriba y granitos dorados en el medio, y lo puso humildemente como su regalo junto al
Niño Jesús en el regazo de la Santísima Virgen.
María aceptó el oro, lo agradeció amablemente y lo cubrió con una esquina de su
manto. Mensor dio estos crecidos tallitos de oro, porque estaba lleno de amor y fidelidad y
buscaba la sagrada verdad con devoción esforzada e inquebrantable.
Cuando Mensor se retiró con sus cuatro acompañantes Sair el castaño se acercó con
los suyos. Hincó ambas rodillas con gran humildad y ofreció su regalo con emocionadas
palabras mientras ponía en la plancha que estaba delante de Jesús una naveta incensario
llena de granos de resina verdosos. Daba incienso porque seguía amorosamente la voluntad
de Dios y se acomodaba reverentemente a ella. Estuvo arrodillado mucho tiempo con gran
recogimiento antes de retirarse.
Después se acercó Zeokeno, que era el más blanco y el más anciano. Era muy viejo
y pesado y no intentó arrodillarse, pero estuvo de pie profundamente inclinado y depositó
sobre la plancha un vaso de oro con fina hierba verde, un arbolito vertical delgadito y
verde, que parecía crecer todavía sobre la raíz, con ramitas rizadas en las que había finas
florecitas blancas. Era mirra. Zeokeno ofrendó mirra que significa autosacrificio y
vencimiento de las pasiones, pues este buen hombre había combatido extraordinarias
tentaciones de idolatría, poligamia y violencia. Él y sus acompañantes permanecieron
mucho tiempo ante Jesús, muy emocionados, tanto que me daba pena que los otros
servidores tuvieran que esperar tanto delante del pesebre para ver al niño.
Las palabras de los Reyes y de todo su séquito eran extraordinariamente emotivas e
infantiles; mientras se dejaban caer y presentaban los regalos decían poco más o menos:
—Hemos visto su estrella y que este niño es el Rey de todos los Reyes, y venimos a
adorarle y rendirle tributo con regalos.
Estaban como completamente arrobados y con una oración infantil y ebria de amor
encomendaron al Niño Jesús los suyos, su país y su gente, su hacienda y sus bienes y todo
lo que para ellos tenía valor en la Tierra. Que el rey recién nacido quisiera aceptar sus
corazones, sus almas y todos sus pensamientos y obras. Que los iluminara y les enviara
todas las virtudes; y a la Tierra, felicidad, paz y amor. Al decirlo resplandecían de humildad
y de amor y les rodaban lágrimas de alegría por la barba y las mejillas. Eran completamente
felices, creían estar dentro de la estrella que desde milenios habían mirado sus antepasados
suspirando con tan fiel anhelo. Tenían toda la alegría de la promesa cumplida después de
muchos siglos.
La madre de Dios lo aceptó todo con mucha humildad, dando las gracias. Al
principio no dijo nada, pero un sencillo movimiento bajo su velo expresó su alegría devota
y emocionada. En su manto brillaba el cuerpecito desnudo de su niño, que ella había
envuelto con su velo. Al final, la Santísima Virgen dijo algunas palabras humildes y
amistosas de agradecimiento a cada uno mientras retiraba un poco su velo.
—¡Otra vez he aprendido algo!—me dije —. ¡Cómo acepta y agradece cada
presente, tan amable y dulcemente! Ella que nada necesita pues tiene a Jesús, acepta con
humildad cada regalo de amor. Pues aquí puedo aprender bien como se tienen que recibir
los dones del amor. En el futuro yo también aceptaré todo regalo amable con
agradecimiento y total humildad. ¡Ay, qué buenos son María y José; casi no retienen nada
para sí y todo lo reparten otra vez a los pobres!
Cuando los Reyes abandonaron la cueva con sus acompañantes y fueron a su tienda,
entraron por fin los servidores que habían plantado la tienda y descargado a los animales y
ordenado todo, que habían estado esperando pacientemente y con mucha humildad delante
de la puerta. Serían más de treinta, y con ellos estaba también una turba de mozos que solo
estaban vestidos con taparrabos y envueltos en mantos pequeños. Los servidores entraron
de cinco en cinco, guiados por uno de los jefes a los que pertenecían. Se arrodillaban
alrededor del niño y le adoraban en silencio.
Al final entraron también todos los chicos juntos, se arrodillaron alrededor y rezaron
a Jesús con alegría e inocencia infantiles. Los servidores no estuvieron mucho tiempo en la
Cueva del Pesebre, pues los Reyes volvieron a entrar con toda solemnidad. Se habían
cambiado de manto y venían envueltos en otros mantos ligeros y flotantes que flotaban
ampliamente en torno a ellos. Llevaban incensarios en sus manos, con los que incensaron
con gran respeto al niño, a la Virgen Santísima, San José, y a toda la Cueva del Pesebre.
Luego se retiraron inclinándose profundamente; era el rito de adoración de aquel pueblo.
Con todas estas cosas, María y José sentían una alegría tan dulce como nunca les
había visto y muchas veces corrían por sus mejillas lágrimas de alegría. El reconocimiento
y la veneración solemne del Niño Jesús, al que ha bían tenido que albergar tan pobremente,
y cuya altísima dignidad reposaba callada en la humildad de sus corazones, los reconfortaba
infinitamente.
A pesar de todas las cegueras humanas, vieron que, por la previsión de Dios
todopoderoso, el Niño de la Promesa recibía la debida adoración de los poderosos y la sacra
majestuosidad que ellos no podían darle, pero que estaba preparada desde hacía siglos y
ahora llegaba desde muy lejos. ¡Ay, adoraban a Jesús con los Reyes, y sus honras los
hacían dichosos!
El campamento estaba instalado en el valle que va desde detrás de la Cueva del
Pesebre hasta la Tumba de Maraha. Los animales estaban entre cuerdas, en filas junto a
unos postes. Junto a la tienda grande que estaba cerca de la colina de la cueva, había
también un espacio cubierto con esteras donde guardaron parte del equipaje, pero la mayor
parte la llevaron a la Tumba de Maraha, que estaba allí mismo debajo.
Cuando salieron el pesebre habían salido las estrellas. Se pusieron en corro junto al
terebinto que está sobre la Tumba de Maraha y allí tuvieron su culto a las estrellas con
cánticos solemnes. Es indecible lo conmovedores que sonaban sus cantos en el valle
silencioso. Sus antepasados habían mirado, rezado y cantado a las estrellas tantos siglos, y
hoy se habían cumplido todos sus anhelos. Cantaban ebrios de gratitud y alegría. [Cómo ve la Sagrada Familia los regalos. Espías judíos en la Cueva del pesebre.
Herodes prosigue investigando con los doctores.]
Mientras tanto, José y un par de pastores ancianos habían preparado una comida
ligera en la tienda grande de los Reyes. Llevaron botellas con bálsamo y bandejitas con
panes, frutas, panales de miel y cucharitas con hierbas, y lo colocaron todo bien ordenado
en una mesita baja encima de una alfombra; todo esto lo había traído José por la mañana
para obsequiar a los Reyes, cuya venida le había anunciado anticipadamente la Santísima
Virgen.
Cuando los Reyes y sus parientes volvieron a la tienda después de sus cantos
vespertinos, José los acogió amistosamente y les rogó, en su calidad de anfitrión, que
aceptaran esta pequeña cena. Estuvo tumbado en medio de ellos en torno a la mesa baja y
así comieron. José no era nada tonto, pero estaba tan contento que lloraba lágrimas de
alegría.
Al verlo pensé en mi bendito padre, un pobre labrador que tuvo que sentarse a la
mesa entre mucha gente importante cuando entré en el convento. Por su humildad y
sencillez, a él le daba mucho miedo, pero después se sintió tan contento que lloraba
lágrimas de alegría, y sin quererlo, fue el más importante de la fiesta.
Después de esta pequeña cena, San José se despidió. Algunos jefes de la caravana
fueron a descansar a un albergue de Belén y los demás al campamento que habían
preparado en círculos en torno a la tienda grande.
Cuando José volvió al pesebre, puso todos los regalos en un rincón de la pared a la
derecha del pesebre y lo tapó con un biombo para que no se viera lo que estaba guardado
allí. La doncella de Ana que se había quedado al servicio de la Santísima Virgen estuvo
durante todo el acto en la pequeña cueva lateral cuya puerta estaba a la entrada de la Cueva
del Pesebre. Solo salió de allí cuando todos abandonaron la cueva. Era una chica muy seria
y modesta.
No vi que la Sagrada Familia ni esta chica contemplasen con placer mundano los
regalos de los Reyes. Lo aceptaron todo con humilde gratitud y todo lo volvieron a repartir
con ternura.
Cuando llegaron los Reyes al anochecer de hoy, vi en Belén algo de tumulto junto a
la Tesorería y luego algunas carreras por la ciudad. Los que seguían a la caravana hasta el
Valle de los Pastores enseguida estuvieron de vuelta.
Más tarde, mientras los Reyes rezaban y adoraban en la cueva, tan dichosos,
recogidos, y traspasados de piadosa alegría, vi en el paraje circundante algunos judíos que
espiaban y murmuraban, y que iban y venían de Belén con informes de todo.
No tuve más remedio que llorar amargamente por esos infelices. Me hacía tanto
daño esta mala gente, que entonces como ahora, cuando lo sagrado se acerca a los
humanos, espían y murmuran pérfidamente por todas partes y luego difunden mentiras.
¡Cuánto tengo que llorar por esos míseros hombres que tienen la salvación tan cerca y la
apartan de sí! En cambio, estos buenos Reyes han venido de tan lejos por fidelidad y fe en
la Promesa y han encontrado la salvación. ¡Ay, que compasión me dan esos hombres ciegos
y empedernidos!
En Jerusalén he visto todo el día de hoy a Herodes y varios doctores de la Escritura
que leían en rollos y hablaban sobre lo que dijeron los Reyes. Después, todo se quedó
tranquilo como si se quisiera desechar todo el asunto. [Los Reyes visitan una vez más a la Sagrada Familia. Su generosidad con los
pastores. Cantos vespertinos junto a la tumba de Maraha. Herodes les tiende un lazo. Un
ángel les advierte. Se despiden y se van.]
[Lunes 24 de diciembre:]
He visto que hoy muy temprano los Reyes y algunos de su séquito visitaron uno tras
otro a la Sagrada Familia. Todo el día los vi ocupados en su campamento con sus animales
y con toda clase de repartos. Estaban llenos de dicha y alegría y repartían muchos dones,
que es lo que siempre pasaba entonces con ocasión de acontecimientos alegres. Los
pastores, que habían prestado todos los servicios al séquito de los Reyes, recibieron
muchísimos regalos. También los vi hacer regalos a muchos pobres; los vi poner mantos en
los hombros de pobres viejecitas que se acercaban despacito completamente inclinadas.
Algunos de los servidores del séquito de los Reyes Magos, a los que les había
gustado muchísimo el Valle de los Pastores, querían quedarse aquí y emparentar con los
pastores. Presentaron su ruego a los Reyes, que les dieron licencia y ricos regalos: mantas,
cacharros, pepitas de oro y hasta los asnos en que habían venido.
Cuando vi que los Reyes repartían mucho pan, pensé al principio ¿de dónde sacan
tantos panes? Pero luego me acordé que varias veces he visto en su campamento que de
cuando en cuando sacaban unos moldes de hierro que llevaban consigo y preparaban
panecillos planos con su provisión de harina; eran bizcochos que luego guardaban
apretados en las ligeras bolsas de cuero que llevaban colgando de los animales.
Hoy ha venido también mucha gente de Belén a ver a los Reyes. Se empujaban por
toda clase de regalos, algunos husmeaban en sus equipajes y les sacaban tributos con toda
clase de codiciosos pretextos.
Tanto aquí como en Jerusalén, los Reyes padecieron toda clase de molestias a causa
del tamaño de su caravana y de la curiosidad que despertaban y, lo mismo que habían
llegado como en una comitiva triunfal porque creían que se iban a encontrar a todos
festejando jubilosamente al nuevo rey recién nacido, ahora se sentían movidos por la
experiencia a salir en grupitos sin llamar la atención para así poder emprender más deprisa
el viaje de vuelta. Por eso despidieron hoy a muchos de su séquito, de los que algunos
quedaron diseminados por el Valle de los Pastores, y otros se adelantaron a salir para los
diversos puntos de reunión.
Por la tarde me quedé admirada de ver cuanto había disminuido ya el número de
gente de la caravana. Los Reyes pensaban viajar mañana a Jerusalén para decir a Herodes
cómo habían encontrado al niño, pero querían ir discretamente y habían mandado muchos
por delante para que el viaje fuera más ligero. Así podrían volver a montar en sus
dromedarios enseguida.
Por la noche fueron al pesebre a despedirse. Primero entró Mensor a solas; María le
puso el niño Jesús en brazos; Mensor lloraba y estaba radiante de alegría. Después de él
entraron los otros dos Reyes y se despidieron conlágrimas. Trajeron aun más regalos,
muchas piezas de telas distintas, unas de seda cruda e incolora, otras rojas y otras de tejido
floreado, y muchas colchas muy finas. También dejaron sus amplios y delicados mantos
que eran de color amarillo pálido y como de lana fina, tan ligeros que los agitaba cualquier
soplo de brisa.
Trajeron también muchas tazas apiladas unas encima de otras, varias cajitas llenas
de pepitas de oro y, en una cesta, tiestos con plantitas verdes de finas florecillas blancas. En
el centro de cada tiesto estaban plantadas tres plantitas, y podía ponerse otro tiesto encima
apoyado en el borde. En la cesta iban los tiestos unos encima de otros. Las plantas eran de
mirra. También le dieron a José jaulas largas y estrechas con aves; eran las que habían
traído colgadas en los dromedarios para sacrificarlas para comer.
Todos lloraron muchísimo al dejar a Jesús y María. Al despedirse, la Santísima
Virgen, que estaba de pie con el Niño Jesús en brazos envuelto en su manto, dio unos pasos
con los Reyes hacia la puerta de la cueva; allí se paró, y para dejar un recuerdo a aquellos
hombres buenos se quitó el gran velo de delicada tela amarilla que envolvía a ella y a Jesús
y se lo entregó a Mensor. Ellos recibieron este don con profunda reverencia y sus corazones
saltaron de alegría y veneración cuando vieron a la Santísima Virgen de pie ante ellos, sin
velo y con el niño en brazos. ¡Qué dulces lágrimas lloraban al salir de la cueva! Desde
entonces el velo fue para ellos su posesión más sagrada.
La forma en que la Santísima Virgen recibía los regalos era sin alegrarse por las
cosas y, sin embargo, agradeciendo verdaderamente al dador con extraordinaria emoción y
muchísima humildad. En esta maravillosa visita no tengo la impresión de haber visto nada
de egoísmo en la Santísima Virgen, excepto que ella, al principio, por amor al Niño Jesús y
compasión por San José, se abandonó ingenuamente a la alegre esperanza de que en
adelante tendrían protección en Belén y no serían tan despreciados como lo habían sido a su
llegada, pues le habían dado mucha pena las vergüenzas y tribulaciones que había pasado
José.
