[Cómo fueron llamados los apóstoles a la muerte de María. Del estado de las
misiones donde fueron llamados. De sus obras y viajes. Los apóstoles fueron para Éfeso allí
donde les encontró la llamada. Muchas cosas sobre la figura de algunos apóstoles y
discípulos. Eficacia de las reliquias en estas contemplaciones.]
Algún tiempo antes de la muerte de la Santísima Virgen, cuando ella supo
interiormente que se acercaba el momento de reunificarse con su Dios, su Hijo y su
Salvador, rezó para que se la cumpliera lo que Jesús la prometió en casa de Lázaro en
Betania el día de su Ascensión al cielo. Se me mostró en espíritu que en aquella ocasión la
Virgen le suplicó no vivir mucho tiempo en este valle de lágrimas después de su Ascensión,
Él dijo en líneas generales los trabajos espirituales que todavía ejecutaría en la tierra hasta
su fin, y la reveló que por su oración, los apóstoles y varios discípulos estarían presentes en
su muerte, lo que les diría ella y cómo la bendecirían.
Vi también que en esa misma ocasión Jesús dijo a la inconsolable Magdalena que se
escondiese en el desierto, y a su hermana Marta que formase una comunidad de mujeres,
que Él siempre estaría con ellas.
Cuando la Santísima Virgen rezó para que vinieran los apóstoles a estar con ella, vi
que les anunciaron su llamada en muy diversos parajes del mundo, y todavía me acuerdo de
lo siguiente:
Los apóstoles ya habían erigido pequeñas iglesias en varias localidades donde
enseñaban, aunque algunas de ellas todavía no tenían las paredes de piedra, sino
sencillamente tejidas con ramas y revestidas de barro. Todas las que he visto tenían en su
parte trasera la misma forma semicircular o triangular que la casa de María en Éfeso y
dentro estaban los altares donde los apóstoles ofrecían el santo sacrificio de la Misa.
Unas apariciones llamaron a todos, incluso a los más alejados, a que se vinieran con
la Virgen. Por lo demás, los viajes de los apóstoles, indescriptiblemente largos, no ocurrían
sin cooperación de milagros del Señor. Creo que a menudo, quizá sin saberlo ellos mismos,
viajaban de manera sobrenatural, pues muchas veces los vi atravesar muchedumbres sin
que nadie pareciera verlos.
He visto los milagros de los apóstoles en distintos pueblos paganos y salvajes de
forma completamente distinta a los que conocemos de las Sagradas Escrituras; hacían
milagros por todas partes según las necesidades de la gente. Todos ellos llevaban en sus
viajes huesos de los profetas o de los mártires muertos en las primeras persecuciones, y los
tenían cerca en sus oraciones y misas.
Cuando a los apóstoles les llegó la llamada del Señor para que fueran a Éfeso,
Pedro, y según creo, también Matías, se encontraban en la comarca de Antioquía y Andrés,
que venía de Jerusalén donde había sufrido persecución, tampoco estaba lejos de él. He
visto caminar de noche por distintos lugares a Pedro y Andrés y sin embargo no dormían
muy lejos uno de otro. No estaban en una ciudad, sino que descansaban en unos albergues
públicos que hay en los caminos allí en los países cálidos. Pedro estaba recostado junto a
una pared y vi que se le acercaba un joven refulgente que le despertó tomándole de la mano
y le dijo que debía levantarse y apresurarse a ir con la Virgen, y que encontraría a Andrés
por el camino. Pedro, que ya estaba torpe a causa de la edad y la fatiga, se incorporó
apoyando las manos en las rodillas mientras escuchaba al ángel. Apenas desapareció la
aparición, se levantó, arregló su manto, se remangó la ropa en el cinturón, empuñó el
báculo y se puso en camino. Pronto encontró a Andrés, a quien había llamado la misma
aparición. En el camino se encontraron más adelante con Tadeo, a quien también se lo
habían dicho así. De este modo llegaron a casa de María, donde encontraron a Juan.
Santiago el Mayor, estrecho, de faz pálida y cabellos negros, llegó de España a
Jerusalén con varios discípulos y pasó algún tiempo en Sarona, cerca de Joppe, adonde le
llegó la llamada para Éfeso. Después de la muerte de María volvió a Jerusalén con otros
seis o siete y murió mártir. Su acusador se convirtió; Santiago le bautizó y murió
decapitado con él.
Judas Tadeo y Simón estaban en Persia cuando les llegó la llamada.
Tomás era de estatura rechoncha y tenía el pelo castaño rojizo; era el que estaba más
lejos y llegó después de la muerte de María. Le he visto cuando le avisó el ángel. Estaba
muy lejos, no en una ciudad, sino que rezaba en una choza de caña cuando el ángel le
ordenó partir para Éfeso. Lo he visto muy lejos; viajaba en una barquichuela sobre las
aguas solo con un criado muy simple, y luego por tierra sin tocar (según creo) en ninguna
ciudad. Con él venía también un discípulo.
Tomás estaba en la India, pero antes de esta llamada se había resuelto a viajar más
al norte, hacia Tartaria, y no podía decidirse a dejar de hacerlo. Tomás siempre quería hacer
demasiado y muchas veces llegaba demasiado tarde. Así que fue mucho más al norte, casi
más allá de China, donde ahora es Rusia. Entonces lo llamaron otra vez y se apresuró a ir a
Éfeso.
El criado que llevaba consigo era un tártaro que había bautizado. Más tarde este
hombre llegó a algo más pero lo he olvidado. Después de la muerte de María, Tomás no
volvió a Tartaria; lo mataron en la India de un lanzazo. En aquel país erigió una piedra en la
que rezaba y se arrodillaba y sobre la cual dejo impresas las huellas de sus rodillas. Dijo
que cuando el mar llegase hasta esa piedra, otro anunciaría allí a Jesucristo.
Juan había estado poco antes en Jericó y viajaba con frecuencia a la Tierra
Prometida aunque residía habitualmente en Éfeso y su comarca; en ella estaba cuando
también le llegó la llamada.
Bartolomé estaba en Asia, al este del Mar Rojo. Era diestro, bien parecido y de piel
blanca, tenía la frente alta, los ojos grandes, el pelo negro y rizado y una barbita partida,
negra y rizada. Acababa de convertir a un rey y su familia; lo vi todo y quiero contar cosas
de su época. Cuando volvió allí lo asesinó el hermano del rey.
He olvidado dónde llamaron a Santiago el Menor; era muy guapo y tenía gran
parecido con nuestro Señor, por lo que sus hermanos le llamaban el hermano del Señor .
Hoy he vuelto a ver que Mateo era hijo del primer matrimonio de Alfeo, quien lo
aportó al matrimonio cuando se casó en segundas nupcias con María, la hija de Cleofás.
He olvidado lo relativo a Andrés.
A Pablo no le avisaron; solo fueron avisados los que habían conocido a la Sagrada
Familia o eran parientes suyos. [Eficacia de las reliquias en estas contemplaciones.]
Entre las numerosas reliquias que poseo, tuve a mi lado en estas contemplaciones
las de Andrés, Bartolomé, Santiago el Mayor, Santiago el Menor, Tadeo, Simón, Cananeo,
Tomás y varios discípulos y santas mujeres. Todos se me acercaron para que los viera
mejor y más claramente y luego se metieron en el cuadro en el mismo orden en que
entraron a ver a María.
Tomás se me acercó también, pero no entró en el cuadro de la muerte de María,
pues estaba lejos y llegó demasiado tarde; era el que faltaba de los doce. Lo vi de camino
pero muy lejos de Éfeso.
También entraron en el cuadro cinco discípulos de los que recuerdo especialmente
bien a Simeón Justo y Bernabé, cuyos huesos están conmigo. De los otros tres, uno era
Eremensear, hijo de uno de los pastores de Belén, que acompañó a Jesús en el largo viaje
que hizo después de resucitar a Lázaro. Los otros dos eran de Jerusalén.
Vi que también entraron a ver a María la hermana mayor de la Santísima Virgen,
María Helí, y su hermanastra más joven, hija del segundo matrimonio de Ana. María Helí
(la mujer de Cleofás, madre de María Cleofás y abuela de los apóstoles Santiago el Menor,
Tadeo y Simón) tenía ya mucha edad pues era veinte años mayor que la Santísima Virgen.
Todas estas santas mujeres vivían en las cercanías, pues tiempo atrás habían huido de
Jerusalén a esta comarca a causa de la persecución. Algunas vivían en las cuevas de roca
que habían arreglado con zarzos para vivienda. [Muerte de la Santísima Virgen. Determinación del año de la muerte. María en su
lecho de muerte bendice a los apóstoles y a sus compañeras de casa. Encarga a Juan que
reparta sus vestidos. Los apóstoles se preparan para el servicio divino. Llega Santiago el
Mayor con tres discípulos y luego Felipe, que también recibe la bendición de María. Pedro
completa el sacrificio de la Misa y da el Santísimo Sacramento a los apóstoles. La
Santísima Virgen recibe el Santísimo Sacramento y la Extremaunción. Orden de los
apóstoles en estas santas ceremonias. Muerte de la Santísima Virgen. Visión de la entrada
de su alma en el Cielo. Los apóstoles se arrodillan rezando junto a su lecho.]
[El 14 de agosto de 1821 después de mediodía, la narradora dijo al Escritor:]
—Ahora quiero contar la muerte de la Santísima Virgen. ¡Si no me molestaran!
Diga usted a mis sobrinas que no deben interrumpirme, que hagan el favor de esperar un
poco en el gabinete.
[El Escritor lo hizo así y cuando regresó, le dijo:]
—Ahora, ¡cuéntame! —Pero ella dijo para sí, mirando absorta a lo lejos:]
—¿Dónde estoy? ¿es por la mañana o por la tarde?
—El Escritor le dijo:
—Tú querías contar la muerte de la Santísima Virgen.
—Aquí hay gente y están los apóstoles. Pregúntales tú mismo, tú estás mejor
educado que yo y puedes preguntarles mejor. Están haciendo el vía crucis y preparando el
sepulcro de la Santísima Virgen y otras cosas más. —Mira qué número, un palo, I, y luego una V juntos, ¿esto es cuatro, no? Luego de
nuevo una V y tres palos III ¿esto no es ocho? Esto no está escrito correctamente con
números de letras, pero yo los veo así como si fueran cifras, porque no entiendo los
números grandes que están en letras. Debe decir que el año de la muerte de la Santísima
Virgen fue el 48 después del nacimiento de Cristo.
Veo también una X y tres palos III y luego dos lunas llenas OO como las ponen en
los calendarios, lo que significa que la Santísima Virgen murió trece años y dos meses
después de la Ascensión de Cristo. Éste de ahora no es el mes de su muerte; creo que hace
ya dos meses que también vi este cuadro. ¡Ay, su muerte estuvo llena de tristeza y de
alegría! [Con este mismo estado de íntimo recogimiento, Ana Catalina narró a continuación
lo siguiente:]
Ayer a mediodía vi ya mucha preocupación y tristeza en casa de la Santísima
Virgen. Su doncella estaba atribulada al máximo, se tiraba por los rincones de la casa o se
ponía de rodillas delante de la casa a rezar llorando con los brazos en cruz.
La Santísima Virgen descansaba en su celda, tranquila y como moribunda. Estaba
totalmente envuelta, incluso por encima de los brazos, con un saco de dormir blanco como
los que describí que usaban para acostarse en casa de Isabel, cuando la Visitación.
Tenía el velo recogido sobre su frente en dobleces transversales, y para hablar con
hombres lo dejaba caer sobre su rostro; cuando no estaba sola se tapaba hasta las manos.
En los últimos tiempos no vi que tomara nada sino de vez en cuando una cucharita
de zumo que su doncella exprimía en el taburete junto a su lecho de una fruta parecida a las
uvas, compuesta de bayas amarillas. Por la tarde, cuando la Santísima Virgen supo que se
acercaba su fin, quiso bendecir y despedirse de todos los presentes: apóstoles, discípulos y
mujeres, según la voluntad de Jesús.
Su celda dormitorio estaba abierta por todas partes y ella estaba sentada incorporada
en su lecho, blanca, resplandeciente y como transida de luz. La Santísima Virgen oraba y
bendecía a cada uno con las manos cruzadas mientras le tocaba la frente. Luego habló a
todos y, en resumen, hizo lo que Jesús la había mandado en Betania.
Cuando Pedro se acercó a verla, vi que llevaba en la mano un rollo de Escrituras.
María le dijo a Juan lo que se debía hacer con su cuerpo y cómo debía repartir sus vestidos
entre su criada y una pobre doncella de la comarca que a veces venía a servirla. A
continuación la Santísima Virgen señaló el tabique de madera enfrente de su lecho y vi que
su doncella fue allí, abrió el mamparo y lo volvió a cerrar. Entonces vi todos los trajes de la
Virgen, como contaré más tarde. Después de los apóstoles se acercaron al lecho de la Virgen los discípulos presentes,
que recibieron la misma bendición que aquéllos. A continuación, los hombres pasaron otra
vez a la parte delantera de la casa y se prepararon para el servicio divino, mientras las
mujeres presentes se acercaban al lecho de la Santísima Virgen, se arrodillaban y recibían
su bendición; vi que abrazó a una que se inclinó hacia ella.
Mientras tanto habían preparado el altar y los apóstoles se revistieron para el
servicio divino con sus largas vestiduras blancas y el ancho cinturón con letras. Cinco de
ellos, que habían estado preparando la Misa tal como la vi por primera vez después de la
Ascensión en la nueva iglesia de la piscina de Betesda, se pusieron los preciosos
ornamentos sacerdotales. El manto sacerdotal de Pedro, que celebraba el santo sacrificio,
era muy largo por detrás, aunque no arrastraba; por debajo debía tener por dentro algo
como un aro, pues vi que el manto se separaba, amplio y redondo.
Todavía estaban ocupados vistiéndose cuando llegó Santiago el Mayor con tres
compañeros de viaje. Había salido de España con Timón el diácono, pero al pasar por
Roma se habían encontrado con Eremeansar y otro más en el lado de acá de aquella ciudad.
Los presentes, que estaban a punto de acercarse al altar, le dieron la bienvenida con
solemne gravedad y le dijeron con pocas palabras que pasara a ver a la Santísima Virgen.
Les lavaron los pies y ellos se arreglaron la ropa y todavía en traje de viaje pasaron a verla.
Recibieron su bendición lo mismo que los demás, primero Santiago solo y luego sus tres
acompañantes juntos. Después Santiago fue también a celebrar el servicio divino.
Ya estaba éste algo avanzado cuando llegó de Egipto Felipe con un acompañante.
Pasó inmediatamente a ver a la Madre del Señor, recibió su bendición y prorrumpió en
llanto.
Entretanto, Pedro había terminado el santo sacrificio. Había consagrado y recibido
el cuerpo del Señor y se lo había dado a los apóstoles y discípulos presentes. La Santísima
Virgen no podía ver el altar, pero durante el santo sacrificio estuvo sentada, incorporada en
la cama con profundo y constante recogimiento. Después que Pedro comulgó, dio el Santísimo Sacramento a todos los apóstoles y
luego le llevó a la Santísima Virgen la comunión y la extremaunción. Todos los apóstoles le
acompañaron solemnemente. Tadeo iba delante con el incensario humeante, Pedro llevaba
el Santísimo Sacramento junto al pecho en el recipiente en forma de cruz del que he
hablado antes y Juan le seguía con un platito en el que estaban el cáliz con la santa sangre y
algunas cajitas. El cáliz era pequeño, blanco, grueso y como fundido. Su tallo era tan corto
que solo se podía agarrar con dos dedos, tenía tapadera y por lo demás era de la forma del
cáliz de la Última Cena.
En el rincón del oratorio que estaba junto al lecho de la Santísima Virgen, los
apóstoles habían preparado un altarcito delante de la cruz. La doncella había traído una
mesa que ellos revistieron de rojo y blanco en la que ardían luces, creo que cirios y
lámparas. La Santísima Virgen descansaba sobre su espalda, tranquila y pálida. Miraba
arriba constantemente, no hablaba con nadie y estaba como en arrobo permanente.
Centelleaba de anhelo y yo podía sentir aquella ansia que la sacaba de sí. ¡Ay, mi corazón
también quería subir a Dios junto al suyo!
Pedro se acercó y la dio la extremaunción más o menos de la misma forma que se
hace en nuestros días. Con el óleo santo de la cajita que sostenía Juan, la ungió en la cara,
manos, pies y en el costado, donde su ropa tenía una abertura para que no quedara al
descubierto lo más mínimo. Mientras tanto, los apóstoles estuvieron rezando como en el
coro, y después Pedro la dio el Santísimo Sacramento.
Para recibirlo, se incorporó sin apoyarse y luego volvió a tenderse. Los apóstoles
rezaron un rato y entonces Juan la dio el cáliz. Al recibir el Santísimo Sacramento entró en
María un resplandor, volvió a caer como extasiada y ya no habló más. Entonces los
apóstoles regresaron con los santos vasos en el mismo orden solemne al altar de la parte
delantera de la casa, donde prosiguieron el servicio divino y dieron la comunión a San
Felipe, mientras un par de mujeres se quedaban a solas con la Santísima Virgen.
Más tarde volví a ver a los apóstoles y discípulos rezando de pie en torno al lecho de
la Santísima Virgen. El rostro de María estaba florido y sonriente como en su juventud, sus
ojos miraban al cielo con santa alegría. Entonces vi un cuadro maravillosamente conmovedor. Desapareció el tejado de la
celda de María, la lámpara colgaba libremente en el aire, y pude mirar dentro de la
Jerusalén celestial como a través del cielo abierto.
Bajaron dos superficies de gloria como nubes de luz, en las que aparecían muchas
caras de ángeles y entre las que fluía una vía de luz hasta María. Vipor encima de María
una montaña resplandeciente que entró en la Jerusalén celestial, hacia la cual María
extendió sus brazos con infinito anhelo, y vi que su cuerpo se levantaba con todos sus
envoltorios tan alto por encima del lecho que se podía mirar a través por debajo. Vi salir su
alma de su cuerpo como una pequeña forma de luz infinitamente pura que ascendía
flotando con los brazos alzados por la vía de luz que subía al cielo como una montaña de
luz.
Los coros de ángeles de las dos nubes se juntaron detrás de su alma y se cerraron
separándola de su santo cuerpo, que en ese momento de la separación volvió a caer en el
lecho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Mi mirada siguió su alma y la vi entrar por la vía luminosa en la Jerusalén celestial
hasta el trono de la Santísima Trinidad. Muchas almas se precipitaron hacia ella con
respetuosa alegría, entre las cuales vi a muchos patriarcas y a Joaquín, Ana, José, Isabel,
Zacarías y Juan el Bautista. Pero ella se elevó a través de todos hasta el trono de Dios y de
su Hijo quien, irradiando aún más luz por sus heridas que por toda su aparición, la recibió
con amor divino y la hizo entrega de una cosa que parecía un cetro, al tiempo que le
mostraba abajo en la Tierra todo a su alrededor, como si la entregara un poder.
De este modo, mientras veía el alma de María entrar en la gloria celestial, me olvidé
de todo lo que pasaba en torno a ella en el cuadro de la Tierra. Algunos apóstoles, por
ejemplo, Pedro y Juan, tienen que haberla visto también, pues tenían alzados sus rostros.
Los otros estuvieron la mayor parte del tiempo arrodillados y completamente postrados en
el suelo. Todo estaba lleno de luz y de resplandor como en la Ascensión del Señor.
Vi que un gran número de almas salvadas del Purgatorio seguían al alma de María
cuando entró en el cielo, cosa que me alegró mucho; y también hoy, que es el aniversario,
veo entrar en el Cielo muchas pobres almas, entre ellas algunas que he conocido. Tuve la
consoladora comunicación que cada año, el día de su muerte, muchas almas devotas de
María participaban de esta gracia.
Cuando volví a mirar abajo a la Tierra vi que el cuerpo de la Santísima Virgen
brillaba al descansar en el lecho con el rostro como una flor, los ojos cerrados y los brazos
cruzados sobre el pecho. Los apóstoles, discípulos y mujeres estaban de rodillas a su
alrededor y rezaban. Mientras veía todo esto, había en toda la Naturaleza un sonido
encantador y un movimiento de la misma clase que hubo en el nacimiento de Cristo. Supe
que la hora de su muerte fue la de nona, en la que también murió Jesús. Entonces las mujeres pusieron una colcha sobre el santo cuerpo, y los apóstoles y
discípulos pasaron a la parte delantera de la casa. Despejaron todo de enseres, los pusieron
a un lado y lo taparon todo, hasta el fuego del hogar. Las mujeres se pusieron el velo, se
cubrieron completamente y se sentaron en el suelo, juntas en las celdas de la parte delantera
de la casa, donde mantuvieron un lamento fúnebre alternativamente sentadas o de rodillas.
Los hombres se envolvieron la cabeza con esa bufanda que suelen llevar al cuello y
celebraron un funeral. Dos de ellos rezaban continuamente por turno arrodillados a los pies
y a la cabecera del santo cuerpo. Mateo y Andrés fueron hasta la cueva que representaba la
tumba de Cristo, última estación del vía crucis de la Virgen, con herramientas para trabajar
aún más la sepultura, pues aquí debía descansar el cuerpo de la Santísima Virgen. Esta
cueva no era tan espaciosa como la tumba del Señor y apenas alta para que un hombre
pudiera estar de pie. El suelo bajaba a la entrada, y luego uno estaba ante el túmulo
sepulcral como ante un pequeño altar, sobre el cual se alzaba la pared de roca formando la
bóveda. Los dos apóstoles trabajaron todavía en ella y prepararon la puerta que pondrían
delante del túmulo para cerrarlo. En el túmulo estaba ahuecado en la forma aproximada de
un cuerpo envuelto, y algo realzado en la cabeza. Al igual que delante de la tumba de Jesús,
delante de esta cueva había un jardincito pequeño cercado con estacas. No lejos de allí
estaba la estación del Monte Calvario en una colina; en ella no se alzaba ninguna cruz; solo
estaba grabada en la piedra; desde aquí habría una buena media hora de camino a la
vivienda de María. He visto que los apóstoles que velaban en oración el cuerpo de María se relevaron
cuatro veces. Hoy vi que cierto número de mujeres, entre las que recuerdo una hija de
Verónica y la madre de Juan Marcos, fueron a preparar el cuerpo para la sepultura. Trajeron
lienzos y plantas aromáticas para embalsamarla a la manera judía. Todas ellas llevaban
también tarros pequeños con una hierba todavía fresca. La casa estaba cerrada y ellas se
afanaban en lo suyo con luces, mientras los apóstoles rezaban como en el coro en la parte
delantera. Las mujeres pasaron el cuerpo de la Santísima Virgen con todos sus envoltorios
del lecho mortuorio a una cesta alargada tan llena de colchas o tapices tejidos rudamente
que el cuerpo quedó por encima de la cesta.
Enseguida, dos mujeres extendieron un lienzo ancho sobre el cuerpo y otras dos la
quitaron por debajo de él su envoltorio y su toca, de modo que solo quedó vestida con el
camisón blanco de lana. Cortaron los hermosos rizos de María para recuerdo. A
continuación vi que estas dos mujeres lavaban el santo cuerpo con algo rizoso que tenían en
las manos, probablemente esponjas, y desgarraron el largo camisón que cubría el cuerpo.
Procedían con gran reverencia y respeto, y lavaron el cuerpo sin mirarlo, con las
manos por debajo de la colcha que mantenían extendida por encima, pues la colcha
separaba sus ojos del cuerpo de la Santísima Virgen. Cada lugar que había tocado la
esponja fue inmediatamente cubierto, mantuvieron envuelto el centro del cuerpo y no hubo
lugar a la menor desnudez. Una quinta mujer exprimía las esponjas en una palangana y las
volvía a empapar otra vez; por tres veces vi vaciar la palangana en un hoyo junto a la casa y
traer agua fresca.
Vistieron el santo cuerpo de la Santísima Virgen con una envoltura nueva y abierta,
la levantaron respetuosamente valiéndose de lienzos puestos por debajo, y la pusieron
respetuosamente encima de una tabla en la cual ya estaban puestos por su orden los lienzos
y las vendas para poder usarlos cómodamente. Entonces envolvieron el cuerpo firmemente
con lienzos y vendas desde los tobillos al pecho, pero dejaron la cabeza, el pecho, las
manos y los pies todavía libres de vendas. Mientras tanto los apóstoles habían seguido la solemne ceremonia de Pedro, que les
había dado el Santísimo Sacramento, tras lo cual vi que Pedro y Juan, todavía revestidos
con los grandes mantos episcopales, salieron de la parte delantera de la casa para ir donde
estaba el cuerpo de la Santísima Virgen.
Juan llevaba el recipiente con el ungüento y Pedro metió en él los dedos de la mano
derecha y ungió en medio de oraciones la frente, el centro del pecho, las manos y los pies
de la Santísima Virgen. No era la Extremaunción, que ella había recibido todavía viva. Con
el ungüento la hizo rayas en las manos y la marcó cruces en los pies, la frente y el pecho.
Creo que era una muestra de respeto a su santo cuerpo, como también ocurrió en el entierro
del Señor. Cuando los apóstoles salieron, las mujeres siguieron preparando el cadáver. Al santo
cuerpo le pusieron ramitos de mirra debajo de los brazos, en las axilas y en la boca del
estómago y rellenaron también con ellos el espacio entre los hombros y alrededor de la
barbilla y las mejillas. También envolvieron sus pies todo a lo largo con ramitos aromáticos
de éstos.
La cruzaron los brazos sobre el pecho, encajaron el sagrado cuerpo en la gran
mortaja y la envolvieron con las vendas sujetas bajo los brazos como a una gran muñeca de
trapo. La pusieron encima del rostro un sudario transparente y entre los ramitos de hierbas,
se la veía descansar blanca y luminosa.
Luego pusieron el sagrado cuerpo en el féretro, que estaba al lado como si fuera una
camita; era un tablero con el borde bajo, con una cubierta ligera y abovedada como una
cesta alargada, y en ese momento la pusieron en el pecho una corona de flores blancas,
rojas y celestes en señal de virginidad. Entonces entraron los apóstoles, discípulos y demás presentes para ver todavía una
vez más el querido santo rostro antes que lo taparan. Se arrodillaron con muchas lágrimas
en torno a la Santísima Virgen y para despedirse le tocaban las manos que estaban
envueltas sobre el pecho, tras lo cual salían de allí.
Ahora las santas mujeres se despidieron también por última vez, y después
envolvieron el santo rostro y pusieron la cubierta al féretro, que ataron con cintas grises en
el centro y en ambos extremos. A continuación los vi poner el féretro en unas andas que
Pedro y Juan sacaron a hombros de la casa. Tienen que haberse relevado, pues más adelante
vi que la llevaban seis apóstoles: delante Santiago el Mayor y el Menor, en el medio
Bartolomé y Andrés, y detrás Tadeo y Mateo. Los palos de las andas se metían en un cuero
o una estera, pues el féretro colgaba entre ellos como en una balanza.
Algunos apóstoles y discípulos iban delante del féretro y otros seguían detrás con
las mujeres. Ya estaba oscureciendo y por eso llevaban alrededor del féretro cuatro
antorchas puestas en palos. La comitiva recorrió así el vía crucis de María hasta la ultima
estación y pasó por encima de la colina hasta la lápida de esta estación, a la derecha de la
entrada del sepulcro. Aquí bajaron el santo cuerpo de las andas y la metieron entre cuatro
en la cueva sepulcral para depositarla en el lecho excavado en la roca. Todos los presentes
entraron uno a uno, la rodearon de flores y especias, se arrodillaron y ofrecieron sus
lágrimas y oraciones.
Eran muchos, y el amor y el dolor los hacían demorarse; por eso cuando los
apóstoles cerraron el sepulcro era ya de noche. Hicieron una zanja delante de la estrecha
entrada de la cueva e hincaron una enramada de distintos arbustos verdes, unos con flores y
otros con bayas, que habían arrancado con raíces de otra parte. No se podía ver nada de la
entrada, y menos aún cuando condujeron el agua de una fuente cercana a pasar por delante
de estos matorrales. Nadie podría entrar en la cueva a menos que forzara los arbustos para
meterse por los lados. Regresaron cada uno a su aire; unos se quedaban diseminados por el vía crucis a
rezar y otros velaban en oración junto al sepulcro.
Los que volvían a la casa vieron de lejos una maravillosa luminaria sobre el
sepulcro de María, que los conmovió aunque sin saber propiamente que podría ser. Yo la vi
también y me acuerdo de muchos otros detalles:
Era como si bajara del cielo hasta el sepulcro una vía de luz en la que venía una
figura fina como si fuera el alma de la Santísima Virgen, acompañada de la figura de
Nuestro Señor. El resplandeciente cuerpo de María, reunido ya con su alma resplandeciente
se levantó del sepulcro resplandeciente y se elevó al Cielo con la aparición del Señor. Todo
esto está claramente en mi recuerdo, y sin embargo no es más que una intuición:
Era de noche y veía a los apóstoles y santas mujeres cantar y rezar en el jardincito
delante del sepulcro cuando bajó del cielo a la roca una ancha vía de luz por la que vi bajar
una gloria de tres círculos de ángeles y espíritus que rodeaban la aparición de nuestro Señor
y el alma resplandeciente de María.
La aparición de Jesucristo, cuyas llagas irradiaban claridad, se acercó flotando ante
ella. Alrededor del alma de María, en el círculo más interior de la gloria solo vi pequeñas
figuras infantiles; en el segundo círculo aparecían niños como de seis años; y en el círculo
exterior, rostros como de muchachos crecidos; solamente distinguía claramente los rostros,
del resto solo veía como centelleantes figuras de luz. Cuando esta aparición, haciéndose
cada vez más clara, se derramó por completo encima de la roca, vi abierta una vía
resplandeciente desde ella hasta la Jerusalén celestial.
Entonces vi que el alma de la Santísima Virgen, que seguía a la aparición de Jesús,
descendía con él flotando hasta el sepulcro a través de la roca y, reunida inmediatamente
después con su cuerpo glorioso, la Santísima Virgen surgió del sepulcro mucho más clara y
luminosa y ascendió con el Señor y todas sus glorias a la Jerusalén celestial, adonde se
sumió otra vez todo aquel resplandor cubriendo el tranquilo cielo estrellado de la comarca.
No sé si los apóstoles y mujeres que rezaban delante del sepulcro lo habrán visto
también, pero vi que miraban hacia arriba rezando asombrados, o que se arrojaban
conmovidos a prosternarse con el rostro en tierra. Vi también que algunos de los que
volvían con las andas a casa, rezando y cantando por el vía crucis y parándose en las
distintas estaciones, se volvieron a mirar a la luz sobre la roca del sepulcro con gran
devoción y muy emocionados.
Así que yo no he visto que la Santísima Virgen muriera normalmente, ni que viajara
al cielo, sino que primero su alma y después su cuerpo fueron arrebatados de la Tierra. Vueltos a casa, los apóstoles y discípulos tomaron algunos alimentos y se fueron a
descansar; durmieron fuera de la casa en unos cobertizos contiguos. La doncella de María,
que se había quedado en casa para hacer un poco de orden, así como otras mujeres que se
habían quedado allí para ayudarla, durmieron en el espacio detrás del hogar, que la doncella
había despejado de todo durante el entierro, y que ahora parecía una capillita, donde los
apóstoles siguieron rezando y ofreciendo [el santo sacrificio].
Al anochecer de hoy he visto que los apóstoles seguían en su sitio haciendo duelo y
oración; las mujeres ya se habían ido a descansar. Entonces vi llegar al apóstol Tomás con
dos acompañantes, remangados como de viaje. Se arrimó a la reja del patio y llamó para
que les abrieran. Venía también con él un discípulo llamado Jonatán, emparentado con la
Sagrada Familia2
.
Con Tomás estaba también un sencillo criado tártaro, hombre también muy infantil,
pero que era sacerdote. Tres años después de la muerte de María todavía le vi aquí en
Éfeso. Más tarde vi que lo apedrearon en esta comarca, dejándolo medio muerto. Luego lo
llevaron a la ciudad, donde murió, a consecuencia de lo cual llegaron sus huesos a Roma,
pero allí tampoco sabían su nombre.