Cuando se despidieron los Reyes la lámpara estaba encendida en la cueva, pues ya
estaba oscuro. A continuación los Reyes se trasladaron con los suyos al gran terebinto viejo
que está encima de la Tumba de Maraha, para tener allí su culto a Dios igual que ayer por la
tarde. Encendieron una lámpara bajo el árbol y en cuanto se dejaron ver las estrellas,
rezaron y cantaron dulcemente. Las voces de los chicos sonaban extraordinariamente
tiernas en el coro.
Luego fueron a la tienda, donde José les había preparado otra vez una pequeña cena,
tras lo cual, unos volvieron a su albergue en Belén y los demás se metieron a descansar en
sus tiendas. A eso de medianoche vi de repente un cuadro: Los Reyes estaban durmiendo en
alfombras extendidas junto a los bordes de su tienda cuando vi que un joven luminoso se
apareció entre ellos. Tenían la lámpara encendida y se levantaron adormilados, pero la
aparición era un ángel que los despertó y les dijo que emprendieran camino inmediatamente
y deprisa; pero que no fueran por Jerusalén, sino por el desierto, bordeando el Mar Muerto.
Saltaron del lecho rápidamente; unos fueron corriendo a llamar al séquito, y otro fue a la
cueva y despertó a San José, que se apresuró a ir a Belén para llamar a los que se
encontraban en el albergue, pero al poco rato se los encontró que ya venían por el camino
porque habían tenido la misma aparición.
Desmontaron la tienda con maravillosa presteza y levantaron y enfardaron el resto
del campamento. Mientras los Reyes tenían otra conmovedora despedida con José delante
del Pesebre, su séquito se apresuraba ya en caravanas separadas para ir más rápidamente
hacia el sur por el desierto de Engadí que está a lo largo del Mar Muerto.
Los Reyes suplicaron a la Sagrada Familia que huyera con ellos, porque estaban
seguros de que estaba en peligro, y luego rogaron a María que se escondiera con el niño,
para que no se metieran con ella por su culpa. Lloraban como niños, abrazaron a José y
hablaron muy conmovedoramente. Luego subieron a sus dromedarios, que ahora iban poco
cargados, y se apresuraron a internarse en el desierto.
Fuera, en el campo, vi con ellos el ángel que les mostraba la dirección del camino.
De repente fue como si hubieran desaparecido; iban por caminos separados, cada uno a
cosa de un cuarto de hora al costado del otro, primero una hora a oriente y a continuación
hacia el sur por el interior del desierto. Al regresar fueron por la comarca por la que Jesús
volvió de Egipto el tercer año de su predicación. [José, llamado a declarar, hace regalos. Mandato de la policía. Prohibido ir a la
Cueva del Pesebre. Zacarías de Juta visita a la Sagrada Familia.]
[Martes, 25 de diciembre:]
El ángel había avisado oportunamente a los Reyes, pues las autoridades de Belén,
no sé si por orden secreta de Herodes, aunque creo que por propio celo en el servicio, se
disponían hoy a apresar a los Reyes que dormían en el albergue de Belén y a encerrarlos
debajo de la sinagoga, que tenía hondas mazmorras, para acusarlos de alborotadores ante
Herodes.
Pero hoy por la mañana, cuando se supo que se habían ido de Belén, los Reyes ya
estaban en Engadí, y el valle donde habían estado acampados estaba perfectamente
tranquilo y solitario como antes, excepto algunos postes de tienda y las huellas de la hierba
pisada.
Todo este tiempo, la aparición de la caravana había llamado mucho la atención en
Belén. Mucha gente se arrepentía de no haber dado albergue a José, otros hablaban mal de
los Reyes diciendo que eran unos aventureros exaltados y milagreros, y otros ponían su
llegada en relación con las habladurías sobre la aparición a los pastores. Por eso los
presidentes del lugar, no sé si por aviso de Herodes, creyeron necesario tomar precauciones.
Entonces, en una plaza despejada en el centro de Belén donde está la fuente rodeada
de árboles, vi una casa grande junto al sitio donde se sube por escaleras a la sinagoga.
Convocaron a todos los habitantes a la plaza delante de esta casa, y desde lo alto de las
escaleras pregonaron esta orden o advertencia: Debían suspender todas esas opiniones
erróneas y rumores supersticiosos, y en adelante cesarían todas las idas y venidas a la
vivienda de los forasteros que había dado pretexto a tales conversaciones.
Después que se dispersó el pueblo congregado, vi que dos hombres fueron a llamar
a San José a esta misma casa, donde unos judíos ancianos le tomaron declaración. Lo vi
volver al pesebre y regresar otra vez a la casa del juzgado y cuando volvió por segunda vez
llevaba consigo algo del oro de los regalos de los Reyes; se lo dio y le dejaron irse
tranquilo. Todo el interrogatorio me pareció una estafa, al menos en parte.
También vi que las autoridades barrearon con un árbol caído el camino que iba por
una colina o muralla al paraje del pesebre, no el de la puerta [de la ciudad], sino el que sale
de la plaza donde María estuvo esperando debajo del árbol grande a su llegada a Belén.
Pusieron nada menos que una garita de centinela junto al árbol, y tendieron en el camino
cuerdas que terminaban en una campanilla en la garita, para detener a quien quisiera pasar
por ese camino.
Por la noche habló con José un pelotón de 16 soldados de Herodes; probablemente
los habían enviado a causa de los Reyes, a quienes se había culpado del alboroto, pero
como encontraron todo silencioso y tranquilo, y en la cueva la familia pobre a la que tenían
orden de no hacer ningún caso, se volvieron tranquilos e informaron de lo que habían
encontrado. José lo había escondido todo, los regalos de los Reyes y lo demás que habían
dejado, parte en la Cueva de la Tumba de Maraha y parte en algunas cuevas escondidas de
la colina del pesebre que conocía desde su juventud, pues con frecuencia se había
escondido allí de sus hermanos.
Estas oquedades separadas databan del patriarca Jacob, que había plantado sus
tiendas aquí en la colina del Pesebre, cuando solo había un par de chozas en el sitio donde
ahora estaba Belén.
Hoy por la tarde vi que Zacarías vino de Hebrón por primera vez a ver a la Sagrada
Familia. María estaba todavía en la cueva. Zacarías lloró de alegría, tuvo al niño Jesús en
brazos y dijo en parte, o algo cambiado, el mismo himno de alabanza que había
pronunciado cuando la circuncisión de Juan. [Eliud, segundo marido de Ana. Cuidados al niño Jesús. Ana estaba con Mara,
sobrina de Isabel y madre del novio de Caná. Ana envía a su casa a Eliud con parte de los
regalos. Funcionarios de Herodes buscan un hijo de rey que acaba de nacer. José esconde a
la Santísima Virgen con el niño en la Tumba de Maraha.]
[Miércoles, 26 de diciembre:]
Hoy Zacarías se volvió a su casa, pero Ana y sus hijas mayores, su segundo marido
y la doncella regresaron con la Sagrada Familia. La hija mayor de Ana es más alta y parece
casi mayor que su madre. El segundo marido de Ana es mayor y más alto que lo fue
Joaquín; se llama Eliud y tiene un cargo en el Templo en la inspección de animales para el
sacrificio.
Ana tuvo con él una hija que también se llamó María, que cuando el nacimiento de
Cristo debía tener 6 u 8 años. Eliud murió pronto, y Ana, por voluntad de Dios tuvo que
casarse por tercera vez, de cuyo matrimonio nació un hijo al que también llamaban
hermano de Cristo.
La doncella que Ana trajo de Nazaret hace ocho días todavía está con la Santísima
Virgen, y cuando todavía vivía en la Cueva del Pesebre estaba en la cuevecita lateral, pero
ahora que María vivía en la cueva al lado de la del pesebre, la doncella dormía debajo de un
tejadillo que José la había preparado delante de la cueva. Ana y sus acompañantes
durmieron en la Cueva del Pesebre.
La Sagrada Familia tiene ahora mucha alegría. ¡Ana es tan dichosa! María le pone
muchas veces el niñito Jesús en brazos y le deja que lo cuide; no he visto que lo hiciera con
nadie más. Me conmovió mucho ver que el pelo del Niñito, que era amarillo y rizado,
terminaba en finos rayos de luz resplandecientes. Creo que ellas le rizaban el pelo, pues
creo que le frotaban la cabecita al lavarlo cuando le ponían un albornoz pequeño. Siempre
veo en la Sagrada Familia un emocionante respeto piadoso al Niño Jesús, pero todo es muy
sencillo y humano, como lo es entre los elegidos, los seres humanos santos. El niño tenía un
amor y una forma de volverse a su madre como no he visto nunca en niños tan pequeños.
María le contó todo a su madre sobre la visita de los Reyes Magos, y Ana se quedó
emocionadísima de que el Señor Dios los hubiera llamado desde tan lejos a conocer al Niño
de la Promesa. Contempló con gran humildad, emoción y palabras de adoración, los regalos
de los Reyes que allí estaban escondidos en un arca de mimbre oculta en una oquedad de la
pared, y ayudó a regalar muchas cosas y a empaquetar y ordenar lo demás.
Ahora este paraje está tranquilo; las autoridades han barreado los caminos que
llegan aquí sin pasar por la puerta de la ciudad. José ya no va a buscar a Belén lo que
necesita, sino que se lo traen los pastores. La pariente en cuya casa ha estado Ana en la
tribu de Benjamín es Mara, hija de Roda, hermana de Isabel1
.
Mara es pobre y tuvo varios hijos que más adelante fueron discípulos. Uno de ellos
se llamaba Natanael y andando el tiempo fue el novio de la boda de Caná. Esta Mara estuvo
también en el tránsito de la Virgen en Éfeso2
.
Hoy Ana envió ya de vuelta a casa a su marido Eliud con un asno cargado y con la
doncella emparentada con ella, que también iba muy cargada con un paquete a la espalda y
otro al pecho. Eran parte de los regalos de los Reyes, telas de toda clase y vasos dorados
que más adelante utilizaron los cristianos en sus primeros cultos.
Ahora se lo llevan todo a escondidas, pues por aquí siempre hay algo de espionaje.
Parece que estas cosas solo las llevarán a un sitio del camino de Nazaret, donde las
recogerá un criado, pues otros años he vuelto a ver a Eliud en Belén cuando Ana emprenda
el viaje, que será pronto.
En la cueva de al lado ahora solo está Ana con María, que tejen o bordan juntas una
gran colcha. La Cueva del Pesebre ya está despejada por dentro. El asno de José está
escondido detrás de unos tabiques de cañizo.
Hoy han estado otra vez en varias casas de Belén funcionarios de Herodes para
investigar los niños recién nacidos. Hoy en Belén había soldados que andaban buscando por las casas un hijo de rey
recién nacido. Estuvieron especialmente pesados haciendo preguntas a una judía de buena
familia que hace poco ha dado a luz a un niño. A la Cueva del Pesebre no vinieron nunca
porque ya antes solo habían encontrado allí una familia pobre que supusieron que no podía
ser de la que se trataba.
Dos hombres mayores (pienso que de los primeros pastores que vinieron a adorar),
vinieron a ver a José para advertirle de las pesquisas. Por eso la Sagrada Familia, Ana y el
Niño Jesús huyeron a la Cueva de la Tumba de Maraha; en la Cueva del Pesebre no quedó
nada que pudiera traicionar que allí se había vivido; por dentro parecía abandonada.
Los vi alejarse de noche por el valle con una luz medio tapada. Ana llevaba en
brazos al Niño Jesús, María y José iban a sus lados, y los pastores los guiaban llevando las
colchas y otros enseres para el descanso de las santas mujeres y el Niño Jesús.
En esto tuve una visión que no sé si la Sagrada Familia vería también. En torno al
Niño Jesús, delante del pecho de Santa Ana, vi una gloria con siete figuras angélicas
entrelazadas y superpuestas una encima de otra. En esta gloria aparecieron todavía muchas
más figuras angélicas, y al lado de Ana, José y María aún vi más figuras de luz como si los
llevaran entre sus brazos. Cuando entraron en el zaguán de la cueva, cerraron la puerta y
entraron hasta el fondo de la Cueva de la Tumba de Maraha, donde se instalaron para
descansar. [A causa del peligro, José separa al Niño Jesús de María durante unas horas. La
angustiada madre exprime la leche de su pecho. Origen de un milagro que se cita hasta en
nuestros tiempos. Fiesta de las nupcias de José y María.]
[Jueves, 27 de diciembre:]3
La Santísima Virgen contó a su madre Ana todo lo relativo a los Reyes Magos y
ambas contemplaron todo lo que los Reyes dejaron aquí en la Cueva de la Tumba de
Maraha.
Llegaron dos pastores a avisar a la Santísima Virgen que venían agentes de la
autoridad haciendo averiguaciones sobre su niño. María estaba muy preocupada, y
enseguida vi entrar a San José que tomó al Niño Jesús en brazos, lo envolvió en un manto y
se lo llevó, ya no me acuerdo adónde.
Entonces vi que la Santísima Virgen pasó más de medio día sola en la cueva, sin el
Niño Jesús, esperando con mucha inquietud y angustia maternal. Cuando se acercó la hora
de alimentar al niño en su pecho, hizo lo que suelen hacer las buenas madres después de
pasar miedo o sobresaltos parecidos: antes de dar de mamar el niño, exprimió de su pecho
la leche contaminada por el miedo en una pequeña oquedad del blanco banco de piedra de
la cueva.
Se lo dijo a uno de los pastores, un hombre serio y piadoso que vino a buscarla
(probablemente para llevarla donde el niño), y este pastor, plena y profundamente
convencido de la santidad de la madre del Salvador, sacó después cuidadosamente con una
especie de cuchara la leche virginal que estaba como en ebullición en la blanca oquedad de
piedra, y se la llevó con creyente sencillez a su mujer, que daba de mamar a una criatura y
no la conseguía callar.
La buena mujer gustó el sagrado alimento con respetuosa confianza, e
inmediatamente su fe fue bendecida de tal modo que pudo alimentar abundantemente a su
criatura. Desde este acontecimiento, la piedra blanca de esta cueva recibió la misma fuerza
curativa, y yo he visto que hasta en nuestros tiempos se sirven de ella incluso los infieles
mahometanos para remedio de ésta y otras dolencias corporales. José no se quedó escondido en la Cueva de la Tumba de Maraha; sino que con dos
pastores hizo todo género de arreglos en la Cueva del Pesebre. Los pastores trajeron varias
coronas de ramas y flores, al principio no sabía para qué, pero luego vi que eran los
preparativos para una fiesta entrañable en la que estuvieron el segundo marido de Ana,
Eliud, y la criada, que habían traído dos asnos y que probablemente solo habían salido un
trecho del camino a encontrarse con los criados de Ana que venían de Nazaret con los
animales; los criados se volvieron a Nazaret con los bultos, y ellos se trajeron los animales
a Belén. Cuando los vi venir, durante un rato pensé que sería gente del albergue de
Jerusalén donde más adelante vi alojarse a la Sagrada Familia.