Su otro acompañante era un hombre muy sencillo del país de donde vino el más
alejado de los Reyes Magos, país que yo llamo siempre Parzermo porque no puedo retener
exactamente su nombre. Tomás se lo había traído de allí, y era como un criado
infantilmente dócil que le llevaba el manto.
Un discípulo abrió la puerta y entonces Tomás y Jonatán entraron adonde estaban
los apóstoles. Tomás ordenó a su criado que se quedara sentado delante de la puerta; el
buen hombre de color castaño hacía todo lo que se le ordenaba, e inmediatamente se sentó
tranquilo en el suelo. ¡Oh, cómo se afligieron cuando escucharon que habían llegado
demasiado tarde! Tomás lloró como un niño cuando se enteró de la muerte de María. Los
discípulos le lavaron los pies y los reconfortaron un poco.
Mientras tanto las mujeres se habían despertado y levantado, y cuando se retiraron,
los hombres llevaron a Tomás [al lugar de la casa] donde había muerto la Santísima Virgen.
Se arrojaron al suelo y lo bañaron de lágrimas. Tomás también se arrodilló a rezar mucho
rato ante el altarcito de María. Su tristeza era indeciblemente conmovedora, y cuando
pienso en ella todavía me pongo a llorar.
Cuando los apóstoles terminaron sus rezos, que no habían interrumpido [con la
llegada de Tomás], acudieron todos a dar la bienvenida a los recién llegados. Agarraron a
Tomás y Jonatán por debajo de los brazos, los levantaron, los abrazaron y los llevaron a la
parte delantera de la casa donde les dieron un refrigerio de panecillos y miel, y una jarrita y
vasos para beber. Rezaron juntos todavía más y todos se abrazaron mutuamente. Entonces Tomás y Jonatán quisieron ver la tumba de la Santísima Virgen y los
apóstoles encendieron las luces puestas en los palos y fueron con ellos por el vía crucis al
sepulcro de María. No hablaban mucho pero se detenían un poco en las estaciones
pensando en la Pasión del Señor y en el compasivo amor con que su Madre había colocado
estas lápidas y las había regado tantas veces con sus lágrimas.
Cuando llegaron a la roca del sepulcro, todos se pusieron de rodillas alrededor, pero
enseguida Tomás y Jonatán se precipitaron a la entrada de la cueva, seguidos por Juan. Dos
discípulos tumbaron hacia atrás los arbustos delante de la entrada, y ellos entraron y se
arrodillaron con respetuoso recogimiento ante el túmulo sepulcral de la Santísima Virgen.
Entonces Juan se acercó a la ligera canasta del féretro, que sobresalía un poco del
túmulo sepulcral, desató las tres cintas grises que cerraban la cubierta y puso ésta a un lado.
Entonces iluminaron el féretro y vieron con profunda sorpresa que delante de sí tenían
vacíos los paños mortuorios de la Santísima Virgen, aunque conservaban toda la forma de
haberla envuelto. Los paños estaban abiertos y separados en el rostro y el pecho, las vendas
que envolvían los brazos yacían ligeramente sueltas pero mantenían la forma de envoltura
tal como se las habían puesto, pero el cuerpo glorioso de María ya no estaba en la Tierra.
Alzaron los brazos, mirando asombrados al cielo, como si fuera ahora cuando hubiera
desaparecido el sagrado cuerpo de la Virgen, y Juan gritó a los de fuera de la cueva:
—¡Venid y asombraros, que ya no está aquí!
Entonces todos fueron entrando de dos en dos en la angosta caverna y vieron ante sí
con estupor que solo conservaba los paños mortuorios vacíos. Salieron, se arrodillaron en el
suelo, miraban al cielo elevando los brazos, lloraban, rezaban, alababan al Señor y a su
querida madre gloriosa, como niños buenos a su amada y fiel madre, con toda clase de
dulces palabras amorosas que el Espíritu les ponía en los labios.
Entonces se acordaron y pensaron en aquella nube luminosa que habían visto de
lejos mientras volvían a la casa justo después del entierro, cómo se había hundido en la
colina del sepulcro y luego de nuevo se había alzado flotando. Juan sacó del féretro los
paños mortuorios de la Santísima Virgen con gran respeto, los plegó y arrolló juntos
ordenadamente, y se los llevó. Volvió a poner la cubierta al féretro y lo ató de nuevo con
las cintas.
Después abandonaron la cueva del sepulcro, cuya entrada volvieron a cerrar con
arbustos. Anduvieron el vía crucis de vuelta hasta la casa, rezando y cantando salmos, y al
llegar fueron todos al espacio donde había morado María. Juan dejó respetuosamente los
paños mortuorios en la mesita de delante del rincón donde oraba la Santísima Virgen, y
Tomás y los otros rezaron más en el lugar donde ella murió.
Pedro se retiró a solas, como si tuviera una contemplación espiritual; quizá se estaba
preparando, pues a continuación vi que erigieron el altar delante del lecho de muerte de
María, donde estaba la cruz, y Pedro celebró en él un solemne servicio divino, mientras los
demás estaban en filas de pie detrás de él, rezando y cantando alternadamente. Las santas
mujeres estaban de pie más atrás, junto a las puertas y en la parte de detrás del hogar.
El sencillo criado de Tomás que le había seguido desde aquel lejano país donde
habían estado últimamente tenía un aspecto muy extraño: ojos pequeños, frente y nariz
aplastadas y pómulos altos. Era de color más castaño que los de por aquí [es decir, que los
de Éfeso]. Estaba bautizado, pero en lo demás era como un niño obediente y sin
experiencia. Hacía todo lo que se le ordenaba, se quedó de pie donde le pusieron, miraba
donde se le ordenaba y sonreía a todos. Se quedó sentado allí donde Tomás le dijo que se
sentara y cuando vio llorar a Tomás, también lloró amargamente. Este hombre se quedó
siempre con Tomás; podía llevar grandes cargas: cuando Tomás construyó una capilla le vi
arrastrar piedras muy pesadas. Después de la muerte de la Santísima Virgen vi que a
menudo a los apóstoles y discípulos, reunidos de pie en círculo, se contaban mutuamente
dónde habían estado y lo que les había pasado. Lo he oído todo, y ya me acordaré de nuevo
de ello si es voluntad de Dios. [20 de agosto de 1829 y 1821:]
Ahora, después de muchas devociones, ya se ha despedido la mayoría de los
discípulos presentes, que han regresado a sus oficios. En la casa están todavía los apóstoles,
Jonatán (el que vino con Tomás) y el criado de Tomás, pero ahora partirán todos también
en cuanto dejen listo lo que están haciendo, pues todos están trabajando en limpiar de
piedras y hierbajos el vía crucis de María y en adornarlo con las plantas, arbustos y flores
adecuados.
Todo lo hacen en medio de cantos y oraciones; es absolutamente imposible decir lo
conmovedor que es; todo es como un rito solemne de amor entristecido, muy activo y sin
embargo muy tierno y entrañable.
Adornaban como buenos hijos las huellas de la Madre de Dios y madre suya; las
huellas con las que había medido para nosotros con compasiva devoción la senda del
martirio de su hijo divino hasta su muerte salvadora.
Cerraron completamente la entrada del sepulcro de María, sujetaron firmemente con
tierra los arbustos que habían plantado y reforzaron la zanja que habían hecho delante.
Limpiaron y adornaron el jardincito delante de la tumba y excavaron un camino desde la
parte de atrás de la colina del sepulcro hasta la pared trasera del túmulo sepulcral, donde
horadaron a escoplo un orificio en la roca para que se pudiera mirar el sepulcro donde
descansó el cuerpo de la Santísima Virgen, aquella que el Salvador agonizante entregó en la
cruz a todos ellos y a su Iglesia en la persona de Juan.
¡Oh, eran buenos hijos, dóciles al cuarto mandamiento, y ellos y sus amores vivirán
largo tiempo sobre la Tierra! Levantaron también una especie de tienda capilla sobre la
cueva del sepulcro; hicieron una tienda con tapices, la rodearon y cubrieron con ramas
entretejidas e hicieron dentro un altarcito. Pusieron una base de piedra, y levantaron encima
una piedra sobre la cual pusieron un gran losa. Por detrás de este altarcito colgaron en la
pared un pequeño tapiz en el que se veía el rostro de la Santísima Virgen bordado o cosido
muy modesta y simplemente, y por cierto a rayas de colores rojas, azules y marrones.
Cuando estuvieron listos, celebraron allí el servicio divino, que todos rezaron de
rodillas y con las manos levantadas. La parte de la casa donde había morado María, ellos
mismos la pusieron exactamente como una iglesia. La doncella de María y algunas otras
mujeres se quedaron a vivir allí y, para el consuelo espiritual de los fieles que vivían por los
alrededores, también se quedaron dos discípulos, uno de los cuales era de los pastores del
otro lado del Jordán.
Enseguida se despidieron también los apóstoles. Tras una conmovedora despedida,
Bartolomé, Simón, Judas, Tadeo, Felipe, y Mateo salieron los primeros otra vez hacia los
lugares de su oficio.
Los demás, excepto Juan que todavía permaneció aquí una temporada, primero se
fueron juntos hacia Palestina donde también se separaron; había allí muchos discípulos y
con ellos fueron también varias mujeres de Éfeso a Jerusalén. María Marcos hizo allí
mucho por la comunidad, creó una hermandad para más de 20 mujeres, que en cierto
sentido vivían de modo conventual, y de las cuales cinco vivían con ella completamente en
la casa. Los discípulos se reunían siempre en su casa. La comunidad cristiana todavía
seguía teniendo la iglesia del estanque de Betesda.
[El 22 de agosto dijo:]
En la casa solo está Juan, pues todos los demás ya han salido de viaje. En
cumplimiento de la voluntad de la Santísima Virgen le he visto distribuir él mismo los
vestidos de María a su doncella y a otra chica que venía a veces a servirla. Entre los
vestidos había algunos que estaban hechos con telas de los Reyes Magos. Vi dos largos
vestidos blancos, varios chales y algunos velos largos, así como colchas y alfombras y
tapices.
También vi con toda claridad aquella sobreveste listada que llevaba en Caná y en el
vía crucis, de la que guardo una tirita pequeña. Algo de ello fue a parar a la Iglesia. Por
ejemplo, con su bonito traje de novia celeste pespunteado de oro y salpicado de rosas
hicieron un adorno litúrgico para la iglesia de Betesda de Jerusalén y en Roma todavía
quedan reliquias de él; las he visto, pero no sé si alguien lo sabe. María solo lo llevó
durante la boda y después no se lo puso nunca más.
Todo este vivir, actuar y peregrinar se hacía discreta y tranquilamente, sin esa
angustia que tenemos hoy. La persecución todavía no había desarrollado una red de
espionaje, y no turbaba la paz.
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LA SANTÍSIMA VIRGEN EN ÉFESO
Esta noche he tenido una gran visión acerca de la muerte de la Santísima Virgen,
pero ya he vuelto a olvidar casi todo2
.
Después de la Ascensión del Señor, María vivió tres años en Sión, tres en Betania y
nueve en Éfeso, adonde Juan la llevó en cuanto los judíos pusieron a Lázaro y sus hermanas
en el mar3
.
María no vivía en Éfeso mismo, sino en una comarca a unas tres horas y media de
Éfeso donde ya estaban instaladas algunas de sus íntimas. La morada de María estaba en
una montaña que está a la izquierda según se viene de Jerusalén. La montaña cae hacia
Éfeso con fuerte pendiente. Viniendo del Sureste, Éfeso se ve en una montaña que parece
estar inmediatamente delante, pero si se quiere seguir adelante hay que rodearla
completamente. Delante de Éfeso hay alamedas con frutas amarillas caídas por el suelo. Un
poco al Sur salen sendas estrechas que llevan a un monte de vegetación salvaje, y en lo alto
de ese monte hay una llanura ondulada, también con vegetación y de media hora de
extensión, en la que se habían instalado los cristianos. Es un paraje muy solitario que tiene
muchas colinas fértiles y graciosas, y limpias cuevas de roca entre pequeños llanos
arenosos; un paraje salvaje, pero no un desierto, con muchos árboles de sombra ancha,
tronco liso y forma de pirámide diseminados por allí.
Cuando Juan trajo aquí a la Santísima Virgen ya había mandado construir su casa de
antemano y ya vivían en este paraje familias cristianas y algunas santas mujeres; algunas
moraban en cuevas de tierra o de roca, que ampliaban para vivir con zarzos ligeros de
madera, y otras en frágiles cabañas de lona. Se habían trasladado aquí a causa de una
violenta persecución, y como estaban refugiadas en las cuevas y lugares tal como los
ofrecía la Naturaleza, sus viviendas eran como de ermitaños y en su mayor parte estaban
separadas un cuarto de hora unas de otras. En su conjunto, la colonia parecía una aldea de
campesinos diseminada.
Únicamente era de piedra la casa de María, y detrás de ella hay un trecho corto de
camino que sube a la cima rocosa del monte, desde la cual, se ven por encima de las colinas
y los árboles Éfeso, el mar y muchas islas. Este lugar de aquí está más cerca del mar que
Éfeso, que debe estar a unas horas del mar. Esta comarca es solitaria y por aquí no viene
nadie.
Cerca de aquí hay un castillo donde vive un rey destronado con el que Juan charlaba
a menudo y al que también convirtió; el lugar se convirtió más tarde llegó a ser obispado.
Entre el lugar donde vivía la Santísima Virgen y Éfeso corre un arroyo maravillosamente
serpenteante. La casa de María era rectangular, de piedra, y en su parte trasera, redonda o en
ángulo; las ventanas estaban puestas altas y el techo era plano. La casa estaba dividida en
dos partes por el hogar para la lumbre, que estaba coloca do en el centro. El fuego ardía
frente a la puerta en un hoyo del suelo, pegado a un muro que se alzaba hasta la cubierta de
la casa formando gradas por ambos lados. Por el centro de este muro subía desde el suelo
del hogar hasta la cubierta de la casa una hendidura en forma de media chimenea por la que
ascendía el humo que luego salía por una abertura del tejado. Por encima de ella vi que
sobresalía de la casa un tubo de cobre inclinado.
Esta parte delantera de la casa estaba separada de la de atrás por zarzos ligeros y
móviles a ambos lados del hogar. En esta parte delantera, cuyas paredes eran bastante
rústicas y estaban también un poco ennegrecidas de humo, vi a ambos lados pequeñas
celdas formadas con biombos de zarzo. Cuando la parte delantera de la casa se utilizaba
como salón, los biombos, a los que faltaba mucho para llegar al techo, se apilaban y se
ponían a un lado. En estas celdas dormían la doncella de María y otras mujeres que la
visitaban.
A izquierda y derecha del hogar había unas puertas ligeras para pasar a la parte
trasera de la casa, más oscura, que terminaba en ángulo o semicírculo y que estaba muy
cómoda y limpiamente adornada.
Todas las paredes estaban revestidas de zarzos y el techo formaba una bóveda que
arrancaba de ambos lados. Las vigas que estaban por encima estaban unidas con artesonado
y cañizo y adornadas con orlas de hojas de varias clases, y daban una impresión sencilla
pero decorosa. El ángulo o semicírculo extremo de este espacio trasero estaba cerrado con
una cortina y formaba el oratorio de María.
Planta de la casita de la Santísima Virgen en Éfeso según la narración de la beata
Ana Catalina. (Croquis de Rafael Renedo).
En el centro del muro había un nicho con un recipiente que, girándolo como un
sagrario, se podía abrir y cerrar al tirar de una cinta. Dentro tenía una cruz del tamaño de un
brazo, con sus brazos encajados e inclinados en forma de Y griega mayúscula, tal como
siempre he visto la cruz de Cristo. No tenía detalles ni adornos especiales, sino que apenas
estaba tallada, como las cruces que traen todavía hoy de Tierra Santa. Creo que Juan y
María la habían preparado por sí mismos.
La cruz estaba formada por diversas maderas y se me dijo que el tronco blanquecino
era de ciprés; un brazo marrón, de cedro, y el otro amarillento, de palmera. El suplemento
para el cartel del INRI era de madera de olivo lisa y amarilla.