José aprovechó la ausencia de la Santísima Virgen de la Cueva de la Tumba de
Maraha, para adornar con los pastores la Cueva del Pesebre para festejar el aniversario de
sus esponsales.
Ordenaron todo, y él fue a buscar a la Santísima Virgen con el Niño Jesús y su
madre Ana y los llevó a la Cueva del Pesebre, que estaba engalanada, donde ya estaban
reunidos Eliud y la criada y los tres pastores ancianos. ¡Qué emocionante fue la alegría de
todos cuando la Santísima Virgen entró en la cueva llevando al niño! Del techo y las
paredes de la cueva colgaban multitud de coronas de flores y en el centro estaba preparada
la mesa para comer.
Algunas mantas bonitas de los Reyes Magos estaban por el suelo, sobre el que se
había levantado una pirámide de ramas y flores hasta una abertura en el techo, en cuya
punta extrema estaba sentada una paloma en una rama, creo que también artificial. Toda la
cueva la vi llena de luz y de brillo. Habían puesto al Niño Jesús en su moisés, sentado en
una sillita en posición vertical. María y José estaban a sus lados adornados con coronas y
bebieron de una jarra. Además de los parientes estaban presentes los pastores. Se cantaron
salmos y tuvieron una comida pequeña, pero alegre. En la cueva se aparecieron coros de
ángeles y toda clase de influencias celestiales. Todos estaban muy emocionados y
enternecidos.
Después de esta fiesta, la Santísima Virgen junto con el Niño Jesús y su madre Ana
volvieron a la Cueva de la Tumba de Maraha. [María lleva dos veces al Niño por la noche a la Cueva del Pesebre y reza en ella. La
madre Ana parte después del sabbat. Observaciones personales. Reconocimiento de las
reliquias de tela que fueron propiedad de los Reyes Magos.]
[Viernes, 28 de octubre a domingo 30:]
En los últimos días, y hoy también, he visto que San José hacía muchas cosas para
sacar pronto de Belén a la Sagrada Familia. Cada día hacía menos compra. Todos los
tabiques ligeros de zarzo, biombos y demás cosas que había puesto en la cueva para hacerla
más cómoda se los dio a los pastores, que se los llevaron a sus casas.
Hoy por la tarde, volvió a la Cueva del Pesebre mucha gente que iba al sabbat a
Belén, pero como se la encontraron abandonada siguieron su camino. Después del sabbat,
Ana viajará otra vez a Nazaret, pero hoy todavía está ordenando y empaquetándolo todo.
Santa Ana llevará consigo en dos burros muchos regalos de los Reyes Magos, sobre todo
alfombras, mantas y telas. Hoy por la tarde tuvieron el sabbat en la Cueva de Maraha.
[Sábado 29 de diciembre:]
La Sagrada Familia prosiguió la fiesta del sabbat; había tranquilidad en el paraje. Al
concluir lo prepararon todo para la salida para Nazaret de Ana, Eliud y su séquito.
Ya he visto antes, y hoy también por segunda vez, que después de oscurecer la
Santísima Virgen llevó al niño Jesús de la Cueva de la Tumba de Maraha a la del Pesebre,
lo puso sobre una alfombra en el sitio donde nació, y se arrodilló a rezar a su lado. Mientras
rezaba, vi toda la cueva llena de luz celestial como a la hora del nacimiento del Señor. Creo
que mi querida Madre de Dios también tiene que haber visto.
[Domingo 30 de diciembre:]
A primera hora de la mañana vi salir para Nazaret a la madre Ana con su marido y
el séquito, después de despedirse tiernamente de la Sagrada Familia y de los tres pastores
mayores. La doncella de Ana también se fue con ellos y de nuevo me sorprendió su extraña
gorra, que parecía un nido de cuco», que es como los niños de pueblo llaman en mi tierra
a las gorras puntiagudas que tejen con juncos para jugar.
Quiero explicar ahora aquí que durante una temporada he creído que la gente de
Ana que vino a Belén con los dos burros eran del albergue de Jerusalén, porque pernoctaron
en él y los vi tener trato con ellos. Cargaron en sus animales todo lo que quedaba de los
regalos de los Reyes, y mientras cargaban me quedé maravillada de que se llevaran también
un paquetito que me pertenecía. Yo sentía que el paquetito estaba allí, y no podía
comprender cómo la madre Ana se atrevía a llevarse algo de mi propiedad5
.
[Personal: Ana Catalina sabe que tiene en su poder y cerca de sí varias reliquias de
las telas que los Reyes Magos regalaron a la Sagrada Familia. Poco después de extrañarse
de que Ana se llevara de Belén algo que era suyo, se produjo la siguiente conversación
entre el Escritor y ella, que se encontraba en un elevado estado de contemplación:]
Ana se ha llevado consigo al marcharse muchos de los regalos, sobre todo las telas
de los Reyes, algunas de las cuales se utilizaron de diversos modos en la Iglesia primitiva
de las que han quedado restos hasta nuestros días. Entre mis reliquias tengo un pedacito del
tapete de la mesita donde los Reyes ponían los regalos y también un pedacito de su manto.
[Sobre la expresión mis reliquias», el Escritor añade: En todos los tiempos,
muchos bienaventurados de la Iglesia Católica tuvieron el don de sentirse excitados
benéficamente con los huesos de los santos y todo lo que estuviera bendecido y consagrado,
pero probablemente nadie tuvo nunca este don en tan gran medida y tan continuamente
presente como Ana Catalina, que era capaz de distinguir de cualquier otra sustancia natural
parecida, no solo el Santísimo Sacramento, sino todo lo que hubiera estado santificado y
bendecido por la Iglesia con sacramentos y actos sacramentales, y especialmente los huesos
de los santos y todo lo que la Iglesia entiende en el concepto de reliquias. Los distinguía
sobre todo por su luz y, dentro de ella, también por el color de la luz. También podía decir
de quién eran los huesos o las telas, y a menudo sabía también su historia hasta los menores
detalles, de lo cual teníamos en su entorno experiencias diarias con testimonios tan
abrumadores, que uno de sus amigos la había dado, no sin razón, el nombre de
sacrómetro». El Escritor se propone contar gran número de estas experiencias en la
biografía detallada de Ana Catalina. Ignoramos por qué, los superiores espirituales de Ana
Catalina, hasta donde puede saberse, nunca tomaron nota exhaustiva y fortificada con todas
las evidencias de un fenómeno tan provechoso para la vida espiritual, pero estamos
firmemente convencidos que, de todas las gracias que tuvo, éste era el don más digno de
atención y de ser observado.
Como prueba de su capacidad de reconocer reliquias y otras cosas sagradas, sus
amigos, y en particular el Escritor, pusieron cerca de Ana Catalina gran cantidad de objetos
parecidos, pues a causa de la destrucción actual de tantas iglesias y monasterios, y de la
languidez y en ocasiones también, desgraciadamente, la muerte total del sentido fiel y
profundo de lo sagrado, es tremendo saber que objetos que nuestros antepasados fieles a la
tradición estimaron santos o venerables, y sobre los que quizá en otros tiempos edificaron
grandes iglesias, son ahora de propiedad privada y se malbaratan hasta en las traperías.
Procurábamos darle a Ana Catalina muchos de estos huesos santos, que ella misma
explicaba. Por bondad del reverendo Regens Overberg, que era su director espiritual
extraordinario, recibió también dos importantes relicarios con reliquias de los primeros
tiempos, hallados en una vieja iglesia destruida.
Como algunas de estas reliquias estaban en un armarito junto al lecho de la enferma,
mientras que otras estaban en la morada del Escritor, éste preguntó:]
—¿Esta reliquia de tela está aquí cerca?
—No; está aquí en la casa.
—¿Conmigo?
—No, en casa de ese hombre, el Peregrino (así llamaba usualmente Ana Catalina al
Escritor). Está en una casita pequeña; el pedacito del manto es pálido. ¡Es increíble, y sin
embargo es verdad y lo tengo ante mis ojos! Un allegado del Peregrino seguro que no lo
cree; ése querría destruir todo lo que escribe el Peregrino, pero su cuñado A. que me visita,
ése tiene el corazón como el castaño Rey Seir. ¡Es tan dulce, tan dócil y tan fiel! Un
verdadero corazón cristiano. ¡Ay!, si este hombre estuviera dentro de la Iglesia tendría el
Cielo en la Tierra!
[Cuando el Escritor la trajo la que podía llamarse casita de las reliquias», que
guardaba en su cuarto, Ana Catalina la abrió enseguida e identificó que habían sido de los
Reyes unos pequeños restos de seda de color rojo oscuro y de lana amarilla que se
encontraban allí, pero sin dar una explicación más concreta. A continuación dijo:]
Yo misma debo tener también un pedacito de tela de los Reyes. Tenían varios
mantos, uno fuerte y grueso para la intemperie, otro amarillo y otro rojo de lana fina y
ligera. Los mantos ondeaban al viento al moverse. Pero en las festividades llevaban sus
mantos de seda cruda que brillaba, bordados en oro en sus bordes y con una cola larga que
les llevaban otros. Creo que uno de estos mantos tiene que estar cerca porque ya antes, y
también esta noche pasada, estuve otra vez con cuadros que todavía recuerdo acerca de la
cría y el tejido de la seda donde los Reyes.
En una comarca de oriente, entre el país de Zeokeno y el de Sair, tienen árboles
llenos de gusanos con un pequeño alcorque con agua alrededor de cada árbol para que los
gusanos no puedan escapar. A veces echaban hojas de bajo de los árboles, y de los árboles
colgaban cajitas de las que sacaban unas cosas redondas de más de un dedo de largo.
Primero pensé que eran unos pájaros raros, pero enseguida vi que eran los capullos de los
gusanos, que se habían envuelto en ellos. La gente los desenrollaba y sacaba de ellos un
hilo fino como de una tela de araña; se ponían cierta cantidad de capullos delante del pecho
y los desenrollaban para hilar hilo fino y arrollaban algo en la mano. Tenían telares entre
los árboles; parecían muy blancos y muy sencillos; la pieza de tela era tan ancha como mi
sábana.
[Describió entonces un telar muy sencillo, aunque sin mucha precisión por falta de
tiempo para decirlo todo. Al cabo de unos días dijo:]
Mi médico me pregunta muchas veces por un pedacito de tela de seda muy curioso.
En los últimos tiempos vi también uno de ésos a mi lado que ahora no sé dónde habrá ido a
parar. Pero ahora me he acordado de él y he caído en la cuenta que en aquella ocasión tuve
el cuadro de las tejedoras de seda; era en un país más a Oriente que los Reyes Magos, un
país donde también estuvo Santo Tomás. Me he equivocado al narrarlo, porque esto no
tiene que ver con las telas de los Reyes Magos; el Peregrino tiene que tacharlo.
Me lo dieron cuando me hicieron unas pruebas incomprensibles, sin preocuparse en
qué estaba ocupada interiormente y por eso ahora pueden venir equívocos, cosa que me
aflige.
He visto otra vez las reliquias de tela y ahora se donde están. Hace varios años,
antes de su último parto, le di a mi cuñada que vive en Flamske un paquetito que estaba
cosido como un botón. Me había pedido algo sagrado para tener fortaleza y entonces le di
la casita, a la que yo veía relucir, y que una vez vi que estuvo en contacto con la Madre de
Dios. Ahora ya no me acuerdo si entonces contemplé bien todo el contenido, pero consoló
mucho a la buena mujer.
Hoy por la noche la he visto otra vez; lo tiene todavía y está cosido muy
fuertemente. Es un cachito de tapete de color rojo oscuro que tiene dentro dos pedacitos de
tejido fino como gasa del color de la seda cruda, y algo como cretona verde, y también un
pedacito de madera y un par de esquirlas de piedra blanca. He mandado decir a mi cuñada
que me lo traiga otra vez.
[Al cabo de unos días vino su cuñada a visitarla y trajo el paquetito. El Escritor lo
abrió cuidadosamente en su casa; era del tamaño de una nuez grande. Separó unos de otros
los restos de tela, que allí se encontraban apretujados, los estiró y los apretó bien lisos en un
libro. El contenido del paquetito consistía en un pedazo de dos pulgadas cuadradas [unos 12
centímetros cuadrados] de tejido grueso de algodón color pardo rojizo oscuro, muy gastado,
que en algunas lugares parecía rojo-violeta oscuro, así como tiras de dos dedos de largo y
ancho de un tejido ligero y suelto como la muselina, color seda cruda, además de un trocito
de madera y un par de esquirlas de piedrecita. Por la tarde, el Escritor mantuvo los pedazos
de tela, envueltos en papel, ante los ojos de Ana Catalina, que no podía saber qué era, y que
lo primero que dijo fue:]
—¿Qué debo hacer con este sobrecito?
[Pero enseguida, en el mismo instante en que tomó el sobrecito en su mano, dijo:]
Tienes que guardarlo muy bien y no perder ni un hilito. El tejido grueso que ahora
parece marrón, en otros tiempos era rojo fuerte, una colcha poco más o menos tan grande
como mi cuarto. Los servidores de los Reyes la extendieron en la Cueva del Pesebre y
María se sentó encima con el Niño Jesús cuando los Reyes los incensaron. Después, la
Santísima Virgen la tuvo siempre en la Cueva y también encima del burro cuando fueron al
Templo a hacer la ofrenda.
El tejido ligero como de gasa es parte de un manto corto que consistía en tres franjas
separadas, sujetas a un cuello, que flotaban y volaban por los hombros y la espalda; los
Reyes los llevaban en las ceremonias como si fueran una estola. En los bordes tenían flecos
y borlas. Los pedacitos de madera y las piedrecitas los han traído de la Tierra Prometida en
época reciente.
[Estos días, en el curso de la serie de visiones sobre la predicación itinerante de
Jesús, el 27 de enero del último trimestre de la vida de Jesús Ana Catalina vio que el Señor
estaba con 17 discípulos en un albergue cerca de Bezorón, camino de Betania:]
Estaba enseñándoles su oficio. Celebraron el sabbat con él; y la lámpara estuvo
encendida todo el día. Entre los discípulos hay uno nuevo que los acompaña desde Sicar; lo
vi muy claramente porque uno de sus huesos tiene que estar entre mis reliquias; una
escamita blanca y delgadita; su nombre suena como Silán o Filán; dentro tiene estas letras.
[Finalmente logró decir Silvanus», y al cabo de un rato dijo:]
He visto otra vez los pedacitos de tela que tengo de los Reyes Magos. Tiene que
estar también allí una casita en la que hay, entre otras cosas, un poco de un manto del rey
Mensor, un pedacito de colcha de seda roja que ponían en tiempos antiguos encima del
Santo Sepulcro, y un pedacito de estola roja y blanca de un santo. Dentro veo también
astillitas del discípulo Silvano.