La cruz estaba hincada en una elevación de tierra o piedra como la cruz de Cristo en
la roca del Calvario. A sus pies había una tarjeta de pergamino con algo escrito; creo que
eran palabras de Cristo. La figura del Señor estaba ligeramente arañada sobre la cruz,
sencillamente y sin adornos; sus líneas estaban untadas de color oscuro para poder
distinguir la figura.
Me dijeron también las meditaciones de María sobre las distintas maderas de la
Cruz; pero desgraciadamente he olvidado estas hermosas indicaciones. En este momento
tampoco se si la cruz de Cristo consistía también de las mismas clases distintas de madera,
o simplemente, si es que María la preparó así a consecuencia de su meditación. La cruz
tenía delante dos tarritos llenos de flores naturales.
También vi un pañito junto a la cruz, y tuve la percepción de que era el mismo con
que la Santísima Virgen limpió la sangre de las heridas del cuerpo de su Hijo tras el
descendimiento, pues al mirarlo me mostraron aquellos actos de su santo amor de Madre.
Al mismo tiempo sentí que ese pañito era con el que los sacerdotes limpian el cáliz cuando
han bebido la sangre del Salvador que han ofrecido, y me pareció que María hizo algo
parecido al limpiar las heridas del Señor, pues al hacerlo, sostenía el pañito de la misma
forma que los sacerdotes. Esto es lo que percibí al mirar este pañito que estaba junto a la
cruz.
A la derecha de este oratorio, apoyada en un nicho del muro, estaba la celda
dormitorio de la Santísima Virgen y frente a ella, a la izquierda del oratorio, una cámara
donde se guardaban ropa y enseres. De una celda a la otra estaba tendida una cortina que
cerraba el oratorio situado entrambas. Para trabajar o leer, María solía sentarse en medio,
delante de esta cortina.
El dormitorio de la Santísima Virgen se apoyaba por detrás en el muro, del que
colgaba un tapiz entrelazado; los dos tabiques laterales eran ligeros, de corteza o de albura,
trenzados según un modelo que alternaba los colores naturales de las maderas. El tabique
tenía en su centro dos puertas ligeras que se abrían hacia dentro, y por delante tenía colgado
un tapiz. La cubierta de esta celda era también de cañizo, que desde las cuatro esquinas
venía a reunirse arriba para formar una especie de bóveda, de cuyo centro colgaba una
lámpara de varios brazos.
El lecho de María tenía un costado junto al muro y era un cajón vacío de pie y
medio de alto, que tenía el largo y ancho de una cama estrecha. La colcha tendida por
encima estaba sujeta en las esquinas con cuatro botones. Tapices adornados con flecos y
borlas revestían los costados del cajón hasta el suelo. La cabecera del lecho era un cojín
redondo, y la colcha, una manta taraceada de color marrón.
La casita estaba cerca de un bosque, entre árboles de tronco liso y forma de
pirámide. Aquí se estaba completamente tranquilo y solitario; las viviendas de las otras
familias estaban a alguna distancia, como diseminadas. En conjunto la colonia cristiana era
como una aldea de campesinos. La Santísima Virgen vivía allí con una joven, su criada, que recolectaba lo poco que
necesitaban para alimentarse. Vivían con total tranquilidad y honda paz. En la casa no había
ningún hombre, pero a veces la visitaba algún apóstol o discípulo que iba de viaje.
Con muchísima frecuencia veía yo entrar y salir un hombre al que siempre he tenido
por Juan, pero que ni en Jerusalén ni aquí estaba continuamente con ella. Viajaba de vez en
cuando y llevaba distinto traje que en época de Jesús, muy largo, con pliegues y de tela fina
blanco grisácea. Era muy delgado y ágil, tenía la cara larga, estrecha y fina, y en su cabeza
descubierta tenía largos cabellos rubios partidos en raya y detrás de las orejas. Respecto a
los demás apóstoles, su tierna apariencia daba una impresión virginal, casi femenina.
En los últimos tiempos de su estancia aquí vi que María se volvía cada vez más
serena y recogida, y que ya casi no tomaba alimento. Era como si solo pareciera estar
todavía aquí, pero como si ya estuviera en espíritu en el Más Allá. Tenía el carácter de
quien está ausente. Las últimas semanas antes de su fin vi que la criada la llevaba por la
casa, débil y envejecida.
Una vez vi entrar en la casa a Juan, que también parecía mucho mayor. Estaba
delgado y enjuto, y al entrar remangó al cinturón su largo traje blanco con pliegues. Se
quitó este cinturón y se puso otro que sacó de debajo de sus ropas y que estaba escrito con
letras. Se puso la estola y una especie de manípulo en el brazo.
La Santísima Virgen salió de su dormitorio y entró completamente envuelta en un
velo blanco, apoyada en el brazo de su criada. Su cara estaba como transparente y blanca
como la nieve. Parecía flotar de anhelo. Desde la Ascensión de Jesús, todo su ser expresaba
un ansia creciente y cada vez más desbordante.
Juan y ella pasaron al oratorio; ella tiró de una cinta o correa, el tabernáculo giró
dentro de la pared y mostró la cruz que tenía dentro. Ambos rezaron un rato de rodillas, y
después Juan se levantó y se sacó del pecho una cajita de metal, la abrió por un costado,
tomó un envoltorio de fino color de lana y de éste un pañito plegado de materia blanca, del
que sacó el Santísimo Sacramento en forma de un pedacito blanco y rectangular. Luego
dijo algunas palabras con solemne gravedad y dio el Sacramento a la Santísima Virgen. La
acercó un cáliz. Detrás de la casa, alejándose un poco por el camino hacia el monte, la Santísima
Virgen se había preparado una especie de vía crucis. Cuando todavía vivía en Jerusalén
después de la muerte del Señor, María nunca dejó de hacer allí su vía crucis con lágrimas y
compartiendo la Pasión. Había medido en pasos las distancias entre los lugares del camino
donde Jesús había padecido, y su amor no podía vivir sin la permanente contemplación del
vía crucis.
Poco después de llegar aquí la vi andar diariamente montaña arriba un trecho de
camino detrás de su casa, contemplando la Pasión. Al principio iba sola midiendo en pasos,
cuyo número tantas veces había contado, la distancia entre los lugares donde al Salvador le
había ocurrido algo, y en cada uno de estos lugares ponía una piedra o marcaba un árbol si
lo había. El camino se internaba por un bosque donde marcó el Calvario en una colina, y
puso el sepulcro de Cristo en una cuevecita de otra colina.
Cuando ya tuvo medidas las doce estaciones de su vía crucis, ella y su doncella iban
en serena contemplación, se sentaban en el suelo en cada una de las estaciones y renovaban
en el corazón el misterio de su significado y alababan al Señor por su amor entre lágrimas
de compasión.
Luego arreglaron aún mejor las estaciones y vi a la Santísima Virgen inscribir con
un buril en cada piedra el significado del lugar, el número de pasos y cosas parecidas.
También las vi limpiar también la cueva del Santo Sepulcro, que acomodaron para rezar.
Por entonces no vi ninguna imagen ni que marcaran estos lugares con cruces
firmemente hincadas; eran solo losas sencillas con inscripciones; pero de tanto pasar y
arreglarlas vi que estos arreglos hicieron el vía crucis cada vez más hermoso y transitable.
Después de la muerte de la Santísima Virgen vi este vía crucis transitado por cristianos que
se prosternaban y besaban el suelo. Después del tercer año de estancia aquí, María tenía grandes ansias de ir a Jerusalén,
y Juan y Pedro la llevaron allí. Me parece que se habían reunido allí varios apóstoles. Vi a
Tomás. Creo que era un concilio y que María los asistía con sus consejos.
[Ana Catalina dijo una vez que la Santísima Virgen había ido dos veces a Jerusalén,
y es posible que trabucara el primer y segundo viaje en relación con el concilio.]
A su llegada, por la tarde ya oscurecido, vi que antes de entrar en la ciudad, visitó el
Monte de los Olivos, el Calvario, el Santo Sepulcro y todos los santos lugares de los
alrededores de Jerusalén. La Madre de Dios estaba tan triste y conmovida por la pena que
apenas podía tenerse de pie, y Pedro y Juan la tenían que llevar sosteniéndola bajo los
brazos.
Ella todavía vino otra vez aquí [a Jerusalén] desde Éfeso, año y medio antes de su
muerte, y entonces la vi visitar los santos lugares con los apóstoles, embozada y otra vez
por la noche. Estaba indeciblemente triste y suspiraba continuamente Oh, hijo mío, hijo
mío .
Cuando llegó a la puerta trasera del palacio donde se encontró con Jesús
desplomado bajo el peso de la cruz, María cayó al suelo sin sentido, conmovida por el
doloroso recuerdo. Sus acompañantes creyeron que se moría.
La llevaron al Cenáculo en Sión, en uno de cuyos edificios delanteros estaba
viviendo, y allí estuvo unos días, tan débil y enferma y con tantos desmayos que muchas
veces se esperó su muerte, y por eso se pensó en prepa rarla sepultura. Ella misma eligió
una cueva del Monte de los Olivos y los apóstoles encargaron a un cantero cristiano que la
preparase allí un hermoso sepulcro5
.
Mientras tanto, se había dicho varias veces que había muerto, y por otros lugares se
extendió también el rumor de que había muerto y la habían sepultado en Jerusalén. Pero
cuando el sepulcro estuvo terminado, María ya estaba curada y lo bastante fuerte para viajar
de vuelta a su casa de Éfeso, donde ella murió realmente al cabo de año y medio. En todas
las épocas se ha venerado la tumba preparada para ella en el Monte de los Olivos, sobre la
cual se construyó más adelante una iglesia, y Juan Damasceno (así lo oí llamar en espíritu,
pero ¿quién era ése?) escribió más adelante que se decía que había muerto y estaba
enterrada en Jerusalén.
Dios ha hecho que las noticias acerca de su muerte, su tumba y su Asunción al Cielo
sean muy inciertas y solo objeto de tradición, para no dar cancha en la Cristiandad a la
mentalidad de entonces, que todavía era muy pagana, pues fácilmente la hubieran adorado
como a una diosa. Entre las santas mujeres que vivían también en la colonia cristiana y estaban la
mayor parte del tiempo con la Santísima Virgen, se encontraba la hija de una hermana de la
profetisa Hanna del Templo que una vez vi viajar a Nazaret con Serafia (Verónica) antes
del bautismo de Jesús. Esta mujer estaba emparentada con la Sagrada Familia a través de
Hanna, pues Hanna estaba emparentada con Ana y aún más con Isabel, la hija de la
hermana de Ana.
Otra de las mujeres que vivían aquí en torno a María, a la que también vi viajar a
Nazaret antes del bautismo de Jesús, era una sobrina de Isabel que se llamaba Mara. Su
parentesco con la Sagrada Familia era el siguiente: La madre de Ana, Ismeria, tenía una
hermana llamada Eremencia y ambas vivían en Mara, una comarca de pastores entre el
Monte Horeb y el Mar Rojo. Como el superior de los esenios del Monte Horeb la advirtió
que entre sus descendientes habría amigos del Mesías, se casó con Afrás, que era del linaje
de sacerdotes que habían llevado el Arca.
Emerencia tuvo tres hijas: Isabel, la madre del Bautista; Enué, que de viuda estuvo
en casa de Ana en el nacimiento de la Santísima Virgen; y Roda de la cual es hija esta Mara
de aquí. Roda fue a casarse lejos de la comarca familiar, y vivió al principio en la comarca
de Siquem y luego en Nazaret y Casaloz junto al Tabor
6
.
Además de su hija Mara, Roda tenía dos hijas más, una de las cuales fue madre de
discípulos. Por otra parte, uno de los dos hijos de Roda fue el primer marido de aquella
Maroni, que, después de su muerte quedó viuda sin hijos y se casó con Eliud, sobrino de
Ana y fue a vivir a Naim. Maroni tuvo un hijo de Eliud, al que el Señor despertó de la
muerte en Naim cuando ella ya había vuelto a enviudar; era el discípulo de Naim, bautizado
con el nombre de Marcial.
Mara, la hija de Roda que estuvo presente en la muerte de María, se había casado en
las cercanías de Belén. Cuando el nacimiento de Cristo, Mara estuvo con María una vez
que la madre Ana se fue de Belén. Mara no era pudiente, pues Roda también había dejado a
sus hijos solo un tercio de la herencia y había dado los otros dos tercios al Templo y a los
pobres. Natanael, el novio de Caná, era según creo hijo de esta Mara y recibió en el
bautismo el nombre de Amador. Mara tuvo todavía más hijos y todos fueron discípulos.
[Antes de morir, la Santísima Virgen visita por última vez el vía crucis que había
erigido. Su aspecto. Describe exactamente sus vestidos estimulada por una reliquia de
éstos. Algunos apóstoles están preparados en su casa.]
[La mañana del 7 de agosto de 1821 contó que:]
Ayer y hoy por la noche he tenido mucho quehacer con la Madre de Dios en Éfeso.
He hecho su vía crucis con ella y otras cinco santas mujeres entre las que estaban la sobrina
de la profetisa Hanna y la viuda Mara, sobrina de Isabel.
La Santísima Virgen iba delante de todas. La vi ya anciana y débil, completamente
blanca y como transparente; verla era indescriptiblemente conmovedor. Para mí que hacía
el vía crucis por última vez y me pareció que mientras lo hacía, ya estaban preparados en su
casa Juan, Pedro y Tadeo. A la Santísima Virgen la vi muy avejentada, pero en su aparición
no había expresión de su edad más que en un ansia ferviente que brotaba de ella como una
gloria.
Estaba indescriptiblemente seria. Nunca la he visto reír, sino sonreír
conmovedoramente. Cuanta más edad tenía, tanto más blanco y transparente aparecía su
rostro. Estaba delgada, pero no la vi ni una arruga, ni señal de que algo se marchitara en
ella. Estaba como en espíritu. El que yo viera en este cuadro a la Santísima Virgen tan clara y completamente
bien, podría deberse a que había tocado una pequeña reliquia del vestido que María llevaba
en esta ocasión. Tengo esa reliquia y procuraré describir el traje tan claramente como me
sea posible.
El traje era para llevar encima del vestido, y solamente le cubría por completo la
espalda, por donde colgaba en pliegues hasta los pies. Una parte se echaba arriba junto al
cuello por el hombro y el pecho hasta el otro hombro, donde se sujetaba con un botón,
formando así un pañuelo de cuello.
Por medio del cinturón que lo ceñía a la cintura, abrazaba el cuerpo desde debajo de
los brazos hasta los pies a ambos lados de la ropa interior parduzca, a cuyos lados formaba
una bolsa del cinturón abajo, enseñando el forro.
Esta bolsa estaba rayada, a lo largo y de través, con rayas rojas y amarillas. La tirita
que tengo es del lado derecho de este pliegue, pero no del forro.
Este era el traje de ceremonia que se usaba según antiguas costumbres judías. La
madre Ana también lo llevaba. El traje no solamente cubría la espalda de su túnica
parduzca sino que de toda la pechera y el delantero, así como de los añadidos, solo dejaba
ver un poco las arrugas de la manga en torno a la mano y el codo.
María llevaba el pelo recogido en una toca amarillenta que se curvaba un poco en la
frente y que se recogía en pliegues en la nuca. Encima de la toca llevaba un velo negro de
tela fina que le colgaba hasta media espalda. Una vez la vi con este traje en las bodas de
Caná.
El tercer año de la vida pública de Jesús, cuando el Señor estuvo enseñando y
curando más allá del Jordán, cerca de Bezabara, que también se llama Betania, vi a la
Santísima Virgen con este traje también en Jerusalén, donde ella vivía en una bonita casa
cercana a las casas de Nicodemo, al que también le pertenecía, según creo. Cuando la
crucifixión del Señor también la vi vestida con él, por debajo del manto de luto o de oración
que la envolvía completamente. Probablemente también llevaba aquí en el vía crucis de
Éfeso el traje de ceremonia, en recuerdo de haberlo llevado entonces cuando la Pasión de
Jesús. Entré en la casa de María, a unas tres horas de Éfeso y la vi acostada en un lecho
bajo y muy estrecho, en una celda dormitorio totalmente revestida de blanco, situada en el
espacio que había detrás y a la derecha del hogar. Su cabeza descansaba en un cojín
redondo; estaba pálida, muy débil y como transida de anhelo. Su cabeza y toda su figura
estaban envueltas en un largo lienzo, cubierto por una manta de lana marrón.