[Después de una pausa en la que su espíritu se apartó de allí, Ana Catalina dijo:]
Ahora veo dónde está el paquetito, hace año y medio se lo di aquí a una mujer para
que se lo colgara; lo lleva todavía. Quiero que le digan que por favor me lo devuelva. Se lo
di a una mujer para que se lo pusiera para consolarla durante mi detención. ¡Tomó tanto
interés por mí! Entonces no sabía exactamente su contenido; solo vi que relucía, que era
sagrado y que había estado en contacto con la Madre de Dios.
Pero ahora que veo tan exactamente todo lo de los Reyes Magos, distingo bien todo
lo que está cerca de mí que haya tenido relación con ellos, y por tanto también esas
reliquias de tela. Pero he vuelto a olvidar dónde se encuentran muchas cosas.
[Unos días después, cuando la devolvieron la casita, Ana Catalina, que estaba
enferma, se la dio al Escritor para que la abriera. En la habitación que hace de gabinete del
dormitorio de Ana Catalina, el Escritor abrió el viejo paquetito, fuertemente cosido desde
mucho tiempo atrás, y encontró dentro los siguientes objetos firmemente envueltos unos
con otros:
1. Una cinta estrecha (como un dobladillo arrollado) de tejido de lana animal
finísima, color natural, que al intentar extenderla se reveló quebradiza y delgadísima.
2. Dos pedacitos de tejido de algodón rizado, bastante fuerte, color azul Mahón,
como de un dedo de largo por otro de ancho.
3. Una pulgada cuadrada de seda carmesí con dibujos.
4. Un cuarto de pulgada cuadrada de seda blanca y amarilla de uso litúrgico.
5. Una muestra pequeña de seda verde y marrón.
6. En el centro de todo, un papel estrujado con una piedrecita blanca del tamaño de
un guisante.
El Escritor separó todos estos objetos en papeles sueltos excepto el número 6, que
dejó en su antiguo papel. Cuando se acercó a ella, Ana Catalina, que no parecía estar en
visión, estaba despierta, tosía y se quejaba de violentos dolores, pero dijo enseguida:]
—¿Qué tienes en estos sobres que están brillando, qué tesoros tenemos que valen
más que un reino?
[Entonces tomó en su mano los distintos sobrecitos cerrados, cuyo contenido no
podía saber, los palpó uno tras otro, guardó silencio unos instantes como en contemplación
interior, y al devolverlos uno a uno dijo lo siguiente sobre su contenido sin equivocarse ni
en uno solo, pues el Escritor los comprobaba enseguida abriendo cada sobrecito, que eran
todos de la misma forma.
1. Esto es de un caftán de Mensor; es lana finísima. Este caftán solo tenía sisas, pero
no mangas. De los hombros cuelga hasta medio brazo una franja de tela como si fuera
media manga abierta. [Describió además exactamente la forma, tela y color de la reliquia].
2. Esto es un pedacito de manto que dejaron los Reyes. [También describió el estado
de la reliquia.]
3. Este es un pedacito de una colcha gruesa de seda roja que en otros tiempos estuvo
extendida en el suelo del Santo Sepulcro cuando los cristianos aún no poseían Jerusalén.
Cuando los turcos conquistaron Jerusalén todavía estaba como nueva, y como los
caballeros se lo repartían todo, se la repartieron y cada uno obtuvo un pedacito de recuerdo.
4. Esto es de una estola de un sacerdote santísimo; era de Alejo, un capuchino que
rezaba siempre junto al Santo Sepulcro. Los turcos le maltrataban mucho, metían los
caballos en la iglesia y le pusieron una vieja turca delante del Santo Sepulcro donde rezaba,
pero él no se dejó molestar. Finalmente le emparedaron allí y la mujer tenía que darle pan y
agua por un agujero. Esto es lo que todavía se de lo mucho que he visto hace poco, cuando
vi el paquetito y su contenido sin saber exactamente donde se encontraba.
5. Esto no es nada sagrado, pero sin embargo es muy venerable; está tomado de los
bancos y asientos donde se sentaban los príncipes y caballeros en círculos en la iglesia del
Santo Sepulcro. También se lo repartieron.
6. Aquí dentro hay una piedrecita de la capilla del Santo Sepulcro y aquí está
también la astillita del discípulo Silvano de Sicar.
[Cuando el Escritor dijo que allí dentro no había ninguna astillita, ella le replicó:]
—Ve y búscala dentro.
[El Escritor fue enseguida por luz a la habitación contigua, abrió cuidadosamente el
papel estrujado y encontró en un pliegue una astillita de hueso blanca y fina, de forma
irregular y del grueso de media moneda de plata. Era exactamente tal como Ana Catalina la
había descrito, y ella la reconoció enseguida. Todo esto pasó por la tarde en su cuarto, que
estaba a oscuras, pues la luz estaba en la habitación de al lado.]
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LA CARAVANA DE LOS REYES MAGOS
—En el convento siempre veía llegar los Reyes a Belén cuando estaba preparando el
nacimiento y por tanto, hacia el 25 de diciembre.
[De este modo es mucho más verosímil que Herodes no encontrara al niño en Belén
después de marcharse los Reyes, pues daba tiempo mientras tanto a que saliera la Sagrada
Familia.] Ya conté el día de Navidad que en Nochebuena vi anunciar el nacimiento de Cristo
a los Reyes Magos. Vi al atezado Mensor y el castaño Sair mirando a las estrellas en el país
del primero; todos sus aparatos estaban preparados para el viaje. Miraban con largos tubos
desde lo alto de una torre en forma de tronco de pirámide a la estrella de Jacob, que tenía
cola. La estrella se abrió ante sus ojos y dentro apareció una gran doncella brillante, y en
medio vi flotar un niño reluciente de cuyo costado derecho crecía una rama en la que
florecía una torrecita con varias puertas, que finalmente se transformó en una ciudad. Ya no
sé más de este cuadro.
Ambos emprendieron viaje inmediatamente después de verlo. El tercero, Zeokeno,
vivía unas jornadas más a Oriente y a esa misma hora vio la misma figura en las estrellas.
Salió de viaje con muchas prisas a reunirse enseguida con sus dos amigos, como así fue.
[La contemplativa va con los Reyes Magos. Ana Catalina visita Belén. Más viajes a
Oriente. Comarcas, viviendas, personas que tejen algodón, sus vestidos. Ídolos. Comarca de
la que salieron Mensor y Sair. Reagrupan los rebaños que dejan. Zeokeno, el tercer rey,
sigue veloz tras ellos.]
Me desperté con grandes ansias de estar en la Cueva del Pesebre con la Madre de
Dios y de tener un ratito al Niño en mis brazos y apretarlo contra mi corazón. Entré dentro
de la cueva. Era de noche; José dormía apoyado en el brazo derecho detrás de su biombo, a
la derecha de la puerta y María estaba despierta, sentada en su sitio habitual junto al
pesebre y tenía al Niño Jesús al pecho debajo del velo. De día y despierta, cuando estaba
sentada, enrollaba como un cojín parte de la manta que le servía de lecho y se la ponía
detrás de la espalda para que le sirviera de respaldo; pero ahora tenía un poco más baja la
cabecera de su lecho. Me puse de rodillas y pedí con gran fervor tener un ratito al Niño.
¡Ay!, ella lo sabía, lo sabe todo y lo acepta todo ¡es tan amorosa y tan
cariñosamente compasiva, si uno reza con fe!, pero estaba rezando tan tranquila, tan
recogida, piadosa, y maternal que no me dio el niño; creo que porque le estaba dando de
mamar. Yo tampoco lo hubiera hecho.
Pero mis ansias seguían creciendo y se unían a la impetuosa corriente de almas que
anhelaban al Niño Jesús. Este cálido anhelo de salvación no era en ninguna parte tan puro,
tan infantil, fiel e inocente como el de los queridos Reyes Magos del País de la Mañana,
cuyos antepasados lo habían esperado con ansia a lo largo de los siglos, creyendo,
esperando y amando. Entonces mi anhelo me llevó hacia ellos, y cuanto completé mi
oración me salí del pesebre muy devotamente, despacito y sin hacer ruido para no molestar,
y entonces fui llevada en un largo viaje a la caravana de los Reyes Magos. Por el camino he
visto muchas clases de cosas, países y gentes, viviendas, vestidos, usos y costumbres y
también muchas clases de idolatría que practicaban, pero he olvidado la mayor parte.
Contaré lo mejor que pueda lo que todavía me queda en la memoria.
Fui conducida en dirección a Oriente a una comarca en la que nunca había estado y
que en su mayor parte era infértil y de arena. En algunas colinas vivían grupos de gente en
cabañas de ramas, familias sueltas de cinco a ocho personas. El techo de ramas apoyaba en
la colina donde las viviendas estaban excavadas. Al entrar, vi que el espacio estaba dividido
hasta la pared del fondo a ambos lados de la puerta; las habitaciones delanteras y las del
fondo eran más grandes, y las del medio más pequeñas.
En esta comarca casi no crecían más que matas pequeñas, y aquí y allá algún
arbolito que daba unos capullos de los que esta gente sacaba lana blanca. Vi también
algunos árboles grandes entre los que habían erigido sus ídolos.
Esta gente era aún muy salvaje, pues me pareció que comían sobre todo carne, y en
concreto, pájaros crudos. También vivían del robo. Tenían casi el color del cobre y el pelo
amarillo de los zorros; eran pequeños, rechonchos, casi gordos, pero muy listos, ágiles y
activos. No vi que tuvieran rebaños ni animales domésticos.
Tampoco los vi totalmente vestidos: debajo de la cintura, los hombres se tapaban el
bajo vientre delante y detrás con cortos taparrabos arrugados, y la mitad del pecho hasta la
cintura se la tapaban con un escapulario estrecho de bandas entrecruzadas que se cerraba en
torno al cuello por encima de los hombros. Me pareció que esta estrecha prenda que les
cubría el pecho era elástica y se podía estirar y hacer mayor. Aparte de las correas que se
entrecruzaban al cuello, llevaban la espalda desnuda hasta la cintura. En la cabeza llevaban
casquetes atados con una cinta que por encima, delante de la frente, tenía como una rosa o
un lazo.
Las mujeres llevaban falda corta y plisada hasta media cadera; se tapaban el pecho y
el bajo vientre como con la pechera de una chaquetilla, cuyas puntas recogían con el
cinturón. Esta prenda se cerraba en torno al cuello con una tira ancha como una estola,
bordada en los hombros pero lisa en el pecho. Cubrían su cabeza con una gorra que tenía
por arriba un botón en forma de copa aplastada; la gorra tenía punta en la frente, y se
pegaba a las orejas y las mejillas. Detrás de las orejas y de la nuca, la gorra tenía franjas
sueltas y separadas, por las que salía el moño. La pechera de las mujeres era multicolor, con
muchos adornos verdes y amarillos, cosidos o pespunteados. Por delante, más arriba de la
cintura, estaba adornada con botones, y en los hombros estaba bordada. La costura era
basta, como la de las casullas antiguas. Las mujeres llevaban los antebrazos llenos de
ajorcas.
Esta gente hacía una especie de mantas con una lana blanca que sacan de los
capullos de un arbolito. Dos de ellas se ataban en torno al cuerpo un manojo de esta lana y
luego cada una empezaba a andar para atrás mientras sacaba del cuerpo de la otra un cordón
muy largo del grueso de un dedo. Después, con esos cordones tejían piezas anchas de tela,
y cuando tenían muchas, iban en grupo a venderlas a una ciudad, llevando a la cabeza
grandes rollos de mantas de éstas.
En este paraje vi también sus ídolos dispersos debajo de árboles grandes; tenían
cabezas de buey con cuernos, boca ancha y agujeros redondos en el cuerpo, y más abajo
una abertura ancha en la que encendían fuego para quemar las ofrendas que ponían en los
agujeros más pequeños. En torno a cada uno de estos ídolos había distintas figuritas de
animales en columnitas de piedra: pájaros, dragones y una figura con tres cabezas de perro
y cola de serpiente arrollada.
Al principio de mi viaje tuve la sensación de que a mi derecha había mucha agua y
que me apartaba de ella cada vez más. Después que salí de la comarca de esta gente, mi
camino subió cada vez más y tuve que pasar muchas veces una loma de arena blanca, en la
que con frecuencia había alrededor piedrecitas negras de todas clases quebradas en forma
de conchas y cacharros rotos. Más allá, bajando por un valle, llegué a una comarca que
estaba cubierta de numerosos arboles plantados casi en hileras muy tupidas. Había allí
árboles con troncos de escamas y hojas monstruosamente grandes, y también árboles en
forma de pirámide con flores grandes y bonitas; estos últimos tenían las hojas
verdeamarillas y también ramas con brotes. Allí vi también arboles con hojas en forma de
corazón, completamente lisas.
Después llegué a una comarca que consistía en grandes pastizales que no se veían
porque estaban ocultos entre las alturas y en los que hormigueaba ganado de muchas clases.
En torno a las alturas crecían viñas cuidadas en terrazas, plantadas en filas y protegidas por
pequeños setos trenzados. Los dueños de estos rebaños vivían en tiendas de techo plano
cuyas entradas estaban cerradas con puertas ligeras de zarzo.
Las tiendas estaban hechas con ese tejido blanco lanoso que hacían los salvajes con
los que había estado antes, pero estaban cubiertas por arriba también con unas placas
escamosas de color pardo, de las que colgaban flecos por los bordes. Estas placas tenían
como pelo, como si estuvieran hechas con musgo o pieles de animales. En el centro estaba
una tienda grande rodeada de muchas otras más pequeñas que formaban un amplio círculo.
Los rebaños, separados por especies, vagaban por los amplios pastizales separados
aquí y allá por extensos matorrales como de monte bajo. Allí distinguí rebaños de muy
distintas especies: corderos con largas trenzas de lana rizada y largas colas lanudas;
animales muy vivaces con cuernos como cabras, unos tan grandes como terneras y otros del
tamaño de los caballitos que actualmente corren en libertad en nuestros páramos. Vi
también manadas de camellos y de animales parecidos, pero con dos jorobas.
En un sitio vi en un cercado algunos elefantes, blancos o a manchas; eran totalmente
mansos y solo para uso doméstico.
Durante esta visión me interrumpieron tres veces para ir a otras partes a contemplar
otras cosas, pero luego siempre volvía a otra hora del día a este cuadro de vida pastoril. Me
parece que estos rebaños y pastos pertenecían a uno de los reyes que ya había emprendido
viaje; creo que eran de Mensor y su familia. Los apacentaban pastores subordinados que
llevaban chaquetas hasta las rodillas, aproximadamente de la misma forma que los trajes de
nuestros aldeanos, solo que más ceñidos al cuerpo.
Creo que ahora que el jefe ha salido de viaje para mucho tiempo, unos inspectores
están revisando y contando los rebaños. Los pastores subordinados tuvieron que dar
cuentas, pues vi que de vez en cuando llegaba gente importante con largos mantos que lo
examinaba todo. Iban a la gran tienda central, y los rebaños iban pasando por ésta y por las
tiendas pequeñas, donde los contaban y examinaban. Los que tomaban las cuentas tenían en
la mano unas superficies de no sé qué en las que apuntaban algo. Pensé entonces:
—¡Ojalá nuestros obispos fueran tan aplicados en investigar los rebaños de los
pastores que tienen a sus órdenes!