Vi entrar y salir de su celda dormitorio, como si se despidieran de ella, unas cinco
mujeres una detrás de otra. Las que salían del dosel hacían con las manos distintos
ademanes conmovedores de oración o tristeza. Reparé de nuevo entre ellas a la sobrina de
Hanna y a Mara, la sobrina de Isabel que vi en el vía crucis.
En ese momento ya vi reunidos seis apóstoles, en concreto Pedro, Andrés, Juan,
Tadeo, Bartolomé y Matías, así como Nicanor, uno de los siete diáconos que siempre era
muy ayudador y servicial. Los apóstoles estaban de pie y rezaban juntos a la derecha, en la
parte delantera de la casa, donde se habían preparado un sitio para orar.
[Han llegado dos apóstoles más. Matías, hermanastro de Santiago el Menor.
Servicio divino de los apóstoles en la parte delantera de la casa. El altar. Una cajita en
forma de cruz como relicario. ¿Tenían aquí reliquias?. Situación durante el servicio divino.]
[El 10 de agosto de 1821 contó:]
La época del año de la fiesta religiosa de la Dormición de la Santísima Virgen está
perfectamente bien; solo que no todos los años cae en la misma fecha. Hoy vi que todavía
entraron dos apóstoles con las ropas remangadas como si vinieran de viaje, eran Santiago el
Menor y Mateo, su hermanastro, pues cuando el viudo Alfeo se casó con María, la hija de
Cleofás, aportó a Mateo, hijo de su anterior matrimonio.
Vi que ayer a la caída de la tarde y hoy por la mañana, los apóstoles reunidos
celebraron el servicio divino en la parte delantera de la casa, y para ello apartaron a un lado
o colocaron de otra forma los biombos móviles de zarzo que formaban los dormitorios. El
altar consistía en una mesa cubierta de un mantel blanco encima de otro rojo. En cada
celebración sagrada adosaban la mesita a la pared a la derecha del hogar, que seguía
usándose, y después la volvían a retirar.
Delante del altar había un atril revestido del que colgaba un rollo de Escrituras. Por
encima del altar ardían lámparas y ellos mismos habían puesto encima del altar, tumbado o
de pie, un recipiente en forma de cruz hecho de la centelleante sustancia de la madreperla.
Tenía apenas un palmo de largo y ancho y contenía cinco cajitas cerradas con tapaderas de
plata; la del medio contenía al Santísimo Sacramento y las otras crisma, óleos, sal, hilas o
quizá algodón, y otras cosas santas. Estaban tan encajadas y bien tapadas que no se podía
salir nada.
En sus viajes, los apóstoles solían llevar esta cruz colgando del cuello debajo de la
ropa. Entonces eran más que el Sumo Sacerdote cuando llevaba sobre el pecho el
Sacramento de la Vieja Alianza.
No me acuerdo exactamente si los huesos santos se encontraban en una de estas
cajitas o dónde, pero se que en todos los sacrificios de la Nueva Alianza siempre tenían
cerca huesos de profetas, y más adelante de mártires, del mismo modo que los patriarcas en
sus sacrificios siempre ponían sobre el altar huesos de Adán o de otros patriarcas en los que
había descansado la Promesa. En la Última Cena, Cristo les enseñó a hacerlo así. Pedro
estaba delante del altar con ornamentos sacerdotales y los otros detrás de él en forma de
coro. Las mujeres que vivían en la parte trasera de la casa estaban de pie con ellos.
[Llega Simeón. Quince apóstoles y discípulos. Servicio divino. Pedro da el
Santísimo Sacramento a la Virgen. Cosas personales. Santa Susana le acompaña en visión.
Estado de Jerusalén en esa época. Curaciones por el poder sacerdotal.]
[El 11 de agosto de 1821 contó que:]
Hoy vi llegar el noveno apóstol, Simón. Todavía faltaban Santiago el Mayor, Felipe
y Tomás. También vi arrimados varios discípulos más entre los que recuerdo a Juan,
Marcos y aquel hijo o nieto del viejo Simeón que estaba empleado en el Templo en la
inspección de animales de sacrificio y que sacrificó para Jesús el cordero pascual. Ahora
estaban congregados por lo menos diez hombres.
Volvieron a celebrar el servicio divino en el altar, y a algunos de los recién llegados
los vi con las ropas muy remangadas, así que pensé que después querrían salir de viaje
enseguida. Delante del lecho de la Santísima Virgen había un taburetito pequeño, bajo y
triangular, como el de la Cueva de Belén en que los Reyes pusieron los regalos; tenía
encima una tacita con una cucharilla marrón y transparente. En la habitación donde vivía la
Santísima Virgen hoy solamente vi una mujer.
Vi que Pedro la volvió a dar el Santísimo Sacramento después del servicio divino;
se lo llevó en aquel recipiente en forma de cruz. Los apóstoles formaron dos filas desde el
altar hasta su lecho y se inclinaron profundamente cuan do Pedro pasó entre ellos con el
Santísimo Sacramento. Los biombos que rodeaban el lecho de la Santísima Virgen estaban
abiertos por todas partes.
Después de ver esto en Éfeso, me entró el deseo de ver qué aspecto tenía Jerusalén
en esta época, pero me asustaba el largo viaje que hay desde Éfeso hasta allí. En esto entró
Santa Susana mártir cuya fiesta era hoy y cuyas reliquias tengo conmigo, la cual estuvo
conmigo toda la noche y me animó, pues quería acompañarme.
Entonces salimos juntas por encima de mares y tierras y pronto estuvimos en
Jerusalén; ella era muy distinta de mí, era muy ligera y cuando quería agarrarla no podía. Si
yo entraba en un cuadro en un lugar concreto, como por ejemplo aquí, en Jerusalén, ella
desaparecía, pero me acompañaba y me consolaba en cada traslado de un cuadro a otro. Fui al Monte de los Olivos y lo vi todo arrasado y cambiado de cómo estuvo. Sin
embargo, todavía pude reconocer todos los lugares. La casa del Huerto de Getsemaní donde
esperaron los apóstoles, estaba arrasada y allí solo quedaban algunos muros y zanjas para
hacer intransitable el acceso. A continuación me llegué al sepulcro del Señor: estaba
sepultado y tapiado y encima de él, en lo alto de la roca, habían empezado un edificio como
un templete. Solo estaban en pie las paredes vacías.
Cuando miré el paraje a mi alrededor atribulada por esta devastación, se me
apareció mi novio celestial a consolarme en la figura en que en otros tiempos se apareció
aquí a Magdalena.
El Monte Calvario también lo encontré asolado y edificado. La prominencia de la
cima donde estuvo la cruz estaba rebajada y además tenía alrededor zanjas y vallas para que
no se pudiera llegar a ella. Sin embargo subí allí y recé, y entonces volvió a acercárseme el
Señor con consuelo y refrigerio. Cuando se me acercaba el Señor no veía a mi lado a Santa
Susana.
A continuación llegué a un cuadro de las heridas de Cristo y volví a ver de nuevo
muchas curaciones en la comarca de Jerusalén. En este momento estaba pensando en la
gracia de curar en nombre de Jesús, que ha sido otorgada especialmente a los sacerdotes, y
cuando pensaba en concreto cómo el ejercicio de esta gracia resurge especialmente en
nuestros días en el Príncipe Hohenlohe, vi a este sacerdote en acción.
Vi enfermos de muchas clases curados por su oración, y también personas que
cubrían sus viejas úlceras con sucios harapos, que ahora no sé si eran úlceras de verdad o
solo símbolos de viejos pecados en la conciencia.
Entonces llegué incluso a otros sacerdotes de mis cercanías, que tenían también
poder de sanación en ese mismo grado, pero que no lo dejaban salir por respeto humano,
distracción, confusión y falta de perseverancia en la intención.
Entre ellos vi a uno especialmente importante que ayudaba a media docena de
personas, cuyos corazones vi roídos por odiosas fieras que bien podrían significar pecados,
pero, por despreocupación este sacerdote dejaba de ayudar a otros que yacían enfermos
corporalmente aquí y allá, a los que seguramente podría ayudar. Ahora están congregados todo lo más doce hombres en la morada de María. Hoy vi
celebrar el servicio divino en el oratorio del rincón y celebraron misa allí. El cuartito de
María estaba abierto por todo sus lados. Una mujer estaba arrodillada junto al lecho de
María y la incorporaba de vez en cuando; y eso mismo veo también otras veces al día. Le
da una cucharadita de zumo de la taza. María tiene encima de su lecho una cruz de casi
medio brazo de largo en forma de Y griega mayúscula, tal como veo la Santa Cruz. El
tronco es algo más grueso que los brazos. Esta hecha como de distintas maderas y el cuerpo
de Cristo es blanco.
La Santísima Virgen recibió el Santísimo Sacramento.
Después de la Ascensión de Cristo, la Santísima Virgen vivió 14 años y dos meses.
[Hoy por la tarde, mientras dormía, la narradora cantó unos cantos de la Madre de
Dios, de modo suave, apacible e insólitamente conmovedor. Cuando el Escritor la despertó
con la pregunta¿qué estaba cantando?, ella respondió aún adormilada:]
—He ido con la procesión con la Señora aquí, ahora se ha ido.
[Al día siguiente dijo sobre este canto:]
—Por la tarde seguí a dos amigas de María que hacían el vía crucis detrás de la
casa. Van alternativamente todos los días a ese vía crucis por la mañana y por la tarde, y yo
procuro hacerlo detrás de ellas con cuidado y muy despacito. Ayer me extasié y empecé a
cantar y entonces todo desapareció.
El vía crucis de María tiene doce estaciones. Ella misma midió a pasos todas y Juan
ha hecho que pongan lápidas. Al principio solo eran piedras bastas que designaban las
estaciones, pero con el tiempo todo se ha ido arreglando cada vez más, y ahora eran piedras
blancas, bajas y lisas con varias esquinas, creo que casi eran ocho y tenía un hoyo en una
pequeña superficie. Por arriba tenía como un tejadillo.
Cada una de estas lápidas descansaba sobre una losa de la misma piedra cuyo
espesor no podía verse a causa del césped espeso y de las hermosas flores que las orlaban.
Lápidas y losas estaban todas marcadas con letras hebraicas.
Todas estas estaciones estaban en hondonadas cercadas, como en cuencos
artificiales pequeños y redondos. En estos hoyos, una senda lo bastante ancha para una o
dos personas llevaba en torno a las piedras para que se pudieran leer las inscripciones. Las
placitas que tenían alrededor, con hierba y hermosas flores, eran unas más grandes y otros
más pequeñas. Estas piedras no siempre estaban destapadas sino que a veces tenían sujeta a
un lado una estera para taparla cuando no se rezaba, que se sujetaba al otro lado con dos
estacas.
Las doce lápidas de las estaciones eran todas iguales y todas estaban marcadas con
inscripciones hebraicas, pero los lugares donde estaban eran distintos. La estación del
Monte de los Olivos estaba junto a una altura, en una vaguada en la que podían arrodillarse
varias personas. La estación de Monte Calvario era la única que no estaba en una
hondonada sino sobre una colina, y por esta colina se iba a la estación del Santo Sepulcro,
cuya lápida estaba en una hondonada al otro lado de la colina, y aún más abajo el sepulcro
propiamente dicho en una cueva de roca al pie de la colina donde sepultaron a la Santísima
Virgen. Creo que este sepulcro tiene que existir todavía bajo tierra y que alguna vez todavía
saldrá a la luz del día.
Vi que cuando los apóstoles, las santas mujeres y los demás cristianos, se acercaban
a estas estaciones para rezar, se arrodillaban o se prosternaban con el rostro en el suelo y
sacaban de debajo de sus ropas una cruz en Y como de un pie de larga que ponían de pie
sobre el hoyito de la lápida, valiéndose de una pieza móvil que tenía en la parte de atrás.
[Santiago el Mayor llega con tres discípulos. Trajes y conducta de los apóstoles que
llegan. Saludan a la Santísima Virgen.]
[El 13 de agosto de 1821 contó:]
Hoy vi el servicio divino como de costumbre. De día vi a la Santísima Virgen
incorporarse varias veces y refrescarse con la cucharita.
[Por la tarde, hacia las 7, dijo en sueños:]
Ahora ha llegado de España pasando por Roma Santiago el Mayor con tres
discípulos, Timón, Eremensear y otro más. Más tarde vino de Egipto Felipe con un
acompañante. Generalmente los apóstoles y los discípulos llegaban muy cansados y
llevando en la mano largos bastones ganchudos con botones de distintas clases en la
empuñadura que designaban su rango.
Llevaban parte de sus largos mantos de lana blanca echados sobre la cabeza para
cubrirse, como capuchas. Debajo llevaban túnicas sacerdotales de lana largas y blancas que
podían abrirse de arriba abajo, pero las llevaban cerradas con correítas ranuradas como
lazos, y pequeños rodetes como botones. Siempre los veo así pero se me olvida decirlo.
Para andar remangaban estas prendas y las metían en el cinturón. Algunos llevaban
una bolsa de costado colgando del cinturón. Los que entraban abrazaron afectuosamente a
los presentes, y vi que muchos lloraban de pena y de alegría pues volvían a verse pero en
ocasión muy triste. Entonces dejaron el bastón y se quitaron el manto, la bolsa y el cinturón
y entonces la túnica blanca les cayó hasta los pies. Se pusieron un ceñidor ancho que traían
consigo y que estaba marcado con letras. Les lavaron los pies y se acercaron al lecho de
María, a la que saludaron respetuosamente. Ella solo pudo hablar con ellos unas palabras.
No vi que tomaran más que unos panecillos y los vi beber de las botellitas que traían
colgando.
EL NACIMIENTO DE CRISTO
El resplandor en torno a la Santísima Virgen se hacía cada vez mayor y ya no se
veía la luz de la lámpara que había encendido José. La Santísima Virgen estaba vuelta a
Oriente y arrodillada sobre su colcha de dormir, con su amplio vestido suelto y extendido
en torno a ella.
A las doce de la noche se quedó arrobada en oración; la vi elevarse sobre la Tierra
de modo que podía verse el suelo debajo. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y en
torno a ella seguía aumentando el resplandor. Todo estaba entrañable y jubilosamente
agitado, incluso las cosas inanimadas, la roca del techo, las paredes, el techo y el suelo de la
gruta estaba como viva dentro de aquella luz. Entonces ya no vi más el techo de la gruta, y
una vía de luz se abrió entre María y lo más alto del Cielo con un resplandor cada vez más
alto.
En esta vía de luz apareció un maravilloso movimiento de glorias que se
interpenetraban y se acercaban perceptiblemente en forma de coros de espíritus celestiales.
Pero la Santísima Virgen, que levitaba en éxtasis, rezaba ahora mirando hacia abajo,
al suelo, a su Dios en cuya madre se había convertido, que yacía ante ella en el suelo como
un recién nacido desvalido.
Vi a Nuestro Salvador como un niño muy pequeño y refulgente cuya luz
sobrepasaba la del esplendor circundante, acostado en la manta delante de las rodillas de la
Santísima Virgen. Para mí era como si fuera muy pequeñito y se fuera haciendo más grande
ante mis ojos. Pero todo esto solo era un movimiento del otro resplandor tan grande, que no
puedo decir con seguridad cómo lo he visto.
La Santísima Virgen estuvo así arrobada todavía un rato y vi que le puso al niño un
paño, pero no lo tomó en brazos ni lo levantó. Al cabo de un largo rato vi que el niño
rebullía y lo oí llorar, y entonces fue como si María volviera en sí: levantó al niñito de la
alfombra y lo envolvió en el pañal que le había puesto encima y lo sostuvo en brazos junto
a su pecho. Luego se sentó y envolvió completamente al niño en su velo: creo que María
daba de mamar al Salvador. Entonces vi en torno a ella ángeles de figura totalmente
humana adorando con el rostro en el suelo.