Cuando, después de la última interrupción, volví a la comarca de los pastos, ya era
de noche y en la comarca reinaba un profundo silencio. La mayoría de los pastores estaban
durmiendo en las tiendas pequeñas y solo unos pocos rondaban en silencio para vigilar los
rebaños que dormitaban tumbados tranquilamente, más o menos reunidos, pero separados
según su especie en grandes cercados de distintas formas.
Para mí era sobre todo piadoso y profundamente emotivo mirar el inmenso cielo
azul oscuro extendido sobre estos grandes pastizales llenos de rebaños que dormitaban
pacíficamente al servicio de los hombres, y ver la centelleante pradera de estrellas
innumerables surgidas a la llamada de su Creador, cuya voz de pastor seguían prontamente
como fieles rebaños, más obedientes que los corderitos de la Tierra a sus pastores mortales.
Y cuando veía aquí o allá que los pastores de guardia en sus rondas miraban más a
los rebaños de estrellas del cielo que a los rebaños confiados a su tutela, meditaba
complacida:
—¡Con cuánta razón miran a lo alto con asombro y gratitud lo que sus antepasados
miraron y esperaron con anhelo y oraciones! Pues lo mismo que el buen pastor busca la
oveja extraviada y no descansa hasta que la encuentra y la trae a casa, así hace también
ahora el Padre celestial, verdadero pastor de todos estos innumerables rebaños de estrellas
en el espacio inmenso.
Cuando arrojó al hombre a la Tierra y lo maldijo con el castigo, volvió a buscar al
hombre caído a su morada en la Tierra como a la ovejita perdida. Sí, envió aquí abajo a
hacerse hombre a su hijo unigénito, para que volviera a traer a casa las ovejitas perdidas,
cargara los pecados sobre sí como cordero de Dios y, muriendo, satisficiera por ellos a la
justicia divina.
Y ahora había ocurrido el anuncio del Salvador prometido y guiados por una
estrella, sus reyes habían partido la noche anterior a rendir vasallaje al Salvador recién
nacido. Por eso los vigilantes de los rebaños rezaban y miraban asombrados hacia arriba, a
las cañadas celestiales, pues de allí ha venido el Pastor de los pastores que se ha anunciado
en primer lugar a los pastores.
Mientras contemplaba los amplios campos de los rebaños, oí que el veloz repiqueteo
de los cascos de una hueste de hombres a camello interrumpía el silencio de la noche. La
caravana pasó rápidamente junto a los rebaños durmientes y fue a la tienda principal del
campamento de los pastores. Aquí y allá, despertados por el ruido, los soñolientos camellos
se levantaban del sueño y alargaban los cuellos hacia la caravana, y se oían los balidos de
los corderos que se despertaban.
Algunos de los que llegaban saltaron de sus monturas y despertaron a los pastores
que dormían en las tiendas. Los pastores de guardia que estaban más cerca se aproximaron
a la caravana y pronto estuvo todo lleno de vida y congregado en torno a la caravana. Por
todas partes hablaban, miraban y señalaban a las estrellas. Hablaban de una constelación o
de una aparición en el cielo que había pasado ya, pues yo no la veía.
Ésta era la caravana de Zeokeno, el tercero de los Reyes, el más alejado. Había visto
en su patria la misma figura en las estrellas y había salido inmediatamente de viaje hacia
aquí. Preguntó qué delantera podrían llevarle Mensor y Sair y si todavía se podía ver bien la
estrella cuya dirección había que seguir. En cuanto recibió las respuestas que necesitaba, la
caravana reanudó rápidamente su camino sin demora.
Esta era la comarca donde los Reyes Magos, que vivían separados, solían reunirse
habitualmente para observar a los astros; y también estaba cerca la torre piramidal con
largos tubos para observar las estrellas. Zeokeno vivía el más alejado de los tres, por cierto
que en la comarca donde Abraham vivió al principio, en torno a la cual vivían todos.
[Intervalo durante la visión precedente. Un vistazo a Agar e Ismael en el desierto;
Agar le marca con una señal.]
En el intervalo entre las visiones de estos tres momentos del día en que vi lo que
pasaba en los extensos campos de los pastores del alto, se me mostraron algunas cosas de la
comarca en la que vivió Abraham pero las he olvidado en su mayor parte. Una vez vi, muy
lejos y a un lado, la altura donde Abraham quería sacrificar a Isaac.
Otra vez me mostraron muy claramente lo que le pasó a Agar e Ismael en el
desierto, aunque ocurrieran lejos de aquí. Ya no sé bien la secuencia.
La primera comarca donde vivió Abraham estaba más alta, y los países de los tres
Reyes Magos están alrededor y más abajo. Ahora voy a contar el cuadro de Agar e Ismael. Al lado de la montaña de Abraham, pero más al fondo del valle, vi que Agar vagaba
con su niño por el monte bajo; iba como si hubiera perdido la razón. El chico tenía ya
algunos años y llevaba un vestidito largo; ella iba envuelta en un manto que también le
cubría la cabeza. Llevaba por debajo una falda corta y el cuerpo del vestido estaba ajustado,
firmemente sujeto y los brazos estrechamente envueltos.
Agar puso a su chico debajo de un árbol en una colina y le hizo un signo en la
frente, otro en medio del brazo derecho, otro en el pecho y otro en el brazo izquierdo.
Cuando se apartó no vi el signo que había hecho en la frente, pero los otros, que estaban
dibujados en la ropa, eran visibles y parecían escritos en color pardo rojizo.
Este signo tenía forma de cruz pero no era exactamente una cruz normal; parecía
una cruz de Malta, como si uno rodeara con un círculo cuatro triángulos con las puntas en
cruz. En los cuatro triángulos escribió letras o signos como ganchos, cuyo significado no
pude retener exactamente; vi que escribió dos o tres letras en el centro del círculo. Dibujaba
muy deprisa con el color rojo que parecía llevar en la mano, si es que no era sangre.
Mientras lo hacía, mantuvo unidos los dedos índice y pulgar. Luego se inclinó, miró
al cielo y ya no la vi más en torno a su hijo; se alejó como un tiro de escopeta y se sentó
bajo un árbol. Entonces oyó una voz del cielo, se puso de pie y siguió andando. Volvió a oír
la voz y vio una fuente entre el follaje. Llenó el odre de agua, volvió con su hijo, le dio de
beber, lo llevó a la fuente y allí le puso otro vestido encima del que había estado pintando.
Esto es lo que recuerdo de esta aparición. Creo que en otros tiempos he visto dos
veces a Agar en el desierto; una vez antes del nacimiento de su hijo y después otra como
ahora, con Ismael ya mocito.
[Zeokeno da alcance a la caravana de Mensor y Sair en una ciudad desierta llena de
columnas. Sus pobres habitantes siguen a la caravana. Más tarde, los discípulos Saturnino y
Jonadab enseñaron aquí el Evangelio. Comarca en la que vivían los Reyes Magos, sus
nombres y duración del viaje, y cómo después de la muerte de Jesús el apóstol Tomás
bautizó a los dos Reyes que todavía estaban vivos.]
[Noche del 27 al 28 de noviembre de 1821. Nota previa: El año 1821, cuando Ana
Catalina comunicó estas contemplaciones de la caravana de los Reyes Magos, ya había
narrado toda la predicación itinerante de Jesús en la Tierra, y también había contemplado,
entre otras cosas, que después de la resurrección de Lázaro (que ella vio ocurrir el 7 de
septiembre del tercer año de predicación) Jesús se retiró a la otra orilla del Jordán y en su
ausencia de 16 semanas visitó a los Reyes Magos.
Al regreso de su caravana a Belén, los Reyes Magos se reunieron, y ellos y los
miembros de sus caravanas se quedaron a residir más cerca de la Tierra Prometida. Solo
quedaban vivos Mensor y Zeokeno, pues Jesús encontró al castaño rey Sair en la tumba.
Para entender mejor lo que sigue parece necesario contar al lector estos acontecimientos
ocurridos 31 años después, pero que Ana Catalina había contado antes:]
La noche del 27 al 28 de noviembre, cuando ya empezaba a clarear, la veloz
caravana de Zeokeno dio alcance a la de Mensor y Sair en una ciudad desértica en la que
había grandes filas de altas columnas aisladas. En las puertas de la ciudad, que eran bonitas
torres cuadradas en ruinas, había muchas columnas, y en muchos otros lugares había
grandes y bonitas columnas con estatuas que no eran rígidas como en Egipto, sino que
tenían bonitas posturas vivas.
Esta comarca era arenosa y con muchas montañas de piedra. En las ruinas de esta
ciudad desértica se había instalado lo que parecía una banda de salteadores salvajes. Solo
tenían lanzas y llevaban puestas pieles de animales. Los salteadores eran de color castaño,
bajos y vigorosos, pero sumamente listos. Para mí es como si ya hubiera estado alguna vez
en este lugar, quizá en aquel viaje que soñé que hacía a la Montaña de los Profetas y al
Ganges.
Cuando las tres caravanas se reunieron aquí, abandonaron la ciudad al romper el día
y prosiguieron rápidamente su camino, y muchos de estos pobres canallas que vivían aquí
se incluyeron en la caravana a causa de la generosidad de los Reyes, que siguieron media
jornada más y se tomaron un día de descanso. Después de la muerte de Jesús, el apóstol
Juan y los dos discípulos Saturnino, y Jonadab el hermanastro de Pedro fueron enviados a
esta ciudad desértica a anunciar el Evangelio. Con esta ocasión vi juntos a los Reyes Magos. El último que llegó aquí era el más
alejado, Zeokeno, que tenía un hermoso color amarillento; lo reconocí porque era el que
estaba enfermo en su tienda 32 años después, cuando Jesús visitó a los Reyes Magos allí
donde se instalaron, más cerca de la Tierra Prometida.
Cada uno de los Reyes Magos trae consigo cuatro parientes o amigos de su familia,
así que en conjunto iban en la caravana unos quince notables a los cuales siguen multitud
de criados y camelleros. Entre los mozos del séquito, que estaban casi desnudos hasta la
cintura y que pueden correr y saltar con extraordinaria agilidad, reconocí a aquel discípulo
Eleasar que más tarde fue mártir y del que tengo una reliquia en mi poder.
[Por la tarde, el confesor preguntó el nombre de los Reyes Magos a Ana Catalina,
que respondió:]
—A Mensor, el atezado, Santo Tomás le dio el nombre de Leandro cuando lo
bautizó después de la muerte de Cristo. Santo Tomás bautizó también a Zeokeno, el viejo
amarillento que estaba enfermo cuando Jesús estuvo en el campamento de Mensor. El de
color castaño que ya había muerto cuando la visita de Jesús, se llamaba Seir o Sair.
[Su confesor la preguntó:]
—¿Cómo bautizaron a éste?—pero ella no se dejó engañar y contestó sonriendo:
—Ya estaba muerto y tuvo el bautismo de deseo.
[El confesor dijo entonces:
—Pero yo no he oído esos nombres en los días de mi vida, ¿cómo es que llegaron a
llamarlos Gaspar, Melchor, Baltasar?]
—Sí, los han llamado así porque rima con su ser, pues estos nombres significan: El
primero, va con amor»; el segundo, vagabundea en torno», va con halagos», se
aproxima tan suavemente»; y el tercero, enseguida ase con su voluntad», se aferra con
su voluntad a la voluntad de Dios».
[Ana Catalina dijo todo esto muy cordialmente y expresando con la mímica de sus
manos sobre la colcha el significado de estos nombres. Quede a la investigación de los
lingüistas aclarar hasta qué punto puedan entenderse estos nombres.] [Orden de la caravana. Pienso y agua a los animales. Preparación de la comida.
Vasijas. La estrella que los guía. Longitud del viaje. De su patria. Prosiguen su camino.]
[28 de noviembre:]
Creo que encontré por primera vez [sic] la caravana de los tres Reyes Magos en una
comarca algo más fértil justo media jornada después de la ciudad del desierto donde
estaban las columnas y las figuras de piedra. Aquí y allá se veían diseminadas viviendas de
pastores con muros de piedras negras y blancas. En la llanura, la caravana se acercó a una
fuente en cuya proximidad se encontraban varios cobertizos amplios abiertas por un lado.
Tres de ellos estaban en el centro y otros cuantos más alrededor; parecía un sitio de
descanso habitual para caravanas parecidas.
El conjunto de la caravana se componía de tres huestes; en cada una de ellas había
cinco notables entre los que estaba el jeque o rey, que se ocupaba de todo y mandaba y
distribuía como padre de familia. Cada uno de estos tres grupos se componía de hombres de
distinto color de cara. La tribu de Mensor era de un agradable color atezado; la de Sair era
de color castaño, y la de Zeokeno de brillante color amarillento. Negro brillante no vi a
nadie, salvo algunos esclavos que todos tenían.
Los animales iban cargados hasta arriba y los notables se sentaban entre los bultos
cubiertos de alfombras; llevaban varas en la mano. Les seguían otros animales, casi tan
grandes como caballos, en los que iban montados entre fardos los criados y los esclavos.
Cuando llegaron, se apearon, descargaron completamente a los animales y los
abrevaron en la fuente, que estaba cercada con una valla pequeña, sobre la que había un
muro con tres entradas abiertas. Dentro de este espacio, el pilón de la fuente estaba algo
más bajo, y tenía un poste con tres grifos de agua cerrados con tapones. El pilón estaba
tapado con una tapa; uno de los hombres de la ciudad desértica que los habían acompañado
lo destapó a cambio de un donativo. Tenían odres de cuero con cuatro compartimentos que
podían aplastarse completamente; los llenaron de agua y en ellos podían beber a la vez
cuatro camellos. Eran tan cuidadosos con el agua que no dejaron perder ni una sola gota.
Luego instalaron los animales en un cercado al aire libre que estaba cerca de la fuente, y
pusieron separación entre los sitios de cada uno.
Los animales tenían delante unas artesas de piedra en las que les pusieron el pienso
que traían consigo; granos grandes como bellotas que quizá fueran judías. Entre lo que
descargaron había también grandes jaulas cuadradas, estrechas y altas, que colgaban a los
flancos de sus monturas por debajo de los anchos paquetes; tenían dentro grandes aves,
sentadas, de una en una o en parejas, según fueran, del tamaño aproximado de gallinas o
palomas, que utilizaban para comer durante el viaje.
Se sentaron en espacios separados. Empacados en cofres de cuero, llevaban
panecillos apretados unos sobre otros del tamaño parecido a los pizarrines de los escolares.
Llevaban consigo recipientes muy valiosos de metal amarillo adornados con piedras
preciosas, casi de la forma de nuestros vasos litúrgicos, cálices, navetas y conchas, donde
bebían y con los que servían la comida. Los bordes de estos vasos estaban adornados en su
mayoría con gemas rojas.
Las tribus se distinguían entre sí un poco por el vestido. Zeokeno el amarillento y su
familia, así como Mensor el atezado, llevaban una gorra alta bordada en colores, con una
gruesa cinta blanca arrollada a la cabeza. El caftán les llegaba a la pantorrilla, y era muy
sencillo, con algunos botones y adornos en el pecho. Iban envueltos en mantos ligeros,
anchos y muy largos, que colgaban por detrás.
Sair, el de color castaño, y su familia, llevaban boinas con un pequeño pompón
blanco y gorras redondas con bordados de colores y monedas de otro color. Llevaban
mantos cortos, algo más largos por detrás que por delante, y debajo caftanes abotonados
hasta las rodillas, adornados en el pecho, botón a botón, con cordones, lentejuelas y muchos
botones brillantes. A un lado del pecho llevaban un escudito brillante como una estrella.
Todos llevaban los pies desnudos, rodeados por los cordones entrelazados con los
que sujetaban las sandalias. Los notables llevaban colgados al cinto sables cortos o grandes
cuchillos, así como cajitas y bolsas. Entre los Reyes Magos y sus allegados había hombres
de cincuenta, cuarenta, treinta y veinte años, unos con barba larga y otros que solo la
llevaban corta. Los criados y camelleros iban vestidos muy sencillamente, y algunos, solo
con una pieza de tela o una manta vieja.
Cuando las bestias estuvieron satisfechas y encerradas, ellos también bebieron, y
entonces encendieron lumbre entre los cobertizos donde se habían instalado. La madera
para el fuego consistía en astillas de dos pies y medio de largas que la pobre gente de esta
comarca había traído en hatos muy bien arreglados, como si los tuvieran preparados de
antemano para los viajeros. Los Reyes prepararon una hoguera triangular, pusieron astillas
en torno a la cumbre y dejaron a un lado una abertura para dejar pasar el aire; estaba muy
bien hecha. No sé exactamente cómo hicieron fuego, pero vi que uno hizo girar un ratito
una madera dentro de otra, como en una caja, y que enseguida salió ardiendo; encendieron
lumbre así y vi que mataron y asaron algunas aves.
Los tres Reyes Magos y los más ancianos, cada uno en su tribu hacían de cabeza de
familia, trinchaban y distribuían la comida. Ponían las aves ya troceadas y panecillos en
conchas o platitos con patitas, y se los daban a los demás; también llenaron las jarras y
dieron de beber a todos.
Los criados inferiores, entre los que había negros, estaban al lado, encima de una
colcha puesta en el suelo; esperaban con mucha paciencia y también recibieron su ración.
Creo que son esclavos.
¡Qué conmovedora es la buena voluntad y la sencillez infantil de estos queridos
Reyes! Daban a los que iban con ellos de todo lo que tenían, les sostenían los vasos de oro
en la boca y los hacían beber como a los niños. Hoy aprendí mucho sobre los Reyes Magos y también el nombre de sus países y
ciudades, pero en mi situación tan molesta y desvalida casi lo he vuelto a olvidar todo. Diré
lo que se:
Mensor, el atezado, era caldeo y su ciudad, que se llama algo así como Acayaya,
está rodeada por un río como una isla2
.
Mensor estaba siempre en el campo con sus rebaños. Seir, el de color castaño, ya
estaba con él en Navidad, listo para viajar en caravana. Me acuerdo bien que el nombre de
su país sonaba como Parzermo [quizá Parziene o Parzomaspe, mal pronunciado]. Un poco
más arriba de este país hay un lago. Solo él y su tribu eran muy morenos y de labios rojos;
todos los demás a su alrededor eran blancos; su país solo era un lugar, pero tan grande
como Münster.
Zeokeno, el blanco, era de Media, un país que aún está más arriba y más lejos,
encajado como una pieza entre dos mares. Vivía en su ciudad cuyo nombre he olvidado,
hecha con tiendas de campaña puestas sobre fundamentos de piedra. Siempre pienso que
Zeokeno, que era el más rico y el más apartado de los tres, hubiera tenido camino directo a
Belén, y ha tenido que dar un rodeo para viajar con los otros pues creo que casi ha tenido
que pasar junto a Babilonia para llegar hasta ellos.
Del campamento donde vivía Mensor el atezado, al de Seir, el de color castaño,
había tres jornadas de viaje de doce horas cada una, y Zeokeno estaba a cinco de tales
jornadas. Mensor y Seir ya estaban juntos en el campamento del primero cuando vieron la
visión del nacimiento de Jesús en las estrellas, y al día siguiente salieron de viaje con sus
caravanas.
Zeokeno, el blanco, vio esta misma visión en su casa y se apresuró con gran
diligencia a encontrarse con los otros dos en la ciudad destruida. He sabido la longitud de
su viaje a Belén, pero la he vuelto a olvidar en parte; lo que recuerdo aproximadamente es
que su camino era de 700 y pico horas, y en el pico entra el 6. Habían calculado 60 jornadas
de viaje a doce horas cada una, pero el viaje solo duró 33 días a causa de la gran velocidad
de sus monturas y porque a menudo viajaban día y noche.
La estrella que los guiaba era exactamente como una bola redonda; tenía como una
boca por la que derramaba luz a torrentes [esta expresión debe guardar relación conque Ana
Catalina ve a menudo brotar luz de la boca del Señor y de los santos].
Para mí era siempre como si una aparición llevara de la mano flotando esta bola con
un hilo de luz. De día la veía delante de ellos como un cuerpo luminoso más claro que el
día. Cuando contemplaba su camino desde lejos, me parecía asombrosa la velocidad de la
caravana, pero estos animales tienen un paso tan igual y tan ligero que la caravana avanza
tan rápida y ordenadamente como el vuelo de una bandada de aves.
La situación de los países de los tres Reyes Magos forma un triángulo entre sí.
Mensor el atezado, y Sair el castaño vivían casi juntos, pero Zeokeno, el más blanco, vivía
más lejos.
Creo que ya han pasado por Caldea, donde en una ocasión vi el jardín cerrado
dentro de un templo. La lejana ciudad de Zeokeno solo es de piedra en su parte más baja,
sobre el suelo, pero de ahí para arriba el resto es de tienda de campaña. Tiene también agua
alrededor. Me parece tan grande como Münster.
Cuando la caravana terminó su descanso a eso del anochecer, la gente que se les
había añadido les ayudó a cargar los animales, y se llevó a rastras todo lo que dejaron.
Empezaba a anochecer cuando partieron. Se veía la estrella, que hoy tenía un color rojizo,
como la luna en tiempo ventoso, y una larga cola de luz pálida.
Durante un rato fueron andando al lado de sus animales a pie y con la cabeza
descubierta; estaban rezando. El camino aquí era tal que no se podía ir muy deprisa;
después, cuando se hizo llano, subieron a los animales, que tenían un paso muy rápido. A
veces iban despacio y entonces cantaban todos, insólitamente conmovedores en la noche. [Descanso corto. Llegan a la comarca de los tejedores de algodón. Se lo anuncian al
rey de Causur, a 36 horas de la ciudad destruida. Cuentan la razón de su viaje y él promete
colaborar al regreso. Varias cosas de los antepasados de los tres Reyes y de su esperanza de
la estrella de Jacob. Balaam. Las sibilas. La escala de Jacob. Ídolos. Sacrificios humanos.
Observadores de las estrellas santos y no tan santos.]
[29 de noviembre a 2 de diciembre:]
La noche del jueves al viernes, 29 al 30 de noviembre, estuve de nuevo con la
caravana de los Reyes; nunca podría decir bastante lo que me edifican el orden, la alegría y
el piadoso entusiasmo con que hacen todo.
Toda la noche seguimos detrás de la estrella, que aquí toca la tierra con su larga
cola. Estos buenos hombres la miran siempre con paz y alegría y hablan entre ellos desde
sus monturas. A veces se alternan cantando frases cortas. Su forma de cantar es muy lenta y
conmovedora, ora muy alta, ora grave. Suena muy conmovedora en la noche serena, y
siento en mí todo lo que cantan. ¡Y qué orden más bonito tiene la caravana! Siempre va
delante un gran camello con arcas a ambos lados de la joroba. Sobre ella extienden grandes
alfombras, y encima se sienta el jeque con un venablo y un saco al costado. Luego siguen
animales más pequeños, parecidos a caballos o burros grandes, que llevan encima entre
paquetes a los hombres de este jeque. A continuación sigue otro notable a camello y así
sucesivamente.
Estas bestias pisan muy silenciosamente con pasos grandes y apoyan el pie como si
no quisieran romper nada. Su cuerpo va muy tranquilo, como muerto, como si solo lo le
llevaran los pies, y en consecuencia llevan la cabeza muy quieta al final de su largo cuello.
Esta gente también lo hace todo así, como si no pensara en ello. Todo pasa tan suave y
dulcemente como en un sueño tranquilo.
Entonces tuve otra vez una meditación muy bonita: Esta buena gente todavía no
conoce al Señor y sin embargo van a él tan amistosos, ordenados y elegantes, y en cambio
nosotros, a quienes ha salvado y nos ha cubierto con montones de gracias, qué
desordenadas, confusas e irreverentes hacemos nuestras procesiones.
Pienso que la región por la que vamos esta noche bien pudiera ser la comarca entre
Atom, residencia de Azarías y el castillo de aquellos idólatras donde vi a Jesús en su viaje
de Arabia a Egipto al final de su tercer año de predicación.
El viernes 30 de noviembre la caravana se detuvo de noche junto a una fuente. Un
hombre de una de las cabañas cercanas les abrió la fuente. Abrevaron a los animales y se
refrescaron con un corto descanso, pero sin descargar los bultos.
El sábado 1.°
de diciembre, la caravana de los Reyes, que ayer iba cuesta arriba,
marchaba ahora por una altiplanicie. Tenían montañas a su derecha y cuando se acercaron a
ellas, allí donde el camino vuelve a bajar, me pareció que en esta comarca las viviendas
están muchas veces junto al camino, y que entre ellas hay árboles y fuentes. Me pareció que
era la comarca de aquella gente que vi hilar y tejer algodón el año pasado y también
recientemente. Tendían los hilos entre los árboles y con ellos tejían mantas anchas.
Adoraban estatuas de bueyes y dieron voluntariamente alimentos a la numerosa
turba que seguía la caravana de los Reyes, pero me sorprendió que no volvieran a usar los
platos en que comieron los menesterosos.
El domingo 2 de diciembre vi a los Reyes Magos cerca de una ciudad cuyo nombre
creo recordar que suena como Causur. La ciudad está formada por tiendas plantadas sobre
fundamentos de piedra y en ella residen los reyes a quienes pertenece esta ciudad, cuyo
castillo, también hecho de tiendas, está a poca distancia.
Desde que los Reyes se reunieron en la ciudad en ruinas hasta aquí han hecho 53 ó
63 horas de camino. Le contaron al rey de Causur todo lo que habían visto en las estrellas;
se quedó muy asombrado y miró por un tubo la estrella que les guiaba, en la que vio un
niño pequeño con una cruz.
Entonces les rogó que le informaran de todo a su regreso, porque también quería
levantar altares al niño y hacerle ofrendas. Tengo curiosidad por saber si mantendrá su
promesa cuando vuelvan los Reyes. Les oí hablar con él y contarle cómo se había ido
instituyendo la observación de las estrellas, de lo que todavía recuerdo lo siguiente: Los antepasados remotos de los Reyes proceden de Job, que entonces vivía en el
Cáucaso y que tenía además otros pedazos de tierra más alejados; unos 1.500 años antes del
nacimiento de Cristo, eran solamente un linaje. El profeta Balaam era de su comarca, y uno
de sus discípulos difundió allí mismo su profecía de que se alzaría una estrella de Jacob, y
enseñó sobre ella. Esta enseñanza tuvo allí mucha acogida y construyeron una torre alta en
una montaña, en la que vivían alternativamente muchos sabios y astrónomos. He visto la
torre, que era como una montaña, ancha abajo y con punta arriba, y vi también los agujeros
que tenía por dentro en la parte habitada.
Todo lo que distinguían en las estrellas lo anotaban y se lo enseñaban de palabra
unos a otros. La observación se interrumpió varias veces por diversos acontecimientos y
más adelante cayeron en la cruel idolatría de sacrificar niños para que llegara pronto el
Niño de la Promesa.
Unos 500 años antes de ahora, es decir, antes del nacimiento de Cristo, volvió a
interrumpirse la observación de las estrellas. Por aquel entonces la estirpe se componía de
las tres tribus de tres hermanos que vivían separados con sus descendientes. Los tres
hermanos tenían tres hijas a las que Dios dio espíritu profético, y que inmediatamente se
pusieron a recorrer el país envueltas en largos mantos, profetizando y enseñando acerca de
la estrella y del niño de Jacob. Entonces las tres tribus renovaron vigorosamente la
observación de las estrellas y sus ansias de que viniera el niño. De estos tres hermanos de
hace 500 años proceden en línea directa los Tres Reyes a través de 15 generaciones, pero al
mezclarse con otras estirpes tienen ahora distinto color de piel.
Desde hace 500 años hasta hoy, siempre se han venido reuniendo algunos
predecesores de estos Reyes en un edificio común para observar las estrellas, y según los
distintos indicios que recibían, modificaban su culto y su templo.
Desgraciadamente mantuvieron todavía mucho tiempo los sacrificios humanos y de
niños. Todas las cosas notables y los tiempos relativas a la aproximación del Mesías les
fueron indicados con visiones maravillosas en el aspecto de las constelaciones. Yo misma
he visto muchas durante su narración, pero no soy capaz de repetirlas claramente. Desde la
concepción de María, es decir, hace 15 años, estos cuadros indicaban cada vez con mayor
precisión que el niño se acercaba y últimamente habían visto muchas cosas que indicaban la
Pasión de Cristo.
Pudieron calcular muy bien la llegada de la estrella de Jacob que había profetizado
Balaam [Nm 24, 17] porque habían visto la escala de Jacob y pudieron calcular
exactamente la cercanía de la salvación como en un calendario por el número de escalones
y la sucesión de imágenes que aparecían en ellos. Al final, la escala llevaba a la estrella, o
era la última imagen que tenía encima. Veían la escala de Jacob como un tronco en torno al
cual estaban en espiga tres series de brotes que mostraban una serie de cuadros cuya
perfección veían en la estrella; por eso sabían exactamente cada vez qué cuadro sería el
siguiente y, según los intervalos, lo que tardaría.
En la época de la concepción de María habían visto la doncella con el cetro y la
balanza en equilibrio en la que había trigo y uvas. Algo más abajo vieron a la Virgen con el
niño. Vieron a Belén como un bonito castillo, una casa donde se concentraba y se repartía
mucha bendición, y allí dentro a la Virgen con el niño rodeado de gran resplandor y
muchos Reyes que se inclinaban ante él y le hacían ofrendas. Vieron también la Jerusalén
celestial, y entre aquella casa y ésta, una vía oscura llena de espinas, de lucha y de sangre.