Ya habría pasado más de una hora desde el nacimiento cuando María llamó a José,
que todavía estaba en oración. Cuando se acercó, se postró sobre su rostro con fervor,
alegría y humildad, y solo se levantó cuando María le pidió varias veces que lo apretara
contra su corazón y diera gracias alegremente por el sagrado regalo del Altísimo. Entonces
José se incorporó, recibió en sus brazos al niño Jesús y alabó a Dios con lágrimas de gozo.
Entonces la Santísima Virgen envolvió al niño en pañales. En este momento no
recuerdo la forma de envolverlo en pañales, solo sé que uno era rojo, y sobre él una
envoltura blanca hasta debajo de los bracitos y otro pañalito más por arriba hasta la
cabecita. María solamente tenía cuatro pañales.
Luego vi a María y José sentados en el suelo desnudo con las piernas cruzadas uno
junto a otro. No hablaban y parecían sumidos en contemplación. Sobre la alfombra delante
de María yacía envuelto como un bebé, Jesús recién nacido, hermoso y radiante como un
relámpago.
¡Ay!, pensé, este lugar contiene la salvación del mundo entero y nadie tiene ni la
menor idea.
El pesebre descrito por Ana Catalina pudo ser parecido. Las patas pudieron ser
paralelas en vez de cruzadas, pero hubieran sido menos firmes. Aquí se ha representado el
abrevadero separado de la pared pero puede que estuviera unido al banquillo que corría a lo
largo de toda la pared. (Fotografía de Rafael Renedo).
A continuación pusieron al niño en el pesebre, que estaba lleno de juncos y hierbas
finas y revestido con un cobertor que colgaba por los costados. El pesebre estaba encima
del abrevadero de piedra que había a la derecha de la entrada de la cueva, donde ésta se
ensanchaba hacia mediodía.
Esta parte de la cueva estaba más honda que donde nació Jesús, y el suelo estaba
desgastado escalonadamente.
Cuando pusieron el niño en el pesebre, los dos se quedaron de pie a su lado
cantando himnos entre lágrimas de alegría.
José puso entonces el lecho y el asiento de la Santísima Virgen al lado del pesebre.
Antes y después de nacer Jesús, siempre vi a la Santísima Virgen velada y completamente
vestida de blanco. Durante los primeros días la he visto allí, sentada, de rodillas, de pie e
incluso adormilada, envuelta y tendida de costado, pero de ningún modo enferma o
agotada. Cuando venía gente a verla, se sentaba muy envuelta y derecha sobre la manta
donde nació el niño. [Alegría en la Naturaleza. Brotan fuentes. La colina. La Torre de los Pastores.
Viviendas de pastores de los alrededores. El ángel se aparece y anuncia a los pastores en
varios lugares el nacimiento de Cristo.]
Cuando veo las imágenes del nacimiento de Cristo como acontecimiento histórico y
no como fiesta de la Iglesia, ciertamente no veo esa alegría deslumbrante y esa dicha
embriagadora de la Naturaleza que veo en Navidades, donde la aparición pone de
manifiesto el íntimo significado de la fiesta. Sin embargo, hoy a medianoche he visto
también un júbilo insólito y agitación extraordinaria en muchos lugares, hasta en los parajes
más apartados del mundo.
Vi que los corazones de muchas buenas gentes se llenaron de jubiloso anhelo, y los
corazones de los malos de gran temor. Muchos animales se movían alegremente, y en
mucho lugares vi que las flores se enderezaban y que las hierbas, árboles y arbustos
expandían aromas y destilaban bálsamos. Muchas fuentes se hinchieron y brotaron, y en la
cueva de la loma al sur de la Cueva del Pesebre brotó una caudalosa fuente a la hora que
nació Jesús, que a la mañana siguiente San José enmarcó y la preparó un cauce.
Encima de Belén estaba cubierto y el cielo tenía un triste brillo rojizo, pero una
refulgente nube de rocío se tendía sobre la cueva, el valle contiguo a la Tumba de Maraha,
la nodriza de Abraham, y el Valle de los Pastores.
En el Valle de los Pastores, aproximadamente a hora y media de la Cueva del
Pesebre, había una loma que empezaba donde las viñas y se extendía hasta Gaza, en la que
tenían sus chozas los mayorales, los tres pastores más prominentes de las familias de
pastores que vivían en el contorno, a los que presidían, igual que los Reyes Magos a los
miembros de sus clanes.
Aproximadamente otro tanto más allá de la Cueva del Pesebre estaba la llamada
Torre de los Pastores, que consistía en un armazón piramidal de vigas de madera, muy alto,
construido sobre un basamento de grandes peñascos y situado entre árboles verdes en un
cerro en medio del campo. Estaba rodeada de escaleras y galerías, y tenía de vez en cuando
unos pequeños apostaderos cubiertos como si fueran garitas; toda ella estaba recubierta de
esteras. Tenía cierta semejanza con las torres de armazón desde las miran las estrellas por la
noche en el país de los Reyes Magos, y desde lejos daba la impresión de un buque de gran
arboladura con las velas desplegadas. Desde esta torre se podía contemplar hasta muy lejos toda la comarca; se veía
Jerusalén y el Monte de las Tentaciones en el desierto de Jericó. Los pastores ponían
centinelas allá arriba para vigilar la marcha de sus rebaños y para alertar con toques de
cuerno del peligro de ladrones o incursiones de pueblos guerreros, que desde allí arriba se
podían ver de lejos.
Las distintas familias de pastores vivían en cortijos aislados con huertas y campos
en un radio de unas cinco horas alrededor de la torre. La torre era su lugar de reunión
general, donde los pastores se congregaban, guardaban sus aperos y recibían sus comidas.
A lo largo de la loma habían construido cabañas y, separado de ellas, un gran cobertizo
muy distribuido donde vivían y preparaban sus comidas las mujeres de los que guardaban el
ganado.
Esta noche vi que parte de los rebaños estaban todavía al aire libre aquí junto a la
torre, pero en la colina de los mayorales, los rebaños estaban en cobertizos.
Cuando nació Jesús vi a los tres mayorales juntos, de pie delante de sus cabañas,
conmovidos por la maravillosa noche. Miraban a su alrededor y se asombraron del
resplandor milagroso encima del paraje de la Cueva del Pesebre. Lejos de allí vi también
muy agitados a los pastores de la torre, a la que algunos subieron para mirar las extrañas
luminarias que había encima de la Cueva del Pesebre.
Cuando los mayorales alzaron su mirada al cielo, una nube de luz descendió sobre
ellos y mientras se acercaba, distinguí en ella movimiento, transformación y tránsito de
formas y figuras, y escuché un dulce canto que iba en aumento, suave y sin embargo
maravillosamente claro. Al principio los pastores se asustaron, pero de repente se puso un
ángel de pie frente a ellos que les dijo:
—No temáis, pues ved que os anuncio una gran alegría que ha ocurrido para todo el
pueblo, pues hoy os ha nacido el Salvador en la ciudad de David, que es Cristo el Señor.
Sea señal para reconocerlo que lo encontrareis como un niño envuelto en pañales y tendido
en un pesebre.
Mientras el ángel anunciaba esto, aumentó el brillo a su alrededor y entonces vi
cinco o siete grandes y espléndidas figuras angélicas de pie ante los pastores, que tenían en
sus manos una tira larga como un rótulo, en la que algo estaba escrito en letras del tamaño
de la mano. Los escuché cantar alabando a Dios diciendo:
—Honra a Dios en las alturas, y paz en la Tierra a los hombres que son de buena
voluntad1
.
Los pastores de la torre tuvieron esta misma aparición, solo que un poco más tarde.
Asimismo, los ángeles también se aparecieron a un tercer grupo de pastores que estaban
junto a una fuente a Oriente de la Torre de los Pastores, a unas tres horas de Belén.
No vi que los pastores se precipitaran enseguida a ir a la Cueva del Pesebre, de la
que los mayorales estaban a hora y media de camino, y otro tanto más los de la torre. Pero
vi que enseguida deliberaron entre ellos los regalos que llevarían al recién nacido, y se
fueron a buscarlos lo más rápidamente posible.
Llegaron al pesebre por la mañana temprano. A la hora que nació el niño Jesús, mi alma hizo incontables caminos en todas
direcciones del mundo para mirar las milagrosas señales del nacimiento de nuestra
Salvación. Como estaba muy enferma y fatigada, muchas veces me parecía que eran las
imágenes las que venían a mí. He visto innumerables acontecimientos, pero he olvidado la
mayoría por culpa de mis muchos sufrimientos y molestias. Lo que todavía recuerdo
fragmentariamente es lo siguiente: Esta noche he visto que la profetisa Hanna, el anciano Simeón y Noemí, la maestra
de la Santísima Virgen, tuvieron visiones y revelaciones en el Templo acerca del
nacimiento del Salvador, así como también las tuvieron Ana en Nazaret e Isabel en Juta.
Vi que Juan, el niño de Isabel se movía maravillosamente contento. En estas
visiones todos veían y reconocían a María, pero no sabían dónde había ocurrido el milagro,
ni siquiera Isabel; solo Ana sabía que el lugar de la Salvación era Belén. Hoy por la noche vi un suceso portentoso en el Templo. Varias veces todos los
rollos de los saduceos resbalaron de sus recipientes y se esparcieron. Se armó un gran
alboroto sobre ello, los saduceos lo achacaron a brujerías y pagaron mucho dinero para que
se silenciara el asunto. Esta noche han pasado muchas cosas en Roma y otras muchas se me han olvidado.
Es fácil que de vez en cuando trastoque algo, así que lo cuento tal como lo recuerdo ahora:
Vi que cuando nació Jesús, en un paraje de Roma en el que viven muchos judíos
[aquí describió con cierta vaguedad un sitio como una colina rodeada de agua que formaba
una especie de península] brotó encima del río como una fuente de aceite y vi que todos se
maravillaron mucho por eso.
También se ha hecho pedazos un precioso ídolo de Júpiter en un templo cuyo techo
se ha derrumbado completamente. Como se asustaron mucho, sacrificaron y preguntaron a
otro ídolo, me parece que a Venus, qué significaba esto y el demonio tuvo que responder
desde esta imagen:
—Esto ocurre porque una doncella ha concebido sin hombre un hijo que acaba de
nacer.
La imagen habló también de la fuente de aceite que había brotado. En el sitio donde
manó hay ahora una iglesia dedicada a la Madre de Dios.
Los consternados sacerdotes paganos consultaron libros y vieron que setenta años
antes, cuando adornaron mucho aquel ídolo con oro y piedras preciosas y le hicieron
solemnes sacrificios, vivía por entonces en Roma una mujer muy buena y piadosa que ya
no estoy segura si era o no judía, cuyo nombre sonaba como Sirena o Cyrena. Vivía de sus
bienes pero tenía visiones y se veía obligada a profetizar; a veces le decía a la gente las
causas de su esterilidad; de ella lo he olvidado casi todo.
Esta mujer se había permitido correr la voz públicamente de que no le rindieran
honores tan costosos a ese ídolo, porque llegaría la hora en que se rajaría por la mitad.
Como estas expresiones corrían de boca en boca, los sacerdotes la emplazaron para
que dijera cuándo ocurriría eso, y como no fue capaz de decirlo enseguida, la encerraron y
la torturaron mucho tiempo hasta que ella imploró a Dios la respuesta, que fue que la
estatua se derrumbaría cuando una virgen diese a luz un hijo. Se rieron de lo que decía y la
soltaron por loca. Pero ahora, como al hundirse el templo destrozó realmente al ídolo,
reconocieron que había dicho la verdad y solo estaban asombrados por la circunstancia
concreta unida al momento del acontecimiento, porque no sabían que Cristo hubiera nacido
de una virgen.
Vi también que los alcaldes de Roma, uno de los cuales se llamaba Léntulo y era
antepasado del santo sacerdote Moisés y de aquel Léntulo con el que San Pedro tuvo
amistad en Roma, vi, digo, que ambos alcaldes se hicieron informar del suceso y de la
aparición de la fuente de aceite.
Vi también algo de César Augusto pero no lo recuerdo exactamente. Vi al César con
otros hombres en una colina de Roma, en la ladera opuesta del templo derruido. Unas
escaleras subían a la colina, que en lo más alto tenía una gran puerta dorada. Al bajar el
César vio a su derecha a media colina una aparición en el cielo: Era la aparición de una
doncella sobre un arco iris, y un niño que salía flotando de ella2
.
Creo que solo la vio el César. Mandó preguntar el significado de esta aparición a un
oráculo que se había quedado mudo, y éste respondió que había un recién nacido ante el
cual todos deberían inclinarse. Augusto mandó erigir un altar en el lugar de la colina donde
había visto la aparición y mandó consagrarlo con muchos sacrificios al Primogénito de
Dios. He olvidado muchas cosas de todo esto. Vi también en Egipto un acontecimiento que anunciaba el nacimiento de Cristo.
Muy lejos, más allá de Matarea, Heliópolis y Menfis, había un gran ídolo que hacía toda
clase de oráculos y que de repente enmudeció. El rey mandó hacer grandes sacrificios en
todo el país para que el ídolo dijera por qué se había callado. Pero el ídolo fue obligado por
Dios a decir que se había callado y tenía que inclinarse porque había nacido el hijo de la
doncella y que aquí se le erigiría un templo. Tal como dijo el oráculo, el rey del país quiso
erigirle un templo junto al del ídolo.
No me acuerdo exactamente qué pasó, pero sé que tiró la imagen del ídolo y erigió
allí un templo a la virgen con niño que el ídolo había anunciado, y enseguida los veneraron
a la manera pagana. A la hora del nacimiento del Niño Jesús los Reyes Magos tuvieron una aparición
maravillosa. Ellos eran servidores de las estrellas y tenían en lo alto de una montaña una
torre piramidal chata, que en parte era de madera, donde siempre estaba uno de ellos con
varios sacerdotes para observar las estrellas; escribían todo lo que ocurría y se lo
comunicaban unos a otros.
Esta noche creo que he visto en esta torre a dos de los Reyes; el tercero, que vivía al
oriente del Mar Caspio, no estaba con ellos. Lo que ellos observaban siempre era una
constelación determinada en cuyo aspecto veían cambios y recibían visiones del cielo.
Hoy por la noche vi la imagen que ellos habían distinguido; estaba en diversos
cambios. No la veían en una estrella sino en la figura formada por varias estrellas, que se
movían.
Vieron un hermoso arco iris sobre la luna, que estaba en uno de sus cuartos. Encima
del arco iris estaba sentada una doncella que tenía la pierna izquierda como si estuviera
sentada encima de ella, mientras que la derecha le colgaba recta hacia abajo y apoyaba el
pie en la luna. En el arco iris apareció a la izquierda de la doncella una vid y a su derecha
un haz de espigas de trigo.
Delante de la doncella vi aparecer, o levantarse, o brillar con más fuerza, la figura
de un cáliz como los que se usaron para instituir el Santísimo Sacramento. Surgiendo de
este cáliz vi aparecer un niñito, y sobre él un disco claro como una custodia vacía de la que
salían rayos como espigas. En este cuadro tuve el concepto del Santísimo Sacramento.
En la mano derecha del niñito que surgía del cáliz crecía una rama en la que floreció
como una flor una iglesia octogonal con una gran puerta dorada y dos puertecitas laterales.
La doncella movía con su mano derecha el cáliz, el niño y la Hostia y se inclinó adelante,
hacia la iglesia en cuyo interior estaba yo mirando.
Al mirar la iglesia por dentro me pareció grandísima. Al fondo, pero dentro de la
iglesia, vi una aparición de la Santísima Trinidad y sobre ella se alzó la torre de la iglesia,
que al final configuró una ciudad totalmente brillante, tal como suelo ver la Jerusalén
celestial.
Mientras miraba dentro de la iglesia, vi salir muchas más cosas de este cuadro, pero
ya no me acuerdo cómo iban seguidas, ni tampoco recuerdo ahora de qué forma se les
mostró a los Reyes Magos que el niño había nacido en Judea. A esa misma hora, el tercer
rey, que vivía más alejado, vio en su patria el mismo cuadro.
Los Reyes Magos al verlo se llevaron una alegría indecible; reunieron enseguida
tesoros y regalos y formaron su caravana. Tardaron unos días en reunirse los tres. En los
últimos días antes del nacimiento de Cristo yo venía observando gran actividad, y que veían
todas clase de visiones en su torre estrellera.