Todo esto lo tenían por cosas reales [y no simbólicas]. Pensaban que el rey habría
nacido en gran pompa y que todos los pueblos se inclinaban ante él; por eso ellos acudían
también con sus regalos. Creían que la Jerusalén celestial sería el reino del niño en la Tierra
y que ellos llegarían allí. Suponían que el camino oscuro sería su viaje hasta allí, o que una
guerra amenazaba al rey. No sabían que significaba el vía crucis.
Debajo de la escala vieron, y yo también, una torre artificial del estilo de la que veo
en la Montaña de los Profetas. Vieron también que una vez, durante una tormenta, la
doncella huyó por un pórtico a la torre, que tenía muchas entradas, pero ya no sé qué
significaba esto. [Quizá era la huida a Egipto]. En esta escala de Jacob había una larga serie
de imágenes y entre otras, muchas prefiguraciones de la Santísima Virgen como las que
vienen en la letanía lauretana: la fuente sellada y el huerto cerrado. También vieron en esta
escala las imágenes de unos Reyes que se pasaban el cetro y otros que se ramificaban.
A medida que se iban cumpliendo, los cuadros entraban uno tras otro en la estrella.
Las últimas tres noches vieron estos cuadros continuamente y entonces el principal de ellos
envió mensajes a los otros y cuando vieron el cuadro de los reyes que hacían ofrendas al
niño recién nacido se pusieron en camino con sus ricos dones, pues no querían ser los
últimos.
Todos los clanes de servidores de las estrellas habían visto la estrella, pero solo
éstos la siguieron; la estrella que llevaban delante no era un cometa, sino un resplandor
brillante que llevaba un ángel. De día, ellos seguían al ángel.
Por todo ello iban tan esperanzados, y se asombraron tanto después al no encontrar
nada. ¡Qué desconcertados se quedaron con la acogida de Herodes y conque nadie supiera
estas cosas! Pero cuando llegaron a Belén y en vez del soberbio castillo que habían visto en
la estrella, vieron una cueva desierta, les sobrecogió una gran duda. Sin embargo, siguieron
fieles a sus creencias, y al ver a Jesús se dieron cuenta que cumplía todo lo que habían visto
en las estrellas.
Sus observación de las estrellas estaba relacionadas con ayunos, oraciones y toda
clase de purificaciones y abstinencias. Las visiones no las conseguían observando una sola
estrella, sino el conjunto de posiciones de determinados astros. Por otra parte, el culto a las
estrellas ejercía mala influencia sobre la gente que tenía alguna relación con el mal; en sus
visiones, esta gente caía en convulsiones violentas, y por su culpa llegaron los penosos
sacrificios de niños; pero otros, como los Reyes Magos, veían las imágenes clara y
tranquilamente, con íntima dulzura, y se volvían cada vez mejores y más piadosos.
[Refuerzo de la caravana de los Reyes en Causur. Marchan campo a través.
Descansan en una fuente. La contemplativa acompaña su canto con su voz.]
[Del lunes 3 de diciembre al miércoles 5 de diciembre de 1821:]
Cuando los Reyes dejaron Causur vi que se les incorporó una importante caravana
de viajeros importantes que llevaban el mismo camino. Los días 3 y 4 de diciembre la
caravana avanzó campo a través. El día 5 descansaron junto a una fuente pero sin descargar
los animales; dieron pienso, abrevaron a los animales y luego se prepararon comida para
ellos.
[Personal: Estos últimos días, la bienaventurada Emmerick a menudo canta por las
tardes durante el sueño versos cortos de una forma extraña y sumamente conmovedora. Al
preguntarla el motivo de estas rimas contestó:]
—Canto con mis queridos Reyes, que cantan tan dulcemente coplas cortas, como
por ejemplo:
Queremos marchar por las montañas
y arrodillarnos ante el nuevo rey».
Los Reyes se alternan en inventar y cantar versos; empieza uno y todos los demás
repiten el verso que ha cantado; luego otro de los suyos canta otro verso y así prosiguen su
cabalgada cantando dulcísima y entrañablemente.
En el núcleo de la estrella, o más bien, en la bola de luz que va delante de ellos
indicando dónde ir, vi la aparición de un niño con una cruz. La bola de luz en la que habían
visto en las estrellas la aparición de la Virgen cuando el nacimiento de Jesús, se salió de
repente del cuadro y se puso a moverse silenciosamente.
[Ana Catalina contempla alternativamente los acontecimientos de la Cueva del
Pesebre de Belén y la caravana de los Reyes.]
[Isabel vuelve a Juta. Acerca de la criada de María. Comienza la Fiesta de la
Consagración del Templo, 25 de Casleu. El nacimiento de Cristo fue el 12 de Casleu.
Celebran el sabbat en la Cueva del Pesebre.]
[Miércoles 5 de diciembre al sábado 8 de diciembre de 1821.]
[Miércoles 5 de diciembre:]
María ha tenido una visión acerca de la aproximación de los Reyes Magos, cuando
éstos mientras descansaban en Causur. Vio también que querían erigir un altar al Niño. Se
lo contó a José y a Isabel y les dijo que hicieran el favor de despejar la Cueva del Pesebre y
prepararlo todo para recibir a los Reyes en el momento oportuno.
Los curiosos de los que María se escondió ayer en la otra cueva seguían por aquí, y
más en los últimos días. Hoy Isabel se vuelve de viaje a Juta; ha venido a buscarla un
criado.
[Jueves, 6 a 8 de diciembre:]
Estos días han estado más tranquilos; las más de las veces la Sagrada Familia ha
estado sola en la cueva y solo estaba con ellos la criada de María, una persona vigorosa de
unos treinta años, muy humilde y seria. Viuda sin hijos, era pariente de Ana, y ésta la había
dado refugio.
Su difunto marido había sido muy duro con ella porque iba demasiado con los
esenios, pues era muy piadosa y esperaba la salvación de Israel. Esto le encolerizaba, lo
mismo que muchos hombres malos de ahora se encolerizan cuando sus mujeres van
demasiado a la iglesia. El marido, que la había abandonado, ya ha muerto.
La chusma impertinente que mendigaba con tantos insultos y blasfemias ya no
volvió los últimos días; eran mendigos que iban a Jerusalén a la Fiesta de la Consagración
del Templo de los Macabeos, fiesta que empieza propiamente el 25 del mes de Casleu, pero
como el año que nació Jesús cayó en el viernes 7 de diciembre, día en que empezaba el
sabbat, la trasladaron a la tarde del sábado 8 de diciembre, 26 de Casleu. La fiesta duraba
ocho días3
.
José celebró el sabbat bajo la lámpara en la Cueva del Pesebre, con María y la
criada. La Fiesta de la Consagración del Templo empezó el sábado al anochecer. José puso
faroles en tres lugares de la cueva y encendió siete candelillas en cada uno. Ahora hay
tranquilidad pues muchas visitas se han ido de viaje a la fiesta. Hasta ahora, la cuidadora
que vendó al niño viene diariamente a ver a María. De vez en cuando, Ana manda
mensajeros con regalos y para recibir noticias.
Las mujeres judías no amamantan mucho tiempo a sus niños sin darles además otro
alimento, y también Jesús recibió desde los primeros días una papilla de molla de caña, que
es ligera, dulce y nutritiva.
Por el día el asno está casi siempre fuera en el prado y solo está en la cueva por la
noche. [Un criado trae regalos de la madre Ana: tela para un ceñidor, fruta y flores. La
caravana de los Reyes Magos en las montañas donde las piedras tienen forma de concha.
Comarca donde se asentarán en el futuro.]
[Domingo 9 de diciembre:]
Ayer, sábado 9, la cuidadora ya no vino a la cueva. José fija en la pared las
candelillas al anochecer y por la mañana. Desde que empezó la fiesta en Jerusalén, aquí hay
mucha tranquilidad.
[Lunes 10 de diciembre:]
Hoy llegó un criado de Ana que trajo a la Santísima Virgen, además de más enseres,
labores femeninas para un ceñidor y una maravillosa cestilla llena de frutas que tenía por
encima capullos de rosas frescas pinchadas en las frutas. La cestilla era estrecha y alta y las
rosas no eran del color de las nuestras, sino más pálidas, casi color carne, así como también
amarillas y blancas, grandes y llenas; las había también con capullos. María pareció muy
contenta con ellas y puso la canastilla a su lado. Estos últimos días he visto muchas veces la caravana de los Reyes. El camino era
montañoso; pasaban por esa montaña donde muchas veces hay piedras en foma de concha,
como si fueran cacharros rotos. Me gustaría tener alguna pues ¡son de una lisura tan bonita!
También hay mucha arena blanca y montes donde las piedras son blancas y transparentes
como huevos de pájaros.
Ahora los estoy viendo en la comarca donde después se fueron a vivir, y donde
Jesús los visitó el tercer año de su predicación. No estaban en la ciudad de tiendas porque
todavía no existía. [Se acerca la visita de Ana. Distribuye sus rebaños. Se acerca otra fiesta. Un
sacerdote con José.]
[Martes 11 al jueves 13 de diciembre:]
Para mí que a José le gustaría que, después de la purificación de María, ella quisiera
vivir con él en Belén. Me parece que ha ido a mirar una vivienda. Hace tres días estuvo en
la Cueva del Pesebre bastante gente importante de Belén que ahora tendría mucho gusto en
recibirlos en su casa; María se escondió en la cueva lateral y José declinó el ofrecimiento.
Ana pronto visitará a la Santísima Virgen. Ha estado muy ocupada en los últimos
tiempos, pues ha vuelto a repartir sus rebaños con los pobres y el Templo. La Sagrada
Familia siempre reparte todo. Ahora siguen celebrando mañana y tarde la Fiesta de la
Consagración del Templo. El día 13 tiene que haber otra fiesta.
En Jerusalén lo están cambiando todo para la fiesta y en muchas casas han cerrado
las ventanas y han puesto cortinajes.
En la cueva vi a José con un sacerdote que tenía un rollo; ambos rezaban a la vez
junto a la mesita adornada en rojo y blanco; era como si quisiera ver si José guardaba la
fiesta, o como si le anunciara la nueva fiesta.
Estos últimos días la cueva ha estado tranquila y sin visitas. [Concluye la Fiesta de la Consagración del Templo. Ana envía comestibles. José
ordena las cosas para las visitas de Ana y de los Reyes. Caravana de los Reyes. Llegan a
una ciudad de la Tierra Prometida y pasan el Arnón.]
[Viernes 14 a miércoles 18 de diciembre:]
Con el sabbat también concluyó la Fiesta de la Consagración del Templo y José ya
no puso más candelillas. El domingo día 16 y el lunes 17 volvieron a la cueva otra vez
algunos indigentes de la comarca y también se dejaron sentir a la puerta los pedigüeños
desvergonzados: era que la gente estaba volviendo de la fiesta.
El día 17 vinieron dos personas con comestibles y cacharros de parte de Ana. Pero
María es aún mucho más rápida que yo para repartir, y enseguida lo regaló todo. Vi
también que José empezó a ordenar y limpiar muchas cosas de la Cueva del Pesebre, la
cueva contigua y la tumba de Maraha, y que también ha metido provisiones dentro.
Esperaban la visita de Ana y, según las visiones de María, esperaban pronto la llegada de
los Reyes Magos. A última hora de la tarde de hoy vi que la caravana de los Reyes llegó a una ciudad
pequeña y diseminada. Muchas casas estaban valladas con setos altos y cerrados; me
pareció que éste era el primer pueblo judío. Los Reyes estaban aquí justo en línea recta a
Belén, pero se desviaron a la derecha, posiblemente porque no hay carretera por otro sitio.
Cuando llegaron a este lugar se pusieron muy contentos y empezaron a cantar muy bien y
muy alto, pues aquí la estrella brillaba extraordinariamente clara y era como un claro de
luna a cuya luz se podían ver claramente las sombras. Sin embargo, parecía como si los
habitantes no la vieran o no le dieran especial importancia.
Por lo demás, la gente era buena y sumamente servicial. Algunos viajeros se
apearon y los habitantes les ayudaron a abrevar los animales. Me acordé de los tiempos de
Abraham, cuando todos los humanos eran tan buenos y serviciales. Muchos habitantes
guiaron la caravana por la ciudad llevando ramas y fueron un trecho con ellos. No siempre
vi lucir la estrella delante de ellos, pues a veces estaba muy oscura; era como si brillara más
donde vivía buena gente. Cuando los viajeros la veían brillar con mucha claridad en alguna
parte se emocionaban mucho y creían que quizá estaría allí el Mesías. Hoy por la mañana pasaron sin detenerse en torno a una ciudad oscura y neblinosa,
y de allí al cabo de un rato atravesaron un río que vierte en el Mar Muerto [¿el Arnón?]; en
estos dos últimos lugares se quedó mucha de la turba que se les había añadido. En uno de
ellos tuve la impresión de que alguien había huido allí en el curso de una contienda que
hubo antes del gobierno de Salomón. Hoy por la mañana pasaron el río y entonces llegaron
a una buena carretera. [Llegada a Manacea. Promesa de la estrella a sus antepasados, también en Egipto.
Longitud del viaje. Malas intenciones de los habitantes de aquí. Se quedan dos días.]
[Miércoles 19 a viernes 21 de diciembre:]
[Miércoles 19:]
Hoy al anochecer vi que la caravana de los Reyes tenía unas doscientas personas,
pues su generosidad les había atraído mucha turba. Desde este lado del río que acababa de
pasar, la caravana se acercó por oriente a una ciudad por cuyo borde occidental pasó Jesús
sin entrar en ella el 31 de julio de su segundo año de predicación. El nombre de la ciudad
suena como Manacea, Metanea, Medana o Madián5
.
Aquí vivían mezclados judíos y paganos; era mala gente y no querían dejar pasar la
caravana aunque la carretera atraviesa el pueblo. Llevaron la caravana a un recinto murado
justo al lado oriental de la ciudad, en el que había establos y cobertizos. Allí alzaron los
Reyes sus tiendas, abrevaron, dieron pienso a sus animales e hicieron su comida.
El jueves 20 y viernes 21 vi que los Reyes descansaron aquí, pero estaban muy
acongojados porque al igual que en la ciudad anterior, nadie quería saber nada del rey
recién nacido, pese a que los oí contar muy cordialmente a los habitantes muchas cosas
sobre las causas de su viaje, la longitud del trayecto y todas sus circunstancias, de lo cual
recuerdo lo siguiente:
Tenían el anuncio del Rey recién nacido desde mucho tiempo atrás; creo que tuvo
que haber sido no mucho después de Job pero antes que Abraham fuera a Egipto, pues una
hueste de 3.000 medos del país de Job (pero que también vivían en otras comarcas) hicieron
una incursión en Egipto hasta la comarca de Heliópolis. Ya no sé exactamente por qué
penetraron tan profundamente, pero era una expedición guerrera y creo que venían a ayudar
a alguien. Sin embargo no les fue bien porque iban contra algo santo; ya no sé si es que
iban contra hombres santos o contra un misterio religioso relativo al cumplimiento de la
Promesa.
Entonces, en la comarca de Heliópolis, varios de los jefes medos tuvieron
simultáneamente una revelación: se les apareció un ángel que les impidió seguir adelante y
les anunció que sus descendientes venerarían a un Salvador que nacería de una virgen.
Ya no sé cómo ocurrió pero no avanzaron más sino que volvieran a casa a observar
las estrellas. Los medos hicieron una alegre fiesta en Egipto, construyeron arcos de triunfo
y altares, los adornaron con flores y se volvieron a casa.
Eran servidores de las estrellas, gente de Media extraordinariamente alta, casi una
especie de gigantes, de porte muy noble y bonito color de piel castaño amarillento. Iban con
sus rebaños de un lugar a otro y con su gran poder dominaban lo que querían.
Ya he olvidado el nombre del que tenían por profeta principal; tenían muchas
profecías y veían toda clase de signos en los animales. Muchas veces se les ponían de
repente en el camino de sus caravanas un animal que estiraba la pata y que antes se dejaban
matar que quitarse del camino. Para los medos esto era un signo y se apartaban del camino.
Los Reyes Magos contaban que fueron estos medos quienes a su regreso de Egipto
trajeron por primera vez la profecía y entonces empezaron a observar los astros. Cuando
decayó, la renovó un alumno de Bileam [sic] y mil años después la volvieron a renovar las
tres profetisas hijas de los tres jeques. Quinientos años después, es decir, ahora [en la época
del nacimiento de Cristo] la estrella había venido y ellos la seguían para adorar al rey recién
nacido.
Todo esto lo contaban los Reyes a sus curiosos oyentes con la mayor ingenuidad y
honradez, y se quedaron muy turbados de que éstos no parecieran creer lo que sus
antepasados habían esperado con tanta paciencia desde hacía dos mil años.
Este anochecer la estrella estaba cubierta de niebla, pero cuando se hizo de noche
volvió a aparecer tan clara y grande entre las nubes que se retiraban, como si estuviera muy
cerca de la tierra, que salieron corriendo de su campamento a despertar a los habitantes de
los contornos para enseñársela. La gente miraba fijamente al cielo, maravillada y un poco
conmovida pero muchos se enfadaron con los Reyes y la mayoría solo buscaba la forma de
aprovecharse como fuera de su generosidad.
Les oí contar la distancia a la que estaban ahora del punto donde se habían reunido;
contaban por jornadas a pie, calculadas a 12 horas, pero como iban montados en sus
cabalgaduras, que eran dromedarios, que corren más rápidos que los caballos, contaban
cada día a 36 horas, incluyendo la noche y las horas de descanso. Así, el rey más alejado
pudo hacer en solo dos días 5 veces 12 horas hasta el punto de reunión, y los menos
alejados hicieron 3 veces 12 horas en un día y una noche.
Desde el punto de reunión hasta aquí habían hecho 672 horas y para ello
necesitaron, descansos incluidos, 25 días con sus noches desde el día del nacimiento de
Jesús hasta ahora.
[Jueves 20 y viernes 21 de diciembre:]
La caravana de los Reyes descansó aquí estos dos días y estuve escuchando sus
conversaciones. La tarde del viernes 21, los Reyes se despidieron y se dispusieron a partir,
justo en el momento en que los judíos que vivían aquí empezaban el sabbat y pasaban a
Poniente por un puente que atraviesa un arroyo, en dirección a la sinagoga de un pueblecito
judío.
Cuando la estrella que guiaba a los Reyes era visible, los habitantes a veces la
miraban y manifestaban gran admiración, pero no por ello se volvían más devotos. Estos
seres impertinentes y desvergonzados molestaban a los Reyes Magos con sus exigencias
como enjambres de avispas, y los Reyes les repartían siempre con infinita paciencia
triangulitos amarillos como láminas de oro y también pepitas más oscuras. Tenían que ser
muy ricos.
Guiados por los habitantes, los Reyes salieron enseguida de los muros de esa
ciudad, en la que vi ídolos encima del templo. Pasaron el puente sobre el arroyo,
atravesaron el pueblo judío y luego prosiguieron a buen paso hacia el Jordán por una buena
carretera. Desde aquí a Jerusalén tenían todavía más de 24 horas. [José paga el segundo impuesto. Llegada de Ana. Alegría. Su criada. Regalos de
Ana. Generosidad de la Sagrada Familia. Después del sabbat, Ana se va con una hermana
suya más joven que vive en Benjamín.]
[Miércoles 19 de diciembre a sábado 22:]
Al atardecer del día 19 Ana viajó a Belén con su segundo marido y María Helí, una
criada, un criado y dos asnos, y pasaron la noche no lejos de Betania. Con los arreglos que
ha hecho en la Cueva del Pesebre y en la cueva de al lado, José está preparado para
acogerlos y para recibir a los Reyes, cuya llegada María vio en visión por primera vez
cuando aquellos todavía estaban en Causur. José y María se trasladaron con el Niño Jesús a
la otra cueva. La Cueva del Pesebre quedó ahora completamente despejada; solo habían
dejado en ella el asno y habían sacado hasta el fogón y el soporte para hacer la comida.
Que yo recuerde, José ya ha pagado el segundo impuesto hace algún tiempo. Ya
estaban otra vez con María muchos curiosos de Belén que venían a ver al Niño, quien se
dejaba tomar tranquilamente por algunos, pero se apartaba llorando de otros.
Vi a la Santísima Virgen tranquila en su nueva morada, que ahora estaba instalada
muy cómoda; su lecho estaba junto a la pared. El Niño Jesús está acostado a su lado en un
canasto alargado, tejido con cortezas anchas, que tiene capota por encima de la cabeza y
que descansa en un soporte en forma de horquilla. El lecho de María y el moisés de Jesús
estaban separados del resto de la habitación por un biombo de maderas entrecruzadas.
De día, si no quería estar sola, se sentaba delante del biombo con el niño al lado. El
lugar de reposo de José estaba también separado en un lado apartado de la cueva. En una
tabla que salía de la pared había una olla con una lámpara encendida dentro, situada a tal
altura que la luz alumbraba por las dos aberturas a los costados. Vi que José le trajo a la
Virgen una escudilla con algo para comer, una jarrita y agua.
[Jueves 20 de diciembre:]
Hoy al anochecer empezó un día de ayuno. Todas las comidas del día siguiente ya
estaban preparadas, el fuego estaba tapado, y las aberturas también estaban tapadas con
cortinas; todos los cacharros estaban recogidos a un lado. Los días 8 y 16 del mes de Thebet
son días de ayuno judíos. Ana ha llegado a la Cueva del Pesebre con su segundo marido, la
hija mayor de María [de Helí] y una criada.
Estos últimos días yo había visto a Ana de viaje; esta visita va a dormir en la Cueva
del Pesebre y por eso la Sagrada Familia se ha trasladado a la cueva de al lado, aunque ha
dejado allí el asno. Hoy he visto que María ha puesto a su madre el niñito en brazos y ésta
se ha emocionado profundamente. Ana ha traído colchas, paños y viandas.
La criada de Ana iba vestida muy rara: llevaba las trenzas dentro de una redecilla
que le cuelga hasta la cintura y la falda corta solo la llega a las rodillas. El corpiño, en
punta, está ceñido y ajustado en torno a las caderas y por arriba firmemente en torno al
pecho, de modo que se podría esconder algo allí detrás. Lleva colgando una cesta.
El viejo era muy tímido y humilde. Ana dormía donde había dormido Isabel, y
María la contó con gran recogimiento lo mismo que a aquella. Ana lloraba con la Santísima
Virgen y las dos se interrumpían para acariciar al Niño Jesús.
[Viernes 21 de diciembre:]
Hoy he vuelto a ver a la Santísima Virgen en la Cueva del Pesebre y a Jesusito
acostado otra vez en el pesebre. Cuando José y María están solos con él, los veo adorarlo
muchas veces; y ahora también vi así a la madre Ana y la Santísima Virgen, de pie junto a
la cuna, piadosamente inclinadas, mirando a Jesusito con mucha devoción y muy recogidas.
Ahora ya no sé exactamente si los acompañantes de Santa Ana dormían en las otras
cuevas o se habían vuelto a marchar; creo que se habían ido6
.
Hoy he visto que Ana había traído cosas para la madre y el niño, colchas y fajas. A
María ya le han dado mucho desde que está aquí, pero su entorno sigue estando pobre
porque enseguida vuelve a dar todo lo que no sea imprescindible. Oí que contó a Ana que
pronto vendrían los Reyes de Oriente y traerían grandes regalos que podrían despertar
admiración. Creo que cuando vengan los Reyes Magos, Ana se irá a casa de su hermana, a
tres horas de aquí, y volverá después.
[Sábado 22 de diciembre:]
Al concluir el sabbat al anochecer de hoy vi que Ana y sus acompañantes se
alejaron bastante de la Santísima Virgen, y fueron a tres horas de aquí a la tribu de
Benjamín, a ver a una hermana suya más pequeña que allí está casada. No sé el nombre de
la aldea, que solo consiste en unas casas y un campo, pero está a media hora del último
albergue de la Sagrada Familia en su viaje a Belén, donde vivían los parientes de José. Allí
pasaron la noche del 22 al 23 de noviembre. [Llegada a Jerusalén. Acogida en la ciudad. Avisan a Herodes, que está de fiesta.
Herodes se aconseja con los doctores de la Ley.]
[Sábado 22 de diciembre:]
A partir de Mazanea, esa noche la caravana de los Reyes fue más deprisa por una
carretera bien pavimentada. Ya no pasaron por ninguna ciudad y dejaron de lado todas las
aldeas en las que Jesús curó, enseñó y bendijo niños a fines de julio de su tercer año de
predicación. Una de éstas era Bezabara, donde llegaron a primera hora de la mañana al sitio
donde se pasa el Jordán. Como era sabbat, hoy encontraron muy poca gente por el camino. Hoy a primera hora, a eso de las 7, he visto pasar el Jordán la caravana de los Reyes.
Normalmente el río se pasa en una balsa de troncos, pero para las caravanas grandes
montan una especie de puente, cosa que suelen hacer por dinero los barqueros que viven en
la orilla. Pero como hoy no pueden trabajar porque es sabbat, los viajeros se ocuparon ellos
mismos de pasar en el pontón, y solo algunos criados paganos de los barqueros de la orilla,
echaron una mano y también recibieron su paga. Por aquí el Jordán no estaba muy ancho, y
además, estaba lleno de bancos de arena. Pusieron tablas encima de la balsa de troncos con
que se pasa habitualmente, y subieron los camellos en ella. Cada vez que pasaba parte de la
caravana a la otra orilla, el pontón regresaba a cargar más, y al cabo de un rato todos
llegaron felizmente al otro lado.
[Por la tarde, a eso de las cinco y media, dijo Ana Catalina:]
Han dejado Jericó a la derecha; iban derechos a Belén pero han torcido más a la
derecha hacia Jerusalén. Con ellos van más de cien personas. Ahora veo allí en la lejanía un
pueblo que me resulta conocido, ése que está al lado de un arroyo que viene de Jerusalén
que corre de Poniente a Oriente. Seguro que tienen que pasar por este pueblecito. Llevan un
rato con el riachuelo a la izquierda. Por este camino veo Jerusalén a ratos, pero de vez en
cuando desaparece, según suba o baje el camino.
[Más tarde dijo:]
Han dejado el pueblecito, no lo han atravesado, doblan a la derecha hacia Jerusalén. Al anochecer de hoy, sábado 22 de diciembre, cerca del final del sabbat vi llegar a
Jerusalén la caravana de los Reyes Magos. La ciudad está en alto y sus torres se recortan
contra el cielo. La estrella que los guiaba ha desaparecido casi del todo y solo brilla un poco
detrás de la ciudad. A medida que se acercaban a Jerusalén, los viajeros estaban cada vez
más desanimados, pues la estrella que llevaban delante no estaba nada clara y en Judea solo
la habían visto muy rara vez. Creían que iban a encontrar en todas partes mucha alegría y
solemnidades por la Salvación recién nacida por cuya causa venían desde tan lejos, pero
como nadie sabía una palabra en ninguna parte, estaban turbados e inseguros y creían que
tal vez se habrían equivocado por completo.
La caravana de más de 200 personas tenía más de un cuarto de hora de largo; en
Causur ya se les había agregado una caravana de gente importante, y más adelante otras
más. Los Reyes Magos iban sentados en dromedarios, camellos con dos jorobas, entre las
cuales había toda clase de paquetes; otros tres dromedarios estaban cargados con paquetes y
los camelleros iban sentados encima. Cada rey llevaba consigo cuatro de su linaje; reconocí
entre otros al hombre de Cuppes y a Azarías de Atom, que entonces eran jóvenes; a Azarías
lo vi más tarde hecho un padre de familia cuando el viaje de Jesús a Arabia. Aparte de estos
dromedarios, la mayoría del resto de la caravana montaba unas caballerías amarillentas, de
cabeza fina, muy rápidas, que no sé si eran asnos o caballos, pero que tenían aspecto muy
diferente de nuestros caballos. Los animales de los notables estaban muy bien
engualdrapados y enjaezados, y les colgaban toda clase de cadenitas doradas y estrellitas.
Unos del séquito fueron hasta la puerta y regresaron con inspectores y soldados. La
llegada de una caravana tan grande por esta carretera era muy insólita en esta época del
año, pues no era día de fiesta y tampoco llevaban ningún negocio. Los Reyes contaban por
qué venían a quienes les preguntaban: hablaron de las estrellas y del niño recién nacido.
Aquí nadie sabía del asunto y ellos se quedaron muy abatidos y ahora sí que creyeron que
se habían equivocado, pues no encontraban a nadie que pareciera saber de la Salvación del
mundo. Toda la gente les miraba muy asombrada y nadie podía entender qué querían.
Pero cuando los guardianes de la puerta vieron que daban amablemente importantes
limosnas a los pertinaces mendigos, y oyeron que buscaban alojamiento, que estaban
dispuestos a pagarlo espléndidamente y que también deseaban ver al rey Herodes, algunos
volvieron a la ciudad y hubo un variado trajín de idas y venidas, mensajes, informes y
aclaraciones en ambos sentidos.
Entretanto, los Reyes conversaban con la gente de toda clase que se había
congregado a su alrededor. Algunos sabían un rumor acerca de un niño que debía haber
nacido en Belén, pero éste no podía ser porque sus padres era gente pobre y común. Otros
se reían de ellos y, por lo que captaron de las medias palabras de la gente, los Reyes se
dieron cuenta que Herodes tampoco sabía una palabra del niño recién nacido y que en
general la gente no apreciaba. Entonces se abatieron aún más, pues les preocupaba cómo
exponer el asunto a Herodes. Pero en su congoja estaban tranquilos, rezaban para que se les
aumentaran los ánimos y se decían uno a otro:
—Quien nos ha sacado tan deprisa y nos ha guiado con la estrella, también nos
llevará felizmente a casa.
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