—¡Qué misericordia la de Dios con estos paganos! ¿Sabes tú de dónde venía la
profecía de los Reyes? Ahora te contaré cosas de aquella época, pero solo un ratito, porque
en este momento ya no lo tengo todo presente. Quinientos años antes de Cristo ya vivían antepasados de los Reyes Magos, de los
que éstos descienden de padre a hijo en pura línea ininterrumpida. [Elías vivió el año 800
antes de Cristo].
Los patriarcas de la estirpe eran más ricos y poderosos que ellos, pues todos sus
bienes estaban reunidos y su patrimonio no se había repartido tanto. Por entonces vivían en
ciudades que eran solo de tiendas, salvo el de oriente del Mar Caspio, cuya ciudad tiene
fundamentos de piedra y los techos de lona están puestos encima, pues viven junto al mar,
que se sale a menudo. Aquí en la montaña estoy tan alta que veo un mar a mi derecha y otro
a la izquierda; se ve como en el interior de un agujero negro.
Estos jefes de clanes ya eran entonces servidores de las estrellas; pero usaban un
culto malísimo, pues sacrificaban viejos y mutilados, y también descuartizaban niños. Lo
más cruel era que ponían a los niños con trajecitos blancos en la caldera y los cocían vivos.
Pero finalmente mejoró todo esto y Dios les predijo con mucha anticipación a estos ciegos
paganos el nacimiento del Salvador.
Por aquel entonces tres hijas de estos reyes tribales, que eran expertas en astrología,
recibieron simultáneamente espíritu profético y tuvieron al mis mo tiempo la visión de que
se alzaría una estrella de Jacob, y que una doncella concebiría, sin hombre, al Salvador.
Estas doncellas llevaban largos mantos y fueron por todo el país predicando que
mejoraran de vida y anunciando que llegaría un tiempo en el que el mensajero del Salvador
vendría a ellos y les traería el legítimo culto a Dios. También predijeron muchas otras
cosas, relativas incluso a nuestros tiempos y otros aún más lejanos.
En consecuencia, los padres de estas tres doncellas construyeron enseguida un
templo a la futura madre de Dios al Sur del mar donde se juntaban sus tres reinos, y la
ofrecieron sacrificios, que en parte fueron de la forma cruel que antes he dicho.
Pero la predicción de las tres doncellas contenía algo concreto acerca de una
constelación y sus distintas modificaciones, y desde entonces empezaron a observarla desde
una colina cercana al templo de la futura madre de Dios. Se fijaban en todo y según sus
observaciones cambiaban su templo, sus adornos y el culto. El techo de lona del templo a
veces lo ponían azul, otras rojo y otras amarillo o de otros colores. Lo que me pareció
maravilloso es que por esa época pasaron su día festivo semanal al sabbat; antes era el
jueves, que tampoco se como se llamaba. [En esa misma Navidad, la narradora había visto muchas cosas para determinar con
mayor aproximación el nacimiento de Cristo, pero su enfermedad y los estorbos de las
visitas del día siguiente, que era la fiesta de la santa de su nombre, Santa Catalina, la
hicieron olvidar muchas de estas cosas.
Sin embargo, poco después, por la tarde, repitió en éxtasis los siguientes residuos de
aquellas visiones. Hay que tener en cuenta que Ana Catalina veía siempre todas estas
precisiones temporales en números romanos escritos con letras, que a menudo lee con
dificultades. Sin embargo es necesario aclarar que la mayoría de las veces recitaba varias
veces la serie de letras, una detrás de otra, o las indicaba con los dedos. Hoy dijo también
los números de este modo:]
Esto puedes leerlo tú. Mira solo lo que está aquí: Cristo nació cuando aún no estaba
completo el año 3997 del mundo. Estos cuatro años incompletos hasta fines del año 4000 se
olvidaron después completamente, y luego empezaron cuatro años más tarde nuestra cuenta
de años actual. La consecuencia es que Cristo nació casi ocho años antes de nuestras
cuentas.
Uno de los cónsules de Roma era entonces Léntulo, antepasado del santo sacerdote
mártir Moisés, cuya reliquia tengo aquí conmigo y que vivió en la época de San Cipriano;
de él procedía también aquel Léntulo de Roma que fue allí amigo de San Pedro. Cristo
nació el año 45 del emperador Augusto.
Por lo demás, Herodes reinó 40 años hasta su muerte; fue independiente 7 años,
pero ejerció muchas crueldades y atormentó mucho al país; murió aproximadamente el
sexto año de la vida de Jesús. Me parece que su muerte se mantuvo en secreto una
temporada4
.
Murió cruelmente, y en sus últimos tiempos todavía causó asesinatos y desgracias.
Lo vi arrastrarse por una gran sala acolchada con almohadones con un venablo con el que
quería pinchar a quienes se le acercaban.
Jesús nació aproximadamente en el 34.° año de su reinado.
Herodes mandó construir el Templo dos años antes que ingresara en él la Santísima
Virgen, justo 17 años antes del nacimiento de Cristo. No fue construirlo de nuevo, sino
únicamente embellecerlo y modificarlo aquí y allá.
La huida fue cuando Jesús tenía nueve meses, y el asesinato de los niños inocentes
ocurrió en su segundo año de vida.
[La narradora mencionó además muchas relaciones, comitivas y viajes de la vida de
Herodes que demostraban la claridad con la que veía todo, pero era imposible recoger y
ordenar aquella masa de datos, balbuceados en parte.]
El nacimiento de Cristo ocurrió un año que los judíos contaban trece meses; una
corrección parecida a nuestro año bisiesto. Me parece también que he olvidado por qué los
judíos tenían dos veces al año meses de 21 y 22 días, y sobre ello oí algo de días festivos,
pero el conjunto solo lo recuerdo muy confusamente.
También vi que modificaron varias veces su calendario. Fue a la salida de un
cautiverio, cuando también estaban reconstruyendo el Templo. He visto al hombre que
cambió el calendario y he sabido su nombre.
[En este momento reflexionó y dijo con jocosa impaciencia en su forma de hablar
bajoalemana:]
—Jck waet nit meh, wu de keerl het. [Ya no sé cómo se llama ese tío].
Creo que Cristo nació en el mes de Casleu, justo un mes antes de cuando lo celebra
la Iglesia, lo que se debe a que en algún cambio de calendario se omitieron por completo
algunas épocas y días; lo he visto muy bien pero no puedo repetirlo ordenadamente. [Los tres mayorales de los pastores van de su colina a adorar al niño Jesús recién
nacido y le presentan sus regalos.]
[Domingo 25 de noviembre por la mañana:]
Al amanecer después del nacimiento de Cristo, los tres mayorales de los pastores
fueron de su colina a la Cueva del Pesebre. Los regalos que previamente habían recogido
consistían en animalitos que tenían cierto parecido con los corzos, pero si eran cabritillos
tenían un aspecto muy distinto a los de aquí pues tenían el cuello largo, los ojos claros y
muy bonitos y eran muy finos y veloces. Los pastores los llevaban a su lado o tras de sí,
atados con cordeles largos y finos. Además, los pastores llevaban manojos de aves
colgando del hombro, y grandes aves vivas debajo del brazo.
Cuando llamaron tímidamente a la Cueva del Pesebre, San José salió a recibirlos
cordialmente. Ellos le dijeron lo que les había anunciado esa noche el ángel, y que venían a
adorar al Niño de la Promesa y a regalarle sus pobres dones. José aceptó sus regalos con
humilde gratitud e hizo que llevaran los animales a la cueva cuya entrada estaba junto a la
puerta Sur de la Cueva del Pesebre, adonde los acompañó.
Luego llevó a los tres mayorales a ver a la Santísima Virgen, que estaba junto al
pesebre sentada en el suelo encima de una manta con el Niño Jesús en el regazo. Los
pastores, con sus cayados en la mano, se hincaron de rodillas humildemente delante de
Jesús. Lloraban de alegría y permanecieron mucho rato con gran dulzura y sin palabras.
Luego cantaron el himno de alabanza que los ángeles habían cantado esa noche y un salmo
que he olvidado. Cuando quisieron despedirse, la Santísima Virgen les puso a uno tras otro
el Niño Jesús en brazos. Se lo devolvieron con lágrimas y abandonaron la cueva. [Hace la quinta voz de un canto de los pastores. Dones y cantos de los pastores.]
[Domingo, 25 de noviembre al anochecer:]
[La narradora tuvo todo el día de hoy grandes padecimientos corporales y
espirituales, y al anochecer, apenas dormida, fue arrobada enseguida a la Tierra Prometida.
Como este año contemplaba el primer año de predicación de Cristo, y concretamente el
ayuno de cuarenta días, dijo puerilmente maravillada:]
—¡Qué emocionante es esto!, por un lado veo aquí a Jesús con treinta años, tentado
y ayunando en la cueva del desierto, y por otro lado lo veo recién nacido en la Cueva del
Pesebre, adorado por los pastores de la torre.
[Tras estas palabras se levantó del lecho con sorprendente rapidez, fue
apresuradamente a la puerta abierta de su cuarto, y gritó ebria de alegría a los amigos que se
encontraban en el gabinete contiguo:]
—¡Venid deprisa, deprisa, a adorar al niño, que está conmigo!
[Enseguida volvió deprisa al lecho y empezó cantar con voz clara e indeciblemente
conmovedora el Magníficat, el Gloria y algunos himnos desconocidos, sencillos, profundos
y en parte rimados. De uno de ellos hizo la quinta voz. Estaba inmensamente alegre y
emocionada, y al día siguiente contó:]
Ayer por la tarde llegaron con regalos a la Cueva del Pesebre varios pastores y
pastoras y también algunos niños de la Torre de los Pastores que está a cuatro horas de la
Cueva del Pesebre. Traían pájaros, huevos, miel, telas de varios colores, madejitas que
parecían de seda natural, y mazos de una planta en forma de caña que tiene hojas grandes y
las espigas llenas de granos gruesos.
Después que le dieron los regalos a San José, se acercaron humildemente al pesebre
junto al que estaba sentada la Santísima Virgen; la saludaron y luego, arrodillados en torno
al pesebre, cantaron salmos muy tiernos, el Gloria y algunos versos cortos. Cantan a varias
voces y yo cantaba con ellos; canté la quinta voz de uno de los cantos; todavía recuerdo
aproximadamente las palabras:
—¡Oh, niñito, qué rosado eres, que vienes como un heraldo!
Cuando los pastores se despidieron, se inclinaron sobre el pesebre, como si besaran
al Niño Jesús.
[Los tres mayorales ayudan a San José. Las esenias prestan servicios a la Santísima
Virgen.]
[Lunes, 26 de noviembre:]
Hoy he visto que los tres mayorales vinieron uno tras otro a la cueva a echar una
mano a San José para lo que necesitara para instalarse más cómodamente en la Cueva del
Pesebre, en las cuevas contiguas y en los alrededores. Varias mujeres piadosas prestaban
servicios a la Santísima Virgen; eran esenias que vivían no lejos de la Cueva del Pesebre. Si
uno va hacia Oriente contorneando la colina para ir a la hondonada del valle, en la quebrada
del cerro hay una serie de pequeñas celdas en la roca que están un poco altas, unas junto a
otras. Las esenias tenían huertecillos cerca de sus viviendas y enseñaban a los niños de su
secta; las había llamado San José, que ya las conocía desde su juventud, pues cuando se
escondía de sus hermanos en la Cueva del Pesebre iba muchas veces a visitarlas junto a la
pared de roca. Las esenias venían una tras otra a traerle a la Santísima Virgen pequeños
recados y hatillos de leña, y cocinaban y lavaban para la Sagrada Familia.
[El burro se conmueve ante el Niño Jesús. La criada de Ana viene desde Nazaret a
ver a María.]
[Martes, 27 de noviembre:]
Hoy vi un cuadro conmovedor en la Cueva del Pesebre pues José y María estaban
de pie ante el pesebre, muy recogidos mirando al Niño Jesús, cuando de repente el burro se
puso de rodillas y apretó completamente la cabeza contra el suelo. María y José lloraban.
Por la tarde llegó un envío de la madre Santa Ana; llegaron de Nazaret un criado de
edad avanzada y la criada de Ana, una viuda emparentada con ella, que traían toda clase de
cositas que María necesitaba y que se emocionaron extraordinariamente al ver al niñito. El
viejo criado lloró de alegría y enseguida se puso en camino para llevarle noticias a Ana. La
criada se quedó con la Santísima Virgen.
[La Santísima Virgen se esconde de los informadores de Herodes. Estado actual de
Belén. Una violencia de Herodes.]
[Miércoles, 28 de noviembre:]
Hoy vi que la Santísima Virgen con el Niño Jesús y la criada abandonaron durante
unas horas la Cueva del Pesebre5
.
Saliendo por la puerta y doblando a la derecha debajo del porche, se escondieron a
los pocos pasos en la cueva lateral donde al nacer Cristo brotó una fuente que José encauzó.
En esa cueva permanecieron cuatro horas, y más adelante, dos días. Al amanecer, José ya
les había preparado allí algunas comodidades.
Se metieron allí por un aviso interior, pues hoy vinieron a la Cueva del Pesebre unos
hombres de Belén, creo que informadores de Herodes, pues a causa de las conversaciones
de los pastores se había extendido el rumor de que aquí había ocurrido un milagro con un
niño.
Estos hombres encontraron a San José cuando iba al encuentro de los pastores
delante de la Cueva del Pesebre. Intercambiaron con él unas palabras pero en cuanto vieron
su pobreza y sencillez lo dejaron con una elegante sonrisa de desprecio. La Santísima
Virgen se quedó aproximadamente cuatro horas con el Niño Jesús en la cueva lateral y
luego volvió al pesebre.
La Cueva del Pesebre está verdaderamente muy cómoda y tranquila; aquí no viene
nadie de Belén y solo pasan por aquí los pastores. En Belén nadie se preocupa de lo que
pasa en las afueras, pues allí, con tanto forastero, hay mucha gente y muchas
aglomeraciones. En Belén se compra y se sacrifica mucho ganado, porque muchos de los
presentes pagan sus tributos con ganado. También hay muchos paganos que sirven de
criados.
[Esta tarde la narradora dijo de repente en sueños:]
Herodes ha mandado asesinar a un hombre piadoso que tenía un cargo preeminente
en el Templo. Lo mandó llamar muy amistosamente a que viniera a verle a Jericó, y lo hizo
asesinar por el camino. Se había enfrentado a las pretensiones de Herodes sobre el Templo.
Naturalmente, acusaron del crimen a Herodes, pero él consiguió aun más poder en el
Templo.
[Ana Catalina afirmó además que Herodes había colocado en altos cargos del
Templo a dos hijos ilegítimos suyos que eran saduceos, a través de los cuales se enteraba de
todo lo que pasaba en el Templo.]
[El propietario del último albergue de Belén visita a la Sagrada Familia. Se
expanden los rumores de la aparición del ángel a los pastores.]
[Jueves, 29 de noviembre:]
Esta mañana temprano el amistoso patrón del último albergue donde la Sagrada
Familia pasó la noche del 22 al 23 de noviembre ha enviado un criado con regalos a la
Cueva del Pesebre, y luego durante el día él mismo vino a honrarlo.
La aparición del ángel a los pastores a la hora en que nació Jesús ha hecho que todas
las buenas gentes del valle hablen del maravilloso Niño de la Promesa; y ahora esta buena
gente viene aquí a adorar al niño que alojaron sin saberlo.
[Mucha buena gente que va al sabbat visita al Niño Jesús, y también la señora del
albergue del 20 de noviembre.]
[Un pariente de Jesús visita a la Sagrada Familia. José le empeña la borriquilla. La
Sagrada Familia celebra el sabbat en la Cueva del Pesebre. Preparativos para la comida de
la circuncisión. Cosas acerca de una especie de caña.]
[Viernes, 30 de noviembre:]
Hoy vinieron pastores y otras buenas gentes a la Cueva del Pesebre y veneraron al
niño muy emocionados. Venían en trajes de fiesta porque iban a Belén a celebrar el sabbat.
Vi también entre ellos a la buena mujer del rudo pastor que dio albergue a la
Sagrada Familia el 20 de noviembre. Desde su vivienda hubiera podido ir directamente al
sabbat a Jerusalén, pero ha dado el rodeo por Belén para venerar al santo niño y sus
amables padres. La buena mujer se sentía completamente feliz de haberles demostrado su
amor.
Hoy después de mediodía vi que los parientes de San José, en cuya vivienda la
Sagrada Familia pasó la noche del 22 de noviembre, vinieron a la Cueva del Pesebre a
saludar al niño; era padre de aquel Jonadab que en la crucifixión llevó un paño a Jesús para
que cubriera su desnudez. Oyó hablar al posadero de su pueblo del viaje de José, y del
milagro del nacimiento del niño y, puesto que venía a Belén al sabbat, se llegó aquí para
agasajarlo. Saludó a María y al Niño Jesús. José estuvo muy amistoso con él, pero no
aceptó nada suyo, sino que solamente le empeñó la borriquilla que iba suelta, a condición
de poder rescatarla si le devolvía el dinero. José necesitaba dinero para costear los gastos de
los regalos y de la comida de la fiesta de la circuncisión.
Cuando yo meditaba lo de empeñar la borriquilla para pagar la comida de la
circuncisión, y que el domingo 2 de septiembre, que sería la circuncisión del Niño, se leería
el Evangelio del Domingo de Ramos que cuenta la entrada de Jesús en Jerusalén montado
en un borrico, vi el siguiente cuadro pero ya no sé dónde lo vi ni tampoco se explicar ya su
significado.
Debajo de una palmera vi dos ángeles en pie que sostenían unas tablas: En una
estaban representados toda clase de instrumentos de martirio y en el centro, una columna
que tenía encima un mortero con dos asas. En la otra había letras que creo que eran cifras,
años y cuentas de tiempos de la Iglesia.
Encima de la palmera, una doncella estaba arrodillada como si hubiera crecido del
tallo; la ropa le flotaba en torno y sobre su cabeza sin velo llevaba anudado el manto
flotante como para formar una capucha; la doncella tenía en sus manos bajo su pecho un
recipiente de la forma del cáliz de la Última Cena, del que salía flotando un refulgente niño
pequeño.
A continuación vi a Dios Padre entre nubes en la forma en que se me aparece
habitualmente, quien se acercó a la palmera, arrancó de ella una pesada rama en forma de
cruz y se la tendió al niño. Enseguida vi al niño como sujeto a esta cruz de palma y que la
doncella le entregaba la rama al Padre con el ni ño crucificado en ella, mientras con la otra
mano sostenía el cáliz vacío, que ahora me parecía su propio corazón corporal. Cuando
quise leer las palabras de la tabla que estaba bajo la palmera, me despertaron por necesidad.
No sé si este cuadro lo vi en la Cueva del Pesebre o en otro lugar6
.
Cuando José terminó el negocio y toda esta gente se fue a la sinagoga de Belén,
preparó en la Cueva del Pesebre la lámpara de sabbat de siete mechas, las encendió y puso
debajo una mesita con un mantel rojo y blanco en la que estaban los rollos de oración.
Celebró el sabbat bajo la lámpara recitando oraciones con la Santísima Virgen y la
criada; dos pastores estaban un poco más atrás, en la entrada de la cueva. Las esenias
también habían venido, y después prepararon la cena.
Hoy, antes del sabbat, las esenias y la criada ya habían preparado algunos platos.
Pusieron a asar en las brasas un asador con las aves, una vez desplumadas y destripadas, e
iban rebozándolas una tras otra debajo del asado en una especie de harina que se hace
machacando los granos de las espigas que crecían en una planta de corteza gruesa.
Esta planta solo crece silvestre en la solana de algunos lugares húmedos y
pantanosos de este país, pero en muchos otros lugares la cultivan. Cerca de Belén y de
Hebrón hay mucha silvestre, pero por Nazaret no la he visto.
A José se la habían traído los pastores de la Torre. Con los granos cocinaban un
puré espeso, blanco y brillante, y con esta harina también hicieron tortas. Me fijé que
debajo del hogar había agujeros calientes y limpios donde asaban los pasteles y los pájaros.
De las abundantes provisiones que los pastores regalaron a José, la Sagrada Familia
utilizó muy pocas y la mayoría fue para regalarlas, agasajar a otros y dar a los pobres.
Mañana por la tarde se distribuirán bien en la comida de la fiesta de la circuncisión. [José va a buscar a los sacerdotes de Belén. Instrumentos para este sagrado acto.
Instalaciones en la Cueva del Pesebre. Comida al concluir el sabbat.]
[Domingo, 1.° de diciembre:]
Hoy después de mediodía llegaron a la Cueva del Pesebre algunos que venían del
sabbat, y por la tarde vi que las esenias y la criada de María preparaban comida bajo una
choza de enramadas delante de la entrada de la cueva. Varios días atrás José había
empezado a levantar esta cabañuela con los pastores y también había despejado la celda que
se había preparado para él a la entrada de la cueva; cubrió el suelo de mantas y, dentro de
su pobreza, lo adornó todo para la fiesta.
Lo arregló todo antes que empezara el sabbat, ya que al amanecer de mañana sería
el octavo día después del nacimiento de Cristo, y según el mandamiento de [la Ley de]
Dios, había que circuncidarlo.
Al anochecer José fue a Belén y volvió con tres sacerdotes, un hombre de edad y
una mujer que parecía ser una especie de enfermera o cuidadora para estos actos religiosos,
que traía consigo el asiento de costumbre y una gruesa placa de piedra octogonal con todo
lo necesario. Depositaron estos objetos en las esteras extendidas en el suelo a la entrada de
la cueva, en el lugar donde iba a ser la ceremonia, no lejos de la bóveda del pesebre, entre
el fogón y lo que José había despejado.
El asiento que traía era un cajón que al sacarlo formaba una especie de diván con el
respaldo a un lado. Estaba forrada de rojo y era más adecuado para tumbarse que para
sentarse a nuestra manera.
La piedra octogonal tendría dos pies de diámetro y en su centro un hoyo octogonal
con tapa metálica. Tenía en compartimentos separados un cuchillo de piedra y tres cajitas.
Pusieron esta piedra al lado de la silla, sobre un taburete de tres patas que hasta ahora
siempre había estado tapado con una colcha en el lugar donde nació Nuestro Señor en la
Cueva del Pesebre.
Tras estos arreglos los sacerdotes saludaron a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.
Hablaron cordialmente con ella y también tomaron conmovidos a Jesús en brazos.
Luego se celebró la comida en la choza de ramas de delante de la puerta, y como
siempre ocurre en estas ocasiones, un montón de pobres que habían seguido a los
sacerdotes, rodearon la mesa y recibieron a lo largo de la comida los dones de José y de los
sacerdotes, con lo que pronto estuvo todo repartido.
Vi ponerse el sol; su disco era más grande que aquí entre nosotros y cuando ya
estaba completamente hundido, vi que entraba sol por la puerta abierta de la Cueva del
Pesebre. Había lámparas encendidas en la cueva y vi que por la noche todavía rezaron y
cantaron mucho. La circuncisión se hizo al romper el día, ocho días después del nacimiento
del Señor. La Santísima Virgen estaba atribulada y desasosegada. Ella misma había
preparado los pañitos para recoger la sangre y vendar al niño, y los tenía guardados en los
pliegues de la pechera de su vestido.
Entre oraciones y ceremonias los sacerdotes cubrieron la piedra octogonal con un
tapete rojo y encima otro blanco, y cuando un sacerdote se puso en la silla, más reclinado
que sentado, la Santísima Virgen, que estaba velada y tenía al Niño Jesús en brazos en la
parte de atrás de la cueva, se lo pasó a la criada, así como los pañitos y las vendas. San José
lo recibió de la criada y lo pasó a la cuidadora que había venido con los sacerdotes, y ésta
puso al Niño Jesús, tapado con un velo, sobre el mantel de la piedra octogonal.
Aún rezaron un poco más y luego la cuidadora destapó al niño y lo puso en el
regazo del sacerdote que estaba reclinado. San José se inclinó por encima de los hombros
de los sacerdotes para sostenerle el tronco al niño. Dos sacerdotes se arrodillaron a derecha
e izquierda sujetando cada uno un pie del niño, y el que realizaba la ceremonia se arrodilló
delante de él. Habían quitado la tapa de la piedra octogonal y tenían a mano las tres cajitas
de ungüento y el agua vulneraria.
El mango y la hoja del cuchillo eran de piedra; el mango era liso y castaño y tenía
una ranura donde iba encajada la hoja, que era del color amarillento de la seda bruta y no
me pareció muy afilada.
Hicieron el corte con la punta ganchuda del cuchillo que, abierto, tendría de largo
por lo menos un palmo. El sacerdote hirió también al niño con la afilada uña de su dedo,
chupó la herida y la roció con agua vulneraria y un calmante de las cajitas.
Puso lo que había cortado entre dos plaquitas redondas y brillantes de color castaño
rojizo, que estaban un poco ahondadas en el centro. Era como la cajita muy plana de una
materia preciosa que entregaron a la Santísima Virgen. Entonces dieron el niño a la
cuidadora, que lo vendó y fajó de nuevo en sus pañales. El niño había estado fajado en
blanco y rojo hasta los bracitos, pero ahora le envolvieron también los bracitos; y el velo
que le tapaba la cabecita se lo pusieron en torno a la cabeza como una vaina. Así tapado lo
volvieron a poner en la piedra octogonal revestida y aún rezaron más sobre él.
Aunque yo sabía que el ángel había dicho a San José que el niño debía llamarse
Jesús, recuerdo sin embargo que en el primer momento el sacerdote no aprobó este nombre
y por eso rezaba. Entonces vi que un ángel reluciente se apareció ante el sacerdote y le puso
delante el nombre de Jesús en un letrero como el de la cruz. No sé si éste u otro sacerdote
vieron al ángel como yo, pero se estremeció mucho y escribió este nombre en un pergamino
por inspiración divina.
El Niño Jesús lloraba muy alto después de la ceremonia sagrada y entonces vi que
San José lo quitó de allí y se lo puso en brazos a la Santísima Virgen, que estaba de pie en
la parte de atrás de la cueva con las dos mujeres. Ella lo recibió entre lágrimas, se retiró al
rincón del pesebre, se bajó el velo y tranquilizó al lloroso Niño Jesús dándole el pecho. José
también la dio los pañitos manchados de sangre con que la cuidadora había protegido los
vasos que sangraban. Todavía rezaron y cantaron, las lámparas seguían encendidas y
entonces amaneció.
Después de un rato, la Santísima Virgen salió con el niño y lo depositó en la piedra
octogonal. Los sacerdotes tendieron hacia ella sus manos en cruz por encima del niño, tras
lo cual la Santísima Virgen se retiró llevándoselo.
Antes de irse con sus utensilios, los sacerdotes todavía tomaron un bocado en la
enramada con José y un par de pastores que estaban en la entrada de la cueva. He sabido
que todos los que estuvieron en este acto sagrado eran buena gente, y que más tarde los
sacerdotes fueron iluminados y llegaron a la Salvación. Durante toda la mañana estuvieron
repartiendo generosamente a los pobres que llegaban a la puerta.
Durante la ceremonia el asno estuvo atado en el fondo de la cueva. Hoy pasó delante de la cueva una cuantiosa chusma de sucios mendigos de color
castaño que venían del Valle de los Pastores; parecía que iban a Jerusalén a una fiesta.
Pidieron con mucha violencia, y como las dádivas de José no les bastaban, maldijeron e
insultaron ferozmente junto a la cueva. No sé quiénes serían, pero me eran muy antipáticos.
Durante el día de hoy volvió otra vez la cuidadora a ver a la Santísima Virgen que
volvió a vendar al Niño Jesús. La noche siguiente vi muchas veces que el niño lloraba
mucho inquieto de dolor. María y José lo tenían en brazos alternativamente y para
consolarlo lo paseaban alrededor de la gruta. Al anochecer de hoy ha llegado Isabel a la Cueva del Pesebre. Venía desde Juta
montada en un burro que llevaba un viejo criado. José la recibió afectuosamente, y la
alegría de Isabel y de María cuando se abrazaron fue inmensamente grande. Entre lágrimas,
Isabel apretó al Niño Jesús contra su corazón. A Isabel la prepararon un lecho junto al lugar donde había nacido el Niño Jesús.
Delante de este sitio está ahora a veces un armazón alto, como un caballete de aserrar, en el
que descansa el cajoncito en el que muchas veces ponen al niño mientras ellas están de pie
alrededor rezando y acariciándole. Este armazón tiene que haber sido una cosa muy
corriente para niños, pues en casa de Ana, la madre de María, ya había visto yo descansar a
la Niña María en un armazón parecido. Isabel y María conversan con dulce intimidad. [La Santísima Virgen la comunica sus dolores y gozos. Se esconden a causa de
nuevas visitas.]
[Martes, 4 de diciembre:]
Anoche y todo el día de hoy vi a María e Isabel sentadas juntas en dulces
conversaciones. Yo sentía también que estaba con ellas y escuché todas sus conversaciones
con íntima alegría. La Santísima Virgen la contó todo lo que la había pasado hasta ahora;
mientras contaba la búsqueda de alojamiento en Belén, Isabel lloraba de todo corazón.
También la contó muchas cosas referentes al nacimiento del Niño Jesús, y todavía
me acuerdo de algo. Dijo que en el momento de la Anunciación, su espíritu estuvo ausente
diez minutos con la sensación de que su corazón se desdoblaba, mientras se llenaba de
dicha indecible. En el momento del nacimiento se llenó de un ansia infinita y se quedó
arrobada de rodillas, sintiendo que los ángeles la llevaban. Entonces sintió como si su
corazón se desgarrara y se le separara la mitad.
Así estuvo diez minutos inconsciente y luego la quedó una sensación de gran vacío
interior y un ansia grande de la felicidad infinita que antes siempre había encontrado dentro
de sí y que ahora estaba fuera de ella. Entonces divisó delante un resplandor, como si en él
creciera la figura de su hijo ante sus ojos. Lo vio moverse y lo oyó llorar; volvió en sí, lo
levantó de la colcha y se lo puso al pecho, pues al principio, como estaba como en sueños,
no se atrevía a tocar al niño rodeado de tanta luz. También la dijo que no se dio cuenta
cuándo se separó el niño de ella. Isabel le dijo:
—Tú has dado a luz con mayores gracias que las demás mujeres; el nacimiento de
Juan también estuvo lleno de dulzura, pero fue muy distinto que el tuyo.
Esto es lo que recuerdo de sus conversaciones.
Hoy todavía había gente de toda clase que visitaba a la Santísima Virgen y al Niño
Jesús; y también vi todavía varias veces aquella chusma maleducada que pasó por delante
de la puerta; pedían apostrofando, maldiciendo e insultando y José ya no les dio más
limosnas.
Por la tarde María se volvió a esconder con Isabel y el Niño Jesús en la cueva lateral
junto al pesebre; pienso que se quedaron allí toda la noche. Esto ocurría porque desde Belén
venía al pesebre a curiosear toda clase gente importante y María no quería dejarse ver por
ellos. Hoy vi que la Santísima Virgen salió de la Cueva del Pesebre con el Niño Jesús y
entró en otra cueva situada a la derecha. La entrada era muy estrecha; catorce escalones
inclinados bajaban hasta un pequeño zaguán y luego a una bóveda más espaciosa que la
Cueva del Pesebre. El espacio semicircular al lado de la entrada lo había separado José con
una colcha colgante, con lo que separó un espacio rectangular. La luz no entraba desde
arriba sino a través de unos agujeros laterales que perforaban profundamente la roca.
Los últimos días un anciano sacó de esta cueva mucha paja, leña y haces de cañas
como los que José usaba para la lumbre; el que prestó este servicio era pastor. La cueva era
más luminosa y espaciosa que la del Pesebre. El burro no estaba aquí. Vi al Niño Jesús
tumbado en una hondonada ahuecada. En los últimos días he visto a María mostrar varias
veces a algunos visitantes aislados su niño cubierto con un velo, y completamente desnudo
salvo la faja en torno al cuerpo; otras veces lo he vuelto a ver completamente fajado. La
cuidadora que lo vendó le visitaba muchas veces, y María compartía generosamente con
ella los regalos de los visitantes, que la cuidadora redistribuía en Belén a los necesitados.
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